Escritos sobre literatura
argentina y polÃtica
Se publica "Patria y
muerte" de Miguel Dalmaroni
Desde 1966 hasta 1974 -año en que se interrumpió- la
editorial de la Biblioteca Constancio Vigil de Rosario publicó una colección
dedicada a la crÃtica literaria argentina que ahora se retoma con un libro de
Miguel Dalmaroni, Patria y muerte: Escritos sobre literatura argentina y
polÃtica. Bajo la idea de interrogar a la crÃtica y no sólo a la literatura,
Dalmaroni avanza con Ãmpetu, ironÃa y sin esquivar los debates y los conceptos
cristalizados sobre todo un arco de producciones y autores -Alejandra Pizarnik,
Leónidas Lamborghini, Juan José Saer, Manuel Puig, entre otros- que estarÃan
comprendidos en las relaciones arduas entre la narrativa, la poesÃa, la
Historia, la muerte y finalmente la polÃtica entendida como área especÃfica
pero que nunca puede darle la espalda al lenguaje.
Por Enrique
Foffani
Patria y muerte. Escritos sobre literatura
argentina y polÃtica, el libro de Miguel Dalmaroni
aparece bajo el sello de la Editorial Biblioteca Constancio Vigil de Rosario y
reanuda una colección dedicada a la crÃtica literaria argentina que se
interrumpió en el año1974. Con un espÃritu federal
y una clara perspectiva latinoamericana propia de los años previos a las
dictaduras militares del continente, se publicaron en esta colección desde 1966
seis tÃtulos: de Edgar Bayley Realidad interna y función de la poesÃa;
de Adolfo Prieto Literatura y subdesarrollo; de Roger Plá Proposiciones;
de Jorge Vázquez Rossi El fuego fatuo; de David Lagmanovich La
literatura del noroeste argentino; y por último de Marta Scrimaglio Literatura
argentina de vanguardia 1920-1930. De hecho, junto con el de Dalmaroni,
aparece también el de Silvana Santucci sobre Severo Sarduy y de ese modo
resultan el séptimo y el octavo de la colección vuelta al ruedo. En la
decisión de retomar la serie después de cuarenta y siete años, puede avizorarse
un gesto polÃtico: ¿por qué dar continuidad a una colección si no se pensara,
antes, que la crÃtica no sólo tiene todavÃa algo que decir sino una cierta
potencia que la desborda al tiempo que la constituye? Es lo que Dalmaroni
considera la pregunta polÃtica de la crÃtica: qué puede y qué no
puede la literatura. O la poesÃa. O el ensayo. O la narrativa. Todos estos
géneros y muchos otros se entreveran en Patria y muerte entre
la escritura y la oralidad donde las voces cumplen un rol primordial.
El entrevero es una figura retórica de la prosa de
Dalmaroni: no es una mera mezcla sino más bien la materia hecha de “ideas y
ocurrencias y frases” y de “restos” de conversaciones, de imágenes, de textos
leÃdos, recordados, conversados, analizados en clase, los que, de pronto,
entran en combustión y fraguan una consistencia para la literatura. “Cualquiera
que escriba es un cleptómano”, plantea el autor en las “Noticias”
introductorias del libro. No hay robo ni plagio sino un sedimento que resta y
no es de nadie y escande finamente los circuitos de la escucha. Lo más crucial
de la prosa de Dalmaroni reside en el lenguaje: la dÃscola procedencia de sus
frases, el modo paradójico de articularlas, el hallazgo siempre feliz de la
palabra justa –tÃtulo de su libro de 2004–, el pasaje sin solución de
continuidad de la palabra más culta a las más popular y viceversa, la dicción
del desparpajo, el ritmo de la lengua académica diluyéndose en el tono vÃvido
de la charla de café o la conversación entre amigos llevada al interior de las
aulas, como si ya no existieran fronteras ni demarcaciones, ni altos y ni
bajos. Un lenguaje que va poniendo de relieve un pensamiento crÃtico.
