Mi guÃa es mi compromiso conmigo
Por Fabián Restivo
16 de enero de 2024 - 00:01
Imagen: Fabián Restivo
En la penumbra del cuarto
en siesta y acostada el lado de su madre, LÃa abrÃa mucho los ojos buscando
algo en el techo absolutamente blanco. Ni siquiera aparecÃan para consuelo las
lÃneas de sol horizontales y definidas que dibujaban las celosÃas sobre la
madera del piso a la mañana. Fue entonces cuando algo adentro de ella eligió un
rumbo y a los trece años de su edad abrió la boca y dijo “quiero ser
trabajadora social”. La respuesta de Nilda, su mamá no se hizo esperar: “eso es
peligroso”. Faltaban mas de veinticinco años y muchas decisiones y barrios y
gentes y paÃses recorridos, para que el educador y filósofo Leonardo Boff
pusiera su atención en ella y a su trabajo.
LÃa De Ieso vuelve a abrir los
ojos, sonrÃe con algo de nostalgia y recuerda que “hasta mis quince años nos
mudábamos mucho y finalmente recalamos en una casa en Palomar, creo que tantos
cambios me llevaron a pensar en el tema de los cuidados. En qué significa y
como se valoran los cuidados. Me preocupaba, pensaba siempre el tema de cuidar
del otro, de la otra, del núcleo.”
A pesar de la firmeza de
sus palabras en aquella siesta, siguió pensando que podrÃa ser eso o directora
de teatro. Y finalmente fue trabajadora social con el agregado de su interés en
los cuentos de tradición oral, que aplicó a su tarea que “es compleja y hay que
sumar creatividad. Trabajo con grupos de personas de altÃsimo riesgo y hay que,
no solo cuidar y contener, sino darles herramientas nuevas que las ayuden a
sobrellevar su situación. Siempre vi que el arte era positivo y vital y yo ya
coordinaba grupos terapéuticos, grupos de familiares de chicos que estaban
internados por adicciones.” Y se queda pensando en lo acertado que resultó su
interés por la cultura de cuentos orales para su quehacer y que “esa
incorporación fue algo natural.”
Quizá por las sensaciones
que le provocaban sus mudanzas permanentes habÃa comenzado a preocuparse por
los cuidados mucho antes, desde la escuela de monjas misioneras con las que
visitaban villas y asilos de ancianos de Buenos Aires, Chaco, Neuquén, y
familias con problemas varios que “siempre me hacÃan volver sobre el tema de
los cuidados. A cada lado que iba, mi preocupación y mi foco se ponÃa en quien
cuida, cómo se cuida, y hasta para qué cuida.”
La salida de la escuela le
planteó una bifurcación que era necesaria: querÃa salir del ámbito de la
iglesia: “las monjas eran, son buenas en el trabajo social, pero no me
convocaba el tema de la evangelización, a pesar de que en ese grupo habÃa
laicas también, pero cargaba con la visión de la carrera en la universidad de
La Matanza, ese postulado que decÃa que la religión debe estar lejos de nuestra
ciencia. Ahora está cambiando un poco eso, pero era un signo de época. Yo venÃa
de la escuela Cristo Rey de Caseros y habÃa que cortar.” Mas tarde se darÃa
cuenta que “después en todos los espacios de trabajo aparecÃa lo religioso y
eso me llevo a una reflexión en profundidad.” Y supo que a la teorÃa y la
práctica, habÃa que agregarle comprensión de lo que sucedÃa en la realidad del
territorio y cariño.
