Trenes
El pibe
descalzo está sentado sobre una barra mirando pasar un tren. De espaldas, se lo
ve. No debe tener más de quince años, eso imagino. La locomotora es gigantesca.
Por la actitud del pibe podrÃa pensarse que se sentó ahÃ, tan cerca de los
rieles, porque la visión de esa máquina poderosa lo empequeñece y fascina, lo
uno por lo otro. Tal vez no sepa que esa máquina sombrÃa que le pasa tan cerca,
una presencia tan tremenda como cautivante, puede ser la historia y también su
recuerdo. Tal vez cuando sea grande asociará la memoria a un tren de carga,
cada vagón transportando recuerdos. Al pibe viendo pasar el tren lo registró el
fotógrafo checo Jan Saudek (1935). Durante la Segunda Guerra casi toda su
familia murió en los campos de concentración. Mientras su padre era deportado a
Therensienstadt, Jan y su hermano Karel fueron enviados a un campo para chicos
en la frontera con Polonia. Los tres sobrevivieron. Karel serÃa más tarde
escritor y Jan fotógrafo.
“No es difÃcil
dominar el arte de perder: / tantas cosas parecen llenas del propósito de ser
perdidas, / que su pérdida no es ningún desastre”, ha escrito Elizabeth Bishop.
El poema en inglés se titula “One art” pero se ha popularizado, y no está mal,
como “El arte de perder”. Bishop (1911-1979), Ãcono de la poesÃa sáfica, fue
hija de una madre loca que pasó su existencia internada en un asilo. A Bishop
no le gustaba demasiado dar vueltas en torno a una metáfora. Aunque era
discÃpula de Marianne Moore y Wallace Stevens, su poesÃa esquiva lo melifluo y
llama las cosas y los sentimientos por su nombre, por ejemplo, el amor
lastimado, la pérdida de la inocencia. Un buen ejemplo de cómo retrata el dolor
es “Visita a Saint Elizabeth”, los versos que le dedica a Ezra Pound prisionero
en un manicomio, ese hombre trágico y conversador “en la casa de los locos”, un
desesperado que despotricó contra la usura. “Perder una cosa cada dÃa. Aceptar
aturdirse por la pérdida/ de las llaves de la puerta, de la hora malgastada. /
No es fácil aceptar el arte de perder”, dice también Bishop, cuya enamorada, la
arquitecta brasilera socialista Lota de Macedo Soares, alcohólica y depresiva
que, cuando la poeta ya la habÃa dejado por otra, se suicidó. Lo admito, hay un
regocijo irónico en esta filosofÃa suya del perder como estrategia estética y
existencial. Pero también, si se lo piensa, hay mucho más de desapego sabio y,
a esta altura, por qué no pensamos en todo lo que extraviamos con la peste.
Hace unos años
cuando Lao viajó a Praga le pedà que me trajera un álbum de Saudek. No fue lo
mismo ver sus fotos impresas en una impresión que verlas en pantalla, donde se
puede no obstante accederse a casi toda su obra erótica. En Saudek prolifera
una lujuria desesperada y más calentona que la obviedad del porno estetizante.
Saudek no aspira a la generación de erecciones y humedades. En todo caso,
indaga en ese deseo agazapado en el miedo a una degradación sublimada. Retrata
sus personajes, hombres, mujeres, chicos y chicas en actitudes que, tanto en la
ternura como en lo bestial, sugieren más de lo que muestran. Cero corrección
polÃtica, no lo intimidan en la búsqueda de belleza ni la gordura ni la
celulitis, sin distinción de sexo ni de edad, ninguno de los prejuicios
corporales de la pacaterÃa censora. En todo este repertorio de seres
escenografiados con vestigios de una decadente atmófera decimonónica conviven
las fantasÃas suicidas, el éxtasis amatorio, el sadomaso con el lesbianismo
apasionado. Saudek tampoco rehuye la maternidad y la paternidad, que no son
pureza incontaminada. Pero, qué es aquello ha escandalizado y le ha valido,
como no podÃa ser de otra forma, las mismas crÃticas que recibiera Balthus,
demandas judiciales, por ejemplo, por el empleo de chicos. Con seguridad, lo
que ha molestado a las buenas conciencias fue su tensar al máximo los lÃmites
del arte y la moral. Pero, cuáles son los lÃmites para un chico que aprendió a
ver en un campo de concentración y que, una vez adulto, sólo cuenta su
voracidad de goce aun cuando pueda no ser convencional.
“Después de
practicar, perder más lejos y más rápido: / los lugares, y los nombres, y dónde
pretendas / viajar. Nada de esto te traerá desastre alguno”, sigue Bishop. A
veces me pregunto de qué habla, si puede explicarme a Saudek y, de paso, a mÃ
mismo. Qué significa ese “perder más lejos y más rápido”. Como el sentido se me
escapa, recurro a la ayuda de Lu Ji y su “Wen Fu, prosopoema de arte de la
escritura”, la primera obra secular de crÃtica literaria china que indaga el
concepto de creación literaria, poemas que hablan de la escritura de un poema.
Su autor fue hombre de estado y general que alternó la vida oficial y la
militar mientras pensaba seriamente en la inspiración y sus riesgos “intentando
que de la no existencia surja la existencia, llamando a la puerta del silencio
para que responda el sonido”. A Lu Ji le preocupaba “lo grande en lo pequeño
encerrando lo inmenso en un mÃnimo pliego de seda, provocando diluvios en un
pequeño corazón”.
Las
asociaciones no son casuales. DebÃa tener quince años cuando vi “Trenes
rigurosamente vigilados” de Jiri Mentzel, ese film que realizó a sus veintitrés
años, tan mÃtico como necesario que cuenta la iniciación de un guardabarreras
bajo el nazismo que intenta suicidarse. El film era checo y acá habÃa una
dictadura cuando se estrenó en el no menos mÃtico Lorraine. El guionista era nada
menos que Bahumir Hrabal, un escritor cuya sagacidad es comparable a su humor y
comprensión de las miserias humanas. Hace un tiempo supe que Hrabal murió a los
ochenta y tres cayendo de un quinto piso y todavÃa se sospecha que su muerte no
fue accidental.
De pronto, y a
propósito de ese pibe mirando pasar el tren me acuerdo de una tarde, a mis
quince años, cuando trabajaba de mandadero en una agencia de publicidad,
caminando por una estación de tren. Era una hora de congestión de pasajeros
Cuando el tren se aproximaba un muchacho que podÃa tener mi edad se adelantó y
saltó. Me quedé a ver. Fui un curioso más. No sé cuánto aguanté. HabÃa una
atracción en el horror, el tren que retrocedÃa, los restos desperdigados, los
bomberos juntando pedazos de huesos y carne y envolviéndolos en papeles de
diario. La escena superaba en realismo el suicidio bajo las ruedas de Anna
Karenina. “A veces miras atrás y te llama un pasaje previo”, escribió Lu Ji. “A
veces miras adelante y te impulsa un pasaje futuro”.
El hombre que
fotografió al pibe mirando pasar el tren, en su juventud, bajo el estalinismo
supo montar su laboratorio de modo clandestino en un sótano. Amigo de Milan
Kundera, el autor de “La insoportable levedad del ser”, dijo alguna vez:
“Quiero capturar todas las cosas que conozco y amo, pero sobre todo me gustarÃa
dejar una huella del tiempo en que he vivido”.
Fuente: Página/12

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