Los ensayos del libro Patria y muerte arrastran
desde el fondo de la historia el eco de una consigna en la que, ya sea desde el
peronismo o la revolución cubana, se produce un deliberado desplazamiento
–polÃtico si lo hay– de la conjunción: patria y muerte cancela
la disyuntiva para propiciar una expansión, un campo más extendido de las
tensiones entre el sujeto civil y el mundo que Dalmaroni reconoce a partir del
poeta Leónidas Lamborghini como el corazón delator de la
polÃtica. El libro consta de 15 fragmentos crÃticos, llamados a
veces apartados o borradores, la mayorÃa inéditos y algunos extraÃdos de
ponencias y artÃculos, que intentan una lectura que prescinde de los
procedimientos académicos de las notas al pie o las consabidas citas de
autoridad, salvo las necesarias referencias y el uso del epÃgrafe que encabeza
cada ensayo que lleva por tÃtulo una obra de la literatura argentina. Comienza
con Los siete locos y termina con La revolución es un
sueño eterno. Nada pareciera en principio azaroso en este orden, en
esta secuencia de inicio o de cierre, porque desde la locura a la revolución
–quizás una no pueda existir sin la otra– cabe decir del libro lo mismo que
Dalmaron atribuye a El rÃo sin orillas de Saer: el de
ser un desensayo, un modo de desandar la crÃtica, la
ocasión para volver a indagar otros caminos. La crÃtica como tentativa de
desentrañar un equÃvoco o defenestrar interpretaciones cristalizadas. El
subtÃtulo del libro convoca de manera directa a David Viñas, sólo que ahora la
relación no es entre literatura argentina y “realidad polÃtica” sino entre
literatura argentina y “polÃtica” a secas, como ineludible escena en la que
pueda emerger una verdad aun cuando ésta sea incomunicable. La poesÃa –en la
estela de Alejandra Pizarnik– serÃa el lugar de aparición y de parición, de esa
verdad. El ensayo sobre Pizarnik es uno de los más inquietantes del libro
porque pone el foco en el arduo trabajo que la poeta hace con la muerte, en una
suerte de fatal convivencia, en el que la existencia parece ser conducida hacia
una patria oscura donde se puede reconocer los extremos de la violencia
inherente a la condición humana.
A contrapelo de las interpretaciones estatuidas, es
interesante cómo Dalmaroni es capaz de avivar el avispero para intentar otras
desde el gesto a veces de la provocación y otras desde la astucia de
desmantelar falacias de apreciación teórica a la hora de describir el objeto.
Dos ejemplos. Plantea que a Saer hay que leerlo desde el realismo y no
deja dudas al respecto: Nadie nada nunca es “una novela rigurosamente realista”,
pues el personaje del Caballo Leyva no es una alegorÃa sino “un comisario
secuestrador, torturador y asesino de los años setenta”. A Puig, lo
considera un autor polÃtico pero no en el sentido en el que la crÃtica lo
congeló en El beso de la mujer araña sino más bien en el
de Maldición eterna a quien lea estas páginas: “capturada nuestra
propia intimidad pasional -escribe-, la maldita desesperación es nuestra”,
porque es una novela sobre los efectos de la represión pero “en la memoria, en
el cuerpo y en la subjetividad”. El gesto del crÃtico se vuelve, en este punto,
acción: no sólo debate sino más bien rebate y sobre todo se debate a sà mismo
como crÃtico. Es, de algún modo, un programa pero al mismo tiempo la escritura
se descalca de todo plan para permitirse su propia travesÃa crÃtica.
