El orden económico mundial se está desmoronando
17 de mayo de 2024 - 21:21
. Imagen: AFP
Continúan los lamentos del prestigioso semanario
económico conservador The
Economist. La edición del 9 de mayo, le dedica investigación, tinta y
abundante frustración para comprobar, lo que califican, como el “lento
desmoronamiento del orden internacional liberal” que predomino durante 40 años
El rosario de quejas se inicia con la parálisis de la
Organización Mundial del Comercio (OMC), considerada hasta hace poco como la
portaestandarte y guardián del globalismo mercantil. Desde hace 5 años,
deliberadamente han quedado acéfalas las representaciones de las grandes potencias,
dejando al “libre” albedrio de los gobiernos el rechazo a la apertura de sus
mercados. En las siguientes páginas desmenuza la sucesión de
“desglobalizaciones” que han proliferado en el mundo, comenzando por la guerra
de aranceles, no solo entre China y EE.UU, sino ahora también, entre la Unión
Europea (UE) y China que, vaticinan, habrá de recrudecer en los siguientes
meses. La UE está a punto de imponer elevados impuestos para impedir la
presencia arrasadora de los automóviles eléctricos chinos, que son más
eficientes y baratos que los de la pesada industria europea. Por su parte, el
gobierno del Reino Unido acaba de impedir que empresarios chinos compren una
fábrica de chips y, tragándose la retórica del libre mercado, han decidido, por
“seguridad nacional”, vendérsela a inversionistas norteamericanos, claramente
menos competitivos. Por si fuera poco, el candidato Trump, que amenaza a los
estadounidenses con un “baño de sangre” si no gana las elecciones, ha anunciado
que subirá los aranceles a los productos chinos, del 25 al 60 %. Para no
quedarse atrás, Biden acaba de subir al 100% los impuestos a la importación de
autos chinos. La libertad de comercio ya no arrastra votos. Hoy lo hace el
“made in EE.UU”.
Al “indignante” incremento mundial de regímenes de
regulación y control estatal de las inversiones extranjeras, The Economist incorpora,
con sobria resignación, los reveladores gráficos del declive del comercio
mundial, de la retracción de los capitales transfronterizos e incluso del
comercio de servicios. Abatido ante este derrumbe del orden global liberal, el
semanario enumera otras dos medidas de esta inevitable catástrofe: la primera,
la acelerada divergencia de precios de los mismos bienes en países diferentes.
La añorada utopía de un mercado único planetario con un precio estampilla,
queda aplastada por la realidad de un mundo fragmentado por mercados
regionalizados y lealtades geopolíticas en la que cada país impone
políticamente la diferencia de precios. Y la segunda, el reverdecer de “políticas
industriales”, esto es, subsidios estatales para crear empresas, privadas o
estatales, en suelo patrio a fin de garantizar “soberanía” y “autonomía”
nacional en esos rubros.
Curiosamente, y a propósito de esta “tragedia” del
ascenso del “nacionalismo económico” el FMI ha publicado la investigación The return of industrial policy
in data.2024. Parece que la retórica de la “eficiente asignación de
recursos del mercado” ya solo queda para los incautos y, ante lo inevitable, el
FMI hace sugerencias para unas “eficientes” subvenciones que no “agraven” aún
más la geofragmentación. Enumera que, mientras en el año 1990, las acciones de
política industrial no llegaban ni a 70, y eran solo en países periféricos, el
2023, se han producido más de 2500 intervenciones de políticas industriales en
el mundo que, esta es una joyita lingüística del FMI, “discriminan” intereses
extranjeros. Y lo peor, es que estas medidas no las encabezan países
marginales, engullidos por populismos desenfrenados, sino los baluartes del capitalismo
moderno: EE.UU, Europa y China, que ahora compiten en subsidios con las
llamadas “economías emergentes”. Al final, el FMI se inclina por un tipo de
orden global híbrido en el que el proteccionismo y las subvenciones selectivas
en la industria se combinen con liberalizaciones de la relación salarial y de
la inversión extranjera “amiga”.
Pero no solo las grandes instituciones económicas
defensoras del antiguo orden global liberal constatan su lenta fosilización,
sino que son también las elites políticas occidentales las que salen a
justificar esta nueva oleada soberanista. No ha sido un comunista trasnochado
quien ha arrojado al “infierno” el libre comercio, sino el presidente Biden en
su discurso ante los sindicalistas norteamericanos en Springfield, el 25 de
enero del 2023. Y ha sido el mismísimo Jake Sullivan, Consejero de Seguridad
Nacional de EEUU, que recibió al presidente electo de Argentina Milei en visita
a Estado Unidos en noviembre del 2023, el que semanas antes había expuesto la
“estrategia industrial estadounidense” para garantizar su “seguridad nacional”.
