Ariel Dorfman recuerda el golpe a Allende y narra cómo lo ayudó a lidiar con la culpa su nueva novela
Esquivar la muerte en
septiembre
En 1973 Ariel Dorfman
trabajaba en La Moneda y debÃa pasar una noche de guardia el 10 de septiembre.
Por cuestiones familiares, le pidió un cambio a su compañero, Claudio Jimeno.
Fue el amigo quién murió, no él. Esa culpa lo siguió al punto de que durante décadas
no quiso encontrarse con la familia de Claudio. Y, cuando lo hizo, llegaron
revelaciones increÃbles, que están en este texto y que de alguna manera fueron
impulsadas por la escritura de su última novela, Allende y el museo del
suicidio.
10 de septiembre de 2023 - 00:01
Hace un año atrás me sucedió algo inverosÃmil: estaba en plena elaboración de los últimos capÃtulos de mi nueva novela, Allende y el museo del suicidio, cuando un personaje de ese libro – le habÃa dado el nombre de Adrián Balmaceda - me curó de un trauma que venÃa arrastrando durante medio siglo.
Siempre
habÃa sabido que el acto de escribir era terapéutico, lo supe incluso antes de
entender realmente cómo se pronunciaban esas sÃlabas, te-ra-peu-tico, o lo que
significaban, lo intuà instintivamente a la improbable edad de nueve años
cuando advertà que crear un universo alternativo a través de palabras colocadas
una tras otra en un pedazo de papel tenÃa un efecto liberador y exaltante. Una
fe confirmada a medida que crecÃa y mis aventuras literarias me ayudaron a
vencer la soledad, el abatimiento, incluso disipando el miedo a morir. Pero,
tal como innumerables autores, profesores, psicólogos, pacientes y redactores
de diarios de vida, siempre supuse que lo que me sanaba se debÃa al prolongado
esfuerzo de la escritura misma, el trabajo de estrujar algo de sentido del caos
que saturaba el mundo. Lo que me pasó con Adrián fue diferente. Un ser que
nunca hubiera existido de no ser por mi imaginación, me estaba brindando
consejos que inesperadamente me repararon el corazón, despejándome de ese
trauma antiguo.
Como
muchos que habÃan sobrevivido al golpe de Estado en Chile que derrocó a nuestro
presidente democráticamente electo Salvador Allende el 11 de septiembre de
1973, me sentà culpable. Pero mi culpa tenÃa adjunto un nombre, un rostro y un
destino, mi culpa me devolvÃa una y otra vez a ese dÃa en que alguien habÃa
muerto en mi lugar.
Fascinado
por el proyecto de Allende de alcanzar el socialismo sin recurrir a la
violencia - la primera vez que se intentaba semejante experimento en la historia-,
terminé trabajando para él en el Palacio Presidencial de La Moneda. Además de
asesorar al Ministro Secretario General de Gobierno de Allende en temas
culturales y de prensa, se suponÃa que debÃa pasar una noche de cada semana en
guardia en La Moneda y, de hecho, estaba programado para hacerlo la noche del
lunes 10 de septiembre. Pero le habÃa pedido a Claudio Jimeno, un viejo amigo
de mis estudios de SociologÃa en la universidad, que cambiara de turno conmigo
para poder pasar el domingo 9 de septiembre en ese edificio, el único dÃa
conveniente para mostrarle a mi hijo Rodrigo el sitio donde yo trabajaba para
Allende.
Asà que
habÃa sido Claudio, y no yo, a quien alertaron en la madrugada de ese martes 11
que los militares se estaban tomando el poder, Claudio que estuvo al lado de
Allende, y no yo, cuando aviones y tanques bombardearon el Palacio
Presidencial, Claudio que habÃa sido capturado por tropas y luego torturado y
ejecutado, fue el cuerpo de Claudio al que enterraron anónimamente, que nunca
devolvieron a su familia.
