La memoria ardiente de Chile
11 de septiembre de 2023 - 00:15
Misión cumplida. Moneda tomada. Presidente muerto.
Eran
las 13:50 horas el 11 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile cuando el
General Javier Palacios transmitió aquel mensaje escueto a los jefes de las
Fuerzas Armadas que esa mañana habÃan dado un golpe de estado contra el gobierno
democráticamente electo de Salvador Allende. Seis palabras con que el militar a
cargo del asalto del Palacio Presidencial de La Moneda señalaba el fin de uno
de los experimentos sociales y polÃticos más fascinantes y alentadores del
siglo XX, el intento de Allende y la Unidad Popular, su coalición de partidos
de izquierda, de alcanzar el socialismo sin utilizar la violencia.
Medio
siglo más tarde, en un mundo donde tantas naciones se ven tentadas por
alternativas autoritarias, es más importante que nunca rememorar esa asonada
militar, que tuvo drásticas consecuencias en Chile y más allá de sus fronteras.
Las
secuelas más terribles las sufrieron, por cierto, los seguidores de Allende. La
violencia que nuestro presidente no quiso infligir a sus adversarios fue
visitada ferozmente sobre la sede del gobierno donde el presidente resistió
hasta el final en defensa de la constitución y de la dignidad. Su muerte serÃa
la primera de muchas muertes. Y la tortura y ejecución y desaparición de sus
colaboradores más cercanos ese primer dÃa fue el preludio de la persecución
sistemática de los allendistas durante la dictadura, incluyendo una gigantesca
ola de exilios (yo estaba entre los que se vieron obligados a salir del paÃs).
Aunque
esas y tantas otras demasÃas sucedieron durante los diecisiete años del régimen
del general Augusto Pinochet, sus efectos persisten hoy, perversa y
ejemplarmente en los más de mil compatriotas que fueron secuestrados por la
policÃa secreta y cuyos cuerpos todavÃa no han sido devueltos a sus familiares
--ni un fragmento de un hueso-- para que pudieran tener un funeral, ese rito
sagrado que se merece todo ser humano.
Si me
detengo en las desapariciones como el peor de los legados de Pinochet y sus
cómplices no es sólo porque encarna el modo en que se extremó el terror y el
desconsuelo, sino porque el acto de desaparecer a los disidentes trasunta lo
que la dictadura intentaba hacer con Chile mismo: hacer desaparecer, en efecto,
el sueño y proyecto de un paÃs diferente, justo y solidario, que venÃa
gestándose a lo largo de nuestra historia. Los nuevos gobernantes, asesorados
por los mismos civiles que conspiraron para derrocar a Allende, se pusieron a
desmantelar la democracia que habÃa permitido el experimento de la Unidad
Popular, liquidando las prácticas y el concepto mismo de un estado de
bienestar, sustituyéndolo por una economÃa regida por un fundamentalismo de
mercado sin frenos donde primaban, por encima de cualquier otro principio de
cohesión social, las ganancias, el individualismo y el consumismo exacerbados.
Chile
se convirtió en un laboratorio para las teorÃas de los Chicago boys y Milton
Friedman donde el pueblo chileno, especialmente sus miembros más vulnerables,
padecieron los embates de esta “terapia de choque” que, muy pronto, se exportó
a otros paÃses, notablemente durante los administraciones de Thatcher y Reagan,
un modelo neoliberal que, por mucho que se encuentre hoy en crisis, sigue
siendo globalmente dominante.
No
fueron esas las únicas repercusiones de la derrota de Allende. Debido a que el
camino pacÃfico al socialismo ensayado por nosotros habÃa despertado el interés
y las esperanzas de fuerzas progresistas en todas las latitudes, nuestro
fracaso sacudió a esas fuerzas como un sismo, instándolas a repensar su
estrategia para llevar a cabo transformaciones estructurales al capitalismo.
Ya a
principios de 1974, Enrico Berlinguer, el jefe del poderoso partido Comunista
Italiano, declaró que el desenlace letal de la revolución chilena demostraba
que esas reformas profundas no podÃan hacerse sin el sustento de una gran
mayorÃa que incluyera amplias capas medias y sus representantes. Esta
estrategia fue adoptada más tarde por los partidos comunistas español y
francés, lo que facilitó, respectivamente, la transición de España a la democracia
después de Franco y la presidencia de François Mitterrand en Francia.
Una
parte mayoritaria de la izquierda chilena, que ya estaba llevando a cabo una
autocrÃtica inevitable y dolorosa que reconocÃa deficiencias y errores, llegó a
una similar conclusión: para enfrentar exitosamente a la dictadura era
imprescindible una vasta coalición que rebasara los lÃmites del apoyo que habÃa
obtenido Allende, lo que en el caso nacional significaba sobre todo llegar a un
acuerdo con los demócrata cristianos arrepentidos de haber facilitado el golpe
con su oposición cada vez más acérrima y ciega al gobierno de la Unidad
Popular. Pese a tantas diferencias entre rivales históricos, se forjó
trabajosamente la unidad, lo que culminó en la contundente victoria de las fuerzas
democráticas en el plebiscito de 1988 que impidió que Pinochet se perpetuara
indefinidamente en el poder.