Tengo curiosidad de saber qué habrá hecho Milei, con sus acartonadas frases
paleolibertarias aprendidas de Murray Rothbard, al chocarse con el ferviente
defensor de un “patio pequeño y valla alta”, es decir, proteccionista, para las
tecnologías estratégicas estadounidenses en las áreas de inteligencia
artificial, microprocesadores, computación cuántica y las llamadas energías
verdes.
Para no quedar muy cortos ante la historia, los
políticos europeos, fervientes defensores del liberalismo económico, ahora
también están mudando de ropaje y asumiendo el alegato soberanista. Se trata de
un travestismo ideológico obligado por la inferiorizacion económica frente a
China. En un extenso discurso pronunciado el 25 de abril en La Sorbona, el
presidente francés Macron, ha expuesto de manera sistemática el fin del orden
globalista y el regreso a la política de las fronteras para que la vieja Europa
“no muera” En palabras solemnes, la Europa que “compraba su energía y sus
fertilizantes a Rusia, tenía su producción en China y delegaba su seguridad en
Estados Unidos ha terminado”.
Hay que abandonar la “ingenuidad” de las políticas
comerciales de fronteras abiertas ya que “las dos principales potencias internacionales
han decidido dejar de respetar las reglas del comercio”, sentencia Macron. Y
para que Europa no muera, propone que hay que “ser soberanos”. Para ello, hay
que aumentar “la capacidad de defensa” europea, incluida la atómica y el
despliegue de “una economía de guerra” para el rearme. Como ya lo había
adelantado el secretario general de la OTAN, J. Stoltelberg, los mercados no
traen la armonia; solo “las armas son el camino a la paz”.
Paralelamente, argumenta Macron, se debe impulsar una
política industrial “made in Europa”. Esta mala palabra hace 7 años, cobra hoy
protagonismo estratégico para el presidente francés. Y lo hace de la mano de la
defensa de las “subvenciones” a empresas estratégicas, la “derogación de la
libre competencia” en sectores productivos claves. Ante productos extranjeros
más baratos, “hay que proteger a nuestros productores” y no “ceder ante la
desindustrialización”, asevera Macron en La Sorbona. Para rematar este arrebato
de proteccionismo iliberal, propone proteger aún más a sus agricultores
europeos de la “desleal” competencia externa y un “golpe de inversión pública”
que dinamice la económica continental. ¿Y el déficit fiscal?, no es problema
para él. Hay que subir los impuestos, comenta Macron ante la mirada horrorizada
de los defensores del libre comercio. “Impuestos fronterizos” a las
importaciones, “impuestos a las transacciones financieras”, “impuestos a las
multinacionales”. Ni la CEPAL anteriormente dirigida por Alicia Barcenas lo
habría dicho mejor. Y si hay dudas de este revival del nacionalismo económico,
Macron se encarga de disiparlas anunciando el control de inversiones
“no-europeas” en sectores sensibles. Con razón el The Economist se ahoga en un mar de lágrimas ante
el irreversible derrumbe del viejo orden global. Ciertamente no es un regreso a
los tiempos del norteamericano New deal de Roosevelt, ni a la quinta república de Charles de
Gaulle; pero claramente es el globalismo neoliberal que cede su paso a un
modelo anfibio de soberanismos regionales, liberalismos selectivos y oleadas de
subvenciones y déficits fiscales elevados.
Sin embargo, nunca faltan en el teatro político, los
anacrónicos, como los Milei y los mileis andinos, que evocan a un “occidente”
globalista y de libre mercado que ya solo existe en la insignificancia de su
furiosa retórica. Son los melancólicos esperpentos de una curiosidad colonial,
que pretenden llevar a sus países a una economía de enclave o dual: un paraíso
para un puñado de empresas extractivistas de materias primas de exportacion, en
medio de un mar de servicios precarizados. Se trata de exóticos fósiles
tratados con indulgente conmiseración por un “occidente” hoy cada vez más
soberanista y proteccionista, que se distrae con sus agraciados malabarismos
discursivos vintage,
a modo de rancio recuerdo de los dorados años de un globalismo extinto.
Este artículo fue publicado originalmente el día 16
de mayo de 2024
Fuente: Página/12
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