San MartÃn y los indios
16 de febrero de 2024 -
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Cuando José de San
MartÃn tuvo la idea de cruzar los Andes y caerles a los godos por la
espalda, se dio cuenta de que tenÃa un enorme problema. Era una idea
napoleónica, una de las grandes maniobras militares de la historia, pero le
faltaba una cosa: esto no era Francia. Liberada de los borbones,
extraordinariamente torpes en todo lo económico, Francia parecÃa capaz de pagar
cualquier cosa. Cientos de miles de uniformes y fusiles, miles de cañones,
millones de caballos, banderas bordadas en oro, flotas... Nuestro visionario
tenÃa que arreglarse con lo que habÃa por acá, que no era tanto.
Con lo que se hizo nombrar
gobernador de Cuyo y en tres años electrizó a todos y cambió la economÃa local.
No habÃa ni tela para uniformes, con lo que se abrió una fábrica. Faltaba metal
para fundir cañones, con lo que se revitalizó la minerÃa. Faltaba pan, con lo
que se salió de tanta vid y tanta fruta. Cuyo zumbaba de zapateros haciendo
botas, de arrieros trayendo animales para alimentar tropas y proveer cueros, de
obras de irrigación para llevar agua a los llanos. Esto muestra que San MartÃn
logró reclutar y entusiasmar a todo el mundo, que estas patriadas sólo se hacen
de a muchos.
El general también integró a los indios del sur mendocino. San MartÃn era de la generación revolucionaria que no pensaba en hacer un paÃs dejando afuera "a nuestros paisanos". TenÃa un modelo no de integración sino de convivencia como compatriotas, con lo que se dedicó a reclutar también a los mapuches locales, los pehuenches al sur. Lo que buscaba que aportaran eran caballos, sal y ganado, y si hiciera falta guÃas de montaña. También tenÃa un as en la manga, el de movilizar a los pehuenches y sus vecinos araucanos del lado chileno, aterrar a los españoles con la idea de un super malón, y hacerles creer que iba a cruzar más al sur.
San MartÃn terminó
organizando dos grandes encuentros, de los que se llamaban parlamentos, el
primero en septiembre de 1816 en el fuerte de San Carlos, un buen tirón al sur
de la capital mendocina. La delegación de las Primeras Naciones tuvo al frente
al lonco Necuñán, acompañado por 50 jefes menores y muchos capitanejos. El
lenguaraz fue todo un personaje, el fraile Francisco Ynalicán, araucano él y
capellán del fuerte. La función fue agotadora: en un parlamento todo el mundo
tiene derecho a hablar lo que necesite hablar, con lo que la movida duró entre
seis y ocho dÃas, dependiendo de la fuente.
El general arrancó
explicando la causa patria y diciendo que los españoles eran el enemigo en
común, y que él pedÃa ayuda y permiso para pasar "por sus tierras, como
dueños del paÃs que son". La gente de Necuñán estaba de buen humor porque
habÃa sido recibida con un protocolo impecable. Cada columna que llegaba era
recibida con salvas de cañonazos y entraba al fuerte predecida por un piquete
de caballerÃa "tirando tiros al aire". San MartÃn cuenta en una larga
carta al general William Miller, inglés y oficial del Ejército de los Andes,
que el espectáculo fue impresionante. Los pehuenches, explica, son altos y
fuertes, y venÃan con el torso desnudo y pintado con motivos de guerra, igual
que sus pingos. Atrás venÃan columnas de mujeres y chicos.
Un momento notable fue
cuando San MartÃn terminó de explicar su campaña. Se hizo un total silencio en
la sala de reuniones, de quince minutos, con los presentes "en una
meditación la más profunda". Luego hubo un breve intercambio de opiniones
y el lonco más viejo le dijo al general que "todos los Peguenches a
excepción de tres Caciques que nosotros sabremos contener, aceptamos tus
propuestas". Y ahà cada lonco y cada jefe se levantó y abrazó al encantado
comandante. Cuando los demás, que esperaban montados y armados en el patio de
la fortaleza se enteraron del acuerdo, desensillaron, le entregaron los
caballos a los milicos, dejaron sus armas en un cuartito y arrancaron la
fiesta. San MartÃn, avisor, tenÃa un corral lleno de yeguas, el plato favorito
de sus invitados, y una buena reserva de aguardiente y chicha. Agudo, el
general observó que las mujeres no bebÃan hasta caer la noche y que siempre
quedaban algunas sobrias para cuidar el orden.
