Opinión
Pedro
Castillo: el hombre del Perú invisibilizado
08 de junio de 2021
. Imagen:
AFP
Desde Lima
Perú vive horas históricas. Pedro Castillo, un hombre del país
invisible, rural, pobre, con sombrero blanco y un liderazgo en ascenso, puede
convertirse en el próximo presidente. Así lo indican los números que
la Oficina Nacional de Procesos Electorales (Onpe) arroja cada media hora y que
todos siguen en radios, televisores, redes sociales, viendo como Castillo,
progresivamente, se ubica por delante de su contrincante, Keiko Fujimori que se
queda con pocas posibilidades de victoria.
La tendencia aparece como difícilmente reversible. Fujimori afirmó
en la noche del lunes que los votos del extranjero podrían “emparejar” el resultado,
y denunció la existencia de “indicios de fraude en las mesas (…)
planificado y sistemático”. El anuncio de la candidata de Fuerza Popular ocurrió
cuando Castillo la aventajaba por 90.000 votos, con el 94.47% de las actas,
tanto del Perú como de fuera, contabilizadas.
No se trata de una elección más: el resultado dirá no solamente quién será
el próximo presidente, sino qué tipo de modelo económico, político, se
intentará construir y qué conflictos habrá en un país en crisis política
prolongada. Castillo, quien durante la primera vuelta electoral
figuraba en la categoría “otros” en las encuestas electorales, y era conocido
centralmente por su dirigencia en la huelga docente del 2017, emergió producto
de esa crisis y de sus aciertos.
La trascendencia de la elección fue clara desde que se supo que el maestro
campesino, candidato del partido Perú Libre, pero sin provenir de su
estructura, iba a enfrentar a Fujimori. La amenaza percibida por el
statu quo peruano, los poderes empresariales, mediáticos, partidos de derecha,
fue proporcional a la campaña de miedo, muchas veces terror, que se
desplegó contra Castillo y lo que significaría un gobierno bajo su presidencia.
El despliegue contra el candidato de izquierda resultó apabullante, en el
marco de un país con fuerte concentración mediática en manos del grupo El
Comercio y medios aliados. Los principales periódicos y
canales de televisión pasaron a afirmar día tras día que su victoria llevaría
al país al comunismo, una crisis económica, con aumento del dólar, desempleo,
robo de ahorros, expropiaciones masivas. Esa amenaza, en el marco de
un país golpeado por la pandemia y la recesión, se unió a otra: los puentes que
existirían entre Castillo y el terrorismo.
Esto último buscó activar los resortes de miedos, traumas y dolores
anclados en la sociedad peruana, de forma distinta en el interior del país
respecto a la capital, Lima. Castillo fue terruqueado, palabra usada en
la política peruana para acusar a alguien de terruco, es decir terrorista o
cercano a lo que fue Sendero Luminoso. El dispositivo de miedo
buscó así ligar al candidato presidencial con la crisis económica y la
violencia, dos fantasmas profundos de la historia reciente peruana.
La campaña mediática del miedo estuvo acompañada de un proceso de construcción
de una imagen democrática y maternal de Keiko Fujimori. Una de las expresiones
más simbólicas de esa operación fue el rol que cumplió Mario Vargas
Llosa al llevar adelante un apoyo activo a Fujimori. El premio Nobel
de literatura giró integralmente su postura de treinta años. En el 2016, por
ejemplo, cuando Keiko Fujimori llegó a segunda vuelta y finalmente perdió por
40.000 votos ante Pedro Pablo Kuczynski, había afirmado: “Keiko Fujimori es
Fujimori, todo lo que representó Fujimori está vivo en la candidatura de Keiko
Fujimori y sería una gran reivindicación de una de las dictaduras más corruptas
y sangrientas que hemos tenido en la historia del Perú”.
Uno de los momentos culmines de ese giro ocurrió durante el acto de cierre
de Fujimori el jueves antes de las elecciones. Allí, entre repeticiones del
estribillo de campaña “hoy enfrentamos una grave amenaza, al comunismo le
tenemos que ganar”, Álvaro Vargas Llosa, hijo de Mario, subió al escenario para
abrazar a Keiko y afirmar que “la causa de la libertad es hoy Keiko Fujimori”.
La violencia mediática, así como la unificación de actores históricamente
enfrentados, fue reflejo de la amenaza percibida ante una posible victoria de
Castillo, quien llegó con una propuesta central: refundar la patria a
través de un proceso constituyente. El
candidato de Perú Libre puso sobre la mesa la necesidad de desmontar la
Constitución redactada en 1993 bajo Alberto Fujimori y recuperar la soberanía
sobre los recursos estratégicos mineros, energéticos, centrales en la economía
peruana.
La velocidad con la cual emergió su liderazgo puede explicarse por la
existencia de un descontento social profundo del orden de lo económico y lo
político. Uno de los últimos acontecimientos que evidenció esa situación fueron
las masivas movilizaciones de noviembre, que ocurrieron ante la destitución del
presidente Martín Vizcarra llevada adelante por el Congreso, seguido del
nombramiento de Manuel Merino al frente del Ejecutivo. Éste último se mantuvo
cinco días en la presidencia hasta renunciar debido a la magnitud de las
protestas.
Ese acontecimiento mostró tres elementos centrales. En primer lugar, la
descomposición política, partidaria, institucional, en un país donde todos los
presidentes desde el 2001 han sido acusados por corrupción -al igual
que Keiko Fujimori-, y el anterior, Alberto Fujimori, fue condenado a 25 años
de presión por crímenes de lesa humanidad. En segundo lugar, la
magnitud de una movilización que no se había visto en Lima desde la marcha de
los cuatro suyos en el año 2000, contra Fujimori. En tercer lugar, la
poca organización de quienes se movilizaron, la poca capacidad en el país de
sindicatos, partidos y movimientos.
El liderazgo de quien encabeza las encuestas y podría ser el próximo
presidente emerge de ese contexto político, y en una situación de profunda
desigualdad social entre las provincias y la capital, y al interior de la misma
Lima, como lo muestra, por ejemplo, el contraste en la zona de Miraflores y los
cerros de Villa María del Triunfo.
La dimensión de lo que está en juego podría influir sobre los tiempos para
que sea anunciado un resultado oficial. La denuncia de fraude Fujimori,
predecible en caso de resultado adverso como el que se presentó a lo largo del
recuento, podría afectar ese proceso. En cuanto a Castillo, quien se encuentra
en Lima, ha demostrado tener apoyo popular movilizado, algo que podría ser
determinante en caso de una pulseada para que sea anunciado el resultado
final.
Fuente: Página/12

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