Uno de los desafÃos de Dalmaroni serÃa probar “la lengua
proliferante de la crÃtica”, esa que le adjudica a David Viñas y que a él mismo
como autor de Patria y muerte le acontece en no pocos tramos
del libro. Probar además la resistencia propia a la hora de escribir sobre un corpus de
escritores y escritoras de la literatura argentina. Por eso no faltan ni sobran
nombre propios, se trata de aquellxs con los que Dalmaroni asume la doble
pasión –la de la literatura y la de la polÃtica– que circunnavega el libro
desde el comienzo. En sÃntesis, se propone inventarle otras lenguas, otros
dialectos a la crÃtica. Menos el idioma de los argentinos que
la heterogénea vastedad de flexiones y de acentos que éste puede suscitar en
relación con sus regiones de pertenencia donde la sintaxis comienza a
cimarronearse mediante transgresiones y desvÃos o estableciendo sus propios
acentos. Es esta noción de lengua que comparten escritor y crÃtico: ambos dan
rienda suelta a la lengua, ambos se desquician en un punto, ambos escriben y
acuñan, lenguaraces, la pasión que los impele sobre los cuerpos de las
palabras. Ambos son escritores.
Desafiante, polémico, irónico, atento a las voces y los
imaginarios sociales, el autor de Patria y muerte nos cuenta
que terminó de escribir este libro cuando perpetran el “golpe
cÃvico-militar-policial-evangélico contra Evo Morales, uno de nuestros mejores
dirigentes” y sospechamos que, si bien el objeto de su trabajo crÃtico es el
sistema literario argentino desde el siglo XIX al XXI, la dimensión geopolÃtica
de la lectura que practica se sitúa en América Latina como espacio de
referencia y un tiempo histórico en el que se enclava necesariamente la
literatura. De allà algunos de los debates crÃticos sobre obras, como El
entenado de Saer o Zama de Di Benedetto, leÃdos sin
despegarlos de las inflexiones de la lengua. De allà que lo latinoamericano sea
menos el contenido de verdad de sus narraciones que el hilo de la voz, la
pulsión del habla, la potencia lenguaraz de la que es capaz la literatura:
“Barrer las pampas a contrapelo para rescatar los usos negros de la palabra
–sus usos indios, gauchos, plebeyos, sus usos cabeza, villeros, carcelarios y
sus usos mujeres, sus usos putos, travestis, trans”.
Este es uno de los puntos-clave del libro: el uso que
Dalmaroni hace de la categorÃa de uso de la lengua a partir
del cual aparece el tema de los temas: los otros, la alteridad constitutiva de
nuestra tradición latinoamericana que configura su identidad paradójicamente en
la heterogeneidad.
La indagación acuciante de estos ensayos gira alrededor
de lo que llamás la doble pasión de la literatura y la polÃtica. ¿Cómo funciona
en tu libro?
-La polÃtica y la literatura son ya, cada cual,
pasiones dobles. Claro que se puede simplificar y decir que la polÃtica es
una pasión unÃvoca porque es una pasión por el sentido, por una interpretación:
la polÃtica necesita tomar decisiones y comunicar, si gobernás vos no podés
decir “la vacuna rusa está un poquito aprobada” ni hablar del goce indecidible
de la flotación cambiaria. En polÃtica tenés que elegir A o B para gobernar
bien y ganar elecciones, y eso no es literario. Y sin embargo, cualquier
economista o dirigente polÃtico sabe que va al fracaso si carece de invención
verbal, de talento lingüÃstico y literario, alguna destreza para la ambigüedad
y la metáfora.
En un momento escribÃs que el peronismo es una invención
de voces. Se trata de una aserción que atraviesa la noción de lengua y en
diversos tramos también la de memoria sensorial y emotiva que converge en la
noción de experiencia, un fundamento de tus ensayos. ¿Qué lugar adquiere en tu
visión crÃtica la dimensión de lo popular en la literatura argentina?
