El día que asesinaron a Vicki Walsh y otros cuatro militantes montoneros
El rompecabezas de la masacre de la calle Corro
Patricia Walsh declaró en el juicio en el que se reconstruye qué pasó el 29 de septiembre de 1976. Con precisión, unió las piezas de un operativo que incluyó secuestros, torturas, asesinatos y represores de otras jurisdicciones.

Patricia Walsh se enteró por el diario de que la dictadura había matado a su hermana mayor, María Victoria “Vicki” Walsh. Su compañero de entonces, Jorge Pinedo, llegó al departamento que compartían en un barrio de monoblocks de San Isidro con esa noticia. Desde ese momento, fue todo desesperación: sabía que tenía que resguardar a su madre y buscar a su sobrina, Victoria María, que había estado en ese operativo brutal de la calle Corro. La exdiputada nacional compartió ante el Tribunal Oral Federal (TOF) 7 la reconstrucción de la operación masacre que sufrió la familia del periodista Rodolfo Walsh, un rompecabezas que le tomó casi 50 años completar.
El 28 de septiembre de 1976, “Vicki” Walsh cumplía 26 años. Era, por entonces, responsable de la prensa sindical de Montoneros. Meses antes, había pedido licencia sin goce de sueldo en La Opinión, diario en el que trabajaba como periodista y había sido elegida delegada gremial.
En 1975, “Vicki” había tenido a su hija Victoria María Costa. Su marido, Emiliano Costa, también era periodista. Había sido detenido antes de que naciera la beba. Su único contacto con su pareja era a través de cartas.
“Vicki” llegó ese 28 de septiembre de 1976 a la casa de Corro 105, en el barrio porteño de Villa Luro, con su hijita. No era que no tuviera con quien dejarla, sino que quería que compartiera con ella la celebración que sus compañeros le preparaban por su cumpleaños. Esa noche habría una cena y una torta con velitas.
La casa de Corro había sido alquilada por Lucy Gómez de Mainer. La vivienda funcionaba como espacio de reunión de la Secretaría Política de Montoneros. La señora Gómez de Mainer tenía familiaridad con uno de los referentes de la organización, Alberto Molinas Benuzzi.
En la casa vivían la señora de Mainer junto con su hijo Juan Cristóbal (15) y Pablo (23). También vivía Milagros, que acababa de cumplir nueve años y era hija de María Magdalena Mainer (27), algo de lo que se enteró muchas décadas después. Ocasionalmente, se estaban quedando Maricel Mainer (22) y su marido Ramón Alcides Baravalle.
María Magdalena —a quien en la militancia conocían como “Lucrecia”— había sido enviada a Córdoba para cubrir el ámbito de Sanidad de Montoneros porque era médica. Sin embargo, fue secuestrada en San Juan y llevada hasta el centro clandestino de detención conocido como La Perla. Fue torturada por el teniente Ernesto “Nabo” Barreiro, que la golpeaba con un bate mientras le reclamaba datos de casas.
María Magdalena, a quien la familia llamaba “Malena”, llamó a su familia, como estaba convenido, pero no dio la contraseña que debía dar para indicar que todo estaba bien. A pesar de ello, no cundió el pánico. Su llamado lo atendió Maricel.
Barreiro viajó en persona desde Córdoba a Buenos Aires para participar del operativo de la calle Corro. Volvió exultante con lo que había logrado, declaró la sobreviviente Teresa Meschiati, quien escuchó de primera mano el relato del represor como estrategia para quebrarla.
El operativo
La zona se empezó a llenar de militares a primera hora de la mañana del 29 de septiembre. María de los Ángeles Navarro tenía un almacén. Estaba barriendo la vereda cuando un uniformado le dijo que entrara porque estaban en medio de un operativo. La mujer dejó la escoba en la vereda y corrió a refugiarse con sus dos hijitos. Las fuerzas tomaron el comercio.
Milagros se despertó para ir a la escuela, pero como llovía Lucy la autorizó a quedarse. Al rato, Molinas Benuzzi tocó la puerta de la habitación. La dueña de casa cambió de opinión y llevó a la nena al colegio, que estaba a unos pocos metros. Al salir, Milagros divisó algo parecido a una tanqueta.
