- Diario La Bastilla

02/12/2025

 

La gran literatura española

Un repaso por la gran literatura española que resistió a la dictadura, a cincuenta años de la muerte de Francisco Franco.

ANTONIO MACHADO, FEDERICO GARCIA LORCA y MIGUEL HERNANDEZ Antonio Machado, Federico García Lorca Y Miguel Hernández. (Archivo -)

Tal vez la memoria no me sea del todo fiel y omita lecturas familiares anteriores, “Serranillas” o versos de Rosalía de Castro pronunciados entre otras palabras de dulzura por mi madre, pero recuerdo bien aquellas páginas de stencil artesanalmente impresas por nuestro profesor del Nacional, Eithel Orbit Negri, con sus clases sobre el Mester de Clerecía, el Marqués de Santillana, don Luis de Góngora y don Francisco de Quevedo. Él también se encargó de poner en escena, en el viejo teatro del pueblo, Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las floresYerma y Bodas de sangre, por lo que, para la misma época, y por otros caminos menos escolares, más culturales y sociales, los chicos de mi generación fuimos llegando a los grandes contemporáneos españoles (y saliendo, dicho sea de paso y sin la menor maldad, de don Jacinto Benavente, de Alejandro Casona, de Vicente Blasco Ibáñez).


Por aquella época circulaba en la Argentina, casi como novedad editorial en la lengua (puesto que, en España, estaban silenciados), lo que se fue plasmando como una tríada, una no pactada complicidad, un no pensado triángulo: don Antonio Machado, el sabio, el artesano, el orfebre, el purista, el trabajador, el perfecto, el tiernamente filosófico de “Meditaciones de un día” y de su Juan de Mairena; Federico, el grácil, el audaz, el genio, el musical y gitano, el desmedido, el muy impresionante y muy surrealista y muy épico del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejía” (“a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde”); y Miguel, el labriego, el pastor, el hombre de la tierra, el natural y el cósmico, el del fusil amado y armado, el amador, el combatiente, el de los “Vientos del pueblo”. El hecho es que, por la política llegamos a los grandes sonetos de Miguel Hernández, a su “Elegía” dedicada a Ramón Sijé “con quien tanto quería”, a su poderoso “Hijo de la luz y de la sombra”, a su “Rosario, dinamitera”, y también al fraternal “Me llamo barro aunque Miguel me llame”.


Tampoco es que nos hayan llegado solos: muchas veces venían presentados, precedidos, recomendados, introducidos por algún hermano mayor: nuestro Raúl González Tuñón fue el adalid de ellos. Muy joven todavía, Raúl pasó todo el año 1935 en Madrid, se trató con Federico García Lorca, con Rafael Alberti, con Miguel Hernández, con Pedro Salinas, con Gerardo Diego. Leyó en el Ateneo, en un acto organizado por León Felipe, los poemas inspirados por la insurrección minera de Asturias y la represión del año 1934. También publicó Raúl en Caballo verde, la revista del Cónsul de Chile en Madrid, Pablo Neruda. Había discutido con algunos de aquellos amigos sobre la función social de la poesía y hasta había ayudado a convencerlos. Tanto, como para que, al volver en 1937, como corresponsal de guerra enviado por La Nueva España, un periódico republicano editado en Buenos Aires, encontrase a Miguel Hernández, otrora poeta del grupo católico “El Gallo crisis”, convertido en jefe de una brigada republicana, redactando y leyendo los poemas de Viento del pueblo.


Pocos años después, entre astillas del teatro de Antonio Buero Vallejo y las reflexiones radicales y brechtianas de Alfonso Sastre, empezaron a llegar los grandes de la siguiente hornada, los de la resistencia de posguerra, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Águeda Fernández Aymerich, José Hierro (“Aunque el tiempo me borre de vosotros / mi juventud dará la muerte al tiempo”), Marcos Ana, el preso histórico del franquismo, con sus jóvenes veinte años destinados a pasar otros veinte en una cárcel, en una celda, en un patio: “La tierra no es redonda: / es un patio cuadrado / donde los hombres giran / bajo un cielo de estaño”.


Cada cual podía elegir a su gusto o según la concepción del mundo que ya empezaba a insinuarse, a mantenerse. Mi generación, un grupo de mi generación, los leyó desde lo que, globalmente y de una manera algo vaga podríamos llamar la izquierda, y fundamentalmente desde la simpatía hacia los perdedores, los vencidos, los exiliados, los muertos.


