Diario La Bastilla

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27/05/2026

9:03 0

 

Sobre la meritocracia y la acumulación originaria de capital

La economía política de la serie Peaky Blinders

Peaky Blinders ofrece una crítica implícita a la narrativa del “emprendedor heroico”. Thomas Shelby es presentado como un genio estratégico, pero su éxito no se debe únicamente a su inteligencia, sino a su disposición a ejercer la violencia y a la coyuntura histórica de la posguerra.

Peaky Blinders es una arqueología del capitalismo salvaje de entreguerras.

A cuatro años del final de la serie que revolucionó las narrativas de gánsters, Peaky Blinders regresó el 20 de marzo de 2026 con su esperada película “The Immortal Man”. Este largometraje de 112 minutos, escrito por el creador Steven Knight y dirigido por Tom Harper (quien ya había trabajado en la serie original), se presenta como el cierre definitivo de la historia de Thomas Shelby, aunque no del universo que lo rodea.


La excelente serie Peaky Blinders, donde además del relato y el entrelazamiento con hechos históricos se destaca la musicalización y la fotografía, construyó durante seis temporadas una arqueología del capitalismo salvaje de entreguerras, mostrando con precisión cómo la violencia originaria no es una anomalía, sino el motor invisible de la acumulación del capital.


La historia comienza en Birmingham durante 1919. Un soldado que regresa del frente descubre que el imperio por el que mató ya no tiene un lugar para él. Ambientada en la Inglaterra de entreguerras, se ha convertido en un fenómeno cultural masivo no solo por su estética impecable, sino porque sus conflictos resuenan con una actualidad incómoda: el ascenso de nuevos ricos que desafían a las viejas élites, la porosidad entre crimen organizado y Estado, la financiarización salvaje de la economía y la constante reinvención de la violencia como herramienta de acumulación.


Peaky Blinders constituye una de las representaciones más lúcidas de la acumulación originaria del capital en la pantalla contemporánea. Lejos de presentar al capitalismo como un sistema de intercambios virtuosos, el sistema es presentado como lo que realmente es, un proceso violento, contradictorio y profundamente dependiente de la coerción estatal y la explosión de crisis recurrentes. A través del ascenso de Thomas Shelby, asistimos a la metamorfosis del capital ilegal en capital productivo, la colonización del Estado y la transformación de un clan marginal en una fracción de la burguesía industrial.


En el primer tomo de El Capital, Karl Marx dedica una sección fundamental a la llamada “acumulación originaria”. La cual, lejos de ser una acumulación “virtuosa” producto del ahorro y el trabajo, es presentada por el propio Marx como un proceso histórico en el que la violencia, la expropiación y la legislación coercitiva separan a los productores directos de sus medios de producción, creando al mismo tiempo a los dos sujetos del capitalismo: el capitalista (poseedor de de los medios de producción) y el trabajador “libre” (desposeído de los medios de producción y obligado a vender su fuerza de trabajo).


Lo que Marx describió como el “pecado original” del capital —la expropiación violenta de campesinos, el saqueo colonial, la esclavitud— no fue un episodio cerrado en el siglo XVIII. Peaky Blinders muestra que la acumulación originaria es un proceso continuo que se reactiva en cada crisis.


El origen del capital

En el imaginario de la economía neoclásica, el capital surge del ahorro, la previsión y el intercambio voluntario. Adam Smith hablaba de una cierta “acumulación previa” fruto del trabajo y la frugalidad. Sin embargo, Karl Marx desmonta esta fábula edulcorada en la Parte VIII de El Capital con un concepto incómodo y revelador: la acumulación originaria (o primitiva), lejos de ser un acto de virtud, se trata del parto sangriento del modo de producción capitalista. “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos sus poros, desde la cabeza hasta los pies.”


Los Shelby encarnan con toda crudeza este proceso. Al inicio de la serie, no pertenecen a la burguesía industrial establecida. Su capital es ilegal: apuestas clandestinas, contrabando de licores, extorsión. Sin embargo, la serie muestra descarnadamente que el origen violento no es una anomalía del sistema, sino su condición de posibilidad. Lejos de ser una reliquia histórica, los conceptos de acumulación originaria del capital que Karl Marx describió en el siglo XIX siguen vigentes; solo han cambiado de escenografía.