Este
vuelco del destino me rondó durante los interminables años de mi exilio y a lo
largo de mis muchos retornos al Chile dictatorial. Intolerable que un amigo y
compañero hubiera sufrido y perecido gracias a mÃ. Gracias a mÃ, su esposa,
Chabela, también amiga de nuestros dÃas de estudiante, era una viuda que no
podÃa visitar la tumba de su marido. Imposible ignorar que si yo hubiera
dormido la noche anterior al golpe en La Moneda habrÃa sido mi mujer, Angélica,
protestando en las calles con una foto de mi cara pegada a su vestido, golpeada
por la policÃa por exigir que le informaran dónde estaba su esposo. Con Rodrigo
a su lado, pero no nuestro hijo menor, JoaquÃn, a quien nunca se le habrÃa dado
la oportunidad de nacer. Estos pensamientos se hicieron más sombrÃos por el
recuerdo de Claudio diciéndome que estaba contento de cambiar su turno porque
el domingo era una mejor noche para jugar con su hijo Cristóbal de dos años,
leerle un cuento y dedicarle tiempo a su esposa, embarazada de un segundo hijo.
Y
siempre, intermitentemente, me imaginaba cómo le hacÃan daño a Claudio. Me
encontraba en la silla de un dentista y cerraba los ojos y de repente era a él
al que le extraÃan los molares sin anestesia, a él le perforaban la boca. Tal
vez me concentré en su boca debido a los dientes frontales prominentes de
Claudio, una maloclusión que le habÃa valido el apodo de "Conejo", un
apodo que aceptó con su habitual bonhomÃa. Una generosidad de espÃritu que sus
captores ciertamente no exhibieron en escenas que seguà visualizando, atrapado
en la pesadilla de su incesante agonÃa.
Dada mi
convicción, desde la infancia en adelante, de que expresar los propios temores
y penas era la mejor manera de contenerlos y bosquejarles un mÃnimo
significado, hubiera sido natural que tratara de lidiar con esas llagas
emocionales por medio de la escritura. No lo hice, aduciendo tareas más
urgentes: habÃa que derrotar a Pinochet, explorar las complejidades de la
resistencia y la dictadura, desentrañar las razones de que nuestro intento de
revolución no violenta hubiera fracasado. Me pregunto ahora si estos pueden
haber sido pretextos para no enfrentar la incómoda verdad de mi supervivencia,
temeroso de lo que podrÃa derramarse desde mi interior en forma incontrolable
si tratara de articular lo que estaba sintiendo.
En
cualquier caso, los pretextos, si eso eran, no pudieron esgrimirse una vez que
se restauró la democracia en Chile en 1990. Ya no habÃa excusas para apartar mi
mirada de la pregunta candente de por qué me habÃa salvado yo y alguien como
Claudio, con el mismo derecho a reÃr y amar y divertirse con sus hijos, habÃa
sido asesinado. Después de muchos comienzos en falso y años agonizantes de
introspección, finalmente logré abordar ese tema en un libro de memorias, Rumbo
al Sur, Deseando el Norte, donde, junto con escarbar mis experiencias del
golpe y sus consecuencias letales, recorrà mi vida anterior, qué disyuntivas me
habÃan llevado a participar en esa revolución, cómo es que habÃa decidido
aceptar, a la edad de treinta y un años, trabajar en el edificio donde morirÃa
Salvador Allende y donde Claudio serÃa capturado.
Al
aventurarme en el sfumato de mi pasado obtuve algo de paz, tal vez un simulacro
de paz. “No satisface,” escribÃ, "el misterio que todavÃa repta como una
araña en el centro de mi existencia, no vence enteramente el temor de que la
vida sea ciega y azarosa y que caminamos a tientas en la tierna
oscuridad.". ConcluÃ, sin embargo, que, habiendo sido rescatado por alguna
deidad aleatoria y arbitraria, tenÃa derecho a escoger qué sentido darle a mi
salvación: era para poder contar la historia, las historias, del golpe, de
Allende, de Claudio, de todos los que habÃan muerto y también de todos, como
yo, que habÃan engañado a la muerte y resistido a la dictadura, "Si no es
verdad que ésa era la razón por la que me salvé, he tratado de que asà lo
sea".
