"Deberemos replantearnos
la organización del trabajo escolar"
La escuela en tiempos de
coronavirus
Por Hugo Yasky
Allá por el comienzo de esta era, en los lejanos primeros
meses de 2020, muchos filósofos y pensadores discutÃan sobre los efectos que la
pandemia traerÃa en nuestros modos de percepción y organización como sociedad.
¿SaldrÃamos mejores o peores de todo esto? Aunque estemos en medio del rÃo, ya
se vislumbra que esta crisis sanitaria global podrá hacer más nÃtidos los
contornos de las desigualdades que ya existÃan, podrá poner en evidencia las
irracionalidades que más de cuarenta años de neoliberalismo instalaron como
sentido común, pero para revertirlas hará falta algo más que un virus. Se
necesitarán avances de las fuerzas populares, elecciones democráticas y
acciones colectivas que modifiquen las relaciones de fuerza en la sociedad.
La educación no escapa a esta descripción general. Apenas
está un poco oculta por una parafernalia discursiva que los voceros del poder
más concentrado diseñaron para adueñarse del tema. Para seguir siendo los
dueños de las cosas necesitan ser los dueños de las ideas. Del mismo modo que
se apropiaron del concepto de “libertad” encorsetando su sentido en el más
estricto individualismo y desgajándolo absolutamente de toda idea de bienestar
general; asà como se han hecho dueños absolutos de un discurso punitivo sobre
la cuestión de la seguridad ciudadana; ahora buscan extender su dominio
discursivo sobre la idea de la educación. Las inmensas dificultades para
sostener el funcionamiento de los sistemas educativos en todo el mundo durante
2020 les dieron una oportunidad para reafirmar ese intento de apropiación.
Desde ya que no es un “problema argentino”, como
pretenden hacernos creer estos voceros. Todos los paÃses ensayan soluciones con
marchas y contramarchas para hacer frente al desafÃo de mantener los sistemas
educativos en medio de la pandemia. No todos parten de las mismas condiciones
para hacerlo. Aquellos con mayor inversión estatal en educación, con sociedades
económicamente más homogéneas, con más recursos tecnológicos, con más
financiamiento, mejores edificios escolares y mejores salarios docentes están
en mejor forma para afrontar los cambios. Los estados que vienen de
desfinanciar el sistema educativo, reducir los presupuestos al punto extremo de
no garantizar ni la vida de los trabajadores de la educación como ocurrió en la
Provincia de Buenos Aires en agosto de 2018 con la muerte de Sandra Calamano y
Rubén RodrÃguez, parten de condiciones mucho más adversas. No es lo mismo
diseñar estrategias de burbujas en aulas con 40 alumnos que en aquellas que
tienen 20 estudiantes, ni con profesores asignados a una o dos instituciones
que con profesores-taxis que tienen cargos en cinco o seis escuelas. No es
igual mantener las condiciones de seguridad e higiene en establecimientos
hacinados, sin ventilación, sin personal auxiliar y, a veces, sin agua, que en
ambientes espaciosos y acordes a la tarea educativa.
A partir de esta contextualización, podemos desenmarañar
qué se discute en torno a la “vuelta a clases presenciales” en este comienzo de
2021. En primer lugar, es evidente que, a pesar del enorme esfuerzo
realizado por docentes, estudiantes y familias, la presencialidad educativa es
irremplazable. Aunque se garanticen los recursos tecnológicos y su
financiamiento por parte del estado a cada docente y estudiante –que, por otra
parte, asà debe ser porque esa garantÃa es condición necesaria para el acceso
al conocimiento más allá de la situación sanitaria-, esos recursos no
sustituyen la escuela presencial. Ya sea en términos de igualación de las
oportunidades de aprendizaje, como de ámbito privilegiado de socialización y,
también claro, hay que asumirlo, como espacio fÃsico donde millones y millones
de niños, niñas y adolescentes pasan largas horas de cada jornada al cuidado de
adultos mientras sus familiares a cargo cumplen con sus obligaciones laborales
o realizan otras actividades, nada puede sustituirla. Desde el ordenamiento de
la rutina diaria hasta los aspectos psicosociales y emotivos se ven
determinados por concurrir o no fÃsicamente a la escuela. Pero estos problemas
reales no se solucionan declamando contra los docentes y sus representantes
gremiales como intentan inculcar en el sentido común los opinadores mediáticos
que se embanderan en la consigna “abran las escuelas sà o sÔ. A este discurso,
que parte de necesidades reales de la comunidad educativa pero está vacÃo de
propuestas concretas que promuevan un retorno seguro a la presencialidad, se
sumaron exfuncionarios del “gobierno de los ricos para los ricos” con un
entusiasmo que no demostraron en su gestión. En esos menesteres más bien
tributaban a la campaña “cierren las escuelas”: desde las secundarias nocturnas
porteñas hasta los profesorados jujeños pasando por las escuelas de isla del
Delta bonaerense y el recorte brutal del presupuesto educativo. Por eso resulta
paradójico ver a quienes trataron con desprecio los docentes y a la educación
pública, convocando a marchas que mientras invocan a Sarmiento solo obedecen al
más básico oportunismo electoral.
Sin embargo, mientras la superficie mediática se llena de
titulares que venden la confrontación y el escándalo, por debajo, los
sindicatos docentes, las familias y también las gestiones que eligen el dialogo
y el trabajo por sobre el marketing construyen protocolos y condiciones que
permitan retomar formas de presencia fÃsica en las escuelas. En ellos se combina
la presencialidad con prácticas de educación a distancia. A la vez, se
establecen cuáles son las condiciones edilicias apropiadas para cuidar la
salud, con grupos reducidos de estudiantes, con más cargos docentes y no
docentes, con nuevas formas de organización del proceso educativo.
Probablemente ese trabajo subterráneo no sea zócalo de TV ni tapa de diarios.
No obstante, requiere todo nuestro esfuerzo y dedicación.
Aún asÃ, serÃa un error ingenuo pensar que las escuelas
podrán funcionar igual que hasta 2019. Deberemos replantearnos la organización
del trabajo escolar porque la normalidad anterior al COVID-19 no es posible ni
deseable. Reconfigurar la institucionalidad educativa exige desde una mayor
presencia del Estado Nacional, que todavÃa sufre las heridas de las reformas
neoliberales de la dictadura cÃvico militar, los años ’90 y el macrismo, hasta
la consolidación de instancias de participación docente en la gestión
educativa. El desafÃo es rediseñar la estructura institucional para que no haya
ni grupos de cuarenta estudiantes, ni escuelas mulitdinarias con miles de
personas hacinadas. También hay que repensar el trabajo docente para que se
contemple la tarea fuera de aula, se creen nuevos cargos necesarios para
atender las nuevas necesidades educativas y no se recarguen laboralmente a los
trabajadores de la educación asignando varios puestos de trabajo a una misma
persona. Nada de esto puede hacerse sin modificar la escuela que tenÃamos.
La imaginación institucional y la voluntad polÃtica para
implementar estos cambios son imprescindibles porque cuando baje la espuma
del reality, cuando la derecha encuentre otros tópicos para atacar
a la educación pública, cuando, dentro de unos años quizás, mude de
convicciones y comience a denostar a la presencialidad para favorecer los
negocios de la educación a distancia, nosotros, maestros y maestras, profesores
y profesoras, seguiremos ahÃ, en cada escuela, junto a nuestros estudiantes y
sus familias, peleando para que la educación siga siendo un derecho y no se
convierta en mercancÃa como vienen intentado desde hace años las corporaciones
empresariales y sus voceros, los que quieren petrificar la desigualdad social.
Fuente: Página/12

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