-Cuando a Perón le preguntan en 1971 por la guerrilla
peronista “combativa”, responde con una aliteración rimada: “Los hay
combativos, los hay contemplativos”. Perón no elige la palabra “contemplativos”
solo por lo que significa, sino también por su efecto retórico, es decir
poético. Pone a jugar la vacilación de sentidos. En esto, mi maestra es Judith
Butler: la retórica, es decir la “literaturidad”, digamos, está siempre en los
momentos clave de la filosofÃa y de la poesÃa, pero igualmente en la polÃtica y
en las conversaciones Ãntimas o públicas (lo retórico es, dice ella, el lugar
de la verdad, no hay otro). Todas las prácticas humanas –la polÃtica y la
literatura, la escritura y la sexualidad- son a la vez retóricas y cuerpos,
cuerpos y voces. Asà que toda polÃtica es literatura.
Y según tu libro, hay que sostener –al mismo tiempo– lo
inverso.
-Claro, pero más acá de la
vulgata foucaultiana (todo es polÃtico siempre). O sea, la polÃtica es algo
especÃfico. Por ejemplo, a Borges el regodeo del coraje le viene de los libros
pero a la vez de varias situaciones decisivas que son especÃficamente
polÃticas: ningún conocido de Borges muere en guerras de bayoneta, para eso
Borges tiene que apelar a la figura de su abuelo coronel (de quien él mismo
dice que peleó, a fines del siglo XIX, batallas anacrónicas, propias de guerras
del XVIII); en la Gran Guerra del 14 no pelean argentinos, Borges la lee en los
diarios; tampoco quedan compadritos más que en sus sospechosas memorias de
infancia; cuando Borges escribe sus primeros cuentos de cuchilleros ya los
delincuentes matan con armas de fuego. Y hasta el 30, Borges es un radical
populista pero ¡con escasa o nula experiencia propia, fÃsica, en la polÃtica de
masas! En cambio, cuando la polÃtica de masas irrumpe, insoslayable, con el
peronismo se convierte en un furibundo gorila, que apoyó públicamente los
bombardeos contra civiles de la Fusiladora. Esa compleja maraña de
determinaciones y decisiones polÃticas se enmadeja con la invención narrativa
de los mejores cuentos de Borges.
¿Estás hablando del tÃtulo del libro, Patria y
muerte?
- SÃ, porque lo que creo es que gran parte de la
literatura argentina más leÃda y discutida viene a poner sobre el tapete, como
una evidencia cegadora, que el discurso polÃtico merece ser deschavado,
corregido o, mejor, destartalado: nunca fue “patria o muerte” ni “Perón o
muerte”, sino una cosa y la otra, la una necesariamente
implicaba y arrastraba la otra. Todas esas ficciones, y todos esos poemas
como Cadáveres de Perlongher, o toda Pizarnik, ponen ante
nosotros las atrocidades del lado oscuro de la identidad y de su extremismo
violento. Porque, claro, la identidad es inevitable, la patria, las
pertenencias, o el nombre propio son necesidades de lo común, lo compartido.
Retomás un lugar común de la crÃtica argentina que
considera que Arlt, Silvina y Puig escriben mal. Dado que la noción de lengua
aparece como primordial en tu libro, qué significarÃa entonces, escribir bien
en la literatura argentina? ¿Escribir bien serÃa, paradójicamente, una forma de
escribir mal?
-Por un lado, escribir bien es escribir a la perfección.
Es decir, tratar al idioma honrándolo como nadie antes, como la mejor
violinista del mundo trata a su Stradivarius, hacer sonar la lengua con ese
amor atrevido. Por ejemplo, algunas hazañas de la prosa de Raquel Robles (no
siempre es perfecta, por supuesto, pero a menudo lo logra y eso es único,
claro), su novela Papá ha muerto es una gran obra maestra. Hay
casos mixtos: Ariana Harwicz es autora de metáforas “convencionales” perfectas,
que arruina con salvajismo en la frase siguiente: como si esos dos impulsos
contradictorios la tuviesen tomada al mismo tiempo. Por otro lado, escribir
bien es inventar un modo de hacer todo mal, defraudar todas las
expectativas ideológicas, artÃsticas, estéticas de su tiempo. Arlt, Silvina,
Puig, Saer, Aira: hacen lo que nadie espera de la literatura, por eso
produjeron cambios drásticos en lo que se leÃa como literatura.