Aunque
no logré desatar enteramente el enrevesado nudo de mis heridas emocionales,
parecÃa haber llegado, por lo menos, a una tregua incómoda con mis demonios. Si
no habÃa pagado toda mi deuda con Claudio, era porque no habÃa forma de pagarla
en forma Ãntegra, no habÃa forma de resucitarlo, no habÃa cómo justificar mi
vida más que seguir viviendo de tal manera que, si mi amigo estuviera frente a
mÃ, dirÃa, basta, Ariel, está bien, te mereces algo de sosiego, un armisticio.
SeguÃ,
por supuesto, con Claudio en la memoria. Pero su presencia se volvió menos
desgarradora, menos un desafÃo diario. Y, sin embargo, una angustia pertinaz
debe haber permanecido en alguna hondura o hendidura, debe haber estado al
acecho bien adentro de mi inconsciente esperando su oportunidad, un espectro
que ya no pude ignorar cuando, en el 2019, recibà un correo electrónico de una
de mis amigas más queridas, la eminente psicóloga chilena Elizabeth Lira,
trayéndome un mensaje desde ese pasado traumático.
Mi amiga me advirtió que habÃa tenido una larga conversación con Daniela Mohor, una periodista casada con Cristóbal, el hijo mayor de Claudio Jimeno, que estaba empezando "el largo camino de reconstrucción de la vida de su padre como una forma de encuentro con él", y agregó Elizabeth que Cristóbal necesitaba "entender por qué y para qué Claudio perdió su vida (y Cristóbal perdió a su padre) y vivió el silencio traumático de su madre que no pudo hablarle de la tragedia.” Sabiendo que yo habÃa sido amigo de Claudio, esperaban que pudiera reunirme con ellos y tal vez “decirles cosas que no saben” sobre ese hombre perdido en las aguas turbulentas del golpe.
Pensando en cómo responder a esta solicitud, me di cuenta de que, durante todas estas décadas, habÃa evitado cualquier contacto con la familia de mi amigo. ¿Qué decirles? ¿Soy responsable, aunque sea accidentalmente, de su muerte? ¿Estoy vivo porque él perdió la vida? Me hallaba demasiado perplejo, avergonzado, incoherente, para poder emitir alguna palabra significativa. Suelo correr a consolar a cualquiera que se me cruza por el camino en busca de amparo, pero en este caso, era incapaz de armarme del coraje suficiente como para llevar a cabo ese acto de .... ¿qué serÃa? ¿Un acto de confesión, penitencia, remordimiento, justificación, súplica de indulgencia?
No me
habÃa reunido con la familia de Claudio antes y tampoco podÃa hacerlo ahora, le
escribà a Elizabeth. Añadà que una vicisitud reciente, de naturaleza literaria,
se habÃa agregado a mi recelo habitual. Me rondaba la idea de una novela que
pensaba narrar desde mi propia persona, desde la perspectiva de un yo
efectivamente histórico, un personaje llamado Ariel Dorfman, casado con
Angélica y con dos hijos, Rodrigo y JoaquÃn, que iba a investigar la muerte de
Allende, ¿si habÃa sido un suicidio o un asesinato?
Tal
investigación implicarÃa inevitablemente sacar a relucir la circunstancia
insólita que me habÃa impedido, el verdadero yo, estar en La Moneda ese dÃa,
una carencia que motivarÃa al personaje Ariel para que indagara la verdad.
Hablando con Cristóbal y su esposa, tal vez incluso juntándome con Chabela y
Diego, el hijo que habÃa nacido después del asesinato de Claudio, una reunión
como esa podrÃa terminar siendo una experiencia tan sobrecogedora que, por ahÃ,
descarrilaba mi proyecto. SabÃa que estaba siendo egoÃsta al no responder a
esta petición de ayuda, pero, como dice mi alter ego en la novela: un novelista
debe ser despiadado. Para desvanecer mi propia incomodidad ante tanta sangre
frÃa, me apresuré a sugerirle a Elizabeth que una vez que hubiera terminado mi
novela -calculé que me llevarÃa menos de un año- era probable que estuviera
dispuesto a hablar con Cristóbal y Daniela, aunque todavÃa no tuve certeza de
cuán listo estarÃa.
