El hit de la música militar
25 de agosto de 2023 - 00:01
A la Argentina vieja le pasó algo inesperado, identitario. El proyecto
global, europeo, de sacarse de encima el exceso de población mandándolo a las
colonias habÃa fracasado. Australia y Nueva Zelandia, Kenia y Sudáfrica habÃan
absorvido parte del exceso, y España y Portugal tenÃan buen tránsito con sus ex
colonias. Pero hablar de decenas de miles cuando hacÃa falta sacar millones era
hablar de fracaso. Ahà fue que se inventó eso de la emigración, que nosotros
conocemos como inmigración.
Fue una de esas coincidencias como mágicas que se ven cada tanto en la
historia. Las economÃas americanas se expandÃan y necesitaban gente, las
europeas la tenÃan de sobra. El reparto fue desparejo porque no se podÃa
controlar y al emisor no le importaba controlarlo, con lo que la mitad de los
emigrantes europeos y de Medio Oriente que cruzaron el charco fueron a Estados
Unidos, un cuarto a Argentina y otro cuarto al resto del continente.
Para la Argentina vieja fue un tsunami, una mezcla de oportunidad y
peligro, como vió con ojo avizor el chinchudo Sarmiento. La respuesta fue una
exageración del patriotismo en su variante más formal y rÃgida. Hoy parece
mentira, pero el lenguaje patriótico que usamos fue un invento de pe a pa, un
programa escolar, una técnica para que los hijos de inmigrantes se hicieran
argentinos de una manera y sólo una.
El proceso fue arbitrario y autoritario. Por ejemplo, se eligieron los
feriados y los actos conmemorativos de modo que coincidieran con el calendario
escolar: la Revolución de Mayo, Belgrano en junio, la independencia en julio,
San MartÃn en agosto, Sarmiento en septiembre. Eventos como Caseros quedaron
afuera porque ocurrió en febrero, plenas vacaciones. En la volada hubo ideas
como la de resucitar el olvidado regimiento de granaderos y ponerlo de guardia
presidencial, tomar la canción patriótica, recortarla y hacerla himno nacional,
o reimponer la escarapela, completamente en desuso.
Ahà entra la marcha de San Lorenzo.
Cayetano Alberto Silva nació en San Carlos, departamento de Maldonado,
en 1868, cuando ni soñaban con Punta del Este. Era hijo de Natalia, esclava
liberta de una familia que le dio el apellido al bebé, que prontito demostró un
oÃdo musical especial. En San Carlos no habÃa conservatorio pero habÃa una
banda popular de las buenas con un maestro italiano que le empezó a enseñar
música. A los once, Silva aparece como alumno de la Escuela de Artes y Oficios
de Montevideo. El traslado se explica porque el maestro italiano se lo
recomendó al director de la orquesta de la Escuela, Gerardo Grasso, que lo pone
a tocar y le enseña solfeo, corno y flauta.
Silva sigue en la orquesta hasta los veinte, cuando pasa a estudiar y
enseñar en conservatorios y teatros de la capital uruguaya, y a participar en
grupos de organización obrera. Y en 1869, con 21 cumplidos, hace lo que tantos
orientales y se viene a Buenos Aires, donde lo ven seguido en el Teatro Colón
-el viejo, donde ahora está la central del Banco Nación- y en el conservatorio
de Berutti. El uruguayo va y viene por la provincia y el litoral, tocando,
componiendo, enseñando, hasta que en 1894 consigue un conchabo que le va a
cambiar la vida, el de maestro de música del regimiento 7 de infanterÃa, con
base en Rosario. Se asienta, se casa con Filomena Santanelli, le empieza hacer
el primero de los ocho chicos que van a tener y hace amigos. Amigos militares.
A los cuatro años le sale un trabajo todavÃa mejor, el de ser el maestro
músico de la Sociedad Italiana de Venado Tuerto. Silva se muda de nuevo, forma
una orquesta y un grupo de Carnaval, y compone para las obras de su amigo y
compatriota Florencio Sánchez. Todo en orden, pero el músico ya tenÃa sus
treinta años y le faltaba hacer "la" composición, como sueñan los que
valen. A Silva le salió en 1901.