Si el
revés de Allende fue descorazonador para tantos en el mundo, el modo en que el
pueblo de Chile finalmente logró deshacerse de su dictador fue, en cambio, una
fuente de inspiración que deberÃa darnos aliento hoy. Pese al miedo que
Pinochet habÃa sembrado en cada ciudadano, pese a su control abrumador de las
palancas básicas de la economÃa y de las temidas fuerzas de seguridad, pese a
la complacencia de los principales medios de comunicación, demostramos que, con
una estrategia polÃtica correcta que unifica a todos quienes desean más
libertad y justicia, un grupo decidido de ciudadanos valientes son capaces de
resistir y vencer a los enemigos de la democracia.
Es una
lección que mis compatriotas necesitan recordar al conmemorar el cincuentenario
de la calamidad que devastó a nuestro paÃs, todavÃa tan saturado de
laceraciones. Aunque casi todos los sectores de la sociedad, de derecha y de
izquierda, han contribuido al categórico consenso de que son intolerables el
tipo de abusos y tropelÃas que sistematizó el régimen cÃvico-militar, no hay
tal unanimidad, en nuestra tierra polarizada, para condenar resueltamente el
golpe mismo. De hecho, José Antonio Kast, un entusiasta admirador de Pinochet
que bien podrÃa ser el próximo presidente de Chile justifica, junto a muchos
ultraconservadores, el golpe como una acción que salvó al paÃs del caos y el
comunismo. Según una encuesta reciente, el 36 por ciento de los chilenos cree
que Pinochet tenÃa razón al derrocar a Allende.
Es
probable, entonces, que la batalla por la memoria y la interpretación que
comenzó ferozmente el mismo dÃa del golpe --cuando algunos chilenos celebraron
con champán mientras sus compatriotas se veÃan obligados a beber su propia
orina en algún sótano maloliente-- se prolongará sin cesar en el futuro cercano
y quizás remoto.
La
incógnita fundamental son los jóvenes, esa enorme masa que no experimentó el
golpe ni menos los años de Allende. Cuando evoquen el golpe militar, ¿qué
imagen prevalecerá?
Se me
ocurre que será la foto icónica de La Moneda ardiendo, con enormes oleadas de
humo emergiendo del edificio sitiado. Ojalá la mayorÃa vea esa imagen como una
advertencia de que la democracia es precaria y fácil de socavar, una
advertencia a la que deberÃan también prestar atención otros paÃses con largas
tradiciones de adhesión al estado de derecho.
¿Es
asÃ, entonces, como el 11 de septiembre de 1973 será finalmente recordado como
un dÃa en que nuestro intento de liberación nacional fue reducido a escombros,
un dÃa abrumado por la desolación, el crimen y la angustia? ¿Es esa la mejor
manera de desenterrar lo que queda del golpe, deteniéndose en un dolor
interminable, sangrando ultrajes y alevosÃas hacia el presente y profecÃas de
más dictaduras en el futuro?
¿O
persistirá algún otro recuerdo?
Porque
adentro de ese Palacio Presidencial en llamas un hombre espera la muerte.
Allende debe saber que pagará con su vida por la catástrofe a la que ha llevado
a su pueblo. Pero ese no es el mensaje que envÃa al mundo en sus últimas horas.
Ni una palabra sobre sus fallas personales o el remordimiento que debe sentir.
Lo que importa, en este momento mÃtico que lo ha de definir a él y a su
herencia para siempre, es su decisión de no rendirse a los usurpadores, de
resistir hasta el final. Otros "superarán", dice, "este momento
gris y amargo cuando la traición trata de imponerse". Está pasando la
antorcha de la lucha y la solidaridad, afirmando su certeza de que el sueño de
una sociedad justa no morirá con él. Ese Presidente a quien amé como a un padre
afirma su fe en Chile y su destino. Y, luego, su despedida: "Estas son mis
últimas palabras y estoy seguro de que mi sacrificio no será en vano".
Espero
que suficientes personas en Chile ahora y más que suficientes entre las
generaciones venideras escuchen aquellas palabras, que esto es lo que
recordarán, junto con el resto del mundo, sobre ese dÃa en que Allende y la
democracia murieron en mi tierra dañada.
Ariel
Dorfman es autor de “La muerte y la doncella” y de la novela, “Allende y el
museo del suicidio.” Fue asesor cultural y de prensa del Ministro Secretario
General de Gobierno de Salvador Allende durante los últimos meses de su
gobierno.
Fuente: Página/12
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