El modelo negro de Javier Milei
Por Sergio Kiernan
31 de enero de 2024 - 00:01
La nube de
mitos que vende el presidente, y en la que probablemente reside con sinceridad,
incluye bolazos astronómicos como que Argentina fue una vez la primera potencia
mundial y que puede volver a ser un faro para Occidente. Esta última, además de
afanada de la retórica republicana norteamericana, pifia por el verbo: no se
puede volver a ser lo que nunca se fue. Cuando se le pide un ejemplo de éxito,
potencia o faro, Javier Milei no se anima a citar a Estados Unidos o Alemania,
ni siquiera a Canadá o Australia, y se queda con la pequeña Irlanda. Pero
cuando uno ve el repertorio de medidas urgentes que su gobierno quiere, se
deduce que el modelo no es la isla esmeralda. La Argentina que sueña es en
realidad una mezcla entre Sudáfrica y Brasil.
Sudáfrica siempre
fue y sigue siendo un modelo de estabilidad monetaria y financiera, algo que no
cambió desde que era un dominio británico, pasando por la independencia, el
apartheid y la democracia racial y social. En 1994, cuando asumió Nelson
Mandela, el miedo de clase media habÃa "arruinado" el rand y lo habÃa
devaluado de los tradicionales 7 rands por dólar a un cambio de 10. Resultó
que, en lo económico, nada cambió y el rand se revalorizó. A treinta años de
ese evento histórico, el rand acaba de arañar los 19 por dólar...
Cuando se dice
que en lo económico nada cambió, se hace referencia a un elemento crucial de la
negociación de una nueva constitución y una democracia multirracial. Los
blancos entregaban todo, menos la economÃa. Ni reforma agraria, ni socialismo,
ni ley antimonopolios, ni tarifas sociales, ni expropiaciones. Mandela tuvo que
imponerse al ala izquierda del partido y al aliado comunista, debilitado por el
asesinato del gran Chris Hani, para que se tragaran el sapo. Todo cambió en
Sudáfrica, menos el poder económico. Y estas tres décadas demuestran que el
nuevo régimen heredó la obsesión por el déficit cero del anterior.
El indicador
más fácil de entender es la desocupación. Tradicionalmente, Sudáfrica tenÃa
pleno empleo y muy buenos ingresos para los blancos, y altÃsimo desempleo y
bajos salarios para los negros. Hoy, el cáculo privado más aceptado dice que el
43 por ciento de los sudafricanos no tiene empleo y la tasa oficial es de
"apenas" el 31 por ciento, o casi 17 millones de personas sin trabajo
fijo y alguna changa. La gran promesa de cambio en 1994 era trabajo para todos
y salir de la pobreza...
Quienes tienen
trabajo no tienen nada garantizado, porque desde 2007 el ingreso real va
bajando y se calcula que, con suerte, la baja se frena en 2025. Esto no es muy
creÃdo por allá, ya que el año que acaba de pasar mostró una baja del salario
real del 6,8 por ciento. ¿La explicación? Pese a la enorme cautela financiera
del Estado, la inflación fue del 6 por ciento, con lo que hacer la cuenta es fácil:
nadie recibió un mango de aumento. En Sudáfrica no hay paritarias, no hay
cláusulas gatillo, hay pocos sindicatos poderosos.
Con lo que no
extraña que la mitad de los sudafricanos vivan bajo la lÃnea de pobreza y la
quinta parte tenga problemas graves de alimentación. Los servicios públicos son
privados y blandamente regulados en inversiones y tarifas, con la compañÃa de
luz tan atrasada que desde hace veinte años acostumbró a todo el mundo a los
cortes programados cada verano. El transporte es escaso y a precio de mercado,
casi sin intervención oficial.
Quien tema que
la República termine alimentando vagos, que no se preocupe porque la ayuda
social no pasa de 350 rands mensuales, algo más de veinte dólares. Nada que
registre en un paÃs donde, según el World Inequality Lab, el diez por ciento
más rico se queda con dos tercios del ingreso nacional y posee el 86 por ciento
de... de todo.
