¿Sabe qué
llevan esos camiones? Fiambres, muertos de la subversión” recordó que le
dijeron
El escalofriante testimonio del ex conscripto Pedro Trejo, testigo de la
partida de un vuelo de la muerte
Su
testimonio fue tan breve como preciso: ubicó a dos de los acusados en el
escenario de Campo de Mayo de donde partieron aviones con cuerpos de víctimas
del genocidio, vivos o muertos. Fue el primer testigo de esta mañana en el
juicio que investiga esa práctica aberrante por parte de 5 militares durante la
última dictadura cívico militar.
Por Ailín Bullentini
“Trejo,
¿sabe qué llevan esos camiones? Fiambres. Muertos de la subversión.” Pedro Trejo fue quien
rescató esta frase de su memoria, un “rumor” que le
compartieron mientras era chofer de un coronel en el marco de
su cumplimiento del Servicio Militar Obligatorio en Campo de Mayo, durante
la última dictadura cívico militar eclesiástica. El ex soldado
conscripto fue el primer testigo de la audiencia de esta mañana en
el juicio por los vuelos de la muerte que
partieron de esa guarnición del Ejército durante el terrorismo de Estado. Su testimonio fue tan
breve como preciso: ubicó a dos de los acusados, Delsis Malacalza y
Luis del Valle Arce en el escenario del predio de donde partieron aviones con
cuerpos de víctimas del genocidio, vivos o muertos. E indicó que presenció,
a lo lejos, la partida de uno de esos vuelos.
Trejo fue
conscripto en 1977. Primero estuvo a cargo de Arce. Luego, chofer del
coronel Briel. En esa estructura ubicó a Malacalza como “segundo jefe”. “Yo
andaba manejando todo el día, no me bajaba casi”, explicó Trejo durante su
testimonio, que ofreció vía remota al Tribunal Oral Federal número 2 de San
Martín, y que transmitió el medio autogestivo La Retaguardia a través de su
canal de Youtube.
Ante las
consultas del fiscal Marcelo García Berro, el testigo recordó que manejó
camionetas F1000, camiones Unimog, camiones Reo y hasta un colectivo. Antes,
cuando su superior era Arce, “hacía guardias en Campo de Mayo. “A veces me
tocaba en la torre de control o en las entradas del aeródromo” de la guarnición
militar, sumó.
Dijo que
vio aviones Fíat, Pipper, Twin Otter. “Ese manejaba el jefe”, por Briel,
destacó. Una vez, contó, voló arriba del Fiat. Malacalza era el piloto y
llevaba un copiloto. Nadie más. “Fue un vuelo por la zona. Habrá volado diez
minutos. Salieron de Campo de Mayo y volvieron a Campo de Mayo. Lo probaron nomás”,
aclaró. Era la primera vez que participaba de un vuelo en avión, contó que le
llamó “la atención la altura, como se veían los autos, los caminos”. Recordó
que subió por atrás “por una especie de rampa” que tenía el avión a la que
llamó “la puerta”. Y también recordó que esa puerta “se abría durante el vuelo”
ya que mientras estaba en el aire la abrieron: “Me pegué un julepe de aquellos.
Me imaginaba que me iba a succionar el aire. Me enredé las manos con las
cintas que tenía los asientos. Del julepe que tenía. Malacalza se daba vuelta,
me miraba y se reía”, sostuvo.
Un vuelo desde lejos
Luego, describió lo
que podría haber sido uno de los vuelos de la muerte que se están analizando en
este debate oral. Él estaba a la orden del Coronel Briel, era su chofer.
Eran las 16 o 17 de un día que no definió. En eso, “por una calle interna de
Campo de Mayo (...) cerca del Batallón (que era su base)”, un paso obligado que
los vehículos deben hacer desde el ingreso del Batallón hasta la pista del
aeródromo, “llegaron unos camiones de la (Policía) Federal, que eran tipo 350,
con cajas grandes, tipo celulares como los que llevan a los presos”.
Entonces,
su jefe lo llama. “Soldado, vamos arriba”, lo que significaba que debía
trasladarlo hasta la pista. Lo hizo frenar antes. “Me hizo parar antes, donde
hay una barrera y un puesto de control. Me ordenó que lo esperara ahí. ‘¿Quiere
que lo acerque coronel?’, ‘No, quédese acá’, me dijo. Se acercó a la punta de
la pista, en donde estaban los camiones y un avión Fiat. A la punta de la pista
es donde empezaban a carretear los aviones”.
Trejo
dijo que nunca supo qué llevaban los camiones esos que vio a lo lejos
estacionados en la pista de aviación, pegados a un avión Fíat. Pero alguien,
entonces, le dio una idea: “Vino un cabo primero, que no me acuerdo como se
llamaba, y se acercó y me dijo ‘ Trejo, ¿sabe lo que lleva ese camión?
Subversivos, fiambres, muertos de la subversión’”. Trejo, sentado al volante de
la camioneta en donde trasladó a Briel, vio al Fíat despegar y a los aviones
salir de la pista.
El debate
El debate oral y público sobre la existencia de vuelos
de la muerte que partieron desde Campo de Mayo durante la
última dictadura comenzó en octubre pasado a repasar la responsabilidad de
cinco militares retirados que se desempeñaron en esa guarnición en la
organización y concreción de aquel método de exterminio y desaparición de
personas. Además de Santiago Riveros, quien fue jefe de Institutos Militares y
es, a esta altura, un número puesto en todas las causas que investigan delitos
de lesa humanidad cometidos en Campo de Mayo, integran la nómina de acusados
Luis del Valle Arce, Delsis Malacalza, Eduardo Lance y Alberto Conditi. Los
cuatro, ex aviadores, integraban diferentes áreas del batallón de Aviación 601,
con sede en el Cuerpo IV del Ejército, y que funcionaba en la guarnición
militar.
Los
testimonios de ex soldados conscriptos que cumplieron el Servicio Militar en
Campo de Mayo aquellos años son el eje central del juicio. A fines del año
pasado, jueces, fiscales, abogados querellantes y familiares de víctimas
corroboraron aquellos dichos en una inspección ocular que realizaron
al predio militar, la pista de aviación, los hangares.
En el
marco del plan sistemático de represión ilegal practicado durante la última
dictadura cívico militar, se los acusa de “organizar, planificar y materializar
los denominados ‘vuelos de la muerte’ o ‘vuelos fantasmas’”, indica el auto de
elevación a juicio elaborado por la Fiscalía, a cargo de Marcelo García Berro.
Están imputados directamente por el secuestro, las torturas y el homicidio de
cuatro víctimas: los estudiantes secundarios Adrián Rosace y Adrián
Accrescimbeni; Rosa Novillo Corvalán y Roberto Arancibia. Todos fueron
secuestrados entre 1976 y 1977 y sus restos fueron hallados en las costas de
Magdalena, Punta Indio y Las Toninas.
Fuente: Página/12

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