El desacuerdo, la defensa de las Universidades Públicas y la marcha del 23
Por Diego Sztulwark
20 de abril de 2024 - 12:32
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En su libro El
desacuerdo, Jacques Ranciére se refiere a la polÃtica como práctica que se
ocupa no del consenso sino del diferendo. El desacuerdo no es la discusión que
se origina en el desconocimiento de las palabras por los interlocutores ni por
la imprecisión de las palabras utilizadas. Es, en cambio, el litigio que
sobreviene cuando los interlocutores entienden frente a las mismas palabras
cosas distintas, poniéndose en cuestión, incluso, la calidad del interlocutor
mismo. El desacuerdo es señal de que la polÃtica no se disuelve en la
comunicación. Es la emergencia de la división social en el lenguaje. Aquello
que inevitablemente sucede cuando se rompe el orden natural de la dominación,
por advenimiento de una parte de la sociedad que enuncia que la partición entre
ricos y pobres compromete aquello que se comprende por comunidad, o bien la
exhibe como “fundada sobre una distorsión”.
Acudo a este viejo libro de
Ranciére para preguntar si la discusión oportunamente abierta por la comunidad
universitaria no deberÃa ser conscientemente asumida como parte de un
desacuerdo polÃtico, más que como una falta transitoria de consenso sobre el
lugar de los estudios superiores en el capitalismo argentino, en el contexto de
un nuevo gobierno que tiene sus propias ideas al respecto.
Los argumentos en favor de
la defensa de una universidad pública de acceso masivo y no arancelada resultan
periódicamente atacados por gobiernos de inspiración declaradamente neoliberal,
que pretenden adaptar las instituciones públicas a los requerimientos del
mercado. Estos gobiernos han tratado de reducir el gasto
público a como dé lugar y, de paso, han intentado erosionar el peso de lo que
ven como una corporación de clases medias y un aparato burocrático que sirve de
reproducción de fracciones enteras de la Unión CÃvica Radical. En el caso del
gobierno actual se agrega una denuncia insistente sobre las universidades como
supuestos centros de adoctrinamiento izquierdistas, incapaces de cumplir el rol
institucional que el nuevo gobierno pretende asignarles como instituciones
correctamente adecuadas a las coordenadas de un mundo capitalista bajo
inspiración de las “ideas de la Libertad”.
¿Cuáles son esos argumentos
defensivos que las derechas en el poder ambicionan derrumbar? Que el acceso
masivo garantiza un derecho al estudio y al conocimiento, y que la gratuidad
-entendida como no arancelamiento- intenta compensar -de modo insuficiente- las
desigualdades que provienen del ordenamiento socioeconómico del paÃs. Existen, además,
argumentos que intentan revertir la consistencia de los argumentos oficiales
aclarando que el gasto público universitario debe ser considerado una inversión
provechosa para el desarrollo del paÃs y no un mero gasto improductivo, que los
sectores medios que habitan los centros académicos hace tiempo que son capas
empobrecidas y no sujetos privilegiados y que universidades como las del
conurbano, insertas en territorios empobrecidos, son más bien instituciones de
ascenso social de sectores populares alejados de la UBA, en las que estudia una
primera generación de universitarios sostenidos por un gran esfuerzo de una
familia trabajadora.
A estas razones podrÃan
sumarse otras, como que el ahogo presupuestario de las universidades no supone
una instancia de equidad y justicia alternativa, puesto que, al desfinanciar la
oportunidad de instrucción y contacto con el estudio de millones de personas,
en su mayorÃa de jóvenes, no se alienta ninguna otra oportunidad alternativa. No hay en los ataques
a la universidad otra idea de acceso masivo al saber, sino una idea lineal de
lo que significa adaptarse a las dinámicas de acumulación de capital, en
términos de constitución de élites y de procedimientos de valorización por
medio del saqueo.