Resultó
que, cuando emergÃ, tres años después de ese prolongado proceso creativo, me
encontré más que listo para hablar de Claudio con su familia, sin temor,
incomodidad o culpa. Un cambio que le debà al personaje mencionado, Adrián
Balmaceda, quien, en un desarrollo sorpresivo hasta para mÃ, su autor, me
despojó de las secuelas de mi trauma.
Yo
habÃa decidido que Adrián serÃa uno de los guardaespaldas de Allende, un
miembro de su GAP, alguien que habÃa sido testigo de los últimos momentos del
Presidente. No revelaré aquà el relato de lo que presenció en La Moneda durante
esa jornada terrible, pero sà puedo anotar lo que me dijo sobre la
responsabilidad que yo insistÃa en atribuirme por el martirio de Claudio
Jimeno. No es cierto que él hubiera muerto en tu lugar, dijo Adrián. Tu amigo
habrÃa muerto incluso si no hubieras cambiado de turno con él. Él quiso estar
allÃ, independientemente de lo que hiciste o no hiciste. Mataron a todos los
asesores del presidente. No podrÃas haberlo salvado, tal como yo, afirmó
Adrián, no pude salvar a Allende, aunque estuve cerca de él, a dos metros de
distancia, cuando murió. Asà que, no tienes de qué arrepentirte.
Este
breve resumen de lo que Adrián me dijo (bueno, a mi avatar o alter ego) no
puede transmitir su elocuencia persuasiva y gentil, pero mientras escribÃa las
palabras que me dictaba, mientras su voz invadÃa mi voz, una tranquilidad
paralela iba surgiendo dentro de mi espÃritu, como una calma dulce después de
una tempestad. TenÃa razón. O alguien dentro de mà (o el fantasma de Claudio,
de Allende, de los desaparecidos) estaba transmitiéndome el bálsamo de esa
verdad obvia que me habÃa negado a aceptar o reconocer, y que sólo, ahora, al
viajar afanosamente a través del espejo de la fabricación literaria, habÃa
tenido un efecto casi medicinal en mÃ.
No
habÃa escrito la novela para llegar a ese momento sedante, revelador, tal vez
transitorio. HabÃa conjurado a Adrián de la nada porque la trama necesitaba un
testigo ocular de la muerte de Allende. Esa era su función y no actuar como
chamán. Pero en un giro que Luigi Pirandello, el autor de Seis
personajes en busca de un autor, podrÃa haber apreciado, mi invento se
habÃa rebelado contra las limitaciones del rol que se le habÃa asignado, habÃa
insistido en dirigirse al personaje que llevaba mi nombre y mi bagaje
existencial y, al hacerlo, cruzó la frontera que separaba la ficción de la
realidad y se adentró en el hombre que estaba escribiendo la novela donde
aparecÃa Adrián, liberando al fehaciente e histórico Ariel, el que escribe
estas lÃneas, de su trauma.
Y en la
medida que, en Durham, Carolina del Norte, donde vivo la mayor parte del año,
iba revisando la versión inglesa de la novela, volviendo a leer varias veces
esa escena con Adrián y recibiendo de nuevo el efecto benéfico de sus palabras,
tomé una decisión. Una decisión que se me asentó cuando reescribÃ, como siempre
lo hago, mi trabajo en castellano, trasladando mi original al idioma con el que
Allende habÃa expresado sus últimos pensamientos, el lenguaje que Claudio debe
haber usado para enviar un mensaje de amor a Chabela y Cristóbal y al niño por
nacer por mucho que no pudieran escucharlo, el idioma que Adrián hubiera
empleado para ayudar a mi recuperación porque fue en castellano que habÃa
sufrido mi trauma, en castellano donde se habÃa alojado todos estos años. Y ese
largo proceso aclaró, como un rÃo puliendo una piedra, lo que tenÃa que hacer
apenas regresara a Chile, y ahora sin que me lo impidiera lo que habÃa sido mi
desasosiego perenne: me reunirÃa con Cristóbal y Daniela -y Chabela, si ella lo
quisiera- y les traerÃa mi novela como regalo, pero no como expiación. No serÃa
necesario pedir perdón, gracias a que mi personaje me habÃa convencido de que
yo no era responsable de la muerte de Claudio, una muerte que lamentaba no
porque yo tuviera la culpa, sino porque, simplemente, yo era su amigo y él era
uno más de tantos que habÃan sido devorados por la vorágine de la dictadura.
