Cómo engañar a los indios
1 de marzo de 2024 - 00:01
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Todos recordamos la
historia medio que sin detalles, como si fueran objetos en fila. Uno vino
antes, el otro después, y al final viene aquel otro. Es un sistema práctico que
nos orienta pero va dejando fases perdidas, hilachas se dirÃa. Por ejemplo, que
primero vino el tal Colón en sus carabelas, que luego vino la Conquista y
después la Colonia. Es práctico, pero deja hilachas como en qué momento se terminó
lo de conquistar y arrancó lo de colonizar. Por estos sures tomó un buen rato,
hasta que los españoles se convencieron de que no podÃan con los mapuches.
La fecha clave para esta
colonia perdida es 1662, cuando se firmó el primer tratado marcando lÃmites y
buscando convivencia con las Primeras Naciones, aguerridas ellas. El contexto
imperial era claro, pero otra cosa deshilachada entre nosotros: de lo que hoy
es Argentina, Chaco, Formosa, un buen pedazo de Santa Fe y Salta, y casi casi
Misiones eran territorio indio. El resto se cortaba en una lÃnea casi casi
recta entre Buenos Aires, San Luis y Mendoza. Chiquita, la colonia, y con
fronteras problemáticas como la de los territorios portugueses, que disputaban
la Banda Oriental y querÃan el Paraguay.
Con lo que en Lima
decidieron que ya estaba, que el espacio donde España podÃa conquistar,
disciplinar o exterminar estaba completo y que el sur era, de todos modos,
demasiado al sur. El español era un imperio tropical, como mucho subtropical...
¿quién vio un conquistador en la nieve?
Buenos Aires tenÃa apenas
más de ochenta años de refundada y ni tres generaciones desde la última
expedición poblacional, la que trajo tercios de Flandes y emigrantes con
oficios, la que limpió las cárceles de AndalucÃa y nos dejó por siempre jamás
la incapacidad de pronunciar una S antes de una C, como en Pasco, que nos sale
Pajco. La ciudad puerto tenÃa un objetivo y sólo uno, el de disputarle el rÃo
de la Plata a los portugueses. El resto era optativo.
El tratado con las Primeras
Naciones de 1662 fue el primero de casi cien, con los españoles firmando en
nombre del rey unos cuarenta y pocos, y los ya argentinos firmando por las
Provincias Unidas, la Confederación y la Nación más de cincuenta. Los expertos
en el tema, como el antropólogo Carlos MartÃnez Sarasola, el historiador
Alberto Levaggi o el padre Hux, encontraron alguno que otro que se cumplió, al
menos por un tiempo. Pero el resto fue quebrado siempre por los blancos y
siempre por las mismas razones: comerse la tierra ajena. La saga de los
tratados es una Conquista en cámara lenta, con escribanos y negociaciones de
mala fe.
Sarasola destaca algo muy
importante en esta tira de mentiras, que las naciones indÃgenas siempre
mostraron voluntad de convivencia y paz, y esperaron una propuesta de
integración al nuevo paÃs que nunca les llegó. Los españoles cumplieron un poco
más por la simple razón de que no pensaban expandirse para ese lado. Los
argentinos sà querÃan expandirse y nunca tuvieron un plan que no fuera
desaparecer a las naciones originarias y quedarse con la tierra. Cada tratado
caÃa cuando las estancias avanzaban...
El primer tratado
"patrio" de importancia lo firma el gobernador MartÃn RodrÃguez el 7
de marzo de 1820 "para cortar de raÃz las presentes desavenencias"
con los caciques Ancafilú, Tacuman y Trirnin, que representaban a otros trece
que los delegaban. Los tratantes, definidos simplemente como
"pampas", venÃan de las tolderÃas del arroyo de Chapagleofú. Lo que
buscaba la negociación era restaurar "la paz y la buena vecindad que de
tiempo inmemorial ha reinado entre ambos territorios".
El artÃculo cuatro va
directo al centro de la cuestión, que es el avance de los hacendados que hizo
reaccionar a los caciques, y es una promesa que resultará vacÃa: "Se
declara por lÃnea divisoria de ambas jurisdicciones el terreno que ocupan en
esta frontera los hacendados, sin que en adelante pueda ningún habitante de la
provincia de Buenos Aires internarse más al territorio de los indios". Lo
que busca MartÃn RodrÃguez es congelar el problema, porque él tampoco tiene
soluciones de fondo.
El tratado obliga a los
indios a devolver el ganado maloneado y a los hacendados a dejarlos pasar y
asistirlos cuando iban a cazar nutrias, un negocio más que importante en la
época. El gobierno se compromete en el artÃculo 7 a "recomendar a sus
súbditos la mejor comportación con los indios en sus tránsitos
comerciales", y las partes a respetarse la propiedad mutuamente, a ambos
lados de la frontera. El artÃculo noveno es el primer ejemplo de un clásico, el
pedido a las tolderÃas que devuelvan desertores y malandras refugiados, que se
repetirá por medio siglo casi textual.