En el año 2008, siendo muy
joven pero teniendo ya un intenso trabajo de campo, fue al foro social mundial
en Brasil, con la Red de Mujeres de La Matanza, espacio al que llegó a través
de las Hermanas Oblatas del SantÃsimo Redentor, y entonces, recordando se
vuelve a reÃr fuerte “¡no me podÃa sacar de encima a las monjitas!” y menos
pensando que fue con las monjas del colegio Cristo Rey que habÃa sido invitada
años antes a presenciar y presentarse en el modelo de la OEA en Washington, y
que -seguramente- esa misma inquietud sin sosiego de las monjas, la llevó a
pasarse todo su último año de secundaria “recorriendo todas las universidades
de Buenos Aires. Sin invierno ni primavera ni verano.” Siempre intentando
esquivar a las monjitas, pero “Mis primeros trabajos fueron con las Hermanas
Oblatas, ahà en Matanza. No querÃa ir con monjas y al final fui. Fue toda una
discusión con mi profesora porque ¿qué tengo que hacer yo con las monjas? Yo
voy a ser trabajadora social. Al final fui. Igual la monja que era mi
referente, Sandra, es trabajadora social. Y allá armamos siete centros de
alfabetización de adultos.”
La risa de la conclusión
invita a armar otro mate, a navegar otros momentos, sin libros, ni viajes, ni
gente al borde de la vida. Un ratito de aire y cuentos de hija que ahora va al
mismo club que iba ella, el AFALP, en Palomar, que parece una casita suiza y
cuyo escudo tiene el Discóbolo de Mirón. Volver ahà le remontó otras cosas.
Sueños pasados y presentes, incertezas felices en el futuro propio y una
preocupación nueva:” esto que se está hablando de las internaciones
involuntarias sin el proceso de evaluación es muy peligroso, porque si internás
para luego evaluar y si no fue correcto, es una violencia que después lleva un
montón de tiempo reparar. Necesitamos una sociedad cuidadora, familias e
instituciones, porque allà hay muchos temas, desde adicciones y violencias,
hasta salud mental. Es un momento para discutir y llevar a buen puerto el trabajo
de las instituciones de cuidado.” Pero nos salimos del tema para ver la
Underwood antiquÃsima que le dejó el abuelo José que era un gran viajante y
contador de historias y que “ya encontrará su lugar en la casa. Mientras tanto
es una maquina itinerante. Casi como mi abuelo.”
De Bujarú, ese pueblo
lejano de Belem do Pará (a donde llegó al foro social mundial) más que el agua
verde del rÃo y la tierra colorada, la impresionó que “siempre llovió. Calor y
lluvia todo el tiempo. Un lugar rudo para nuestro trabajo.” Y fue allà mismo
que vio por primera vez a Leonardo Boff, hablando de la ética del cuidado y
quedó fascinada.
Terminada la tesis sobre
cuidados, su buen amigo, el periodista Rogerio Tomaz, se ofreció a
presentárselo a Boff.
Tiempo después, su tesis
convertida ahora en libro pronto a salir titulado “Cuidar: una mirada desde el
territorio”, tiene dos prólogos, uno de Leonardo Boff y otro de Ana Domiguez
Mon, antropóloga e investigadora del CONICET, lugar a donde “llegué por
casualidad, porque el CONICET no estaba en el paisaje de la Universidad de la
Matanza. A mi me dijeron que habÃa un lugar que daba becas para investigación,
postulé mi trabajo y gané.”
Hoy, la investigadora LÃa
De Ieso, se tomó un tiempo de su actividad territorial para preparar su libro y
descubre que “es raro, cuando estás en territorio no tenés tiempo de sufrir por
los otros, porque esos otros necesitan cuidados y esa es tu tarea. Y la hacés.
Ahora tomando un poco de distancia, duele ver todo lo que viste. Me duele más
la pobreza, la mirada a la distancia. Cuando estás ahà no tenés tiempo de que
duela. Estás viviendo y resolviendo y compartiendo, viviendo situaciones muchas
veces monstruosas. Ahora es un tiempo de lejanÃa y eso te permite sentir, pero
igual pronto volveré al territorio. No sé pensar en términos abstractos. Hay
que seguir alfabetizando adultos. Hay que seguir guiando para cuidar mejor.
Todo es lo que uno puede hacer. Y yo soy el cambio social. Para eso aprendÃ
abriéndome, vinculándome. Viendo y buscando saber con el cuerpo. Es lo que
hago, es lo que hacemos. Es mi vocación y de la que no puedo ni quiero salirme,
porque mi guÃa es mi compromiso conmigo”.
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