Entiendo que hay lecturas fuertes en tu libro en la
medida en que van a contrapelo de la crÃtica ya estatuida como la de postular
que algunas novelas de Saer requieren ser leÃdas como realistas. ¿Es una
postura que polemiza abiertamente con algunos crÃticos al tiempo que en ese
disenso o corrección habrÃa un devenir polÃtico de la crÃtica?
-Les grandes escritores engendran malentendidos crÃticos
que se vuelven malentendidos clásicos, por decir. Saer fue uno.
Entonces la polÃtica ¿está en el texto, está en el
contexto o es la recepción la que politiza la obra?
-Hay efectos polÃticos de las lecturas, claro, aunque ahÃ
no haya polÃtica en sentido estricto. Hay polÃtica, en cambio, en el pedagogo
que pretende imponernos una lectura “con contexto”, culta, cultual, correcta.
¿La polÃtica es como Dios, o sea está en todas partes? En un sentido preciso,
no. En un sentido ampliado, sÃ: como dijo Juan L. Ortiz, tal vez la revolución
sea el verdadero descanso, o sea dedicarnos a mirar crecer las florcitas
silvestres.
>Unos fragmentos de Patria y muerte de
Miguel Dalmaroni
LAS VOCES PERONISTAS
Pero es cierto que el peronismo tiene también desde su
surgimiento, una poiética variada y mutante, o sea
impulsos literarios que no cesan (descomunales si los
comparásemos con los escasos o nulos de casi todo el resto de los partidos
polÃticos argentinos, obviamente). El peronismo como invención de voces,
digamos. Hay una venerable cuerda litúrgica, seria y clasista, que procede en
parte de la oratoria gutural y colérica de Evita Perón. Hay otra cuerda, la
pÃcara, que procede de la sorna ingeniosa de Perón. Un milico bien leÃdo pero
con calle (como se sabe el General usaba frases verbales como “hubo de haber
habido” y, al toque, figuras plebeyas como es “esto es más viejo que mear en
los portones”); acá estarÃa Jauretche en el centro, Néstor Kirchner a la
diestra del Pocho, merecerÃan un lugar algunas ocurrencias de AnÃbal Fernández,
y llegarÃamos al absurdismo barrialista de Pedro Saborido. Con Saborido, Diego
Capusotto cruzó las dos cuerdas en un personaje televisivo Enrique “el Loco
Evita” Lazuarte, un empleado humillado al extremo por sus patrones. Pero quien
anudó en una lengua nueva de la polÃtica la cuerda fustigadora con la cuerda
pÃcara –la hechicera que resucitó en sà los poderes de Perón y de Evita para
hacerse odiar y amar al extremo– fue por supuesto Cristina Fernández.
LOS TONOS DE VIÑAS
La principal novedad de Literatura argentina y
realidad polÃtica –eso con lo que pudo cambiar de modo
irreversible la situación de la crÃtica literaria nacional—estuviese menos en
las aseveraciones que en los tonos y los énfasis, en la extenuación de la
sintaxis condicional y disyuntiva, en la tropologÃa del dialecto que inventaba
y en los efectos: Viñas escribÃa que la literatura estaba hecha de
“riscosidades” y “orografÃas”, de “meandros y “carnosidades”, de “fluencias” y
“afluentes”; su mirada notaba siempre lo “estentóreo” y lo “englutido” y sobre
todo las posturas y las “poses”, los “tics” y los “ademanes”, los “coqueteos” y
las “coreografÃas”. Parece haber sido asÃ, al menos si me atengo a los efectos
que recuerdo de cuando lo leà por primera vez; porque no creo que alguien
interesado en la literatura argentina pueda olvidar esta frase en el comienzo
de del libro de Viñas: “La literatura argentina empieza con Rosas”. Es, como
solÃa decirse antes, una enormidad, es casi un exabrupto, es un disparate y es,
con todo eso junto, el convite belicoso para una discusión sobre lo
principal.
