Pobreza, desigualdad, trabajo, ampliación de derechos y
el papel del Estado
La
asistencia social en tiempos de pandemia
Para el Trabajo Social, repensar la
asistencia como derecho y recuperación de lo perdido o de lo que nunca se tuvo
conduce a un cauce fructÃfero de potenciación de las distintas dimensiones de
la profesión. Lo asistencial, lo educativo, lo promocional, lo organizacional
deben fundirse en una práctica totalizante al servicio de los sectores
populares.
Por Norberto
Alayón *
16 de mayo de 2021
·
"Familias sin los medios suficientes para la reproducción de su vida no pueden más que tender a repetir esas condiciones en las generaciones siguientes", afirma Norberto Alayón.. Imagen: Télam
La asistencia social ha estado históricamente ligada a la problemática de la pobreza y de la desigualdad. Pero la pobreza (tanto en su generación como en la eventual atenuación de la misma) no pertenece al campo de la asistencia social, sino al campo de la economÃa. Y la economÃa expresa el proyecto polÃtico que se despliega en un perÃodo determinado. En consecuencia, resulta necesario hacer alguna referencia al capitalismo.
Este es el modelo polÃtico-económico predominante. Su lógica y
racionalidad se centra en la búsqueda del lucro y la acumulación sobre la base
de la expoliación de la productividad del trabajo de otros. Un modelo distinto
serÃa si los objetivos de la producción no fueran la mera ganancia, sino la
satisfacción de las necesidades sociales.
El funcionamiento capitalista genera y construye, por su propia lógica, una
permanente conflictividad social de muy complejo abordaje. De todas maneras,
las propias sociedades capitalistas igualmente fueron desarrollando instituciones
sociales de protección, que contuvieron parcialmente los conflictos a
partir de garantizar ciertas seguridades a quienes vivÃan de su trabajo.
Se sabe que en las últimas décadas del siglo XX el fundamentalismo
neoliberal arrasó con muchas de esas protecciones y destruyó buena
parte de los derechos sociales, dando lugar a un fuerte proceso de degradación
social, que acarreó innumerables y graves secuelas que llevará muchos años
mitigar y reparar.
Capitalismo
CabrÃa igualmente un par de reconocimientos:
1. El capitalismo ha contribuido
al desarrollo de la sociedad, aunque simultáneamente condujo a reproducir
desigualdades estructurales.
2. La mayorÃa de los paÃses ha
venido padeciendo un doble sufrimiento, por la presencia del capitalismo y
también por la falta de desarrollo capitalista.
Por ejemplo, el carácter parasitario y ocioso de la tradicional
oligarquÃa, que se constituyó como una suerte de clase capitalista no
burguesa, obstaculizó el desarrollo industrial, manteniendo en muchos casos
relaciones de tipo cuasi feudal.
La enorme riqueza, obtenida por las grandes extensiones de campos y por la renta diferencial de la tierra, condujo a estos sectores a un comportamiento exento de dinamismo burgués y antiindustrialista. Con semejantes ganancias, los terratenientes no estaban interesados en reinvertir sus beneficios.
Tal vez, de
este origen “naturalmente perezoso”, las burguesÃas nacionales hayan encontrado
una suerte de modelo productivo a imitar, ligado a la búsqueda de ganancias
desmedidas, con un mÃnimo de riesgo e inversión o bien aprovechando protecciones,
prebendas y abusos sobre el Estado para que respaldara sus intereses
privados por sobre el bienestar del conjunto de la sociedad.
Con
frecuencia, esta violación de la esencia misma del funcionamiento capitalista,
ligada a la inversión y al riesgo, constituye una conducta obstinada: quieren
ganar fortunas -y además en el menor tiempo posible- sin correr
prácticamente ningún tipo de riesgos. Muchos empresarios nacionales se
enriquecieron de manera exponencial con los negocios que encararon con el
Estado o con la protección del Estado, especialmente durante la dictadura
cÃvico-militar y luego con el menemismo y con el macrismo.
El
Estado
De todos
modos este capitalismo, aún escuálido y atrasado, genera cierto desarrollo
aunque -a la par, por supuesto- habilita el mantenimiento de la pobreza
y la desigualdad. Si la acumulación por parte de un sector social se basa
en la apropiación diferenciada de la riqueza y en una distribución desigual, la
construcción y cristalización de sectores ricos y pobres se transforma en algo
natural, inherente a las propias caracterÃsticas del modelo de funcionamiento
social.
De ello
deriva la existencia de sociedades duales, con polos opuestos de
altÃsima concentración de riqueza por un lado y de enorme concentración de
exclusión y pobreza por el otro. Pero el carácter esencialmente antidemocrático
del capitalismo se puede (y se debe) atenuar o neutralizar polÃticamente
por la acción del Estado mediante el derecho laboral y las
polÃticas sociales.
Se requiere,
entonces, de un Estado que, aún capitalista, opere decididamente como regulador
y garante pleno del interés general de la sociedad y, en particular,
de los sectores más vulnerados por sobre el interés privado de los sectores del
capital.
En suma, un
Estado que, aún sin trastocar de raÃz la lógica central del capitalismo, pueda
sentar las bases para ir construyendo una democracia sólida con
derechos sociales extendidos, lo cual configurará estratégicamente otro
tipo de sociedad, otro tipo de sistema social, que no tenga que apelar al
asistencialismo.