Pero
todavÃa habÃa otra vuelta de la tuerca en esta fábula, otra revelación
sorprendente, otra forma en que la escritura de un libro intervino en mi
existencia. Puesto que me enteré de que Cristóbal y Daniela acababan de
publicar un libro sobre su búsqueda de la verdad en que se habÃan embarcado y a
la cual, por supuesto, no habÃa contribuido yo por aprensión, cobardÃa o
conveniencia autoral. Era imprescindible, antes de proponer una conversación
con ellos cuando retornara a Chile en una de mis visitas anuales, leer esas
memorias, cuyo nombre, muy apropiado, era La Búsqueda.
El
libro, que tardó un tiempo en llegar desde Santiago, fue colocado en mi estante
de lecturas que supuestamente me urgÃa leer. Y allà permaneció durante meses,
una postergación que quizás se debió al temor de que lo que el hijo y la nuera
de Claudio habÃan desenterrado sobre los últimos dÃas suyos, quizás alterarÃa
la complicada reconciliación con mi pasado que mi personaje Adrián habÃa
inducido.
Un dÃa,
hace unas semanas, finalmente me sumergà en el texto.
Las
primeras páginas estaban, previsiblemente, llenas de dolor: un hijo rodeado por
el misterio de la ausencia de su padre, sin siquiera saber hasta los doce años
que Claudio habÃa estado en La Moneda, un acicate para que, años más tarde,
partiera, junto a su esposa, a descubrir la verdad de lo que le habÃa sucedido.
En esas
primeras páginas desgarradoras, Cristóbal no menciona lo que me parecÃa obvio:
al contar la historia de su búsqueda del padre desaparecido, estaba llevando a
cabo algo asà como una terapia. Aunque no fue asà como enmarcó la razón de su
decisión de hacer público lo que habÃa sido hasta hace poco una tragedia
familiar muy privada y discreta. Cristóbal entendió la historia de su pesquisa
como una forma de favorecer una discusión sobre los derechos humanos en un
momento cuando los lÃderes autoritarios en todo el mundo están en ascenso, y
cuando muchos en Chile mismo continuaban justificando el golpe y trivializando
las violaciones de esos derechos e incluso negando que hubieran existido.
SeguÃ
leyendo, curioso por llegar a ese fatÃdico 11 de septiembre que habÃa marcado
mi vida y la de Claudio tan drásticamente.
Y ahÃ
estaba, en la página 21, ahà estaba, ahà estaba. Pero en absoluto lo que yo
sabÃa que era la verdad: "El sonido monocorde del teléfono despertó a
Claudio Jimeno y a su mujer, Isabel Chadwick, a las seis de la mañana del 11 de
septiembre de 1973".
¿Cómo?
¿Cómo era eso? ¿Se despertó en su hogar al lado de Chabela? ¿Y no en La Moneda?
Volvà a la frase, incapaz de darle crédito.
Pero
los párrafos siguientes completaron los detalles incontrovertibles. Los autores
proceden a relatar minuciosamente cómo vestÃa Claudio con lujo de detalles,
cómo despertó a su cuñado Tomás Chadwick para decirle que iba a dirigirse a La
Moneda, cómo dejó su auto para que Chabela lo usara, cómo fue recogido por
Guillermo Cumsille, un sociólogo que también trabajaba en La Moneda. Todos esos
testigos afirmaban que Claudio no habÃa pernoctado en La Moneda el 10 de
septiembre: su esposa, su cuñado y Guillermo Cumsille, alguien que conocÃa
bien, ya que, tal como Claudio, habÃa sido compañero mÃo en nuestro primer año
de SociologÃa. ¡No todos podÃan estar equivocados!
