El retiro del Estado y la condenación de los lazos sociales
La disenterÃa del alma
Como respuesta a la polÃtica
de la crueldad, el autor plantea la necesidad de reinventar los vÃnculos y la
organización social en la cultura para garantizar la dimensión humana de la
comunidad.
11 de abril de 2024 - 00:01
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Represión en la 9 de Julio a
las organizaciones sociales que reclamaban alimentos.. Imagen: NA
1. ¿Puede nombrarse solo crueldad a estos cien dÃas de un gobierno democrático que ha reinstalado las condiciones y las imágenes de la horrible dictadura que atravesamos hace 40 años? Sin dudas hay allà crueldad, pero ¿es este el mecanismo más restallante de lo que se pone en juego contra el otro semejante y sobre la población en su conjunto?
La crueldad es, además de
una acción, una cierta estética que ya los surrealistas habÃan propuesto y que
está también presente en el Teatro de la Crueldad de Antonin Artaud, cuyo
objeto era el de fomentar una performática que produjera sorpresa e impresión a
los espectadores mediante situaciones impactantes, inesperadas, intentando
trasponer los lÃmites de la escena. Sin embargo, allÃ, en estas experiencias,
la crueldad es todavÃa del predominio de la representación. Si bien el tocador
de Sade en “FilosofÃa en el tocador” promueve un escenario cuyo objetivo no
solo es orgiástico sino también el de hacer del otro un objeto de goce extremo,
estamos todavÃa en una estetización deslumbrante, arrasadora y obscena. Ambos
dentro de las márgenes de una cierta literatura, de una letra que no es la sala
de tortura.
2. Por contrapartida,
¿podemos nombrar sólo crueldad a este baño de realidad inevitable al que nos
han sometido en estos primeros cien dÃas de gobierno? ¿Podemos solamente
proponer que esto es una moda global? Por estos dÃas no se trata solo del
retiro del Estado que promueve el Estado de Excepción, sino de una curiosa
condenación de todo aquello que entendemos por lazo social y por mancomunión.
Mucho de lo que habÃamos rondado trabajosamente durante cuarenta años alrededor
de los horrores irreparables retorna en ecos que fragmentan la experiencia
cotidiana.
Esa fragmentación también
acontece en el plano institucional, hacia un fenómeno ya conocido de la
constitución de estados paralelos fragmentados --como ocurrió, por ejemplo,
oportunamente, con los Centros Clandestinos de Detención--, quistes de poder
que no son solo del sistema financiero o los endeudadores económicos seriales
que vienen a saquear. No se trata solo de la sala de tortura como espacio de
poder absoluto, sino que esa fragmentación estalla en los vÃnculos y en la
mancomunión cotidiana, en las relaciones amorosas, en los lazos afectivos, en
las estructuras familiares, en los colectivos sociales, en las organizaciones
sindicales y en las estructuras donde desarrollamos nuestros trabajos.
3. No será solamente el
latiguillo sobre el potencial predominio y la amenaza de un narcoestado, como
modo de proponer y fundamentar la inervación de poderes paralelos, sino que
allà tenemos una apuesta más profunda, la de la fragmentación sobre la
fragmentación, la hiperfragmentación hasta la pulverización de lo que conocemos
como signos comunes en los que nos reconocemos como paÃs, en los que cada uno
de nosotros nos reconocemos en este paÃs, nuestro paÃs Argentina. Por estos
dÃas llegan al consultorio emergentes brutales que no tienen solo que ver con
la angustia o el sufrimiento psÃquico, sino con un retroceso a los puntos
elementales de la supervivencia, y aquella experiencia que Freud nombró como
“introversión de la libido”, paralizante, ligada al duelo patológico y que por
otra parte consiste en el hacerse objeto de los autorreproches.
Esta inmersión constante en
la hostilización social y económica, por otra parte, mantiene la vida en el
plano del estupor, una supervivencia de lo viviente, que es un punto de
renegación de la experiencia humana y de la vida como experiencia que requiere
de una animación, una ilusión, una multiplicación. El psicoanalista Rodolfo
Iuorno lo habÃa señalado bien en sus seis conferencias sobre autismo, “La
animación de lo viviente”: “...una postergación sobre la inmediatez, posterga
lo inmediatode una identificación que arrebata... inhibición sobre el
movimiento que posterga una inmediatez”. No se trata solamente del trabajo que
no paga las cuentas, sino de un modo de exterminar la condición humana hasta
llevarla al automático de la acción - inacción catatónica. Esta experiencia fue
bien señalada por Giorgio Agamben en “La Comunidad que viene” respecto del
autista --idéntica referencia que utiliza Iuorno para sostener su hipótesis de
trabajo--.
Por otra parte, en “Lo que
queda de Auschwitz”, también de Agamben, el autor señala que el efecto de ese
campo de concentración, Auschwitz y sus horrores, sigue despierto. En esos
campos se reproducÃa esta misma lógica, la del estado de shock, la de volver al
otro, objeto en la pasividad y el terror absolutos. La supervivencia extrema
anula cualquier posibilidad de animación. El extremo en esos campos atestados
de seres condenados a la muerte es una implantación deliberada.
HabÃa aun una experiencia
más aterradora y curiosa. Algunos dejaban de comer, de beber, de caminar, de
controlar esfÃnteres. Renunciaban a supervivir, y parados comenzaban a
balancearse al modo del reconocido rocking autista. Los propios judÃos del
campo, de manera peyorativa, se dirigÃan a aquellos que habÃan abandonado la
vida superviviente por esa otra acción automática, afectados de una disenterÃa
del alma, los llamaban musulmanes porque asà rezan los musulmanes mirando a la
Meca. Como a muchos otros en los campos de concentración, la disenterÃa y el
tifus desencadenó también la muerte de Anna Frank.
Retomando, la crueldad está
todavÃa en el plano de la representación, en el plano de la palabra, aunque
pueda haber cosificación del otro, pero no de la cosa. El padecimiento hasta la
organicidad a cielo abierto es del predominio de la cosa, allà ya no hay espacio
para la vida humana.
4. Existen hoy en nuestro paÃs millones de personas que están afectadas de esa disenterÃa del alma. Quienes aún tenemos voz, aunque no sabemos por cuánto tiempo conservaremos una conciencia crÃtica y analÃtica, tenemos voz todavÃa y encontramos un destello entre representación y cosa --refiriendo a Foucault en “Las palabras y las cosas”--, nos obliga a mancomunarnos, a tomar posición y a despertar de los efectos de esta ciega sordera superviviente. Tenemos que promover, como lo hicieron los organismos de Derechos Humanos oportunamente, un llamado a la vida, entregándonos a la dimensión humana y a su transmisión. No es sólo interviniendo la dupla implosión - explosión que observamos en los consultorios como micropasajes al acto --en posiciones suicidas--, ni alcanzará sólo con el efecto social de reunirnos en las calles y en las plazas. Tenemos que reinventar, volver a inscribir, no solo los vÃnculos, sino la organización social en la cultura, que es la garantÃa de la existencia de una comunidad en la dimensión humana.
Cristian RodrÃguez es
psicoanalista. Espacio Psicoanálisis Contemporáneo (EPC).
Fuente: Página/12
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