Un marxista invisible
Por Guillermo David
7 de abril de 2024 - 00:01
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Los Parry eran una familia
de abogados radicales de extracción yrigoyenista cuyo prócer máximo fue
Roberto, el mayor, que llegó a ser presidente del Comité Nacional de la UCR. Su
hermano menor, Adolfo, se prodigó en libros jurídicos y hasta escribió un
manual de cómo hacer un partido político. Fue Vicepresidente de la Academia
Argentina de Derecho Comercial, Miembro de la Academia de Derecho Procesal,
Miembro del Instituto de Derecho Comercial, Secretario del Jury de
Enjuiciamiento de la Provincia de Buenos Aires, Convencional Constituyente en
1949, Diputado Provincial y Diputado nacional.
Hasta allí podría tratarse
de la trayectoria típica de un militante radical, con un sesgo democrático,
popular, progresista, de cierta inscripción en la política y en el pensamiento
jurídico nacional. Pero en su juventud Adolfo Parry había dado a luz un trabajo
extraordinario que pasó desapercibido para la historia de las ideas, y que no
encaja con su deriva posterior. En 1922 publicó El marxismo y su aplicación
práctica. Bolcheviques, Tahuantinsuyus y Jesuitas, examen crítico de la doctrina
marxista del materialismo histórico y su aplicación a la organización social
rusa actual y a los antecedentes americanos; sociedad incásica y misionera. Es
un texto de un marxista minucioso e informado cuya lectura podría haber abierto
perspectivas o al menos llamado la atención sobre las experiencias americanas
igualitarias, pasibles de actualización histórica.
A solo un quinquenio de
producida la revolución rusa, a poco de fundado el Partido Comunista, y con una
mayormente precaria discusión teórica sobre el evento en nuestro país, Parry
evalúa con ecuanimidad el proceso bolchevique brindando un panorama preciso de
la revolución. De tono objetivo, carente de las pasiones usuales en la
publicística marxista, sorprende su perspectiva indigenista final, despojada de
los prejuicios de época, desde la que indaga sobre las formas comunitarias
ensayadas en el territorio -una precolombina, la otra colonial- a las que
visualiza como antecedentes de una sociedad soviética.
Cabe recordar que la
asunción de la llamada cuestión indígena por parte del discurso marxista
-relativa, no exenta de eurocentrismo y con trazas a menudo sesgadas, racistas,
mediante las cuales los pueblos originarios aparecían como víctimas o como
agentes históricos pertenecientes a estadios que han de ser superados por la
modernidad, nunca como sujetos soberanos- se produciría mucho después. La
estela de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José
Carlos Mariátegui, que datan de un quinquenio más tarde, en los que se vislumbraba
la herencia indígena como clave de activación política insurgente, demoraría
décadas en calar en nuestro país. Los esbozos por parte de algunos marxistas
vernáculos que postularon a los pueblos nativos como fuerzas sociales
revolucionarias serían mayormente desoídos. Francisco Santucho con sus textos
indoamericanistas, Álvaro Yunque con su Calfucurá, Luis Franco con Los grandes
caciques de la Pampa, o Eduardo Astesano con su Rey Inca -estos tres últimos
reeditados por la Biblioteca Nacional- son mojones textuales de escasa
incidencia en los programas de lectura de las organizaciones que se proponían
desde el marxismo como articuladoras de las clases subalternas. Y es que el
esquema positivista canónico de Engels que ofrecía una escala evolutiva en ascenso
hacia una sociedad socialista los veía como rémoras de un pasado sin capacidad
agencia actual. Eran, a lo sumo, objeto de tutela piadosa. Nunca sujetos
históricos. Muy anterior a aquellos trabajos, el libro de Parry proponía dos
formas históricas de comunitarismo y estatalidad que participaban de la
búsqueda desprejuiciada de bases para una sociedad igualitaria.
El esfuerzo que Parry
acomete por demostrar la vigencia del marxismo en el caso ruso descansa en las
posiciones de Lenin y en la evaluación de las acciones concretas realizadas en
los primeros años de revolución. Expone, prolijo, un panorama de los partidos
políticos, las fuerzas sociales, las condiciones extraordinarias -la guerra, la
escasa presencia del proletariado, las vicisitudes anómalas en las que operó el
bolchevismo- y demuestra que no se trata de una aporía que cuestionaría la
verdad de los postulados de Marx, que requería una sociedad desarrollada para
acometer la tarea socialista, sino que el tránsito acelerado hacia ella se dio
merced, precisamente, a aquella conmoción histórica. Por esa misma época
Gramsci la llamaba “la revolución contra El Capital”, debido a que se había
producido imprevistamente en una sociedad sin capitalismo pleno. Desgranadas
con precisión en la primera parte de su texto, Parry examina las políticas
efectivas de socialización en cada uno de los ítemas que luego extenderá a
incas y jesuitas, no sin incluir críticas a las políticas punitivistas extremas
de la revolución, y levantando incluso las posiciones que vislumbraban la
formación de una nueva clase dominante soviética -aunque acaba por despacharlas
bajo el mote de “inutilidad de las discusiones doctrinarias”. Pero no deja de
apuntar: “No estaba equivocado Sorel cuando predecía que si los socialistas
parlamentarios llegaran al poder pronto habrían de convertirse en dignos
sucesores de la Inquisición, del Antiguo Régimen y de Robespierre”.
