El
abrazo en el barbijo
Por Sandra Russo
Las disputas internacionales por la provisión de todas
las vacunas está demostrando lo infinitesimal de lo que representan los
antivacunas, que en realidad son antiestado. El fenómeno es un sÃntoma que tal
vez uno no deberÃa llamar “global”, sino más bien “occidental”, porque se basa
en una interpretación desviada del concepto de “libertad”.
En este paÃs, a los que les falta la libertad es a los
que fueron perseguidos polÃticos y cuyas causas son castillos de naipes
marcados, no a los que las restricciones de cada etapa les impidieron tomar
cervezas con amigos o ir a fiestas electrónicas. En los dos casos se habla de
“libertad”, pero esos dos contenidos tan opuestos nos vuelven a invitar a
revisar palabra por palabra.
En todos los paÃses hay presidentes, gobernadores o
intendentes que se fotografÃan vacunándose, para promover la vacunación en un
clima adverso y alienado que, aquÃ, Juntos por el Cambio fogonea, a tal punto
que no hemos visto a ningún funcionario Pro vacunarse. No pueden mostrarse
protegiéndose con vacunas porque ello implicarÃa admitir la doble vara.
El fin de semana pasado se vacunó Cristina. Hasta el
barbijo que usó para ir a un Hospital de Avellaneda fue tema de debate. “Quiere
promocionar la vacunación”, dijeron, convirtiendo en “denuncia” lo evidente.
Ella los altera. Los instala en su propia vibración inestable. Cristina sigue
siendo lo indigerible por excelencia para los sectores antipueblo. No es la
única atacada ni dejan de petardear a los funcionarios que en gestión están, de
hecho, promoviendo polÃticas o proyectos populares. Pero fue y es ella el
objeto de odio trabajado y pulido por los que en lugar de dar noticias tallan
estigmas.
Como fuere, quiero dedicarle un par de párrafos al
barbijo. Probablemente nada de lo que voy a decir lo haya tenido en cuenta
ella, o quizá todo, porque es incluso a su pesar una usina de sÃmbolos,
referencias y señales para los que tienen muy en cuenta su palabra y sus
gestos.
El barbijo replicaba el abrazo que se dieron ella y
Néstor en un acto caliente, en 2008, cuando pese a la firmeza decidida por
ambos, el paÃs se movÃa como un barco en tormenta por la protesta de los
agroexportadores, que los diarios que eran sus socios llamaron “el campo”.
Ese abrazo, capturado para la historia por VÃctor Bugge,
el fotógrafo presidencial, es el de un marido y una mujer que sobre esos roles
privados tenÃan otros roles públicos, y que eran los que los llevaban al abrazo:
eran una presidenta y un expresidente sellando su compromiso con el proyecto de
paÃs prometido en campaña, y que sencillamente retomaba lo expuesto antes por
héroes nacionales de diferentes épocas: habÃa que exportar el zapato y no la
vaca. Sobre eso, sencillo de entender, se basaba una lógica económica muy
clara, la única capaz de permitir un desarrollo equitativo. Exportaciones
surgidas de este suelo, pero ya trabajadas por argentinos.
Ese abrazo entre Néstor y Cristina pasará a la historia,
y ella puede haberlo elegido solamente por eso. Pero en 2008 nació en
kirchnerismo, cuando muchos que parecÃan amables o educados se volvieron de
pronto violentos escrachadores y golpeadores de oficialistas. Hasta entonces se
apoyaba al gobierno, pero esa identidad polÃtica no sobrepasaba la de un grupo.
Recién cuando tembló la tierra, que fue justo cuando en ese acto Cristina
volvió a negarse a entregarles a los agroexportadores lo que pedÃan, recién
cuando todo se puso dramático --y ese abrazo transmite también esa coordenada,
y la decisión de resistencia--, hubo muchos que dieron un paso adelante y
dijeron: “Estamos”.
Por ahà iban los sueños de los desaparecidos, por ahÃ
iban la soberanÃa polÃtica, la independencia económica, la justicia social. Ese
dÃa, el del abrazo, Cristina quedó grabada como la conductora de aquel proyecto
para sus seguidores, y como el blanco a atacar y a destruir por parte de los
operadores del otro paÃs, el que evade dinero, esconde granos, inventa causas,
publica noticias falsas.
Y ella eligió ese barbijo para ir a vacunarse y promover
que se vacunen otrxs, en medio de la lucha contra una pandemia que entre otras
cosas nos ha privado de los abrazos. Tenemos más de 45.000 muertos. Se fueron
sin un abrazo. Sus seres queridos no pudieron abrazarse entre sÃ. Nadie que se
quiebre o que vacile, en esta larga temporada de miedo, puede ser consolado con
un abrazo. Eso es lo que soportamos los que cumplimos las reglas porque
queremos vivir y queremos que no se muera nadie.
La única esperanza, y de ribetes realistas, es la vacuna,
cualquiera de ellas. El barbijo de Cristina nos habló de muchas cosas, pero
también de ese horizonte con el que tantos soñamos, que es dejar de sentirnos
peligrosos para los que queremos, y dejar de tener miedo del cuerpo de los
otros.
Esa mujer y ese hombre, fundidos en el abrazo de sus
vidas, en blanco y negro, en el barbijo, también activó esa zona de deseo
postergado. Que lleguen las vacunas, que se gestione la vacunación como es
debido, y que superemos este tiempo triste en el que hemos estado tan solos.
Vaya a saber uno cómo algunos liderazgos funcionan asÃ, como generadores de
mensajes de muchas capas, algunas inconscientes. Un brazo dispuesto a la
vacuna, la mirada confiada y el barbijo trayéndonos el pasado de lucha y el
futuro de abrazos.
Fuente: Página/12

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