La pirámide
salarial sudafricana es peculiar. Un ingeniero gana en promedio 175 dólares
mensuales, y una vendedora de boutique paqueta anda en cien o algo más. El
servicio doméstico puede arañar los cien dólares mensuales, pero cama adentro y
con jornada del lunes de madrugada al sábado al mediodÃa, sin derecho a visitas
ni noche libre, como en tiempos de Apartheid. Para entender esto, los precios
de supermercado son similiares a los nuestros, los alquileres son el doble. Es
que tampoco hay una ley de alquileres...
Con lo que uno
tiene una sociedad muy bien dividida entre los que tienen -empresarios,
industriales, productores agrarios grandes, profesionales independientes
exitosos, comerciantes- y los que viven como peones. Esto se nota en la
disciplina social, el tono obsequioso con se le habla al bien vestido y bien
comido, al que hay que llamar "baas", la vieja etiqueta en afrikaans
que quiere decir "patrón". Pero también se nota en la explosiva
violencia en una sociedad donde te pegan dos tiros para robarte el coche, en
lugar de robártelo y listo, y donde se ven casas con tanto alambre de navaja
-no de púas, que no convence a nadie- y tanta electrificación que parecen
pequeñas cárceles de alta seguridad.
En esas casas
viven los que tienen, que ahora sà son democráticamente de todos los colores.
El Apartheid de hoy es por el bolsillo y el Estado, hasta uno progresista como
el que dejó Mandela, no puede hacer mucho con tan pocos recursos, con el corset
liberal tan ajustado. Hay más agua corriente y más vivienda social en los
townships, hay más escuelas y más salud para los pobres, pero no hay
soluciones.
Con los
números en la mano, a Sudáfrica le va muy bien. A los sudafricanos no les va
nada bien.
Con los
preparativos para los treinta años de las elecciones libres, el periodista
económico Duma Gqubula escribió que "no podemos seguir asÃ, pero las dos
instituciones centrales de la economÃa no se preocupan por el desempleo, la
pobreza o la desigualdad. A Hacienda sólo le interesa la deuda, al Banco
Central la inflación". Y lo de la deuda es casi una prolijidad, porque no
llega ni a la mitad del PIB formal, lo que en la realidad de este mundo es muy
manejable.
En este
panorama no complica imaginar las condiciones de trabajo. Las vacaciones son
para la clase media y a la norteamericana, alguno que otro dÃa. Al de las
changas, al mensú, al que corre las cajas en el negocio mejor que no se le
enferme un hijo. Y al que levante la cabeza, en general los mineros, se la baja
la bravÃsima policÃa local, que no necesita protocolos especiales para saber
para dónde tirar.
Lo que ocurre
allá en el campo profundo es lo que siempre ocurrió y se puede ver apenas
saliendo de las rutas principales. Uno verá amplias granjas con hectáreas de
tabaco o granos, galpones y silos, molinos de agua como los nuestros,
eucaliptos por todos lados y un casco a la inglesa o la holandesa. Y en algún
rincón una suerte de aldea donde viven los peones y sus familias, modesta de
casitas de un ambiente. Con suerte hay luz, con suerte hay una escuela a algún
kilómetro.
Brasil es, por
supuesto, incomparablemente más complejo, grande y rico que Sudáfrica, pero es
todavÃa más negro: sólo Nigeria, el paÃs más poblado de Africa, tiene más
personas que se autodefinen como negras. El domingo pasado fue por allá el DÃa
Nacional del Combate al Trabajo Esclavo, un problema histórico que hasta le
valió al Brasil que la Corte Interamericana de Derechos Humanos lo clasificara
como crimen de lesa humanidad, imprescriptible.
Los tribunales
del trabajo y la policÃa tienen unidades especializadas, que durmieron el sueño
de los justos durante el bolsonarismo y se despertaron con la vuelta de Lula.
El año pasado, esos policÃas rescataron a 3.190 personas en situación de
esclavitud, un record. Las consecuencias, gracias a la fragmentación y
derechización del Congreso, son pocas: multas que no cambian la ecuación
económica de tener esclavos, rarÃsimas prisiones efectivas. Con suerte, el
rescatado recibe una pequeña indemnización después de un proceso tan largo que
parece argentino.
La princesa Isabel de Braganza abolió la esclavitud en 1888. Milei dirÃa que ahà se jodió Brasil y se empezó a hacer socialista.
Fuente: Página/12
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