Las confesiones de un líder de ETA reabrieron el debate en España sobre la lucha armada
La exhibición en el festival de San Sebastián del documental No me llame
Ternera generó una áspera controversia. La historia de José Urrutikoetxea. Las
implicancias en las alianzas para la investidura.
24/09/2023
Desde San
Sebastián
En los
últimos días, España sumó un nuevo foco de discusión pública a partir del
próximo estreno del documental No me llame Ternera, dirigido
por el periodista Jordi Évole y producido por Netflix, que se centra en una
entrevista de alcance inédito con Josu Urrutikoetxea, referente de la
organización política revolucionaria Euskadi ta Auskatasuna (ETA).
El
filme, que apenas han visto unos cientos de personas en el contexto de la
edición 2023 del festival
internacional de San Sebastián (SSIF) y llegará a la
plataforma el 15 de diciembre, motivó el rechazo de intelectuales y
víctimas del terrorismo, a la vez que reinició la discusión sobre el sentido de
la lucha armada y la desmedida represión del Estado español contra el
independentismo en el País Vasco.
El
volumen de la polémica subió a partir del lunes 11 de septiembre, cuando se
publicó en El
Diario Vasco una carta titulada “Contra el blanqueado
de ETA y Josu Ternera”, que lleva la firma de figuras como el filósofo
Fernando Savater y el autor de la exitosa novela Patria, Fernando
Aramburu, además de cientos de damnificados en atentados.
“Por
desgracia, ese documental forma parte del proceso de blanqueado de ETA y de la
trágica historia terrorista en nuestro país, convertida en un relato
justificativo y banalizador que pone al mismo nivel a asesinos y cómplices,
víctimas y resistentes”, afirma en uno de sus pasajes el manifiesto, que exigió
a las autoridades del festival desprogramar las funciones previstas para estos
días en la ciudad también conocida como Donosti, cercana a la frontera con
Francia.
La
respuesta de José Luis Rebordinos, director del SSIF, llegó al día
siguiente: “El cine es, entre otras muchas cosas, fuente de la historia y se ha
ocupado a menudo de llevar a la pantalla a protagonistas, perpetradores de
episodios de violencias injustificables pero sobre las cuales sí ha tenido la
voluntad de indagar (…). La no ficción que ahora nos ocupa ni justifica ni
blanquea a ETA porque este Festival no proyectaría una película con esas
premisas (…). En definitiva, estimamos que la película No me llame Ternera ha
de ser vista primero y sometida a crítica después y no al revés”.
Vale
aclarar que al momento de este intercambio, la película apenas había
sido mostrada a algunas decenas de periodistas. Sin embargo, en diálogo
telefónico con Tiempo desde su casa en Madrid, Savater
refirió: “No tengo interés en verla. Sí en ver a Ternera declarando en la
justicia y en la cárcel”.
El
escritor, señalado durante años como objetivo de ETA durante al menos
una década, agregó que “la respuesta de Rebordinos es una sarta de tonterías.
El festival siempre tuvo una relación cautelosa con el terrorismo: en las
jornadas de presentación irrumpían personajes encapuchados agitando banderas
independentistas. Así se pagaba un tributo para que no pasara nada peor”.
Foto: AFP
Ternera, nombre de guerra
Urrutikoetxea
es uno de los personajes más singulares de la trayectoria de ETA a lo largo de
sus 50 años de militancia activa. Desde los ‘80 atravesó múltiples
períodos de encarcelamiento luego de condenas como partícipe necesario en
resonantes atentados, que cuenta según cifras oficiales más de 800 víctimas
entre uniformados y civiles.
En una
frenética carrera, Ternera fue diputado foral vasco, prófugo de la Justicia por
17 años, negociador del cese del conflicto y encargado de leer el último
comunicado de la organización en 2018. Espera en libertad condicional la
extradición desde Francia a España y ya se expresó defraudado por el documental
que protagoniza.
Tiempo pudo
acceder a la primera proyección pública el último viernes, en el inicio del
festival. A través de la entrevista que llevó dos años concretar y 9 horas de
filmación, Évole jaquea en varias oportunidades al exreferente
independentista, que reconoce errores estratégicos de ETA -como el
asesinato de Miguel Ángel Blanco luego de su secuestro en 1997, un caso que
supuso una oposición mayoritaria al terrorismo en España- y sobre todo habla de
“insensibilidad” ante el dolor de las víctimas de los atentados.
