En su ley
Por Ana Lanfranconi
17 de junio de 2024 - 00:01
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Ocurrió un dieciséis de
junio. A las doce y cuarenta ya era demasiado tarde para correr y resguardarse
en la recova. Fueron abatidos como pájaros desprevenidos. Mutilados, heridos,
tiesos, los cuerpos cayeron impúdicamente sobre la Plaza. Unos segundos antes
caminaban ingenuos por las veredas, transitaban como cualquier otro jueves en
autos o trolebuses. Trabajadores, niños que salÃan de los colegios como
luciérnagas, canillitas, empleados con sus caras entumecidas por el frÃo.
Algunos miraban hacia el cielo como quien espera un meteoro o una revelación.
Las noticias de la mañana habÃan anunciado una demostración de vuelos de la
Fuerza aérea. Los más informados hablaban de los aviones Gloster, comprados a
Gran Bretaña hacÃa una década. Los vieron venir. Escucharon, tal vez con
emoción, la potencia de los motores cada vez más próxima. Ahora casi todos
miraban al cielo, muchos con una especie de orgullo. No habÃan imaginado vuelos
tan rasantes. De pronto, en aquel instante prÃstino, un estruendo, luego otro y
otro... Los aviones descendieron lo suficiente como para lanzar su carga letal
y retomaron altura. Los ataques se repetirÃan una y otra vez. En unos minutos
ya todo era humareda y gritos. Desde los escombros, el brazo de un hombre se
levantaba y caÃa. Más allá una pierna de mujer, inerte. En la calle, varios
autos, un micro escolar y el trolebús repleto de pasajeros ardÃan en un fuego
fatuo. Los aviones habÃan bombardeado la Plaza. Se estaba iniciando la masacre,
el absurdo: hombres, mujeres y niños abatidos como blancos enemigos por aviones
propios. Buena parte de edificios imponentes se desmoronaron como si fueran
construcciones de arena. La Plaza, en su perplejidad, se cubrió hora tras hora
de sangre, terror y muerte.
En un edificio cercano,
Leyton miraba por la ventana. Desde allà tenÃa una visión lateral de la Plaza
que ahora estaba cubierta por el humo de las explosiones y los derrumbes. Desde
las primeras bombas, sus compañeros de oficina habÃan entrado en pánico. ¡Por
la escalera es más seguro! gritaban algunos. De pronto, empleados y jefes se
apretujaron mientras bajaban bruscamente, empujados por la desesperación.
Leyton, un hombre que rondaba los cuarenta, de nariz afilada y mentón saliente,
se mantenÃa quieto en la ventana. No parecÃa escuchar las voces insistentes que
lo llamaban, vamos doctor, vamos! Nadie advirtió el brillo en sus
pequeños ojos grises ni la sonrisa que ensanchaba su cara angulosa. Lo
lograron, pensó, y apretó el puño en señal de victoria.
La mayor parte de su vida
Leyton no habÃa creÃdo en nada, mucho menos en él mismo. Sin embargo, se sentÃa
orgulloso de su apellido, de origen inglés. Ser un Leyton le habÃa permitido
algunos chispazos de arrogancia que impulsaron su sueño universitario. En
verdad, soñaba con una chapa dorada: Doctor Frank Leyton, abogado. De a poco,
la realidad, su realidad, se le presentó cruelmente diferente a la imaginada.
Después de dos años en la universidad, no habÃa rendido ningún examen. Abandonó
el sueño dorado y se empleó en una empresa de seguros en el sector legales.
Algunos compañeros lo llamaban doctor. Ese apelativo y la rutina de su trabajo
calmaban una inquietud casi permanente. Su otro sueño, tener hijos varones para
continuar el linaje, era remoto. Leyton se sentÃa atraÃdo por mujeres desvalidas,
marginales, pero le resultaba inadmisible que un Leyton fuera hijo de una mujer
a quien en realidad despreciaba.
