No es un
conflicto, es colonialismo
13 de mayo de 2021
·
. Imagen: AFP
Mientras asistimos a una nueva escalada de violencia en Medio Oriente, es
imposible no tener en mente que el próximo sábado se cumplen 73 años de la
creación del Estado de Israel y de la Nakba o “catástrofe” palestina. Este
acontecimiento, celebrado por algunos y lamentado por otros hasta hoy, es el
germen del estado de cosas en la región y por ello el necesario punto de
partida para comprender la situación actual.
Ya unos años antes de ese 15 de mayo de 1948, se promovió la inmigración a
Palestina con la intención de constituir allí un Estado con mayoría judía. En
busca de legitimar tal proyecto colonial, desde un primer momento se procuró
“indigenizar” a los primeros inmigrantes, marginando a la población nativa
histórica. Utilizando la geografía para reforzar el etno-nacionalismo, a las
nuevas generaciones se les enseñó a verse como los dueños legítimos de la
tierra, sus recursos y pobladores, así como a aumentar la dominación judía y su
expansión.
Para concretar este plan, desde el comienzo la expulsión de la población
originaria fue central y años antes de que se desatara la primera guerra entre
árabes y judíos, 300.000 nativos fueron desterrados con la complicidad del entonces
poder colonial británico. Luego de la guerra, 450.000 más fueron expulsados a
los países vecinos donde aún viven como refugiados, otros fueron desplazados
internos y unos pocos lograron quedarse en el ahora Estado de Israel,
convirtiéndose en una minoría de la que siempre se desconfía y a la que se
margina. Conocidos como los palestinos del 48, son el 20 por ciento de la
población israelí y viven en ciudades “mixtas” como Haifa, Nazaret o Yafa. El
resto de la población palestina quedó del otro lado de la denominada línea
verde, bajo administración de Jordania y Egipto que gobernaron
Cisjordania-Jerusalén Oriental y Gaza respectivamente. En junio de 1967, tras
el triunfo israelí en la Guerra de los Seis Días, este Estado ocupó
militarmente los tres territorios mencionados, extendiendo su proyecto colonial
a base de expulsiones, detenciones arbitrarias, matanzas e instalación de
colonias ilegales: la colonización nunca se detuvo.
Israel buscó no sólo sostener su supremacía militar en la región sino también,
como todo proyecto colonial, presentarse como una población superior y más
civilizada. La identificación de los palestinos como una plebe primitiva y
violenta contrapuesta a la sofisticada, culta y europea sociedad israelí abona
este sentimiento de superioridad, a la vez que refuerza el lazo inequívoco con
su origen europeo y el aval estadounidense. A fin de cuentas, son estos Estados
los que financian la política militar israelí. De ahí la inmanencia del
discurso de seguridad, que habilita a su vez las prácticas de opresión,
discriminación y asesinato transformándolas en prácticas de defensa y venganza.
En diciembre de 1987 los ojos del mundo se posaron por primera vez en la
realidad palestina y la desigual correlación de fuerzas. Ante la simpatía internacional
que despertaban los niños que tiraban piedras a los tanques, la sustitución del
movimiento social de base por una dirigencia servil fue un paso necesario para
la despolitización de la población palestina y la continuidad de la ocupación.
Así, la Intifada, un levantamiento popular y transversal contra la ocupación,
luego de unos años decantó en los Acuerdos de Oslo entre la Organización para
la Liberación de Palestina y el Estado de Israel. La flamante Autoridad
Palestina se ocupó desde entonces de administrar la ocupación israelí del otro
lado de la “línea verde” asfixiando a las nuevas generaciones y manteniendo el
statu quo.
En este contexto, la expulsión de los habitantes de Sheij Jarrah es tan
sólo un microcosmos de un estado de cosas instalado hace poco más de 70 años,
de la Nakba continua que aún busca fragmentar, dispersar y oprimir a la
población palestina para borrar todo rastro de su identidad a través de
expulsiones, desplazamientos forzados, matanzas y la imposición de un sistema
de apartheid. Todos estos esfuerzos han tenido un costo muy alto para
colonizadores y colonizados y no hicieron más que reforzar la desigualdad
intrínseca que divide a opresores de oprimidos.
Al tiempo que escribo estas líneas los enfrentamientos y ataques en todo el
territorio de la Palestina histórica se intensifican (foto, Ciudad de
Gaza) y seguramente en los próximos días la violencia continuará
escalando, pero no habrá guerra. Para que haya guerra se necesitan dos partes
iguales; para que haya paz, también.
Politóloga y Doctora en Culturas Árabe y Hebrea. Profesora en la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Fuente: Página/12

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