A 39 años de la entrega del documento fundacional de la democracia argentina
Los "conadepianos": los que hicieron el informe Nunca Más
La jurista Lucila Larrandart, que integró la
secretarÃa que se ocupaba de reunir los testimonios, recuerda cómo fueron los
nueve meses de trabajo frenético de la Comisión Nacional sobre la Desaparición
de Personas (Conadep).
20 de septiembre
de 2023 - 00:01
El 20 de septiembre del 84, el escritor Ernesto Sábato le entregó el
informe al presidente Raúl AlfonsÃn.. Imagen: AGN
Una multitud de 70 mil personas
se congregó el 20 de septiembre de 1984 en la Plaza de Mayo.
Ansiosos, los manifestantes esperaban saber qué pasaba en la Casa de Gobierno,
donde el entonces presidente Raúl AlfonsÃn estaba recibiendo
de manos del titular de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas (Conadep), Ernesto Sábato, el informe en el que se
reconstruÃa la verdad de lo sucedido durante la última dictadura: la
metodologÃa de la desaparición forzada de personas y la implementación
de centros clandestinos de detención a lo largo y ancho del paÃs. En
la Plaza, la consigna que habÃa convocado a miles era: “Después de la
verdad, ahora la justicia”. Era la exigencia que compartÃan quienes habÃan
trabajado hasta minutos antes para que el Nunca Más –el
documento fundacional de la democracia argentina– pudiera entregarse.
Cinco dÃas después de asumir,
AlfonsÃn firmó un decreto que ordenaba la conformación de una comisión de
notables para “esclarecer” las desapariciones de personas. Los organismos de
derechos humanos no estaban de acuerdo: reclamaban una comisión bicameral. Pese
a esas diferencias, el movimiento de derechos humanos abrió sus archivos para
que la Comisión trabajara e incluso le terminó proveyendo muchos de sus
“cuadros”.
La primera reunión de la
Comisión fue el 22 de diciembre de 1983, exactamente una semana después de que
AlfonsÃn firmara el decreto 187. Inicialmente se decidió que las denuncias
fueran tomadas por empleados del Ministerio del Interior, pero el horror de los
testimonios los terminó apabullando. Graciela Fernández Meijide,
madre de un adolescente desaparecido e integrante de la Asamblea Permanente por
los Derechos Humanos (APDH), recorrió organismos pidiendo ayuda.
A Lucila Larrandart, una de las
juristas más respetadas del paÃs, la convocó otro secretario. Le dijo que la
necesitaba. Ella habÃa acumulado experiencia en la recolección y en la
presentación de denuncias. Integraba el Centro de Estudios Legales y Sociales
(CELS). “El CELS hacÃa un trabajo jurÃdico en serio. Era mérito de Emilio
Mignone, quien –con la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
(CIDH) de 1979– se dio cuenta de que el camino para luchar contra la dictadura
era jurÃdico”, relata.
Larrandart se incorporó como
abogada a la secretarÃa de Denuncias de la Conadep. Allà era donde se recolectaban
los testimonios y se comenzaba a armar el rompecabezas: tratar de unir las
declaraciones, los datos aislados que tenÃan las personas que habÃan estado con
vendas en los ojos, con los lugares que no estaban ni identificados. Todo se
hacÃa, como dice Larrandart, de manera muy artesanal: papel, lapicera, lápiz,
una máquina de escribir, y algunas computadoras que llegaban cuando la Conadep
estaba cerca de entregar su informe, porque inicialmente el gobierno de
AlfonsÃn les habÃa dado un plazo de seis meses que se extendió por tres meses
más.
Los integrantes de la Conadep
entraron dependencias ocupadas por militares o policÃas. Con ellos, iban los testigos
–exdetenidos-desaparecidos– que se habÃan acercado hasta las oficinas del
Centro Cultural General San MartÃn para dejar sus testimonios. Lo hacÃan con el
terror a cuestas. Hay imágenes emblemáticas de algunos de los recorridos: por
ejemplo, la visita a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Integrantes de la Conadep y sobrevivientes ingresan al casino de oficiales de la ESMA.
