Un hito en la siniestra historia
de la United Fruit, los golpes de Estado y las "repúblicas bananeras"
El suicido en 1976 de
Eli Black, su entonces presidente, desnudaría una historia anterior y posterior
de brutales matanzas, derrocamientos, corrupción y contaminaciones que signó el
desarrollo del continente.
Por Andrés Gaudín
7
de febrero de 2021
El
personaje era algo más que un suicida cualquiera. Era nada más y nada menos que
Eli Black, el presidente de la United Fruit, la multinacional que había
patentado el modelo de golpe de Estado que dio nacimiento a las “republiquetas
bananeras”. Por eso es que aquella muerte del 3 de febrero de 1976 se mantuvo
apagada todo lo que se pudo, durante diez días.
Imposible
ocultar el hecho, por su espectacularidad. Necesario posponer la revelación de
la identidad del sujeto, porque con su muerte empezaron a temblar las más
sólidas estructuras ligadas a Wall Street. Ese lunes de febrero Eli Black había
llegado, más parco que nunca, a su despacho del piso 44 del edificio PanAm de
Nueva York, y tras romper el doble vidrio de su ventana se arrojó al vacío.
Black
y todos los ejecutivos anteriores y posteriores de la frutera cargaban con
miles de muertos. Para cultivar, producir e imponer el dulce sabor de la banana
la empresa amenazó, maltrató, mató y puso a su servicio a gobernantes de al
menos nueve países –Costa Rica, Jamaica, Panamá, Honduras, Guatemala, Colombia,
Ecuador, Cuba y República Dominicana–, a la CIA y a los marines
norteamericanos. Si un gobierno se rebelaba se lo cambiaba. En los cánones
éticos y morales de esa casta nada, avergonzaba, nada daba lugar a un suicidio.
Este llegó hace 45 años, cuando el fisco norteamericano se aprestaba a
darle jaque mate a Black por evasión impositiva, como les pasaría luego
al mafioso Al Capone y al traficante de armas y líder religioso coreano Sun
Myung Moon.
El
poder de la United nació en 1873, cuando el aventurero norteamericano Minor
Cooper Keith –un emprendedor, según los usos actuales– logró que el general
Tomás Guardia Gutiérrez, entonces presidente de Costa Rica, le diera 325 mil
hectáreas para destinar al cultivo de bananos y una exención impositiva por 20
años. Previamente, Cooper Keith había hecho una inversión digna de tal premio:
se había casado con la sobrina y amante del general. Mediante sobornos, logró
el mismo trato en los otros países. En la tercera década del siglo pasado
controlaba el 90% del mercado mundial y contaba en su haber con los dos
primeros golpes de Estado (Honduras y Nicaragua) y una brutal matanza, la
“Masacre de la ciénaga” del 6 de diciembre de 1928, en Colombia.
Su
más resonante crimen es de 1954, el derrocamiento del presidente guatemalteco
Jacobo Árbenz. Aunque su programa de reforma agraria establecía la “justa
indemnización”, los asesores de la United idearon una campaña que convirtió a
la bananera en uno de los más efectivos soldados norteamericanos de la Guerra
Fría. Dijeron que Árbenz era comunista, que su reforma agraria había sido
redactada en Moscú y que los despachos oficiales guatemaltecos eran dirigidos
por agentes soviéticos. Informes de inteligencia anónimos circulaban
profusamente y la prensa de la derecha continental recibía cada día los
boletines redactados en la SIP, cargados de falsos testimonios y relatos de la
destrucción causada por supuestas bombas lanzadas por terroristas imaginarios.
