Washington no puede bombardear Nueva York
6 de noviembre de 2025 -
00:01
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. Imagen: AFP
El viernes 31 de octubre,
en su residencia arábiga de Florida, el presidente Trump organizó una fiesta de
millonarios al estilo del Great Gatsby -antes del Great Crash de 1929-.
Mientras 42 millones de personas no sabían qué iban a comer debido al cierre
del gobierno (el socialismo siempre reparando lo que el capitalismo nunca pudo
solucionar), papi Trump servía el espectáculo de una jovencita en bikini dentro
de una enorme copa de champagne.
El martes de la semana
siguiente hubo elecciones para la gobernación de dos estados y una elección
trascendente en California, la que tendrá un impacto en la cámara baja en
Washington para las elecciones de 2026. Las tres elecciones fueron triunfo
demócrata. En Nueva Jersey y en Virginia, ganaron dos mujeres, para la furia de
la Casa Blanca. Como narcisista patológico que es, ante la derrota Trump
declaró: "El cierre del gobierno y el hecho de que yo no estaba en las
papeletas fueron las dos razones por las que los republicanos perdieron las
elecciones".
Sin embargo, el
triunfo más importante fue el de la alcaldía de Nueva York. Que
un candidato demócrata gane en las elecciones de Nueva York por más del 50 por
ciento de los votos no sería nada significativo si el ganador no fuese Zohran
Mamdani.
Estas elecciones tuvieron la mayor participación en una elección de alcaldía desde 2001. Mamdani ganó a pesar de que las corporaciones inundaron las arcas de su rival demócrata, Andrew Cuomo, derrotado meses antes por el mismo Mamdani en las elecciones internas. El exgobernador fue apoyado por Trump y Elon Musk.
Musk se había burlado del
socialismo del musulmán, quien había propuesto que los autobuses de la ciudad
no cobrasen pasaje. Mamdani no sólo le recordó que Cuomo le había regalado
cientos de millones a Musk en recortes impositivos, más de lo que costaría un
transporte público gratuito para los trabajadores, ahogados por los bajos
salarios y los alquileres de tres mil dólares.
Más que significativo, la
importancia simbólica (psicológica e ideológica) del triunfo de Mamdani supera
cualquier hecho concreto. Desde el marco de la política de las identidades que,
en Estados Unidos, domina el circo político desde al menos fines de los años 90s,
muchos han señalado con aprecio y desprecio su condición de joven de 34 años,
de inmigrante de Uganda, de musulmán y de hijo de un profesor y una productora
de cine de India.
En la arena ideológica,
Mamdani se identificó sin disimulos con el socialismo y sin tartamudeos con los
derechos humanos en Palestina y contra el genocidio en Gaza. A pesar de estar en campaña
electoral, dijo que, si Netanyahu pisaba Nueva York y él era el alcalde,
ordenaría su detención. El poderoso lobby sionista abrió sus arcas, pero una
gran proporción de judíos de Nueva York (39 por ciento) que consideran que
Israel ha cometido un genocidio en Gaza, apoyaron la candidatura de Mamdani.
El "peligro del mal
ejemplo" (es decir, el ejemplo de cualquier opción diferente al
capitalismo ortodoxo) ha sido, por muchas generaciones, central en la obsesión
de los responsables de las políticas exteriores de Estados Unidos basadas en la
demonización y bloqueo de cualquier posible alternativa en el Sur Global, desde
Lumumba en el Congo y Allende en Chile hasta Muammar Khadafi en Libia.
Si algo no tiene Mamdani es
timidez política, vergüenza ideológica, cobardía moral. Se ha enfrentado al hombre
más temido por propios y ajenos, el presidente Trump, con un desparpajo que
sentará el ejemplo tan temido de cómo la izquierda debe enfrentar el avance
cleptocrático de los privatizadores neoliberales: sin hacer buena letra, sin
pedir permiso, de frente y sin maquillaje.