Hay que ubicar, creo, a Ricardo Piglia, en un linaje
variopinto donde resuena la procedencia de Viñas como crÃtico. Piglia amplió
las posibilidades de la ocurrencia, las de la sentencia ingeniosa, las de las
afinidades electivas insólitas y hasta desafinadas, las del desafÃo en tono más
o menos iconoclasta a costa de la verdad de lo que se diga (Piglia era a veces
demasiado canchero, o sea revoleaba aforismos crÃticos para la tribuna, pero
hay que reconocerle que muy a menudo canchereaba como el mejor; basta ver otra
vez sus clases sobre Borges en la Biblioteca nacional). Como Viñas, politizó la
enunciación crÃtica, en su caso inventándole a la literatura argentina –que es
más bien mala y aburrida– episodios noveleros, anécdotas intriguistas, falsos
enigmas, delitos menores.
LO MENOS PENSADO
Empecé mencionando a un poeta peronista como Leónidas
Lamborghini porque el problema de la polÃtica argentina –como dijo Juan José
Becerra escribiendo sobre una de nuestras lÃderes más amadas, Milagro Sala– son
los modos en que se cursa aquÃ, desde hace más de dos siglos, la pregunta
clasista del varón blanco que tiene casi siempre la palabra: qué
hacemos con los negros. La compañera Milagro Sala, como otros
dirigentes populares insumisos, nunca habló esa pregunta porque ella es la
negra india Sala, ella es las negras, los negros y les negres que –para alarma
de los demócratas patriarcalistas– demostró que cuando quieren y encuentran la
fisura, las negras indias hacen lo que quieren. Barrer las pampas a contrapelo
para rescatar los usos negros de la palabra –sus usos indios, gauchos,
plebeyos, sus usos cabeza, villeros, carcelarios y sus usos mujeres, sus usos
putos, travestis, trans… – es una tarea de muchos, que ya algunos han comenzado
pero que recién empieza. Mientras, la historia de lo que llamamos literatura
argentina, considerada como un “documento” (de cultura y de barbarie a la vez,
claro) sigue siendo en mayor medida (aunque cada vez menos) la historia de los
escritos de los casi siempre varones de una fracción subordinada de las clases
dominantes. Es en parte la historia de un dispositivo escritural y cultural de
dominación social (pero no solo eso). Esto deberÃa ser, a esta altura, obvio.
Especialmente si se tiene en cuenta que ya disponemos de una masa copiosa de
investigaciones, historias y ensayos en esa perspectiva, imprescindible para
entender algo de ese debate que Raymond Williams nombró como “cultura y
sociedad”. Sin embargo fue con el propio Williams que aprendimos al mismo
tiempo a no desdeñar la experiencia de los subalternos con la literatura de la elite (es
decir con la literatura) so pretexto moral radical: en Jane Austen o en Borges,
en Virginia Woolf o en Saer, algo ajeno a la dominación parece a punto de
emerger, disuena y turba lo decible y sus códigos de entendimiento y sus modos
enseñables de leer. El moralismo infundado de que a los trabajadores, los
negros y los indios no hay que darles de leer a Conrad ni Tununa Mercado, Diana
Bellesi ni Italo Calvino, no es más que un prejuicio violento de ciertas elites
universitarias (que prefieren autocalificarse de “académicas”). Lo saben las
numerosas maestras y profesoras de literatura que se cuentan en las filas de la
resistencia a la reproducción, que practican la consigna lector es el otro,
lectora es la otra, y saben dar lugar en miles de aulas de América Latina a las
contingencias no calculables del lector ignorante: niños, niñas y
adolescentes que a menudo hacen, con los tesoros literarios de la
civilización, lo menos pensado.
Fuente: Página/12


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