Melisa, de Bernal a Palestina
Por Fabián Restivo
23 de enero de 2024 - 00:01
·
. Imagen: Fabián Restivo
El 7 de octubre del año
pasado fue un sábado como cualquiera en el tranquilo barrio de Don Bosco. A la
primavera se le habÃa traspapelado un dÃa del otoño y el aire fresco se podÃa
ver desde las ventanas de la casa, asà que Melisa preparó el mate pensando en
pintar, y mientras se calentaba el agua agarró el celular en un gesto
automático para ver qué decÃa el mundo. Y en ese mismo momento el mundo decÃa
Palestina, decÃa invasión, decÃa Israel, decÃa Hamas, y también decÃa “Gaza, la
prisión al aire libre más grande del planeta”. Y entonces Melisa no pintó.
Recorrió noticias, historia, relatos, fotos y comenzó a retroceder el tiempo en
su celular. Llegó casi hasta el año 1948 mientras en su ventana se hacÃa de
noche, y la sonrisa brillante de sus ojos se llenaron de pena y furia.
Melisa recuerda una
infancia en la casa familiar de Bernal, con mamá siempre rodeada de papeles,
poniéndole un vestidito “de esos bobos de la época, con florcitas y dos colitas
en el pelo” para atravesar las desgastadas baldosas rosadas del pasillo hacia
el lugar más libre y seguro del mundo: la puerta de casa, con amigas y juegos y
veredas y veranos plácidos. Un lugar donde serÃa bueno quedarse para siempre. Y
entonces desde ese recuerdo vuelve a este siete de octubre y la furia encalla
en la impotencia cuando en la pantalla ve a otra mamá, palestina, que a punto
de morir ya acribillada en una otra vereda ni libre ni segura, solo intenta
abrazar a su hija de unos dos años.
Melisa Di Natale fue y vino
de la pintura donde “hice un camino largo. Desde chica mis nonos me llevaban a
centros culturales a ver pinturas, y en cualquier casa siempre me quedaba
observando los cuadros. Yo tenÃa ahà unos cinco años y dibujaba. A pintar
comencé a los doce” y el papel fue una de las paredes de su cuarto, pero “la
carrera fue salteada. Comencé la de pintura y luego la de cine y luego la de
teatro, todas en Avellaneda. Siempre busqué el arte como forma de comunicar” y
finalmente echó anclas en los pinceles donde la infancia siempre está presente
y donde casi siempre hay una madre, quizá porque “de mi papa tengo un recuerdo
a mis siete años, él se ataba los cordones de los botines para irse a jugar un
partido de futbol. Se los ataba muy lentamente. Fue el momento en que tuvo el
infarto” y que inauguró un largo tiempo de silencios familiares habitados por
presagios tardÃos.
“La pintura me salvó de
algunos momentos y realidades de mi infancia. Quizá por eso pinto cuando hay
algo que decir, y aún asà últimamente siento que no alcanza y comencé a
ponerles textos. Allà puedo decir que yo soy esto. Yo sé que la pintura no
salva al mundo, pero digo lo mÃo.”
El remolino que merecÃa la
búsqueda de un lenguaje se encontró con algo que tenÃa adentro, como los ojos,
la garganta, el corazón o el aire de sus pulmones: “yo quiero pintar con
sentido, relatos. No pintar por pintar. El arte es importante, por eso estudié
mucho. No es fácil enfrentarte a tu propia mirada que acaba siendo tu obra, tu
color, tu testimonio. Es un camino en el que primero sentÃs, luego salÃs y al
que tenés que llegar”. Y todo en un lienzo.
Aquella pared del cuarto,
que la contuvo desde su infancia hasta entrada la adolescencia, un dÃa no tuvo
más espacio y entonces Melisa recurrió al palimpsesto porque “ya no habÃa donde
más pintar. HabÃa comenzado por dibujar una rayuela, luego cada tapa de los
discos de Los Piojos, luego un universo y ya no habÃa más donde hacer una raya”
y vuelve a sonreÃr mirando las paredes de esta, su casa de hoy, donde su hija
la superó ampliamente: no hay una sola pared que no tenga unas lÃneas de
colores de su autorÃa y que “ya pensé en que deberÃa repintar la casa, pero
como sé que no va a durar, ahà está. Entre mis lienzos, sus murales” pero no
hay reclamo, ya que “yo pinté en las paredes de su cuarto un universo y
retratos de Darwin, Copérnico, Rosa de Luxemburgo, con la idea de que algún dÃa
me pregunte quienes son. Quizá suceda. Ojalá.” Y sonrÃe nuevamente mientras
pone agua en un mate que ya está lavado pero resiste, e insiste con unas
galletitas que “están buenÃsimas”.
Su rebeldÃa polÃtica no
tiene más orÃgenes que la desesperación de ver “como sucede esa masacre en Gaza
y que el mundo no se mueva, no condene, no lo pare. La cantidad, los miles de
niños palestinos muertos parecen no conmover a nadie de los que toman
decisiones.” Y ya no hay pena. La furia se transforma en un ceño que se frunce
y una mirada dura de esta mujer que hasta hace un segundo no paraba de sonreÃr.
Y eso que tiene dos risas: la de brillar y la de escaparse. Pero a veces no
alcanzan para lo que le duele que “en muchos paÃses los estados no propician la
relación madre-hijo y eso me preocupa mucho siempre. La infancia es un momento
de cuidado y yo insisto con eso en varias de mis obras, por eso ves tantas
madres con niños o niñas” y en este espacio blanco con ventanas y caballetes,
lienzos, maderas con obras y paredes grafitadas con crayones de colores,
sobreviene un silencio poblado de miradas a algunas pinturas que, aun no
necesitando explicaciones, aceptan comentarios; una mujer tocando el violÃn en
un remolino marino, nueve niños jugando en sepia, unos ojos penetrantes de una
muchacha de pelo cortÃsimo mirando admonitoriamente desde atrás de unos tachos
con pinceles, un hombre con barba, un niño con una boina, otra madre con una
niña. Y sobre el caballete una pequeña pintura en blanco y negro con dos
pinceladas de color apenas perceptible, de una chica joven cuya media cara está
borroneada. Se llama Los borrados de la historia, que “se ve que maceré desde
aquel octubre, imágenes y noticias y cosas que hay que buscar porque no
aparecen en ningún lado. Los muertos palestinos son los borrados de la historia
y yo no habÃa podido pintar nada.” Entonces una noche de finales de diciembre,
buscó entre sus telas y maderas enteladas, encontró una en blanco, tomó un
lápiz, diseñó la idea y la completó con oleo. Sin sonrisa de reÃr o de escapar,
sino con la mirada de tratar de entender.
Entonces -y recién
entonces- aquellos zapatitos Guillermina con hebillas que habÃan caminado el
pasillo de la casa infantil, decidieron no quedarse ahà para siempre. HabÃan
conseguido sentir el camino para salir y llegar. De Bernal a Palestina. Y todo
en un lienzo.
Fuente: Página/12
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