Cómo fue la
madrugada violenta que selló el destino de Haroldo Conti
Por su compromiso ideológico, su militancia en el PRT y sus vÃnculos con
Cuba, donde integró el jurado del premio Casa de las Américas, el escritor
estaba en la mira de las Fuerzas Armadas que semanas antes habÃan dado un golpe
de Estado.
Por Leonardo Castillo
Se supo que Haroldo estuvo en Campo de Mayo, en El Vesubio y en la cárcel de
Villa Devoto.
El escritor Haroldo Conti y su mujer Marta Scavac llegaron
pasada la medianoche del 5 de mayo de 1976 a la casa que habitaban en el barrio
de Villa Crespo, donde un grupo de tareas del Ejército los esperaba, y tras
someterlos a un duro interrogatorio que incluyó golpes, patadas y torturas, la
patota se llevó al escritor, periodista y novelista, quien aún permanece
desaparecido.
Por su compromiso ideológico, su militancia en el PRT y sus vÃnculos con Cuba,
donde integró el jurado del premio Casa de las Américas, Conti estaba
en la mira de las Fuerzas Armadas que semanas antes habÃan dado un golpe de
Estado.
“Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt” (Este es mi lugar de
combate, de aquà no me moveré), rezaba un cartel en latÃn que habÃa colocado
frente al escritorio del estudio que tenÃa en su casa y que resumÃa su postura
ante la cacerÃa emprendida por el terrorismo de Estado en esa Argentina de hace
45 años atrás.
“Marta y yo vivimos como bandoleros, ocultándonos, hablando en clave… Aquà va
mi dirección, por si sigo vivo”, le confió el autor de “Mascaró, el cazador
americano” en una carta que le envió al colombiano Gabriel GarcÃa Márquez,
quien mantenÃa con Conti una entrañable amistad. En 2009, Scavac contó ante el
Tribunal Oral Federal 5 las alternativas del secuestro de Conti en una
declaración quese extendió por más de seis horas durante el juicio que se le
siguió al general de brigada Jorge Olivera Rovere, a cargo de la represión
ilegal que se desarrolló en Capital Federal.
La periodista y segunda esposa de Conti reseñó que ambos habÃan salido esa
noche a ver la pelÃcula “El Padrino II" y que Juan Carlos Fabiani, una
persona que se refugiaba en esa casa ubicada en la calle Fitz Roy 1205 se habÃa
quedado al cuidado de los dos niños que vivÃan allÃ. Eran Ernesto, el
hijo de tres meses que tenÃa la pareja, y Miriam, una nena de siete años, hija
de otro matrimonio quehabÃa tenido Marta.
Al ingresar a la casa, Haroldo y su compañera ven a Fabiani maniatado en el
piso y a seis hombres vestidos de civil, que abordan al escritor, lo encapuchan
y luego conducen a otra habitación, en medio de golpes, gritos y amenazas. La
patota permanece en el domicilio toda la noche, un grupo se queda en el cuarto
con Conti, y otro con ella, que escucha los gritos de dolor del escritor. Los
represores se dedican a saquear, romper y robar todo lo que encuentran en esa
casa, mientras Marta permanece tirada en el piso, atada con corbatas y con la
cabeza tapada por una camisa.
La compañera de Conti no escucha nada de sus hijos, la patean en los
riñones, en la cabeza, y uno de los integrantes del grupo de tareas le pregunta
por sus dÃas en Cuba. “También estuve en Estados Unidos”, les dice la
mujer en medio de los tormentos. “Pero Cuba es un paÃs comunista”, le contesta
uno de sus captores, quien actuúa como el más benigno de la patota.