Maricel dormía con su marido cuando “Vicki” Walsh entró en su habitación para avisarles que se resguardaran. El ataque ya había comenzado. El tiroteo fue feroz. Cuando la familia Mainer salió de la casa, todos los oficiales montoneros ya estaban muertos: Molinas Benuzzi, “Vicki” Walsh, Ignacio José Bertrán, Ismael Salame y José Carlos Coronel.
Lucy Gómez, Juan Cristóbal Mainer, Maricel Mainer y Ramón Baravalle fueron llevados primero al Vesubio. Después pasaron por la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF). Maricel –que estaba embarazada de cuatro meses– y su marido fueron liberados el 2 de noviembre de 1976. Juan Cristóbal estuvo cuatro años detenido en la Unidad 9 de La Plata. Su madre, dos en Devoto. Pablo, que había salido temprano para presentarse a cumplir el Servicio Militar Obligatorio (SMO), terminó secuestrado en La Plata. Junto con su hermana María Magdalena, fueron parte del grupo de siete detenidos, engañados por el capellán Christian Federico Von Wernich, que fueron asesinados cuando supuestamente los estaban llevando a salir del país.
La búsqueda
Patricia Walsh también estaba embarazada. Esperaba a su segundo hijo. Vivía con su marido y con María Eva, su hijita de tres años. Solían cuidar a Victoria María, a quien le decían “Tolita”. La nena había aprendido a caminar junto a Patricia y Jorge Pinedo.
Cuando leyó que el Ejército decía que habían “abatido” a su hermana, trató de recomponerse. “Mi preocupación pasó a ser dónde estaba mi sobrina”, dijo en la audiencia.
Llamó a su madre, Elina Tejerina, y le pidió que no escuchara la radio. La fueron a buscar y le dijeron que “Vicki” estaba muerta. El suegro de “Vicki”, el comodoro retirado Miguel Costa, consiguió que lo recibieran a él y a Elina en la sede del Primer Cuerpo de Ejército en Palermo. El coronel Roberto Roualdes –número dos de Guillermo Suárez Mason– firmó una autorización para que Elina retirara el cuerpo de su hija. Eso, sí, debía ser sin que se practicase la autopsia.
La mujer pidió verla en la morgue judicial. Le miró las manos. No estaba la alianza de casada. Le miró el cuello. No estaba la cadena de oro con el trébol de cristal verde que le había regalado. “No solo son asesinos, son también ladrones. Son chorros”, se desahogó Patricia en la sala del subsuelo de los tribunales de Comodoro Py ante una pregunta de la querella del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (Ceprodh).
Ninguno de los acusados estaba en la audiencia para escucharla. Carlos Alberto Orihuela, Ricardo Grisolía, Gustavo Montell, Guillermo César Viola, Héctor Eduardo Godoy y Danilo Antonio González Ramos fueron dispensados de comparecer. Ni siquiera aparecían en el Zoom. Todos eran integrantes del Grupo de Artillería de Defensa Aérea (GADA) 101, que se movilizó para atacar la casa de la calle Corro.
Después de unos días, “Tolita” fue entregada a su abuelo paterno. Estaba en la casa de la hermana de Lucy Gómez en Los Polvorines junto con Milagros. Las dos nenas habían quedado solas en una comisaría.
A “Vicki” solo la despidieron en el cementerio de la Chacarita su madre, Elina, y su amiga “Lita” Fuentes. Patricia y Pinedo siguieron el cortejo a la distancia.
Rodolfo Walsh, que se enteró por la radio que habían matado a su primogénita, no pudo estar. “No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía”, escribió el periodista.
Una masacre
“Vicki” había hablado muchas veces con Patricia sobre el peligro de caer con vida. En la carta que Walsh les escribe a sus amigos —que los represores de la ESMA roban—, reproducía lo que les habían gritado a los militares: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”.
Lo que para la defensa puede ser visto como una luz de esperanza frente a la acusación de homicidio, para Patricia no lo es. “Estamos seguros de que fue una masacre porque eran 205 contra cinco. Ella no pierde la vida por voluntad propia. A ella la asesinaron”, insistió.
Antes de terminar, Patricia preguntó por qué Barreiro, uno de los mandamases de La Perla, no estaba siendo juzgado y, mirando a los jueces que estaban en la sala, les dijo: “Un país sin justicia es un país sin futuro”.
Fuente: Página/12

No hay comentarios:
Publicar un comentario