Una de las tesis centrales de la economía política marxista es que el Estado no es un árbitro neutral entre clases, sino una instancia que organiza y legitima la dominación de clase. Peaky Blinders ofrece una ilustración magistral de este proceso. La relación de los Shelby con el inspector Campbell, primero como perseguidores y luego como colaboradores, y su posterior vínculo directo con Winston Churchill, revelan la porosidad entre violencia privada y violencia estatal.


La acumulación originaria no termina cuando el capital se “legaliza”. Al contrario, la legalización es una nueva fase de la misma violencia. Cuando Thomas Shelby compra terrenos, obtiene concesiones oficiales y es nombrado miembro del Parlamento, no está “abandonando” el crimen; está internalizando la lógica del Estado para blindar su acumulación.


“Capitalismo legal”

La serie muestra con crudeza que el “capitalismo legal” no es el reino de la meritocracia ni la moral, sino el espacio donde la violencia originaria se vuelve sistémica. A medida que los Shelby consolidan su imperio, la serie abandona gradualmente los callejones de Small Heath para internarse en el espacio central de la producción capitalista: la fábrica.


En las temporadas centrales, la adquisición de plantas industriales convierte a la familia en empleadora directa de cientos de trabajadores. Aquí es donde la economía política se vuelve más explícita. La propiedad del trabajo ajeno pasado u objetivado se presenta como condición única para la apropiación ulterior del trabajo ajeno presente o vivo.


La contradicción entre capital y trabajo no se resuelve con la “meritocracia”. Los Shelby, que nacieron proletarios, se enfrentan ahora a los obreros que reclaman mejores condiciones. La huelga, la exigencia de reducción de jornada y el control sindical se convierten en el nuevo campo de batalla. Thomas Shelby, que antes desafiaba a los patrones, ahora adopta la lógica patronal: los salarios son un costo a reducir, la disciplina un valor a imponer.


Esta transformación ilustra una de las lecciones más duras de la economía política: la posición de clase no es un rasgo identitario fijo, sino una función dentro de la estructura productiva. El capital no tiene memoria; convierte a sus antiguos enemigos en sus nuevos guardianes. La violencia que los Shelby antes ejercían contra el Estado ahora la ejercen contra sus propios pares de origen para defender la tasa de ganancia.


El capitalismo, para alcanzar su madurez, no solo necesita explotar el trabajo industrial; necesita mercantilizar todas las esferas de la vida. Peaky Blinders muestra cómo los Shelby extienden su lógica de acumulación a territorios que la burguesía tradicional consideraba “no económicos”.

El contrabando de alcohol durante la Ley Seca estadounidense, la expansión de las casas de apuestas y, finalmente, la incursión en el negocio de la comunicación (periódicos, propaganda) reflejan la tendencia del capital a convertir cada relación social en mercancía.


La serie también aborda la financiarización incipiente. Cuando Thomas Shelby comienza a operar con letras de cambio, acciones y especulación bursátil, el capital se vuelve aún más abstracto y, paradójicamente, más violento. El crash financiero que lo golpea en temporadas avanzadas no es un castigo moral, sino la manifestación de la inestabilidad endémica del capitalismo, donde la acumulación originaria no es un episodio del pasado sino un riesgo permanente: cualquier crisis puede expropiar al expropiador.


Finalmente, Peaky Blinders ofrece una crítica implícita a la narrativa del “emprendedor heroico”. Thomas Shelby es presentado como un genio estratégico, pero la serie se encarga de mostrar que su éxito no se debe únicamente a su inteligencia, sino a su disposición a ejercer la violencia y a la coyuntura histórica de la posguerra.


Sin la Primera Guerra Mundial —la gran crisis que desestructuró las jerarquías tradicionales—, sin el ejército de veteranos desposeídos dispuestos a seguirlo, sin la fragilidad de un Estado en transición, los Shelby no habrían sido más que una pandilla local.


El capital no es un atributo individual, sino una relación social. La riqueza de los Shelby no es fruto del mérito, sino de la capacidad de organizar la violencia, controlar territorios, explotar a la clase obrera y capturar rentas. La serie desmonta así el mito liberal del “self-made man”. Thomas Shelby se hizo a sí mismo con las manos manchadas de sangre ajena, y la serie nunca deja que olvidemos ese precio.


La serie se convierte en un documento de economía política aplicada al ilustrar cómo el capitalismo de entreguerras jamás abandonó sus orígenes violentos, sino que los sofisticó. Los Shelby son los herederos directos de aquellos cercadores de tierras, traficantes de esclavos y patrones industriales que forjaron el Imperio Británico. La serie nos recuerda, con estética gánster, que el capital no se lava con el tiempo: se reencarna.