Para Larrandart, un punto de
inflexión fue el reconocimiento de Campo de Mayo, la principal guarnición
militar del paÃs. HabÃa llegado con dos sobrevivientes, Juan Carlos “Cacho”
Scarpati y Beatriz Susana Castiglione. Del Campito –uno de los centros
clandestinos que funcionó en ese predio– no habÃa quedado nada. Con sus manos,
los sobrevivientes escarbaban la tierra para encontrar algún vestigio que
pudiera confirmarles que ahà se habÃa erigido uno de los espacios del
horror.
– ¿Hay algún testimonio que
recuerde especialmente? –le pregunta Página/12 a Larrandart.
– El de Scarpati –responde sin
dudar.
Scarpati, secuestrado en abril
de 1977, habÃa brindado su testimonio desde España. “Cuando lo leÃ, dije: ‘Si
lo traemos. descubrimos todo lo de Campo de Mayo’. Le escribÃ, él estaba
dispuesto a venir si le pagábamos el pasaje. Hablé con Graciela Fernández
Meijide, y vino a Buenos Aires”, recuerda.
Durante los nueve meses de
trabajo, se reunieron alrededor de 50 mil páginas de información –que
son prueba fundamental, 39 años más tarde, para los juicios por crÃmenes de
lesa humanidad–. El dramaturgo Gerardo Taratuto le dio estructura al informe.
Según afirma Fernández Meijide en su libro La historia Ãntima de los
derechos humanos en la Argentina, Sábato bosquejó el prólogo, que consagró
la teorÃa de los dos demonios.
La tarea de investigación, de
sistematización y de redacción quedó en manos de los que trabajaban todos los
dÃas en la Conadep, quienes convivÃan a diario con los relatos de las torturas
más aberrantes y con la necesidad de dar respuesta sobre qué habÃa pasado con
los miles de detenidos-desaparecidos. Larrandart desarrolló lo que ahora llama
el dolor oculto. “Me di cuenta de que, para seguir trabajando
durante la dictadura y después, uno tenÃa que dejar de lado la parte emotiva,
los sentimientos, para seguir luchando”, dice.
Ese 20 de septiembre de 1984,
Larrandart estuvo en la Plaza. Era crÃtica de lo que habÃa sido la Conadep.
Otros compañeros, recuerda, decidieron no asistir. Hubo otras ausencias. Hebe
de Bonafini explicó dÃas después por qué las Madres no habÃan sido
parte de la convocatoria: “No fuimos a la marcha de apoyo al informe
Sábato porque no estábamos de acuerdo en que no se dieran los nombres de los
militares incluidos en el documento”, señaló.
El informe de la Conadep se
imprimió dos meses después de la entrega. Eudeba hizo una tirada
inicial de 40 mil ejemplares que se agotó en dos dÃas, según consigna el
sociólogo Emilio Crenzel en su libro La historia polÃtica del Nunca Más.
Un fenómeno editorial. Un hecho
polÃtico. Un hecho con impacto judicial. Un hecho con impacto humano.
Larrandart, que con los años juzgó a los genocidas en el Tribunal Oral Federal
de San MartÃn, ahora está abocada a reunir a aquellos que no fueron los
“notables” de la comisión, sino los “conadepianos”, los que trabajaron todos
los dÃas para que el informe Nunca Más fuera posible. “Hay compañeras que me
dicen: 'Es el mejor trabajo que tuvimos'. No es porque estuviera bien
remunerado o bien reconocido. Ellas no pertenecÃan a ningún partido polÃtico u
organismo de derechos humanos y no tuvieron parientes desaparecidos. El
sentimiento era que nos sentÃamos útiles con lo que hacÃamos”.
Fuente: Página/12
No hay comentarios:
Publicar un comentario