Cortázar y
el viaje imaginario de las clases medias
29 de mayo de 2021
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Después de publicar los libros de cuentos contenidos en Bestiario (1951), Final
del juego (1956) y Las armas secretas (1959), que lo
hicieron cada vez más conocido y estimado, Julio Cortázar dio a conocer Los
premios (1960), su primera novela publicada, ya que antes habÃa
escrito, hacia 1950, otra novela, El examen, solo editada
después de su muerte, en 1986. Los premios cuenta la historia
de un grupo de ganadores de una loterÃa, premio que consiste en un viaje en
barco, el Malcolm, un viaje que nunca, realmente, se realizará. Se
trata de una novela todavÃa tradicional, planteada como de aventuras, “a la
Verne”, muy bien organizada y urdida, con los ingredientes que supone una
actualización del género fantástico, sin que por eso deje de haber una
explicación final, permitiéndose la interpretación alegórica y una clara
diferenciación entre “buenos” y “malos”. Estos últimos son los que impiden, con
su poder, el acceso a la popa, un territorio vedado en el barco y, se entiende,
en un mundo parcelado, cercado, en el que serÃa necesaria una mayor libertad.
Existe, por otra parte, un personaje fuera de la acción, Persio, corrector de
pruebas en una editorial, quien a partir de sus vivencias y observaciones
formula filosas reflexiones tanto sobre el contexto nacional como sobre el
universo entero.
Se reelaboran también ciertos motivos permanentes en su literatura: el
infierno, el barco de la muerte, la lucha contra el Minotauro, Jonás con la
ballena, la búsqueda del Tao, el descenso a las Hades. Por otra parte, los
soliloquios de Persio (uno de los precursores subterráneos del Morelli de Rayuela), la
ignorancia sobre los verdaderos motivos de la frustración, o el que éstos sean
triviales, y la imposibilidad de acceder “al otro lado” por la existencia de
barreras oscuras y permanentemente secretas, sitúan a Los premios en
la prolongación --indecisa-- del fantástico cortazariano.
Los premios puede,
asÃ, llegar a leerse como una radiografÃa Ãntima de la Argentina de la época,
como el viaje imaginario de las clases medias, sostenido por el frondicismo y
el kennedysmo. Los años que van desde la caÃda del peronismo (septiembre de
1955) al triunfo electoral de Arturo Frondizi (febrero de 1958), y hasta el comienzo
del ejercicio del gobierno, antes de la adopción de las más importantes medidas
en el campo económico y cultural que irÃan a contramano de lo prometido, se
caracterizan por una toma de conciencia creciente de las capas medias y de los
intelectuales, dispuestos a encabezar cambios profundos en las estructuras
económicas y sociales. Para una lectura de esta Ãndole, la novela aparece
recorrida por cierto hálito de modernidad, de mundanidad; una suerte de
pretensión por parte de sectores medios para que, a pesar del subdesarrollo,
ese orbe indefinible y representativo del paÃs esté a la altura de los nuevos
vientos industrialistas y progresistas que soplan por el mundo. La presencia,
en el grupo, de exponentes de diferentes espacios sociales y culturales, la
batalla final que se libra contra los tripulantes, la organización misma de la
anécdota, pugnan por retener la novela en los lÃmites de la tradición literaria
(condimentada, es cierto, por la novedad de un lenguaje muy elaborado y
matizado, y de una historia en la cual mucho pasa en el interior de los
personajes aunque nada parezca finalmente suceder en el exterior). La
contextualización de la novela es, sin embargo bastante nÃtida. Por ello, no
han faltado quienes observaran (David Viñas, principalmente) la curiosa
ausencia del peronismo y del más mÃnimo comentario sobre él en un texto de
pretensiones tan representativas y donde hay personajes que no podrÃan omitirlo
u olvidarlo.
Aludiendo al carácter descriptivo social y a las intenciones más o menos
alegóricas de la novela, declaró Cortázar en su oportunidad: “Se me ocurre
que Los premios es un espejo sin pretensiones, pero bien
azogado”. Y respondiendo a una carta de Emma Sperati Piñero con observaciones
crÃticas respecto de la novela, escribÃa en octubre de 1961 palabras que tienen
mucho que ver con ello: “este golpe de timón /.../ me está llevando a cosas
mucho más interesantes que los cuentos fantásticos. /.../ Aludo a una necesidad
que se me ha vuelto insuperable de hacer frente a otra visión de la realidad en
que estamos metidos”. Hay, asimismo, algo quizá más profundo todavÃa, y es un
tema que atravesará buena parte de la vida de Cortázar, pero que en este
momento parece estar planteándose con fuerza a raÃz de sus propios cambios
geográficos y de sus decisiones internas: las alternativas entre Europa y
América, el conflicto sobre dónde (y cómo) estar. Los premios, en
un nivel un tanto más oculto, parece dar cuenta de esta tensión, que luego se
hará explÃcita en Rayuela. Ella está presente, aunque algo
subterráneamente en el texto, en ese barco que es un ensamblaje de pedazos
europeos: los capitanes Lovatt y Smith, este último con acento de Newcastle; el
médico francés; la tripulación que puede ser danesa u holandesa; las balas de
Rotterdam y, en fin, la mezcla de lenguas. Defendiéndose contra todo tipo de
crÃticas, a las que tan sensible era, tanto las que le reprochaban haberse
dejado llevar por la facilidad y abandonado la buena escritura como las que aún
no lo hallaban del todo comprometido en su alejamiento parisiense, declaraba en
1963: “Es muy fácil advertir que cada vez escribo menos bien y ésa es
precisamente mi manera de buscar un estilo. Algunos crÃticos han hablado de
regresión lamentable, porque naturalmente el proceso tradicional es ir del
escribir mal al escribir bien. Pero a mà me parece que entre nosotros el estilo
es también un problema ético, una cuestión de decencia. Es tan fácil
escribir bien. ¿No deberÃamos los argentinos (y esto no vale
solamente para la literatura) retroceder primero, bajar primero, tocar lo más
amargo, lo más repugnante, lo más horrible, lo más obsceno, todo lo que una
historia de espaldas al paÃs nos escamoteó tanto tiempo a cambio de la ilusión
de nuestra grandeza y nuestra cultura, y asÃ, después de haber tocado fondo,
ganarnos el derecho a remontar hacia nosotros mismos, a ser de verdad lo que
tenemos que ser?”. Parece, pues, estar dirigiéndose hacia una búsqueda más
moral que estética, o que ponga, por encima de los ideales estéticos, y sin
abandonarlos, contenidos éticos, que privilegie éstos.
Ese conflicto, que a partir de los sesenta se irá haciendo cada vez más
nÃtido, provocará cambios fundamentales en su vida y en su obra. Como fuere, se
ve bastante claro que su atracción por la polÃtica, por la sociedad, era muy
fuerte desde antes de la Revolución cubana y sus evoluciones. Y quizás se vea
algo más interesante todavÃa: cómo vincula estrechamente su escritura, “los
modos de decir”, la lengua, con un mundo exterior, social, polÃtico y, sobre
todo, de valores.
Mario Goloboff es escritor y docente universitario.
Fuente: Página/12

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