"Si alguien puede
mostrar a Donald Trump derrotado -dijo Mamdani en la TV-, es la ciudad que lo
vio nacer… Así que, Donald, ya que sé que estás viendo esto, te digo: sube el
volumen y escucha". Mamdani rompió el tablero. Bernie Sanders lo
apoyó cuando ya no necesitaba apoyo moral. Días antes de las elecciones, Obama
-quien por años gambeteó todos los ataques de Trump a fuerza de bromas y
silencios- lo llamó para ofrecerse como su consejero, si ganaba el gobierno de
NYC.
Las propuestas de Mamdani
son concretas y chocan de frente con el dogma: regreso a los impuestos
para los millonarios (ahora multibillonarios) para financiar obras y servicios
básicos de los cuales Nueva York necesita de forma urgente; regulación de
alquileres; construcción de viviendas estatales; crear supermercados públicos
en cada barrio; crear guarderías públicas para niños; subir el salario mínimo
de los trabajadores; proteger los derechos laborales y sindicales; entre otras
medidas, para las cuales necesitará aliados en el City Council y en el Congreso
del Estado.
No sólo Trump, sino el
mismo sistema se siente obligado a bloquear el corazón del poder financiero
capitalista. Lo prometió Trump, pero le resultará más difícil que hacerlo con
una colonia o con una república bananera. La diferencia siempre estuvo en que
todas estas amenazas contra el "mal ejemplo" fueron aplastadas sin
ninguna restricción ética, moral o legal. Ahora, que ese ejemplo proceda desde
dentro mismo del corazón del capitalismo, residencia de Wall Street, se
convierte en un problema mayor y difícil de tratar.
Washington no puede
bombardear Nueva York. A Trump le quedan opciones clásicas: antes de las
elecciones (como en Argentina) amenazó con un bloqueo de los recursos federales
-a pesar de que Nueva York, como California, subsidian los estados
conservadores del Sur-, la vieja política hacia países como Cuba y Venezuela.
La segunda opción es una invasión militar, estilo repúblicas bananeras antes de la Segunda Guerra Mundial o tipo República Dominicana (1965), Granada (1983) o Panamá (1990). Aunque esta opción parezca impensable, siempre hay atajos. No debemos olvidar que la militarización de Chicago y Los Ángeles fue solo un ensayo y, sobre todo, el intento de proceder por la vieja estrategia de acostumbrar a una población a través de dosis graduales de algo que, de realizarse de forma abrupta, no sería tolerado.
La tercera opción que
tampoco debe estar fuera de la mesa de los estrategas, es la clásica opción de
la Guerra Fría: desestabilización de un gobierno democrático y remoción del
líder por un golpe de Estado.
Mamdani no puede ser
candidato a la presidencia por su nacimiento. Pero va quedando claro que las
dos figuras jóvenes más importantes de los partidos dominantes, J.D. Vance y
Mamdani, representan dos extremos nunca vistos desde hace más de un
siglo. Es probable que la elección de Mamdani sea ese punto de
inflexión que muchos estuvimos esperando en los últimos dos años.
La historia podría seguir
de la siguiente forma: en noviembre de 2026, los demócratas recuperan las dos
cámaras del Congreso. Los cálculos indican que es improbable que los demócratas
logren la mayoría en el Senado en 2026. Si este milagro se produjese (un evento
que aliene a algunos republicanos, como ya se vio en el caso de Palestina), en
2027 podrían someter a impeachment a un presidente ya sin sus facultades
físicas e intelectuales. Improbable porque, para destituir al presidente, sería
necesario dos tercios del senado. Improbable, no imposible.
Si la improbabilidad se
diese (algo común en la historia) ese mismo año seríamos testigos de dos
posibles resultados opuestos: la destitución y una reacción militarista o
dictatorial más directa de la Casa Blanca, seguida de un conflicto mayor.
Fuente: Página/12
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