Pablo Caramelo es economista UBA. @caramelo_pablo


Fuente: Página/12

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Qué venden, cómo operan y qué esconden

Los “templos del ahorro”: importaciones sin control, electrodomésticos flojos de papeles y precios en dólares

En el Conurbano y grandes centros urbanos del país se multiplican los galpones con productos de China a bajo precio y con escasa regulación. Expertos alertan por el incumplimiento de requisitos de seguridad y empresarios denuncian competencia desleal.

Galpones de productos importados Estantes hasta el techo y precios en dólares Página|12

Pablo tiene 25 años y desde hacía meses quería comprar una freidora de aire. Buscó, comparó y se frustró más de una vez, hasta que encontró su revancha en un galpón de productos importados en la zona oeste del Gran Buenos Aires. “La pagué menos de 100 lucas, cuando una similar en una marca conocida estaba 150, imposible de comprar", cuenta a Página/12 mientras recorre los pasillos del lugar.


Al calor de la apertura de importaciones, desde mediados de 2025 se inauguraron múltiples “templos del ahorro”, grandes superficies ubicadas en distintos puntos del Conurbano bonaerense y otros grandes centros urbanos del país que ofrecen productos traídos del exterior a precios irrisorios que en tiempos de crisis ofrecen una alternativa económica para bolsillos deprimidos. Sin embargo, expertos alertan por la falta de controles e incumplimiento de los requisitos mínimos de seguridad.


El sitio tiene la estética cruda y la organización de un depósito mayorista, con estantes infinitos que van desde el piso hasta el techo y torres de cajas inalcanzables. Los fines de semana explotan: atraen miles de personas que hacen filas de más de una cuadra para ingresar y acceder a precios tentadores, imposibles de conseguir en las grandes cadenas. Muchos aparecen expresados en dólares, se paga al tipo de cambio blue del día y hay descuentos del 10 % abonando en efectivo.

Galpón productos importados Estantes con cajas apiladas hasta el techo: la estética de los nuevos galpones de productos importados. Página|12

En los “templos del ahorro” confluye todo y más. Sillas de comedor tapizadas y mochilas con rueditas para niños a $25.000; botellas de acero inoxidable por $9.000 y hasta bicicletas por $200.000, muy por debajo del promedio del mercado.


Pero el imán que atrae a los cazadores de ofertas son los productos eléctricos: mini ventiladores de mano por menos de $3.000, auriculares gamer por $8.500 o bufandas calefactoras por $18.000. También pavas eléctricas a $12.289, planchas a $22.000 o una estufa de cuarzo a $10.000. La oferta no tiene fin: planchas para cocina, freidoras de aire, picadores de carne, hornos y wafleras, entre otros.

Galpones de productos importados Bicicleta rodado 29 a 200 mil pesos, muy por debajo del promedio de mercado. Página|12

Baratos, pero inseguros

Pero desde la Cámara de Fabricantes y Vendedores de Pequeños Electrodomésticos (CAFAVEP) aseguran que es imposible ofrecer estos precios cumpliendo con todos los estándares de seguridad. Además, denuncian que el contexto de baja de aranceles para la importación se mezcla con “una subfacturación sistemática de entre el 50% y el 85% del valor real de los productos con la venia de las autoridades aduaneras" para pagar aún menos impuestos.


Los empresarios aseguran que es imposible importar ventiladores retráctiles o freidoras de aire por U$S 5 o cafeteras por U$S 2,70 como está ocurriendo. “Los costos reales mínimos están entre tres y cinco veces por encima esos valores”, sostienen ante Página|12.


En el afán de bajar los precios a como dé lugar, el Gobierno flexibilizó y eliminó regulaciones para importar productos eléctricos. “Nadie controla lo que ingresa al país”, advierte a este medio un profesional especializado que era clave en los controles de electrodomésticos importados.


Importaciones sin control, la receta del Gobierno contra la inflación

Vía resoluciones, entre mediados de 2024 y 2025 el Gobierno de Javier Milei facilitó la importación de electrodomésticos, por un lado con la quita de aranceles para importación, y por el otro con el relajamiento de las medidas de seguridad.


