Paro Internacional Feminista
8M: En la calle se desaloja
la tristeza
No son exabrutos las
bravuconadas presidenciales, tampoco se trata de reorganización cuando se
interrupen las ayudas sociales o se deja sin alimento a los comedores; hay
intencionalidad en la sucesión sin pausa de medidas y palabras crueles que
pretenden hacer que toda la población hable de lo mismo. La disidencia no se
muestra más que como estigma. Pero hoy es 8 de marzo y la cita en el Congreso,
en una movilización feminista que se viene gestando potente y desobediente,
capaz de sacudir la tristeza y ponerle lÃmites a la crueldad.
8 de marzo de 2024 - 02:13
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Una imagen del 8M de 2023,
sonrisas con capacidad de aplazar la crueldad.. Imagen: Jose Nico
Es imperativo desalojar la
tristeza, una imposición de cuidado, una promesa de futuro. No hay tarea
transformadora que pueda prescindir del disfrute de estar ensayando ahora la
vida que queremos construir. ¿Se puede esperar a que las condiciones materiales
sean ideales para reÃrse a carcajadas, para intercambiar una sonrisa torcida de
complicidad por estar haciendo lo que se quiere con alguien más? Sabemos que
no, que la risa irrumpe como irrumpe el amor como se instala un paso de baile
cuando suena esa musiquita aun en el territorio más desposeÃdo. Hay una
sabidurÃa en esa resistencia alegre que no se transmite de manera ordenada; más
bien se contagia, exuda una pedagogÃa sin palabras, cuerpo a cuerpo. Una
prepotencia por vivir. Hambre, del más duro; también hambre de cosas ricas, de
colores, de esa fruta que aquel dÃa mordiste en la copa de un árbol donde una
confabulación de amigues te ayudó a trepar.
Hay una imagen reciente de
ese disfrute compartido: la persona en silla de ruedas a la que se alzó entre
muches para cumplir con el molinetazo el viernes pasado. La fuerza que
tracciona el deseo, la desobediencia es con todes. No sólo la crueldad se hace
viral, la ternura es una fibra que cuando se toca genera conmoción, permite
sentirse parte de esa manada fugaz que conspiró para que esa silla de ruedas
volara sobre el aumento del boleto para el transporte. Eso podemos. También el
alivio del cacerolazo espontáneo el 20 de diciembre, inmediatamente después del
anuncio del DNU fue un alivio, un corte al agobio, un goce colectivo. O aquel
momento mÃtico de diciembre de 2022, cuando tantos brazos subieron a quien no
alcanzaba a levantar su cuerpo por encima de un techo para disfrutar del canto
de la multitud. Son imágenes distintas que comparten el hacer colectivo, la
rebelión a lo posible, a lo que se debe; que no le esquivan al riesgo, se lo
apropian. Esas imágenes son semillas que pueden brotar y expandirse, semillas
de alegrÃa y potencia común que pueden devolver al cuerpo su resonancia, su
espesor, su capacidad de rebelión frente al sufrimiento que nos ofrecen desde
el poder todos los dÃas.
Este 8M, ya no tanto DÃa
Internacional de las Mujeres sino Paro Internacional Feminista, se viene
cocinando asÃ. Tiene su propia memoria de desobediencia, a la sudestada, por
ejemplo, cuando en 2016 se hizo el Primer Paro Nacional de Mujeres. Era tan
intensa la lluvia que era impensable que se colmara de tal manera la calle.
Pero la complicidad se leÃa desde temprano, en el transporte público, cuando se
veÃa a las mujeres vestidas de negro en señal de luto por una adolescente
muerta. También de resistencia a la represión; fue en 2017 cuando la PolicÃa de
la Ciudad levantó a pibas de la calle, sin más trámite que sospechar las
manifestantes porque tenÃan el pelo corto o tomaban cerveza en ronda con cara
de felicidad. Pero no es la represión lo que le dio la épica a las
movilizaciones transfeministas, fue y es esa manera de habitar el cuerpo y la
calle en una coreografÃa compartida de potencia y goce; de cuidados mutuos,
ternura y convicción polÃtica. Hacia allá vamos, contra viento y marea, como
fuimos otras veces, contra el hambre y la crueldad.
No la ven, no la ven;
repiten todos los dÃas los que hablan la lengua de la ultraderecha. Tienen
también su coreografÃa colectiva y la reproducen hasta el hartazgo en las redes
sociales y desde el estrado de la vocerÃa presidencial, el mismo Presidente
alimenta ese goce sádico de ver “lágrimas de zurdo” que ahora somos todes y
cada quien que no aplauda las medidas de ajuste brutal, incluso las que no
tienen ningún sentido para las metas que tanto se mencionan, déficit cero,
superávit, superávit gemelo y otras palabras todavÃa más opacas para las
grandes mayorÃas pero que se cree que hacen más inteligente al presidente. No
la vemos, pero te las hacen ver con el mismo método que al protagonista de la
Naranja Mecánica, sin posibilidad de cerrar los ojos, sin piedad. Es el
espectáculo cotidiano.
La ultraderecha se exhibe y
habla, habla sin parar, se regodea. En el inicio del ciclo lectivo, metiendo
preso a un joven por una discusión en Instagram, anunciando despidos como si
fuera un cumpleaños, justificando el saqueo a jubilados y jubiladas porque es
la franja etaria que, se supone, tiene menos pobres que entre las infancias. Y
lo que es peor, nosotres, los zurditos, también hablamos. Nos invitan a ver y
también a hablar su lengua; contradecirla, lamentarla, replicarla en redes como
si asà pudiéramos contrarrestar algo de su crueldad manifiesta. Estamos jugando
en su cancha, dirÃa la metáfora futbolera que tan bien entendemos y cuyo goce
de campeones quedó tan lejos de nuestros cuerpos.
Hoy es el octavo 8 de marzo
desde que una complicidad internacional lo convirtió en Paro Internacional
Feminista, iremos a la calle, con rabia, con hambre, con miedo. Pero tenemos la
oportunidad de estar otra vez entre nosotres, hablando nuestra lengua, la
lengua de nuestros cuerpos. Es la posibilidad de reencontrarnos con eso que
sabemos, en alguna fibra compartida con el saber y la memoria popular más allá
y más acá del movimiento transfeminista, cada momento de alegrÃa que le
arrebatamos al imperio de la crueldad es una semilla de futuro. A regarlas y
que crezcan brotes en ese mismo pavimento donde se supone que sólo puede reinar
el tránsito. Como las semillas de girasol que caen de los camiones sobre la
ruta –en el verano poblaron la autopista Ezeiza-Cañuelas–, serán flores. Y
habrá quienes no sabrán cómo enraizaron en superficies tan ásperas, pero habrá
quienes torcerán la sonrisa en la complicidad compartida, porque sà sabremos.
Fuente: Página/12
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