La Eva del paÃs aspiracional
8 de mayo de 2024 - 00:01
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Con todo lo que hemos perdido los argentinos, hay algo que no estamos dispuestos a soltar, como lo demostró la marcha en defensa de la universidad pública con un millón de personas en las calles de todo el paÃs, la idea de que se puede estar en el fondo del pozo, pero eso sólo es tolerable si existe la posibilidad de salir de ahÃ. La vida de Eva Duarte es un capÃtulo privilegiado de este ideal tan arraigado en nuestra cultura. Tiene todos los condimentos de un relato que parece sacado de una tragedia griega. El nacimiento en los Toldos el 7 de mayo de 1919. Hija de Juan Duarte y Juana Ibarguren. El padre, rico estanciero y polÃtico conservador de Chivilcoy, participó en las maniobras gubernamentales de expropiación de tierras a los mapuches. Los Toldos era una tolderÃa mapuche. Juana, su madre, era una mujer humilde, resignada a un lugar secundario frente al poderÃo del patrón que mantenÃa dos familias: la legal y la de Eva.
Vivió en el campo hasta
1926, fecha en la que el padre falleció y la familia quedó desheredada,
completamente desprotegida debiendo abandonar la estancia en la que vivÃan. La
imagen de su madre, con ella aún muy niña y sus hermanos, llegando al funeral
de donde fueron expulsados con desdén, es de un dramatismo conmovedor, un
cuadro excepcional de aquella Argentina.
La segunda parte de esta
historia arranca en 1935 cuando Evita, con 15 años, viajó a Buenos Aires. AhÃ
se desarrolla su lucha por ser actriz, por triunfar, por ascender. Se codea con
la farándula, se esfuerza “por ser alguien en la vida”, son épocas duras.
Consiguió trabajo en la radio interpretando a mujeres de la historia. Adquirió
un muy rico e inusual vocabulario, ese que dejó frases imborrables en la
memoria popular. Aparece en revistas, participa en compañÃas teatrales, hace su
incursión en el cine. El domingo 26 de julio de 1936, en el diario La Capital
de Rosario apareció la primera foto pública que se le conoce con el siguiente
epÃgrafe: “Eva Duarte, joven actriz que ha logrado destacarse en el transcurso
de la temporada que hoy termina en el Odeón”. Y asomó otra gran veta: fue una
de las fundadoras de la Asociación Radial Argentina (ARA), primer sindicato de
los trabajadores de la radio.
El tercer capÃtulo comienza
el 22 de enero de 1944 en el estadio Luna Park en un acto para recaudar fondos
para las vÃctimas de un devastador terremoto en la ciudad de San Juan. AllÃ,
Eva, de 24 años, conoce a Perón, viudo de 48 años. Solo un mes después ya
estaban conviviendo y eso fue un escándalo para los conservadores camaradas de
las FF.AA.
Solo cinco dÃas después del
cisma polÃtico irreversible que significó el 17 de octubre de 1945, Perón y
Evita se casaron en JunÃn y se enfocaron en la campaña electoral con vistas a
las elecciones presidenciales de febrero de 1946. Esas que abrieron una grieta
polÃtica profunda en Argentina, la grieta social ya llevaba varias décadas. El
peronismo se enfrentó a prácticamente toda la clase polÃtica de aquel entonces
nucleada en la Unión Democrática y, contra todos los pronósticos, ganó la
presidencia. Eva rompió los protocolos de la usanza de aquellos tiempos, las
cónyuges de los candidatos se restringÃan a un rol apolÃtico y “acorde a lo que
se espera de una dama”, pero no fue el caso. Ella participó y habló en muchos
actos, tuvo voz y discurso propio. En esos meses levantó las banderas, de larga
tradición, de los derechos polÃticos de las mujeres. Y en 1947, fue ella la que
anunció a las argentinas que su derecho a votar, a ser candidatas, y participar
en polÃtica estaba consagrado.
La tradición indicaba que
Eva debÃa ser la “primera dama” y se le reservaba la presidencia de la
centenaria Sociedad de Beneficencia; pero las distinguidas damas le negaron ese
honor aduciendo que era demasiado joven. “Entonces que sea mi madre”, retrucó
Eva con sorna y poco después dio por disuelta esa organización. Los motivos los
dejó bien claros: “No. No es filantropÃa, ni es caridad, ni es limosna, ni es
solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por
darle un nombre aproximado yo le he puesto ése. Para mÃ, es estrictamente
justicia. Lo que más me indignaba al principio de la ayuda social, era que me
la calificasen de limosna o de beneficencia”.
Estas formas desafiantes,
los contenidos igualitarios, sus aires de mujer poderosa sin culpa ni falsas
modestias le granjearon un amor descomunal de las multitudes trabajadoras que
la elevaron a la categorÃa de Santa, y un odio pocas veces visto de los
sectores antiperonistas. Ezequiel MartÃnez Estrada no se privó de decir: “Esta
mujer tenÃa no sólo la desvergüenza de la mujer pública en la cama, sino la
intrepidez de la mujer pública en el escenario… una farsante capaz de
representar cualquier papel, incluso el de dama honorable...”.
El punto culminante de su
relación con las multitudes fue sin duda el 31 de agosto de 1951, la gente le
pedÃa que fuera candidata a la vicepresidencia y Evita les juraba que no
importaban los cargos. Fue un diálogo espontáneo, natural, con una tensión abierta.
Aún no sabemos con certeza por qué “renunció a los honores, pero no a la
lucha”. Ella se veÃa dubitativa, con ganas de decir que sÃ, se lo estaba
pidiendo el pueblo, no pudo dar en ese momento el no definitivo que vino dÃas
después en un mensaje por cadena nacional. El pueblo peronista nunca pudo votar
a Evita, nunca fue candidata.
El cáncer de útero se llevó
a la joven que no tuvo hijos y se convirtió en la madre de tantos. Mujer de
definiciones, sabÃa que a veces el punto medio, no es el punto de equilibrio:
“Yo, sin embargo, por mi manera de ser, no siempre estoy en ese justo punto de
equilibrio. Lo reconozco. Casi siempre para mà la justicia está un poco más
allá de la mitad del camino… ¡Más cerca de los trabajadores que de los
patrones!”.
A esa mujer humilde salida
de lo más profundo de los sectores populares, se le pueden enumerar muchas
obras concretas, pero en estos tiempos de retroceso y poderÃo de las elites, es
muy energizante empaparse de su gestualidad de rebeldÃa y orgullo plebeyo.
Fuente: Página/12
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