“Antes el control tenía que hacerse en Argentina, se certificaba que el producto fuera lo que decía ser y se tomaba una muestra para someterla a un ensayo de laboratorio en el INTI o en privados, salvo convenios con otros organismos de control internacionales”, explica el especialista. En esos procesos se verificaba que el producto “no provoque choques eléctricos o que no propague fuegos”, ejemplifica.

Galpones de importados Los "cazadores de ofertas" recorren los pasillos en busca de oportunidades Página|12

En la actualidad basta con ponerle a la caja del producto un QR con una declaración jurada del importador validada por un organismo certificador, nacional o extranjero, que asegure que cumple con todas las reglas. El Gobierno apartó de los controles tanto a la Aduana como a los organismos nacionales. “Ahora el proceso se invirtió y el control es posterior, pero nadie controla”, alerta el profesional.


Para abaratar costos, muchas empresas importan productos que al ingresar a la declaración jurada dicen una cosa, pero en realidad son otra.


Es el caso de una “parrilla grill” con una potencia de 2.000 watts que se comercializa en un galpón de electrodomésticos y artículos para el hogar en Ituzaingó, en el oeste del Gran Buenos Aires: aparece declarada como “tostadora” de hasta 850 W.


“Registramos varios casos donde le encajan certificados de productos aprobados a productos que no lo están. Por ejemplo a una tostadora le ponen el certificado de un horno eléctrico. Nosotros denunciamos el caso de un termo eléctrico de 700 W que declararon como pava de 1.200 W″, ejemplifica Guillermo Duodero, ingeniero en electrónica de Peabody, empresa de electrodomésticos.


Al establecerse un control posterior, todos los productos son seguros hasta que se demuestre lo contrario. Pero es imposible controlar de manera rápida cuando los productos ya se comercializan. “Detectaron un caso de una heladera que incumplía normas mínimas, hicimos la denuncia desde la Cámara, pero hasta que los sancionaron pasaron nueve meses y ya habían vendido todas. Encima apelaron la multa y andá a saber cuándo van a pagar”, cuenta desesperado Dante Choi, dueño de Peabody.


En estos dos años, la empresa despidió e hizo acuerdos por desvinculaciones. Así, pasó de 350 empleados a poco más de 60. “Las ventas cayeron entre 30 y 40 por ciento”, lamenta Choi, que mudó gran parte de su operación a Paraguay para abaratar costos, aunque asegura que así y todo le cuesta competir contra las importaciones desleales.


Subfacturación y baja calidad, un combo letal

La CAFAVEP denuncia que los valores de miles de productos que ingresan al país son irreales.


“Están entrando electrodomésticos a valores que están por debajo de la materia prima que se utiliza para fabricarlos”, sostiene el ingeniero Duodero.

Subfacturación La CAFAVEP denuncia que los valores FOB (del producto puesto en el buque del país de origen) de importaciones son irreales. CAFAVEP

“Nosotros mandamos ese termo a un laboratorio privado y le encontraron diez puntos que incumplían los requisitos mínimos de seguridad, desde protecciones para el calentamiento que permiten que se apaguen sin agua, hasta la estabilidad. Se volcaban muy fácil”, alerta.


Los especialistas coinciden en que la gama de productos que ofrece el mercado chino es muy amplia: una misma fábrica puede producir cumpliendo ciertos estándares, pero si le piden bajar costos pueden personalizar el producto para ahorrar en aspectos de seguridad.


Así y todo, los empresarios sostienen que es imposible que el costo de los productos sea el que declaran en la Aduana. “Hay subfacturación sistemática de entre el 50% y el 85% del valor real de los productos“, con el objetivo de pagar aún menos impuestos.


Choi recuerda que en 2016 su empresa fabricó desde cero un ventilador de techo retráctil, con un costo material de U$S 35, pero que desde el año pasado ese mismo producto se importaba desde China a U$S 15 y meses después a U$S 5. “No se puede hacer por menos de 20 si querés cumplir lo mínimo que pide la ley“, sostiene.

El empresario le propuso a la Aduana que pidiera el certificado de exportación que las empresas presentan en China. Allí figura el precio real porque tienen que pedirle el porcentaje de subsidio al gobierno chino. “Se me rieron en la cara. Me dijeron ‘nosotros estamos liberalizando’”, cuenta con fastidio.


Un ejemplo concreto son las pavas eléctricas, que se consiguen en torno a los $12.000, cuando en Argentina está vigente una medida antidumping que establece que no se pueden importar por debajo de los U$S 12,46 por unidad, unos $17.600.


