El
ascenso de la ultraderecha argentina
Por Jorge Alemán
Imagen: Kala Moreno Parra
No es necesario explicar que la derecha neoliberal
argentina ya se ha constituÃdo como tal. No es verdad que sea necesario tener
en frente a un gobierno progresista o democrático-popular para que despliegue
su fuerza. Ni siquiera un gobierno eventualmente inhibido en sus posibilidades.
Son representantes polÃticos de un Poder fuera del gobierno que ya ha decidido
que es la misma Democracia la que debe ser destruida. Porque la Democracia
siempre puede deparar alguna sorpresa, un movimiento imprevisto que afecte los
intereses de un Poder que en tiempos del neoliberalismo desea ser ilimitado, reproducirse
sin obstáculos. En el proyecto de ese Poder ya está programado que los
gobiernos democráticos-populares sean sólo un mero paréntesis, un interregno
reparador, hasta que la derecha neoliberal retorne. Y ni siquiera la feroz
pandemia ha apaciguado el deseo del Poder de perseverar en su ser . Por ello ya
nunca más habrá oposición, ni pactos de Estado frente a las urgencias de la
Nación, ni ninguna dialéctica posible entre adversarios. Es una derecha
ultraderechista de cuño goebbeliano que perfecciona su artillerÃa mediática,
corporativa y judicial dÃa a dÃa. Cuenta con un dato histórico clave: la
progresiva disolución de los llamados intereses objetivos por parte de los
sectores populares que ya se mueven subjetiva y polÃticamente por identificaciones
que, por confusas que sean, los reafirman. Y luego la lenta extinción de la
denominada batalla por el sentido. La derecha ultraderechista actúa fuera del
sentido, performativamente transforma cualquier signo separado de la verdad en
un juicio de existencia. En el tiempo histórico donde las noticias son órdenes
encubiertas. Por todo ello los gobiernos democráticos y populares deben reunir
sus legados históricos sin nostalgia pero sà como fuente de inspiración, para
diseñar una actualización ética de las experiencias populares. Nunca como ahora
se ha vuelto una exigencia de primer orden anudar la Ética a la PolÃtica. No me
refiero a una ética normativa sino a una que comience por uno mismo. Por el
examen de la propia vida en relación a la causa que defendemos No se trata de
la mentada función crÃtica del intelectual sino de ser capaz de incluso pensar
contra uno mismo. Porque cuando se trata de la igualdad y la justicia nunca
estamos a su altura, siempre estamos en las vÃsperas. Sin embargo esa
fragilidad donde la Ética y la PolÃtica se encuentran, es nuestra verdadera
alternativa, nuestra razón y orden, frente a la locura de esa ultraderecha para
la que la vida no vale nada.
Fuente: Página/12

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