Era una marcha de gloria, sin letra, de las que sirven para levantar el
ánimo, ponerse marcial y sobre todo marcar el paso. Silva la compuso en violÃn
y le mandó la partitura a un conocido, el coronel Pablo Riccheri, que andaba
reorganizando el ejército como ministro de Guerra en la segunda presidencia de
Roca. Riccheri apreció el gesto, que hoy serÃa una chupada de medias notable
pero en esa época de clientelismo conservador era normal, pero le sugirió
llamarla Marcha del General San MartÃn.
Es que Roca, milico él, estaba militarizando el panteón nacional con
cosas como transformarlo al abogado, militante y revolucionario Manuel Belgrano
en general, y elevarlo a San MartÃn en Padre de la Patria. Silva, se conoce, no
estaba muy convencido o tal vez era todavÃa demasiado uruguayo para el
ditirambo argentino, con lo que le hizo una contrapropuesta al ministro: Marcha
San Lorenzo, sin el "de" que agregamos por costumbre. Fue vivo, el
músico, porque Riccheri era de San Lorenzo y compró.
Y cómo compró. La marcha fue estrenada en octubre de 1902 en el
escenario de la batalla de 1813, entre el convento de San Carlos y la barranca
donde desembarcaron los godos. Fue un éxito y ese mismo dÃa fue adoptada
oficialmente por el ejército como parte del repertorio. Dos dÃas después la
volvieron a tocar en Santa Fe inaugurando el monumento a San MartÃn y con Roca,
Riccheri y la plana mayor aplaudiendo. En 1907 el docente mendocino Carlos
Benielli le pone letra, lo que faltaba para que la marcha entrara al colegio y
medio paÃs se la tuviera que aprender de memoria.
Hasta aquÃ, todo normal, una más de tantas marchas y ni siquiera con tanta
anécdota como Ituzaingó, el saludo presidencial que las tropas de Lavalle
encontraron en la mochila de un oficial músico brasileño muerto en esa batalla.
Pero San Lorenzo es la composición militar criolla con más vueltas al mundo,
lejos.
La cosa empieza cuando Silva le vende los derechos a la Casa Breyer,
firma alemana con sucursal porteña. El ejército estaba encantado con la marcha,
pero eso no incluÃa ni un patacón para la creciente familia del músico. Con el
tÃtulo original de Marcha de Gloria, Breyer la termina mandando al concurso
internacional para la coronación de Jorge V, el hijo gordo y ya avejentado de
la reina Victoria. Y resulta que gana y es tocada entre otras tantas por los
coraceros a la salida de Westminster. El criollo que afine el oÃdo la puede
escuchar todavÃa en los cambios de guardia del palacio de Buckingham, tocada
rapidÃsimo. Ya es tan parte del repertorio y la tradición del palacio que sólo
la dejaron de tocar mientras duró la guerra de Malvinas.
Para más aventuras, en 1910 el ejército alemán mandó una delegación con
un regalo para el centenario del joven paÃs que tantos mausers compraba. Era la
marcha Alte Kameraden, de Carl Teike, un bodriazo que parece más del Folies
Berger que de un regimiento y sólo puede usarse marcando el paso de ganso. Para
corresponder, los argentinos les regalaron la San Lorenzo, que encantó tanto a
los prusianos que la iban a usar hasta gastarla. Por ejemplo, para desfilar
bajo el Arco del Triunfo cuando tomaron ParÃs en 1940, con Hitler levantando el
brazo.
Al comandante aliado Dwight Eisenhower le dio tanta bronca que cuatro
años después la hizo tocar en su desfile de liberación, como un desagravio.
Silva murió empobrecido en Rosario en 1920 y su familia no vió nunca un
peso por la marcha, propiedad de la Breyer. Los Benielli cobraron por la letra
hasta 2005, cuando vencieron los derechos. El letrista está enterrado en San
Lorenzo, ahà nomás del sargento Cabral. En 1997 el compositor fue llevado y
enterrado con honores en Venado Tuerto, que le dedicó un museo y una banda, y
se hace llamar la ciudad cuna de la marcha San Lorenzo.
Fuente: Página/12
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