El segundo parlamento fue
más a fin de año y nada menos que en El Plumerillo, la base del Ejército de los
Andes. Fue un momento histórico que nos dejó una reliquia única, un sÃmbolo del
paÃs que pudo ser, como subrayó el antropólogo y sabio en estas cosas Carlos
MartÃnez Sarasola. Nuevamente, San MartÃn se sentó en cÃrculo con los loncos y
capitanejos, y nuevamente les explicó su idea de campaña. "Los españoles
van a pasar del Chile con su Ejército para matar a todos los indios y robarles
sus mujeres y sus hijos".
Y ahà tira una bomba:
"Como yo también soy
indio voy a acabar con los godos que les han robado a Uds la tierra de sus
antepasados".
Fue atómico. Todo el mundo
se levantó y empezó a gritar ¡Viva el indio San MartÃn! ¡Moriremos por el indio
San MartÃn!
La polémica sobre si era o
no era indio, sigue fuerte, con teorÃas hasta sobre una adopción. Sus amigos le
decÃan el cholo, sus enemigos -que en vida no era ni el Santo de la Espada ni
el Padre de la Patria- le decÃan el indio, para joderlo. La posteridad lo
blanqueó en tanto retrato a la francesa, moderándole hasta la nariz de hacha
que se ve en la única foto que se sacó, en 1848.
Para cuando se subió a su
mula de confianza y encaró los Andes, el general llevaba un artefacto
literalmente único, un poncho de alto nivel simbólico. No se sabe si fue un
regalo que le hicieron en los parlamentos, si es exactamente pehuenche o
genéricamente mapuche, pero el poncho que puede verse en el Museo Histórico
Nacional indica que las Primeras Naciones no veÃan al Libertador como un huinca
más, o un lÃder militar, sino como alguien con un nivel espiritual más alto.
"Un hombre de luz", se anima MartÃnez Sarasola.
En esta vida hay ponchos y
ponchos, que van de lo práctico a lo rotoso, de la marca de rango a
literalmente un mando de autoridad. Los unitarios los llevaban celestes, Rosas
tenÃa uno de seda, los arrieros compraban los pampa gruesos e impermeables.
Pero los grandes lÃderes indÃgenas mostraban su rango y su estirpe con piezas
especiales que, si se conoce el código, literalmente pueden leerse. El lonco
Mariano Rosas le regaló el suyo a Lucio V. Mansilla y le explicó que con eso
puesto, nadie le iba a poner un dedo encima, al contrario. Si un huinca
aparecÃa con esa prenda, era un hermano del jefe: el poncho era un pasaporte.
El de San MartÃn fue estudiado
cuidadosamente por un experto chileno, Pedro Mege Rosso. La prenda tiene cuatro
colores, negro profundÃsimo, azul brillante, blanco y amarillo. Ahà está el
primer simbolismo, porque el cuatro es un número sagrado en las religiones
originarias, una observación de los rumbos de la tierra y una teorÃa de los
niveles de lo sacro. Un poncho de cuatro colores ya tiene una carga espiritual
particular.
Pero lo más llamativo para
el que conozca el código es que el poncho tenga partes en azul, y en azul brillante.
El azul nunca se usaba explÃcitamente en los tejidos originarios, apenas se
sugerÃa en el negro profundo que lograba reflejos azulados en cierta luz. El
azul es un color sagrado y la palabra mapuche, calfú, denomina tanto el color
como la misma idea de lo divino. Nuestro gran lonco Calfucurá se llamaba tanto
Piedra Azul como Piedra Divina, o de los dioses. Que este poncho tenga un azul
nada sugerido sino brillantemente puesto a la vista es excepcional, porque es
una pieza para una persona excepcional.
Para completar, el poncho
tiene en su ñankal, el agujero por donde se pasa la cabeza, un discreto sÃmbolo
llamado rewe lonko, traducible como cabeza sagrada. Es como un galón de mando,
una insignia que ordenaba obedecer a la cabeza que asomaba del poncho.
TenÃan razón, nuestros
paisanos los indios, que lo trataron a San MartÃn con el respeto del que sabe
ver al otro. Y mucho mejor que lo que lo trataron de vuelta en Buenos Aires.
Fuente: Página/12

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