“Esto es una guerra. Son ustedes o nosotros y no vamos a dejar ni las
semillas”, le dice uno de los represores a Marta, y momentos después
le anuncian que se van a llevar a Haroldo con ellos. Ella está encapuchada y
pide despedirse; la llevan a otro lugar de la casa y logra hablar con su
compañero, quien le confÃa que está bien y la despide con un beso en la
barbilla, el único lugar de la cara que tiene descubierto. Marta se desespera
porque entiende que Haroldo tiene la cara al descubierto, que puede ver a sus
captores y que ello implica que no lo van a dejar con vida. Comienza a gritar y
uno de los hombres la tira en una cama; le pone un arma en la cabeza y le
ordena que se calle. Marta no logra ver en esa lúgubre despedida al profesor
del cual se enamoró en sus dÃas de liceo y con quien convivÃa desde hacÃa tres
años.
“Oigo ruidos de cadenas que se arrastran por el piso y me doy cuenta que se lo
llevan. Me dice ‘cuidame al nene, cuidame al nene’ y son las últimas palabras
que le escucho decir a Haroldo”, testimonió Marta ante los jueces que
integraban el Tribunal Oral Federal 5. La patota se lleva a Conti y a Fabiani
(quien también permanece desaparecido); cargan en dos autos televisores y otros
electrodomésticos y le anuncian a Marta que van a volver.
Como puede, la mujer se desata, constata horrorizada el desastre que los
represores dejaron en la casa, y con las primeras luces del dÃa, toma a sus
hijos y escapa por la ventana para buscar después refugio en la casa de sus
padres, pero por apenas un tiempo. Marta se contacta con sus compañeros de la
revista Crisis, y mientras va de casa en casa, comienza a denunciar el
secuestro de Haroldo en las redacciones de los medios de comunicación.
Hay una orden del gobierno militar de no publicar noticias sobre el escritor,
pero ese silencio se rompe el 8 de mayo, cuando el periodista Ariel Delgado
anuncia por Radio Colonia la noticia de la desaparición de Conti, algo que
también hará el diario Buenos Aires Herald. Antes de refugiarse con sus hijos
en la embajada de Cuba, Marta logra contactar al sacerdote católico Leonardo
Castellani, un nacionalista que habÃa sido profesor de Haroldo en el Seminario
Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, para que hiciera una gestión por el
escritor.
Quince dÃas después del secuestro, Castellani concurre junto a Jorge Luis
Borges, Ernesto Sábato y Horacio Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de
Escritores (SADE), a un almuerzo con el dictador Jorge Rafael Videla
en Casa Rosada. En medio del encuentro, el cura pide por su antiguo
alumno y Ratti presente una nómina de escritores que por esos dÃas se
encontraban en la misma situación de Conti. Se supo que Haroldo estuvo
en Campo de Mayo y en El Vesubio, y Castellani logra verlo, en la cárcel de
Villa Devoto, donde lo encuentra en un muy mal estado y le brinda la
extremaunción a ese hombre de letras que tiene 51 años.
En diciembre de 1977, Marta consigue un salvoconducto para dejar el paÃs; se
traslada a Cuba con sus hijos, donde vive un año, luego pasa a México y recala
en Suecia, desde donde retorna a Argentina en 1985.Murió hace cinco años,
tras preservar la memoria y honrar la obra del hombre que amó.
El escritor colombiano Gabriel GarcÃa Márquez se compromete en una campaña
internacional para reclamar que la dictadura argentina diera información sobre
el paradero de Conti, su amigo.
En abril de 1981, el autor de “Cien años de soledad” narra en una nota
publicada en el diario El PaÃs de España que un año antes, el genocida Videla
le dio una entrevista a la agencia EFE, y durante el diálogo que mantuvo con
periodistas de ese medio, les confió que Conti habÃa muerto, pero les pidió que
no publicaran “de forma inmediata” la información.
“Yo considero, ahora que el general Videla no está en el poder, y sin haberlo
consultado con nadie, que el mundo tiene derecho a conocer esta noticia”,
cierra el colombiano ese escrito en el que confirma el asesinato de su amigo,
quien dejó una obra, una conducta polÃtica y cuatro hijos en un paÃs que soñó
con cambiar.
Fuente: Télam

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