Pero quisiera detenerme un
momento en un argumento en particular, para examinar hasta qué punto nuestros
modos de discutir estas cuestiones son en mayor o menor medida capaces de hacer
surgir el desacuerdo de fondo, la división constitutiva que permite pensar
polÃticamente el asunto. Me refiero al razonamiento según el cual el provecho
que las empresas extraen de la calidad de los profesionales egresados de las
universidades públicas demostrarÃa de modo decisivo el valor de la contribución
del entramado académico al capitalismo nacional. El valor aportado a la economÃa
justificarÃa el cobro de impuestos para financiar la inversión pública. El
mismo tipo de observación podrÃa aplicarse incluso a la formación de la derecha
argentina, cuyos cuadros fueron formados en buena medida en los claustros que
hoy cuestionan. Es indudable el peso de la formación educativa pública en la
conformación de las élites ajustadoras. Este tipo de formulaciones resulta
notablemente eficaz para desautorizar el carácter falso del argumento del
adoctrinamiento y, por lo mismo, sirve para darse cuenta de que el asunto en
discusión es en el fondo muy otro: el estrangulamiento del presupuesto
público para el aparato cientÃfico técnico, cultural y educativo que plantea el
gobierno de Milei apunta a desmantelar funciones estatales ligadas a la reproducción
de la sociedad en los términos que hemos conocido. El grupo en el poder no
considera que el Estado haya jugado ni deba jugar un papel positivo en la
regulación de la interacción entre lo público y lo privado, ni cree tampoco que
sea función del Estado compatibilizar la reproducción del capital con la de la
sociedad. Lo mÃnimo que se puede decir respecto de la querella entre
quienes defienden las universidades públicas en términos de su valor para el
desarrollo empresarial y de las propias élites y quienes las atacan
precisamente por no creen que lo público pueda ni deba cumplir con ese papel
-este es un serio problema- desplaza y subordina el que me parece que es el
verdadero desacuerdo en torno a los modos del saber que una comunidad desea
organizar para sà misma.
Parece bastante claro que la eficacia de la defensa de las Universidades Públicas no puede ser escindida de una fuerte orientación de estas últimas hacia el derecho comunitario al estudio, a la investigación y al acceso y producción de conocimientos. Se trata de un derecho fundado en el valor intrÃnseco de la cooperación social, sea o no reconocida como un valor por el capital. Hay, desde el punto de vista de la creación de riquezas sociales, un derecho popular -individual y colectivo- a estudiar. Se trata de un derecho de la comunidad a participar de conocimientos emancipados y de una necesidad de inventar mecanismos polÃticos para garantizar la efectividad de estos derechos, cosa que la Universidad desarrollista no plantea con claridad. La defensa de las Universidades Públicas es atravesada por un desacuerdo, creo, precisamente en torno a la noción de “derechos”. Puesto los derechos como tales carecen de arraigo material en su existencia si no se amparan en una fuerte e inspirada movilización de aquellos que puedan imaginar y explicar la universidad muy de otro modo. Otro modo, digo, de defender lo público -como lo ha explicado más de una vez Eduardo Rinesi- que supone una comprensión y una toma de partido por la importancia de fomentar estructuras populares de conocimiento y, al mismo tiempo, por hacer de la Universidad un pensamiento y una acción bien metida en los problemas de esas vidas populares, y comprometida con la reforma de las instituciones desigualitarias de nuestra sociedad. La defensa de las Universidades Públicas, entendida como sitio en torno al cual se plantea un verdadero desacuerdo, pone sobre el horizonte no sólo la exigencia de urgentes partidas financieras para su funcionamiento más elemental, sino también una discusión igualmente urgente -incluso para su propia reproducción institucional- sobre su sentido comunitario, ya que sin una fuerte politización -en una lÃnea que bien podrÃa ir de la mejor herencia de la Reforma a la marcha del próximo martes 23- que la espabile de sus perezosos imaginarios de la Torre de Marfil, de la isla de las clases medias, o de institución modernizada en función de la reproducción del capital, que la salven de una inercia será más fácil para un gobierno canallesco darle el empujón liquidacioncista hacia su extinción.
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