La
última intervención de la bananera, se hizo con su nombre y apellido cuando en
abril de 1961 organizó en alianza con el gobierno de John Kennedy, un ejército
mercenario para invadir Cuba, la fracasada intervención de la Bahía de los
Cochinos. La Revolución había nacionalizado sus propiedades. Antes, valiéndose
de los servicios de Edward Bernays, quien se ufanaba de ser sobrino de Sigmund
Freud, la frutera había pretendido lavar su sanguinolenta imagen. Vendió
la idea de que sus bananas curaban la celiaquía y la obesidad y eran “el
alimento ideal para su bebé”. En esos años impuso su propio dibujito animado,
la “Señorita Chiquita Banana”, creada a imagen y semejanza de la famosa actriz
y cantante brasileña Carmen Miranda. Años después, tras asociarse con la United
Brands, volvió a cambiar de nombre para llamarse, hasta hoy, Chiquita Brands.
"De pronto, revienta el mundo, súbito trueno de truenos..."
En
su más de un siglo de vida feroz, la United Fruit ha cambiado al menos cuatro
veces de nombre, hasta llegar a ser la Chiquita Brands que hoy exhibe sus
bananas en los bulevares lujosos de París o los mercaditos de los pobreríos
argentinos. Cambió de socios, contrató los servicios de los más mentados
marketineros, modernizó su logotipo y trató de disimular en su presente aquel
siniestro pasado que trae a la memoria las brutales matanzas de sus trabajadores,
la contaminación del suelo, el agua y la atmósfera con los agrotóxicos
prohibidos pero usados a destajo para matar plagas y multiplicar la producción.
De
todo hizo para mimetizarse, pero es pionera en la violación de derechos y ese
pelaje no se cambia. Además, los más grandes escritores americanos grabaron su
nombre en textos memorables y dejaron claro de qué se trata cuando se habla de
la United, la “yunai”, la voz inglesa United llevada al decir popular caribeño
y usada por el costarricense Carlos Luis Fallas para titular su Mamita
yunai (1940), la anti madre en realidad, la novela que inspiró a Pablo
Neruda a dedicar un poema de su Canto General a Calero, un obrero de la United
Fruit. Fallas lo dibujó como “un gigante oscuro, niño golpeado, harapiento y
errante”, y Neruda lo invitó a “cambiar la tierra” para que “no vaya tu sombra
alegre / de charco en charco hacia la muerte desnuda”.
Los
más grandes les siguieron. En una trilogía de 1950-60, el guatemalteco Miguel
Ángel Asturias recorrió la historia de la bananera, orlada de golpes de Estado
y dictaduras, una historia alabada por la Sociedad Interamericana de Prensa. En
el medio, el también guatemalteco Juan José Arévalo (1956) describió la
indisoluble alianza United Fruit-SIP-Estados Unidos en su Fábula del
tiburón y las sardinas. En 1961, tras escribir El
guatemalazo, el argentino Gregorio Selser prologó Los amos de
la prensa, en el que el norteamericano George Geldes describe la
trayectoria antidemocrática de todos y cada uno de los socios de la SIP, la
alianza empresaria que conforman más de 1300 medios, entre ellos los
argentinos Clarín, La Nación y Página 12,
entonces inexistente.
En Cien
años de soledad (1967), Gabriel García Márquez se detuvo para contar,
por boca de José Arcadio Segundo Buendía, cómo fue la “masacre de la bananera”,
el 6 de diciembre de 1928, cuando Colombia amaneció teñida de sangre obrera.
Siguiendo instrucciones de la Casa Blanca el presidente Miguel Abadía Méndez
ordenó al ejército que disparara hasta la última bala para acabar con una
huelga de los trabajadores de la United. En 2009 fue el relato del uruguayo
Eduardo Galeano el que conmovió desde Memoria del Fuego III, al
recordar la matanza de la ciénaga colombiana: “… entonces, de pronto, revienta
el mundo, súbito trueno de truenos, y se vacían las ametralladoras y los
rifles”.
Nunca
se supo si fueron decenas, cientos o miles los muertos ofrendados a la
bananera. Los cadáveres fueron arrojados al mar.
Fuente: Tiempo Argentino

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