Globalismo o soberanías
6 de junio de 2024 - 00:01
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· Imagen: AFP
La guerra híbrida plantada
por Estados Unidos contra China tiene uno de sus escenarios de combate en el
Este Europeo. Una década atrás, Beijing invirtió 6 mil millones de dólares en
la adquisición del 5 por ciento de la tierra cultivable de Ucrania. Pocos meses
después, en 2014, un golpe de Estado impulsado por Washington le impidió al
gigante asiático el acceso a esos recurso naturales. A principios del siglo
XXI, China profundizó sus lazos con Libia, y Beijín inició un proceso de
inversiones petroleras. Una década después, las revueltas promovidas por la
OTAN ejecutaron a Mohamed Gadafi y convirtieron al país más desarrollado del
Magreb en un Estado fallido. Desde 2011 hasta la fecha, el PBI de Trípoli se redujo en un 50 por
ciento y gran parte de las inversiones fueron clasificadas como quebrantos.
El objetivo primordial de
los Estados Unidos, en la actual etapa histórica, es restringir, obstaculizar,
condicionar y –de ser posible– circunscribir a Beijing a un área de influencia
acotada al sudeste asiático, cercada por la arquitectura de seguridad conocida
como AUKUS (acrónimo de Australia, Reino Unido y Estados Unidos), instituida
para militarizar las relaciones con Beijing en el Indo-Pacífico y condicionar
su comercio internacional. Con ese objetivo interfiere en sus asuntos internos,
empoderando a los sectores de Taiwán que buscan la desintegración de China, y
conforma el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, –también conocido como QUAD-, integrado por Estados Unidos, Japón,
Australia e India para quebrar la asociación de India en los BRICS y, al mismo
tiempo, intimidar a las fuerzas armadas comandadas por Xi
Jinping.
El Departamento de Estado
desarrolla también acciones ofensivas en África, en América Latina y en el
Caribe. Impulsa políticas diplomáticas orientadas a sabotear la cooperación
china en áreas de infraestructura critica como represas hidroeléctricas,
puertos o plantas potabilizadoras. Gracias a esas presiones, Argentina –el
Gobierno de Javier Milei– decidió no ingresar a los BRICS+, descartó un posible
financiamiento para establecer un puerto de aguas profundas en Tierra del Fuego
y paralizó las obras ligadas a la construcción de las represas hidroeléctricas Néstor
Kirchner y Jorge Cepernic, planificadas en colaboración con la
corporación china Gezhouba.
Las orientaciones
diplomáticas brindadas por el secretario del Departamento de Estado Antony
Blinken, refrendadas reiteradamente por la generala Laura Richardson (foto),
explican las declaraciones del actual presidente argentino, quien adelantó en
noviembre de 2024 que no iba a motorizar acuerdos comerciales con Beijing. La
provocación al gigante asiático se profundizó con la recepción –por parte de la
canciller Diana Mondino– del representante comercial de Taiwán, Miao-hung Hsie.
Como respuesta, el gobierno de Xi Jinping puso en duda la continuidad del
acuerdo de financiamiento por 6500 millones de dólares, acordado en octubre de
2023 con el entonces ministro de Economía, Sergio Massa.
La estrategia
estadounidense se asemeja a la que llevó a cabo contra la Unión Soviética
durante la Guerra Fría: medio siglo atrás, Henry Kissinger promovió la alianza
con Mao Tsé Tung como forma para impedir la potencial alianza de Beijing con
Moscú. Esa decisión permitió las inversiones en China y el paulatino proceso
de ingeniería inversa que catapultó
su industrialización, innovación y desarrollo tecnológico. Hoy, el gigante
asiático es el socio comercial prioritario de 144 países –el 73 por ciento de
todos los países del mundo– y el primer productor mundial de bienes. Cuando Xi
Jinping asumió el liderazgo en 2012, se planteó la Iniciativa de la Franja y la
Ruta, y –poco tiempo después– el Banco Asiático de Inversión. De forma
inmediata, la política exterior estadounidense abandonó guerra contra el
terrorismo y decidió a instalar una contradicción global: la disputa contra
los regímenes autocráticos representados
por Vladimir Putin y el secretario general del Partido Comunista Chino. Sin
embargo, ninguna de las monarquías absolutas del Golfo Pérsico fue ubicada en
ese nuevo régimen del mal.
La confrontación planteada
por Washington busca impedir la estructuración de un mundo más horizontal y
multipolar, basado en la configuración de relaciones internacionales
horizontales sustentadas en el principio de la no injerencia en los
asunto internos de los países. Por el contrario, el modelo que
pretende perpetuar el Occidente otantista es el de la imposición de reglas
unilaterales consistentes en bloqueos, sanciones, operaciones de espionaje,
manipulaciones mediáticas y ejecuciones extrajudiciales a los países y/o
dirigentes capaces de cuestionar el orden global con sede en Washington y en
Bruselas. Este conflicto sintetiza la contradicción fundamental de la época: la
disputa entre el modelo de globalización (gobernado por la tríada del Complejo
Militar Industrial, Wall Street y las trasnacionales) y una multipolaridad que
tiene a los BRICS+ y al Sur Global como sus más claros exponentes.
Latinoamérica, en ese marco, será un simple escenario de la disputa o un
potencial actor relevante. Depende de cuánta soberanía esté dispuesta a
obtener.
Fuente: Página/12

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