En su análisis de la
socialización estudia la expropiación de la propiedad inmueble, la aplicación
de impuestos a la renta, el ejercicio de poder estatal, las nacionalizaciones
de bancos y empresas que examina en las leyes y en algunas experiencias
concretas atendiendo a las formas de gestión que la revolución fue encontrando.
En su estudio de la legislación abunda en detalles precisos sobre todos los
temas, desde las formas de organización familiar, las cooperativas, las
modalidades de representación política y de gestión económica, hasta el
monopolio del comercio, la banca, el crédito y la planificación, dando cuenta
de cada uno de los debates, no siempre saldados, que produjo entre los actores
del proceso. Los voces de Trostsky, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Radek,
Lunatcharsky o Gorki campean en el texto tejiendo un panorama en ebullición.
Sagaz, Parry recoge un punto crítico del momento en lo que respecta a la
cuestión agraria: “Los intereses personales son la gran dificultad con que
tropezará todo el que desee organizar una forma colectiva de trabajo de la
tierra”. Pero detalla que una de las vías ha sido la articulación entre
agricultura y trabajo industrial, e incluso apunta a la posible disolución
progresiva de las urbes, en la utópica senda de la clausura de la contradicción
entre ciudad y campo.
En su aproximación a los
antecedentes americanos, Parry lee a los cronistas con sagacidad, recuperando
en la formación social incaica no solo la apropiación colectiva de la
producción agraria sino también la estatalidad construida por el imperio que
caería tras la invasión española. Su libro refulge porque en su época sólo Rosa
Luxemburgo, en su curso de 1905, editado recién a fines de los 60 en los
Cuadernos de Pasado y Presente en traducción de Horacio Ciafardini, había
recogido esa opción al tomar los ejemplos de las altas sociedades precolombinas
desde la perspectiva marxista. Imperio sin moneda, con propiedad colectiva de
la tierra y los medios de producción, el incario se le aparece como una
sociedad comunista -no primitiva, sino desarrollada- en la que “se cumplía el
precepto marxista: la repartición se efectuaba no solo de acuerdo a las
aptitudes sino a las necesidades de cada uno”.
Su descripción admirada de
la gestión económica detalla cada rama articulada de la producción en todo el
territorio que, constituido estatalmente, establecía redes de distribución
equitativas de riquezas, con la salvedad de las clases dominantes -incas,
curacas y amautas. Pero apunta: “no era menos continuo aunque no tan penoso el
trabajo de los nobles. Estos llenaban los cuadros del ejército, componían el
numeroso personal de la vasta administración del Estado, y estaban a su cargo
la dirección de las obras públicas. Los amautas guardaban el fuego sagrado de
la ciencia, comunicaban los progresos de las pasadas a las presentes
generaciones, mantenían la pureza del idioma y transmitían verbalmente y consignaban
en quipus la historia del Imperio. Los sacerdotes llevaban el culto del sol a
las naciones bárbaras después de sometidas por la persuasión o las armas y
desterraba los sacrificios humanos de los altares de los ídolos. Los artesanos
no cesaban de trabajar para satisfacer las múltiples necesidades del Estado”.
Parry examina las formas de trabajo obligatorio, colectivas e individuales, y
su ceñimiento a un plan general. Y, al igual que para el caso ruso, señala la
fusión de la agricultura y del trabajo industrial como preparatoria de la
desaparición progresiva de la diferencia entre ciudad y campo. Al describir
algunas ciudades como el Cusco, escribe: “¿Serán como éstas las ciudades que
sueñan los marxistas de Rusia?”
En su historia
pormenorizada de las misiones jesuitícas fija el ojo en la organización
igualitaria y disciplinaria implantada por la orden en forma autárquica con
respecto a la corona y la iglesia. Como en los otros casos, evalúa la
rearticulación de la familia, la abolición de la apropiación privada, la
planificación de la producción, el comercio exterior a las misiones y la
guerra, bajo la mano férrea de los padres, que disputaron -y acabaron
perdiendo- con aquellos poderes que vieron, no sin razón, un peligroso
experimento exitoso de autarquía soberana. Su “colectivismo riguroso en el que
la acción individual es sustituida por la acción de la comunidad”, se asemeja
al comunismo y no, como Lugones había poco antes postulado, a un imperio
teocrático eclesial, sostiene. Precursor velado, desoído, invisible, Parry
acaba ironizando: “acaso la doctrina marxista sea una adaptación del estatuto
de la Compañía de Jesús”
Fuente: Página/12
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