Era
desconcertante. La última vez que habÃa visto a Claudio, la mañana del 10 de
septiembre, no dio señal de que habÃa cambiado sus planes para esa noche.
¿Acaso él, más tarde, habÃa trocado, a su vez, el turno que le tocaba con el de
otro asesor? ParecÃa la única explicación de que amaneciera en su propia casa a
la mañana siguiente.
Pero
ninguna racionalización podÃa evitar que me sintiera a la deriva. Si Claudio no
habÃa pasado la noche del diez de septiembre en La Moneda, entonces la historia
que me habÃa contado a mà mismo y transmitido al mundo, el pecado que me habÃa
carcomido no tenÃa fundamento en la realidad. Si, una vez que regresé a Chile
del exilio en 1983, me hubiera puesto en contacto con Chabela para decirle que
Claudio me habÃa salvado la vida al aceptar generosamente cambiar de turno
conmigo, decirle que lamentaba que eso hubiera llevado a su muerte, sin duda
ella me habrÃa asegurado que yo no era para nada responsable. O si hubiera
respondido con amabilidad a la necesidad de Cristóbal de hablar conmigo, esa
habrÃa sido otra oportunidad para aclarar la situación. En vez de lo cual,
habÃa vivido con esa premisa persistente y errónea. No sólo eso: acababa de
terminar una novela donde una de las escenas culminantes desplegaba un
personaje ficticio apaciguando una culpa por algo que nunca habÃa sucedido.
Y sin
embargo, al avanzar más por La Búsqueda, conmovido por la
indagación de Cristóbal y Daniela, su falta de odio, su esperanza de que lo que
estaban escribiendo podrÃa conducir al Chile más justo que Claudio habÃa
soñado, conmovido más que nada por la escena en la que su hijo toca los mÃnimos
huesos que habÃan sido identificados como pertenecientes a su padre, a medida
que Cristóbal se acercaba cada vez más al enigma de quién habÃa sido ese hombre
lejano, me sentà afortunado de que, ahora como lector, se me incluÃa en esta
saga, más cerca de mi amigo que cuando respirábamos el mismo aire libre de
Chile hace medio siglo atrás.
Tal
vez, si finalmente decido encontrarme con Cristóbal en mi próxima visita a
Chile, esto es lo que le diré: lo que he escrito y conjeturé sobre tu padre,
que durmió esa noche en La Moneda hasta el amanecer del dÃa once, no fue
cierto, aunque asà lo creà durante todos estos años. Y lamento que esta versión
falsa de sus últimas horas haya circulado. No puede haber sido fácil para ti
escuchar o leer tal distorsión.
Pero le agregarÃa algo más: imaginar a tu padre en La Moneda en vez de mà puede haber sido irreal, pero mi recuerdo de él, su sonrisa dentada, su devoción a la causa de la libertad, su decisión de arriesgarse a morir manteniéndose fiel a sus ideales y a su presidente, su dignidad y muerte y desaparición, el dolor de su familia y tantas otras familias similares, los fragmentos de esta misma historia que estoy contando ahora, todo esto es demasiado y desafortunadamente verÃdico.
Y
también es cierto, como tal vez Adrián susurrarÃa si lo resucitara para que
viniera en mi ayuda una vez más, que no habÃa de qué arrepentirme. SÃ, en
efecto, puedo oÃr ahora mismo ese nuevo mensaje del personaje que he inventado
y que parece tan real como yo: deberÃa ser un consuelo en medio de tanto dolor,
me dice, que en este viaje de pérdida y resistencia que comenzó hace cincuenta
años encontraste esta forma extraña y retorcida de mantener vivo al amigo que
creÃas que te salvó la vida el dÃa en que deberÃas haber muerto y no lo
hiciste.
Ariel Dorfman es el autor de La muerte y la doncella y de la reciente novela, Allende y el museo del suicidio.
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