Colombia se
levanta contra el neoliberalismo de guerra
12 de mayo de 2021
. Imagen: AFP
“Aquà si no te mueres por covid te matan de hambre o de bala”, vociferaba
una manifestante veinteañera a un micrófono extranjero condensando en una frase
al voleo el nudo central del paro que se volvió estallido social. Si la
chispa que encendió las calles –por tercera vez en tres años– fue la regresiva
reforma tributaria que torpemente intentó imponer el presidente Iván Duque, el
triunfo de frenarla alumbró un “ya basta” contra todo el modelo, una
explosión de bronca acumulada contra el régimen uribista, una cruzada
popular para tumbar los cimientos del neoliberalismo de guerra que
tanto cuesta destronar pese a estas cÃclicas revueltas. ¿Será esta la
definitiva, la que finalmente abone el terreno para el arribo, en mayo del
2022, de un gobierno que desmonte este sistema de injusticias sostenido con
hambre y balas?
Las protestas iniciadas con el Paro Nacional del 28 de abril desnudaron, otra vez, dos pilares sobre los que asienta su hegemonÃa la
élite colombiana. Por un lado, la ferocidad de las fuerzas policiales y
militares para acallar cualquier reclamo imponiendo el terror (al
cierre de este artÃculo se registraban 47 manifestantes asesinados, 548
desaparecidos y más de un millar de heridos, según la ONG Temblores). Por el
otro, un aceitado blindaje mediático como complemento necesario para
asegurar la inmunidad: los medios locales demonizan las protestas y los
internacionales miran para otro lado. ¿Qué cobertura le darÃa la prensa global
si fuese otro gobierno, por decir Venezuela, el que estuviese ejecutando una
masacre a cielo abierto de esta magnitud?
Con el correr de los dÃas, el cerco informativo se fue resquebrajando por
la brutalidad policial viralizada en las redes sociales. Recién ahÃ, algunos
comunicados de la ONU, la OEA y la Unión Europea, tibios y escuetos, como
diciendo “aflojen un poco, que no se note tanto”. De los presidentes
latinoamericanos, sólo Alberto Fernández condenó con contundencia la represión. La
diplomacia internacional garantiza protección al niño mimado de Estados Unidos
en la región, mostrando un casi nulo sentido de la indignación como suele pasar
con los carabineros desbocados de Sebastián Piñera.
También como en Chile, la rebelión colombiana tiene un gran componente de
espontaneÃsmo y es protagonizada por la juventud, por las y los pelaos que resisten en las barricadas, cantan y bailan,
desbordando la capacidad de conducción del Comité Nacional del Paro,
convocante del 28-A.
El Comité, que agrupa a unas 50 organizaciones sindicales y
sociales, surgió en las grandes movilizaciones de noviembre de 2019 contra
la agenda de ajuste de Duque. El saldo, tres manifestantes asesinados. La
irrupción del coronavirus obligó el repliegue pero la rabia se siguió
acumulando y volvió a estallar en septiembre de 2020, esta vez contra la
violencia institucional. Diez dÃas de protestas y la misma respuesta: 13
vÃctimas fatales.
El transcurrir de la pandemia no hizo más que potenciar el malestar,
principalmente por el deterioro económico y las escasas medidas paliativas.
Según datos oficiales, 3,5 millones de personas cayeron en la pobreza, que
trepó al 42,5%, y el desempleo aumentó cinco puntos llegando al 16,8%. El
gobierno otorga un pÃrrico subsidio que equivale a 43 dólares mensuales cuando
el salario mÃnimo es de 259.
Luego de la mayor caÃda del PBI en medio siglo (6,8%), el gobierno sigue
apostando al sobreendeudamiento y a fortalecer el aparato militar, destinando
el 70% del presupuesto al Servicio de Deuda Pública y a Defensa y Seguridad. La
indignación popular llegó al lÃmite cuando se anunció la compra de aviones de
guerra por 14 billones de pesos. Y luego llegó la insólita propuesta de reforma
tributaria que pretendÃa ampliar el impuesto salarial y gravar los productos de
la canasta básica, el combustible y hasta los servicios funerarios. Duque metió
los dedos en el enchufe y se le vino el vendaval. Como Piñera, ahora se tapa
los ojos y repite el libreto: si en Chile protestaban alienÃgenas (primera dama
dixit), en Colombia son vándalos o venezolanos.
NecropolÃtica de Estado
La violación sistemática
de los DDHH se volvió polÃtica de Estado desde el asesinato del lÃder liberal y
candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán en 1948. El Bogotazo abrió el perÃodo conocido como “La Violencia”, que en
una década dejó unas 300 mil muertes y fue el prólogo de la conformación de las
guerrillas y el conflicto armado más extenso de Latinoamérica. La
oligarquÃa colombiana se alimentó de la guerra para edificar una democracia muy
floja de papeles en la que cualquier pensamiento crÃtico corrÃa (y corre)
peligro de muerte. Sólo en lo que va del año fueron asesinados 57
lÃderes y lideresas sociales y 22 ex combatientes de las FARC que habÃan
firmado la paz, se registraron 33 masacres, 158 feminicidios y 27.435 personas
tuvieron que desplazarse. Colombia acumula en estas décadas unos 85
mil desaparecidos, más que la suma de todas las dictaduras del Cono Sur.
El pico de violencia actual tiene su matriz en el incumplimiento de los
Acuerdos de Paz firmados en 2016 y la impronta del gobierno uribista, expresión polÃtica que cristaliza la
alianza entre la élite terrateniente, el empresariado y el poder narco-paramilitar.
Un esquema de violencia estatal y paraestatal directamente asociado al rol
geopolÃtico de Colombia (mayor productor de cocaÃna del mundo) como principal
aliado de EE.UU. en la región (el mayor consumidor).
Este régimen atraviesa hoy su crisis más profunda, y ya no tiene el
pretexto de ligar cualquier voz crÃtica con la guerrilla. Justamente
Gustavo Petro, un ex guerrillero, asoma como alternativa real para encauzar
polÃticamente el descontento social. Pero para eso falta un largo año.
Por lo pronto, las nuevas generaciones se levantan contra este genocidio
silencioso y silenciado, contra el neoliberalismo de guerra que los mata de
hambre o de bala, contra un destino de mera subsistencia. Le ponen el cuerpo al
futuro porque, como rezaba una pancarta en las calles de Bogotá, “al otro lado
del miedo está el paÃs que soñamos”.
Gerardo Szalkowicz es editor de NODAL. Autor del libro “América
Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”. Conduce el programa radial “Al
sur del RÃo Bravo”.
Fuente: Página/12

No hay comentarios:
Publicar un comentario