Excepto que importen para perder dinero, los números no cierran. A ese cálculo aún habría que sumarle costos como impuestos aduaneros e internos, tarifas y salarios que el comercio tiene que afrontar.

Galpones de productos importados Estos negocios venden una amplia gama de productos Web

Si bien las grandes cadenas suelen ser más rigurosas a la hora de comercializar productos, no son completamente ajenas a estas prácticas. “Nosotros somos proveedores de una cadena grande y les dije que estaban vendiendo una estufa de cuarzo que no cumplía las condiciones. Me contestaron que ‘nos quedan 400, mejor esperamos y pagamos la multa si nos agarran’ y no la retiraron”, asegura Roberto Cristiá, dueño de CRIVEL y presidente de la CAFAVEP.


Su empresa fabrica electrodomésticos en Rosario y también achicó su planta: pasó de 120 empleados en 2023 a 45 en el presente. “Esto es como los 90. Hasta ese entonces los termostatos para calefacción y las planchas las hacíamos acá. Había cuatro o cinco fabricantes, ahora vienen de China″, sostiene el empresario.


La mayoría de estos casos ocurre con electrodomésticos chicos, ya que son más fáciles de transportar y tienen costos menores. Pero la falta de controles también afecta a los grandes productos. “Una empresa importante trajo una heladera que era una porquería, no estaba preparada para enfriar en zonas tropicales y no funcionaba en el norte del país”, cuenta Alejandro Schwartz, dueño de Visuar, la fabricante de heladeras y lavarropas de Samsung en Argentina.


La compañía infractora fabricaba en Catamarca, hasta que a principios de este año anunció el cierre de la planta para ahora importar todos sus productos desde Asia.


Schwartz también cita el caso de un lavarropas que prometía ser de seis kilos, pero no lo era. “Tardaron nueve meses en multarlo, ya se habían vendido todos. Sin contar que te apelan la multa y no la pagan. Y cuando lo hacen, igual les queda ganancia”, explica frustrado.


“Es cosa de mirar bien”: cuando el Estado deja de controlar

En un contexto de caída de los salarios y el consumo, las importaciones baratas son la única vía de acceso a ciertos productos para millones de personas. Con un Estado que se corre de sus funciones de control, los propios consumidores deben convertirse en especialistas en seguridad eléctrica.


“Es cosa de mirar bien”, explica Silvia, una mujer de unos 40 años que recorre los pasillos del galpón con su changuito. “Te das cuenta que hay cosas muy truchas, entonces hay que tratar de no comprar lo más barato”, reconoce. Si bien dice que recurre a estos lugares “más que nada para comprar chucherías”, también aprovecha para adquirir electrodomésticos que “de otra manera no podría tener”.


Pero más allá de estrategias como “fijarse si la caja parece muy trucha”, como dice Silvia, el consumidor promedio tiene pocas herramientas para verificar si un producto eléctrico es seguro. “Es medio complicado que alguien sepa si un plástico es antiflama o si las estufas tienen un termostato que se corta a cierta temperatura”, lamenta Duodero.

Galpón de productos importados Una pantalla le muestra a los clientes el tipo de cambio al que se pesifican los precios ese día. Web

¿Y cuánto tiempo hay para probar un producto adquirido en estos galpones? “La garantía es de 72 horas”, responde un trabajador ante la consulta de este diario.


Si bien en sus redes sociales aseguran que en algunos productos el lapso de tiempo es mayor, la Ley de Defensa al Consumidor establece que la garantía mínima para productos nuevos debe ser de seis meses.


“Los consumidores no pueden evaluar esas cosas, se necesita un ensayo de laboratorio. Las declaraciones juradas de los QR son inentendibles y no hay controles de lo que ingresa al país”, lamenta el especialista de un organismo nacional.


Pero el anhelo de consumo, en ocasiones, puede más que la precaución. “Tenés que estar atento que no te vengan cosas falladas, el control de calidad es uno mismo”, asegura Rubén, de 40 años. Responde sin quitar la vista de los altos estantes mientras camina concentrado en busca de algún producto que le llame la atención. “Tienen buenos precios y hasta ahora no pasó nada grave. ¿Algo de marca? No se puede comprar ya”, sentencia, mientras posa su mirada en una cafetera.


Fuente: Página/12