Luego, además de llegarnos, buscamos a los nuevos, los de la llamada generación del medio siglo, del cincuenta, a los que habían sido niños cuando la guerra civil. “Generación de los niños de la guerra”, se les llamaba. “Todos ellos se hicieron hombres a lo largo de la interminable paz que se abatió sobre su país”, escribió uno de los integrantes, Juan García Hortelano, en su prólogo a El grupo poético de los años cincuenta: José Manuel Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, el patriarca asturiano Ángel González, José Agustín Goytisolo, Carlos Sahagún.


Tal vez yo, todavía dominado por un criterio algo anticuado sobre los géneros, y acaso porque la poesía de esta generación no tenía la fuerza dramática, heroica, de las anteriores, no era ya una poesía de protesta sino de crítica, quienes más nos impresionaron esta vez (y hablo asimismo en nombre de algunos amigos) fueron no los poetas sino los novelistas: especialmente, Rafael Sánchez Ferlosio, el de El Jarama, a quien leyó y admiró en algún momento de su vida nuestro Juan José Saer, porque es también una novela en la que, como en las suyas, “no pasa nada”, salvo la escritura, Juan Goytisolo, el de Duelo en el paraíso y Campos de Nijar, Juan Marsé (presentado por sus compañeros, algo irónicamente, como “nuestro escritor proletario”), el de Encerrados con un solo juguete y Últimas tardes con Teresa, Juan Benet, el de Volverás a Región. Y claro está que, fuera de todo grupo, Mercè Rodoreda, la de La plaza del diamante.


Todo ello me llevó a preparar con cariño y minuciosidad el primer viaje a España. Amigos comunes me contactaron con los poetas Rafael Guillén y Pepe Ladrón de Guevara, en Granada; con Félix Grande y con Fernando Quiñones, en Madrid. Poco tiempo antes, había ido de aquí el gran poeta y gran librero, a quien yo conocía desde mi infancia, Héctor Yánover, y había inclusive escrito algo sobre ese viaje para nuestra revista (la que fundamos con Vicente Battista en 1970, Nuevos Aires), así que lo seguí “a la letra”. Eso me permitió también conocer personalmente a la hermana y al sobrino de Miguel Hernández, Claudio, que hablaba muy orgulloso del tío Miguelito, luego profesor de secundaria en Murcia, con quien mantuvimos una relación epistolar y amistosa durante varios años.


La vida quiso que me tocara vivir el exilio en Toulouse. Por ser la ciudad más española del hexágono, mi existencia allí durante catorce años hizo que tratara, mucho más que con la literatura, con españoles de carne y hueso, con sus propios exilios y con su propia y vasta memoria. Seguí más o menos atentamente en los ochenta la evolución de la narrativa, pero debo confesar que, a partir de Eduardo Mendoza, de Julián Ríos, de Juan José Millás empecé a perdérmela, apabullado por tanta venta, por tanto éxito, por tanta difusión y, diría, algo de confusión. Sobre valores, quiero decir, sobre lo que finalmente son, para mí, el realismo, la representación, el público, el arte, en fin, y sobre todo la escritura. En todo caso, debo admitir que, a partir de allí, ya le perdí la pista a la evolución de las letras españolas. Y no solo a la de las letras españolas; acaso a la de todas. A todo lo que la industria editorial, el mercado, los medios, llaman hoy literatura.


Supe de grandes éxitos, de grandes novedades, pero me costó acceder a ellos y, cuando lo hice, no me fascinaron. Volví, en cambio a lo que había dejado en el camino. No sin haberlos leído, pero distraído por otras urgencias y otros hábitos. Al inmenso Vicente Aleixandre de La destrucción o el amor y de Espadas como labios, al prolijo, agudo, impecable Gerardo Diego, al lúcido (hasta para el amor y la pasión) Pedro Salinas, al profundísimo Luis Cernuda, al inalcanzable Jorge Guillén. Es hoy lo que recomiendo en los talleres de novela: nadie, en la Argentina, en la América hispana, puede escribir buenos textos narrativos sin tener en el oído, casi en la sangre, lo mejor de nuestra lengua, que es lo que alberga la poesía española de todos los tiempos.


Habría, aún, que llenar enormes huecos. En especial, con los prosistas españoles. Todavía me digo que debo releer al sin duda mal leído don Benito Pérez Galdós, a don Miguel de Unamuno, a Ramón del Valle Inclán, a Pío Baroja, a Azorín, a Gabriel Miró, con nuevos ojos, como son siempre nuevos los que se posan sobre las grandes páginas.


Fuente: Página/12

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