Recibió la propuesta de un
vecino, un hombre bien trazado. Lo invitó a participar de la reunión del
Partido conservador para “hablar sobre polÃtica”. Leyton nunca habÃa pensado en
la polÃtica. Era algo que sucedÃa a su alrededor, en un mundo mucho más amplio
que el de su pequeña vida cotidiana y le resultaba absolutamente ajeno. Sin
embargo, siguió una intuición y el sábado llegó puntual a la reunión. Si bien
Leyton no podÃa comprender lo que allà se discutÃa, estaba deslumbrado. Le
impactó la convicción con la que debatÃan aquellos hombres. Retuvo una frase
que mencionaba los aviones Gloster Meteor de fabricación británica. Leyton,
oculto tras su apellido, sintió envidia y fascinación hacia quienes creÃan
fervientemente en algo. Entonces ocurrió una especie de milagro: la vehemencia
y el entusiasmo de los conservadores se hizo carne en él. Tuvo la sensación
fÃsica, él que vivÃa por lo general ausente de su cuerpo, de convertirse en un
hombre corpulento. A partir de entonces, participó de varias reuniones del
partido. El tono de las disertaciones era cada vez más violento. Leyton empezó
a sentirse parte de algo importante.
Ahora mismo, mientras observaba
la Plaza bombardeada reconoció que habÃan cumplido con su palabra: “hay que
aniquilar este gobierno”, y La Libertadora habÃa atacado. Le pareció que
encauzaba un profundo rencor, que se liberaba de preguntas que lo atormentaban.
Allà estaba, nÃtida, la respuesta. Si por sus venas corrÃa sangre
verdaderamente british, estarÃa del lado de sus antepasados, con el coraje de
los colonizadores.
HacÃa rato que no se
escuchaba el asedio de los aviones. Leyton caminaba de un extremo al otro de la
oficina. SentÃa la adrenalina y la tensión como si él mismo hubiera piloteado
un Gloster. En ese estado, un impulso lo arrojó hacia la Plaza. Se miró al
espejo del ascensor y elevó su mentón saliente.
Leyton no imaginó, no pudo
imaginar, en qué se habÃa transformado la Plaza disipada la humareda. Aniquilar
al gobierno y el ataque a la Plaza eran en su mente nociones aún abstractas.
Apenas caminó media cuadra cuando tuvo ante sus ojos un escenario caótico y
sangriento. Las ambulancias recién llegaban; escuchó gritos, quejidos. Pero fue
cuando vio los cuerpos heridos, amputados, muertos, que Leyton pasó de la
euforia a la desorientación. De pronto, los conservadores, los discursos
enardecidos, con los que se habÃa fusionado como un solo cuerpo, se evaporaron
y tuvo un sentimiento de irrealidad. Caminaba con paso errático por la Plaza,
cuando escuchó el gemido de una mujer. Fue un refugio en medio de su confusión
interna y allà se quedó. En realidad, se encerró, como si hubiera levantado un
muro alrededor de ese minúsculo espacio con ella. La mujer tenÃa una herida en
el abdomen, la sangre se habÃa deslizado hacia el costado del cuerpo. Por un
instante Leyton se imaginó besándola. Se arrodilló junto a ella y le colocó su
abrigo bajo la cabeza. La mujer balbuceó algo que él, aunque casi pegó su oÃdo
a la boca de ella, no logró entender. Le dijo que buscarÃa ayuda. Cuando se
puso de pie, el muro se desvaneció y Leyton quedó a la intemperie. Sólo
entonces escuchó el ruido infernal. Ya era tarde. Un golpe fulminante, algo que
venÃa del cielo impactó en su pecho y su cuerpo cayó lánguido sobre la mujer.
Antes de hundirse en el silencio infinito supo quién era, siempre lo habÃa
sabido. Soy Leyton, murmuró.
Fuente: Página/12
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