Pero a
su vez muestra una lógica militante propia de los procesos revolucionarios de
la segunda mitad del siglo XX, en el que las acciones armadas fueron, según
Urrutikoetxea, producto de un análisis y objetivos netamente políticos para
llevar al Estado español a la mesa de negociaciones.
El
periodista y Màrius Sánchez (codirector y socio) brindaron ayer sábado una
conferencia de prensa en la que definieron a Ternera como “militante
fanático”. Afirmaron que resultó decepcionante para ellos que no mostró en
ningún momento una posición propia, apartada de su línea orgánica. Además,
aclararon que no puso ninguna condición para la entrevista.
En el
documental se esclarece la razón del apodo al líder etarra, en el
contexto de una situación casual a principios de los setentas en un bar de San
Juan de Luz, Francia. Pero lo esencial de la anécdota es que la policía
española obtiene ese sobrenombre que designa a Urrutikoetxea a través de la
detención y tortura de uno de los comensales que lo acompañaba.
La
sistemática represión estatal llevada adelante por España al movimiento
independentista vasco atravesó las décadas del franquismo y se intensificó con
la vuelta de la democracia. El Instituto de Criminología de la
Universidad del País Vasco elabora desde 2017 una investigación que
logró reunir más de 4000 casos registrados de torturas por parte de
los diversos cuerpos de policía nacional y Guardia Civil contra personas en
Euskadi, por los cuales apenas hay 20 condenas a responsables directos. En
paralelo, el Estado vasco ha comenzado en los últimos años un proceso de
reparación económica para víctimas de la violencia política en su territorio.
Urrutikoetxea, de espaldas. Évole, de frente.
“Vox es un peligro, ETA no”
Bajo la
lluvia intermitente que empapó la alfombra roja, el estreno de No me
llame Ternera se llevó a cabo en el Kursaal, angulado centro de
convenciones como las piedras en los espigones que cortan el oleaje a orillas
del mar Cantábrico. Junto a la fila de espectadores, cuatro individuos
sostenían una bandera española sobre la que se leía Vox – Guipúzcoa. “Este
documental es un ataque a la libertad”, le dijo Juan de Dios Dávila, miembro
del partido con casi nula representación en la zona.
Unos
días antes, Savater afirmaba que para el SSIF “Vox es un peligro, pero ETA no”,
en relación a que Rebordinos había expresado antes del voto de julio su
preocupación por el avance de la extrema derecha en España.
ETA fue
uno de los múltiples argumentos que Vox agitó durante esa campaña. En
paralelo y a nivel nacional, la disputa por la investidura entre el PP y el
PSOE implican un juego a varias bandas para el que los partidos vascos, PNV y
Bildu, forman parte de la compleja negociación.
Arnaldo
Otegi, exmiembro de ETA y hoy referente de Bildu, expresó en los últimos días
el calor que tendría un gesto por parte de Pedro Sánchez para ampliar la
posible amnistía exigida por Puigdemont a cambio de los votos de Junts pero en
este caso sobre los presos políticos vascos.
Por su
parte, el lehendakari (presidente del gobierno local), Íñigo
Urkullu, dijo sobre el documental que “toda información que aclare un asesinato
es una buena noticia”, en referencia a que Urrutikoetxea afirma allí haber
participado de la muerte a tiros del alcalde de la localidad de
Galdakao en 1976, un caso hasta el momento sin resolver.
De
fondo, la sociedad vasca parece menos inflamada por las revelaciones
de No me llame Ternera que lo que publican los medios de
Madrid. A la salida de la función inaugural, David (19 años, donostiarra),
ofrece su interpretación: “No vi blanqueamiento. Las preguntas de Évole fueron
incómodas, sin embargo no ha metido tanto el dedo en la herida. Ternera ha
hecho cosas muy macabras y sangrientas, es un asesino en serie. No puedes
comparar lo que ha hecho el Estado español con lo que hizo ETA”.
Hace algunos
días, el Foro de Entidades de Educación en Derechos Humanos y por la Paz Eskubidez
informó que sólo el 25% de los centros educativos
abordan la realidad de la violencia política vivida en el territorio
en las últimas décadas.
“La
historia de todos los países duele”, dijo Évole ayer. “Vivimos un momento
en que chavales de 25 años no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. Este país
tiene que mirar el pasado con valentía”.
Fuente: Tiempo Argentino



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