Conjeturas sobre el narrar:
El arte de una novela
social
7 de enero de 2024 - 01:02
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“Vamos hacia el infierno”, dice uno de los pescadores a bordo del cangrejero Hakku Maru, un maltrecho, hediondo y siniestro buque factorÃa que zarpa desde Japón con destino a la siberiana penÃnsula de Kamchatka, custodiados por un destructor. Takiji Kobayashi consigue en Kanikosen, en menos de 150 páginas, un relato de explotación y horror cuya tensión no afloja desde la primera lÃnea. Entre otras razones, porque la promesa de ir hacia el infierno se cumple inexorablemente. ¿Qué barco es el Hakku Maru? “Uno de esos barcos lisiados con honor en la guerra ruso-japonesa, barcos hospitales o cargueros tirados como si fueran entrañas de pescado con una silueta fantasmagórica.” Su tripulación también es fantasmagórica. Y las tragedias que debe atravesar espeluznan cuando se repara que esta novela tiene más de crónica que de ficción.
Allà donde el capitalismo
hace crac, Kanikosen reactualiza su crÃtica. Entonces, todo
esfuerzo de objetividad es necio. Publicada originalmente en 1929, en 2008, en
el aniversario de la muerte de su autor, se convirtió en un best seller
imprevisible. 600.000 ejemplares publicados de la novela, 200.000 en su edición
manga. Para tener en cuenta, sus dos adaptaciones cinematográficas: en 1953,
por So Yamamura y en 2009 por Sabu, director de culto de las nuevas
generaciones de cinéfilos.
Kanikosen refiere una historia
siniestra y despellejada. El Hakku Maru contiene entre sus cuatrocientos
tripulantes, pescadores veteranos y brutales en su mayorÃa, apestando a sake,
muertos de hambre empujados a esta faena por la necesidad, y también numerosos
estudiantes pobres y chicos inexpertos que irán padeciendo los rigores del
terror y la vejación. Porque a bordo, extrañando una mujer, los chicos son el
consuelo sexual de estos hombres animalizados que provienen del campo, de las
minas, de las fábricas. Condenados a jornadas sin descanso a todos sin
excepción, los amenaza el castigo y la enfermedad. Violencia desquiciada,
mentes aturdidas. La paliza y el encierro en un retrete en caso de
desobediencia. El beri beri como consecuencia del debilitamiento extremo. Por
la noche el patrón, alumbrándose con una linterna, armado con un garrote,
avanza entre las cuchetas, aparta las cabezas como calabazas. Nadie despierta
asà lo pateen. El patrón, se dan cuenta los sometidos, sabe de los lÃmites de
su resistencia. “FÃjate en La casa de los muertos de Dostoievski”, le dice un
estudiante a un compañero de desgracia. “Si lo piensas, ahora que conoces esto,
no parece nada del otro mundo”.
El barco enfrenta tormentas
que pueden hundirlo. Mientras las olas barren su cubierta, si algún otro
cangrejero naufraga cerca el Hakku Maru no le prestará ayuda. Algunos de estos
explotados, al lanzarse en un bote al mar tormentoso, habrán de conocer en
tierra el pueblo ruso y sabrán de la Revolución. El motÃn está en ciernes. Como
también lo está la represión de la armada. Hasta acá, todos los elementos de
una novela proletaria jugada al extremo, que en momentos brevÃsimos
condesciende con la bajada de lÃnea mecánica, pero de inmediato se aparta del
panfleto y se concentra en su obsesión: describir, sin tregua, la explotación
como un descenso al infierno.
Puestos a buscarle
filiaciones, influencias y también una genealogÃa, habrÃa que situar Kanikosen en
un arco que comprende al VÃctor Hugo de Los trabajadores del mar y
al Joseph Conrad de Tifón, pero más cerca, como hermano de sangre
está London. Otro dato: Kanikosen fue comparada con La
jungla, novela de Upton Sinclair, que narra la explotación de los obreros
de la carne. Desde una óptica cool de lectores sushi podrÃa leerse Kanikosen
como relato de aventuras marinas, pero quien se incline a su lectura con esta
intención pronto resultará chasqueado por una historia cuya turbulencia
remitirá, como a los jóvenes japoneses de hoy, a una realidad concreta que los
sobrepasa. Novela coral, no hay personajes que se sobreimpriman unos a otros.
El planteo es clasista y viene a cobrar vigencia. Sin duda, Kanikosen obliga
a pensar qué sentido tiene escribir y para qué sirve la literatura.
Cabe preguntarse de dónde
surge esta escritura social. La respuesta está en la misma novela, que se
explica por la vida de su autor. Hija de la necesidad, Kanikosen es
la obra de un iracundo que supo narrar con frialdad una temática que se pensaba
agotada. La sucinta biografÃa de Kobayashi informa que nació en Odate, Akita,
en 1903 y creció en Otaru, Hokkaido. En su época de estudiante integró el
comité de redacción de una revista y publicó sus primeros relatos. Después de
graduarse en estudios de comercio fue empleado bancario. Apretado por la
estrechez económica, durante la recesión se afilió al proscripto Partido
Comunista y se dedicó a compartir la militancia con la escritura. Al
publicarse Kanikosen, Kobayashi ganó una popularidad instantánea
que llamó la atención de la policÃa. La novela pronto tuvo una adaptación
teatral con el tÃtulo Al norte de los 50 de latitud norte. El joven Kobayashi
publicó después un ensayo, El terrateniente, que motivó su despido del banco.
Vigilado por la policÃa, fue arrestado bajo la acusación de financiar el PC.
Fue dejado en libertad por un tiempo corto. Dos años después fue detenido
nuevamente. Consiguió salir con una fianza. Pero en 1933 intervino clandestino
en una reunión del PC y, alcahueteado por un espÃa, fue arrestado otra vez.
Desnudo, expuesto al frÃo del invierno, fue apaleado. Cuando la policÃa lo
entregó a un hospital a las 7.45 del dÃa siguiente estaba muerto. HabÃa
fallecido de un ataque al corazón, declaró la policÃa. Los hospitales, por
miedo, rehusaron hacer su autopsia. Una nota incluida por su editor
estadounidense en su primera edición en lengua inglesa apenas meses después de
su asesinato informa que “en su cuello habÃa moretones causados por una cuerda
afilada. En las muñecas, una de las cuales estaba rota, quedaban las marcas de
las esposas. Toda la espalda abrasada y, desde las rodillas a las ingles, la
carne estaba hinchada y púrpura a causa de las hemorragias internas. Aún
después de matarlo, la policÃa no quedó satisfecha y arrestó a más de
trescientas personas que intentaron velar su ataúd y devolvieron todas las
coronas fúnebres, hasta la que envió la federación de escritores.
Inmediatamente los camaradas organizaron un gran funeral de trabajadores y
campesinos para honrarle. Eligieron el 15 de marzo, el quinto aniversario del
primer gran arresto de comunistas, una historia que Takiji Kobayashi habÃa
glosado en uno de sus relatos. Ese dÃa la policÃa prohibió la representación
teatral de su cuento La aldea de Numajari deteniendo a todos
los actores. A pesar de que la policÃa estaba movilizada para evitar que
hubiera protestas y las masas se rebelaran, los trabajadores y los estudiantes
de todos los grandes centros urbanos salieron a la calle y manifestaron
repartiendo folletos que denunciaban el crimen.
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