Apenas seis años después,
los ranqueles firman con los representantes del presidente Bernardino Rivadavia
otro tratado, a orillas del arroyo Epecuén. Lo primero que piden los huincas,
literalmente el comienzo del tratado, es que las Primeras Naciones reconozcan
"por único gobierno de todas las provincias al Soberano Congreso",
que hagan la paz con todas las provincias y que si "algún cacique"
decide una invasión, los firmantes deben frenarlo y atacarlo. Si una tolderÃa
ataca una provincia, todas las provincias se van a considerar en guerra contra
todas las tolderÃas.
Es un apriete desde la
debilidad, con lo que en el artÃculo cuarto asoma algo más práctico que también
es un clásico, el tema de los cautivos. Este artÃculo es evidentemente fruto de
una larga, larga negociación, ya que de una se acepta devolver a los solteros
de ambos sexos, pero se alarga en el tema de los casados, en particular de las
cautivas con familia. "Están casadas y cada una tiene dos o tres
hijos", se expica, por lo que no pueden irse y listo, ya que la ley de las
Primeras Naciones no les permitirÃa llevarse a los chicos. Lo que se pacta es
que los padres y hermanos blancos pueden visitarlas en paz, "que ellos
reconocen ahora a sus padres por suegros y por cuñados a sus hermanos". Y
para más claridad, les ofrecen pagarles las dotes que son su costumbre...
"y de este modo será la paz más permanente por estar enlazados con los
cristianos".
Otro tratado relevante es
el de 1872, firmado por el general José Arredondo en nombre del presidente
Domingo F. Sarmiento y los jefes Mariano Rosas y Manuel Baigorria, que es el
famoso Baigorrita y no el coronel puntano. A apenas seis años de la expedición
de Roca, los huincas le garantizan a los "ranquelinos" que
"existirá paz y amistad entre los pueblos cristianos de la República y las
tribus". Los indios tienen que jurar fidelidad al gobierno y a la Nación,
y a cambio recibirán "protección paternal".
Siguen varios artÃculos
detallando salarios para los jefes, capitanejos y lenguaraces, lo que deja en
claro que ser traductor pagaba bastante bien. Luego se crea el uso de
pasaporte, tanto para los "cristianos" que vayan "tierra
adentro" como para los indios que, lindo giro de frase, "vengan de
tierra adentro". Al que entre sin papeles, los indios le pueden sacar
"las mercaderÃas, prendas o caballos" y entregarlo a los milicos. Los
blancos simplemente arrestan a los indios indocumentados.
El artÃculo 14 es bien
comercial y le prohÃbe vender ganado a los indios excepto en los fortines y
"con intervención de autoridad militar". Como nadie se engañaba del
precio que conseguÃas en un fortÃn y apuntado por los milicos, se avisa que "para
las demás compras o ventas de cualquier género que sean, los indios podrán
pasar la lÃnea de frontera llegando hasta donde puedan vender con más
provecho". Con una excepción: caballos, mulas y yeguas que traigan marcas
a fuego no se pueden vender "más que a sus dueños".
El último tratado es
trágico, firmado en junio de 1873, a menos de cinco años de la ofensiva final y
todavÃa bajo Sarmiento. Vicente Catrunao Pincén -por primera y única vez, y
sólo a ver si le devolvÃan la mujer y los hijos-, Nahuel Payún y el coronel
Francisco Borges, abuelo del escritorazo, se sientan a bolacearse. En el
primerÃsimo artÃculo, el gobierno argentino "se compromete a proteger y
amparar la residencia tranquila y permanente de dichos caciques, capitanejos y
sus tribus en los campos que actualmente ocupan". Se ve que no le creÃan,
porque en el cuarto artÃculo el tratado repite la promesa y agrega que el
gobierno se compromete "a no invadirlos nunca y a que puedan vivir
tranquilamente bajo el amparo del Gobierno". Y en el séptimo va de nuevo,
a cambio de que "caciques y capitanejos" reconozcan "la
soberanÃa del Gobierno Argentino".
"A no invadirlos
nunca..."
En 1878, todos los lonkos
involucrados eran prisioneros, mil hombres de lanza estaban muertos y casi
catorce mil almas presas en las condiciones más miserables. Cientos fueron
repartidos como peones esclavizados en campos, ingenios y algodoneras. Decenas
fueron "regaladas" como sirvientas en la Capital. Y fue por la
tierra.
Fuente: Página/12
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