Sectores
populares
La asistencia
social opera como instrumento mediador entre la economÃa y los efectos y
resultados del modelo económico en vigencia. Para el Trabajo Social,
repensar la asistencia como derecho y recuperación de lo perdido o de lo que
nunca se tuvo conduce a un cauce fructÃfero de potenciación de las distintas
dimensiones de la profesión. Lo asistencial, lo educativo, lo promocional, lo
organizacional deben fundirse en una práctica totalizante al servicio de los
sectores populares.
Las polÃticas
de asistencia social pueden cumplir básicamente dos funciones: de cobertura
inmediata y también de prevención.
Son asistenciales precisamente
en relación con la problemática que debe ser reparada inmediatamente:
satisfacer necesidades de alimentación, salud, alojamiento, abrigo. Y son, a la
vez, preventivas del deterioro a que lleva el sufrimiento y la
carencia y que devienen en otras problemáticas sociales difÃciles de reparar,
como el abandono de hogar por parte de los adultos responsables o de los niños
que pierden la contención, la deserción escolar, la drogadicción, la
delincuencia. Al respecto, un ejemplo sencillo y corriente: si un niño no
tiene zapatillas, no sólo carece de calzado sino que puede dejar de asistir a
la escuela, lo cual agrava su problemática.
El derecho a
la asistencia no cambia la naturaleza de las relaciones sociales vigentes en la
sociedad. Pero sà debilita la lógica de quienes defienden la
continuidad de sociedades inequitativas y, a la vez, ética y estratégicamente
contribuye a la reparación de los problemas sociales en la perspectiva de ir
construyendo alternativas sólidas para un funcionamiento social digno y humano.
Gobiernos
Reconocer el
derecho a la asistencia implica la aceptación de que las personas a
ser asistidas carecen -por las condiciones del funcionamiento social- de
posibilidades para un adecuado despliegue de sus potencialidades que, entre
otras cosas, les permita satisfacer autónomamente sus necesidades.
Familias sin
los medios suficientes para la reproducción de su vida, con problemas de
empleo, con ingresos degradados, con trabajos informales, sin seguridad social,
con problemas habitacionales, de salud, de escolaridad, no pueden más que
tender a repetir esas condiciones en las generaciones siguientes.
Interferir e
interrumpir ese proceso social negativo constituye una responsabilidad
ética impostergable, pero además implica asumir una imprescindible
opción de fortalecimiento de la democracia, en tanto una verdadera democracia
no puede reconocerse como tal con graves niveles de pobreza y exclusión.
Las polÃticas
de asistencia son insuficientes pero hay algo mucho más
insuficiente aún: la ausencia de polÃticas de asistencia. Desconocer el derecho
a la asistencia es precisamente el posicionamiento que asumen los gobiernos
conservadores, que tienden a recortar los recursos destinados a la acción social,
desertando de esta responsabilidad estatal o bien transfiriéndola hacia
modalidades de beneficencia y de voluntariado, optativas y además escasas, a
ser encaradas por sectores privados (empresariales, religiosos, filantrópicos).
Se sabe que
la asistencia social cumple funciones diferentes según responda a la
polÃtica general desplegada por gobiernos populares o por gobiernos
antipopulares. Representa, de este modo, diferentes sentidos, según la
naturaleza y los intereses de clase de los distintos gobiernos.
Justicia
social
En el caso
de gobiernos populares que propendan al desarrollo de las
fuerzas productivas, a la defensa y ampliación de las fuentes de trabajo, a la
expansión del consumo, la asistencia opera en la reparación de problemáticas y
carencias puntuales que presenten los sectores más vulnerados de la sociedad,
representando simultáneamente una manera indirecta de preservación salarial (o
distribución secundaria de la riqueza) por la vÃa de servicios y subsidios
destinados a mejorar la calidad de vida de la gente.
En ese
sentido adquiere un carácter complementario del rumbo general de la
polÃtica económica, fortaleciendo la perspectiva de derechos y de la
necesaria vigencia de la justicia social.
Pero en el
caso de gobiernos antipopulares, como el del ex presidente Mauricio
Macri, que reducen el empleo, contraen los salarios, restringen los derechos
laborales y generan marcada pobreza y exclusión, las polÃticas asistenciales
apenas implican un alivio limitado y selectivo para las situaciones más
crÃticas, mientras se mantienen los objetivos de evidente concentración de
riqueza a favor de ciertos sectores sociales y en perjuicio de la búsqueda de
la igualdad social que transforme en digna la vida humana.
Se evidencia
la firme representación de un Estado que “filantropiza”, mientras restringe
derechos para las mayorÃas. De ahà que la asistencia, en el marco y
perspectiva de los gobiernos antipopulares, confronta con el paradigma de
derechos, transitando hacia modalidades caritativas o filantrópicas que
robustecen la lógica asistencialista. En el contexto de estos procesos de
refilantropización, cabe recordar que siempre los filántropos necesitaron más a
los pobres, que los pobres a los filántropos.
Sin atacar ni
atenuar siquiera las causales estructurales de la obscenidad del sistema
capitalista, la labor asistencial se transforma en puro asistencialismo en la
lÃnea del control social y del disciplinamiento para contrarrestar el reclamo
de la población por los derechos. En definitiva, el asistencialismo es una
excrecencia propia del sistema capitalista.
En sÃntesis,
sobre esta cuestión de la asistencia, el aspecto clave a enfrentar será cómo
seguir reivindicando el conjunto de los derechos (es decir,
trabajo formal, salarios dignos y polÃticas sociales universales), sin dejar de
lado mientras tanto la asistencia: porque la asistencia también es un derecho
de la gente.
* Trabajador Social. Profesor Consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
Fuente: Página/12

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