El patriarcado escrito en
vidrio y hormigón
Leslie Kern habla de su libro
"Ciudad feminista"
¿Qué formas tendrÃa una ciudad queer? No la urbe que hace
alarde de pinkwashing para que todo siga como está, sino una que pudiera dejar
de tomar a la silueta de la llamada familia tipo como medida de todas las
cosas: viviendas, parques, modos de circulación y diversión. En Ciudad
feminista la escritora e investigadora canadiense Leslie Kern explica con
ejemplos muy concretos cómo el sexismo moldea los territorios y lo que
construimos sobre ellos.
Por Dolores Curia
Leslie Kern, una flâneuse en la ciudad
La investigadora canadiense Leslie Kern habla
y escribe con los pies en el pavimento: lo que se suele llamar un conocimiento
situado. No sólo porque se especializa en los cruces entre urbanismo, género,
control y geografÃa, sino también en el sentido de que es consciente de sus
privilegios. No pierde de vista que, cuando camina por un barrio de los que
suele frecuentar, su cuerpo de mujer cis heterosexual, de clase media,
universitaria y nacida en una ciudad del norte global lanza un mensaje al
mercado inmobiliario: se deja leer como un signo de “renovación exitosa”, “como
señal de que un espacio se ha vuelto seguro, decente y deseable”.
PAN Y KETO
La circulación de un cuerpo blanco de profesora
universitaria, al que se suman otros cuerpos como el suyo que eligen un barrio
determinado para vivir, flanear y consumir, le sube el precio
al metro cuadrado de determinado vecindario. Y en simultáneo ese mismo cuerpo
–de mediana edad, con su corte a la garzón, que bien podrÃa llevar atado en la
espalda un mat de yoga y en la mano una bolsa de una panaderÃa keto- puede ser
leÃdo como señal de peligro: “Mi presencia podrÃa sugerir que en cualquier
momento podrÃa tener lugar una queja mezquina al gerente, o incluso un llamado
–posiblemente fatal- a la policÃa”, dice la autora de Ciudad
Feminista (Ediciones Godot).
El libro se sumerge en una contradicción. Enumera
meticulosamente las formas en las que una supuesta lucha contra la violencia de
género en las ciudades es muchas veces usada para darle mayor poder a las
fuerzas de seguridad y termina perjudicando a otros grupos, incluidas las
mismas mujeres a quienes se decÃa proteger. “Es muy problemática la idea
de que una de las razones por las cuales necesitamos a la
policÃa es para proteger a ‘grupos vulnerables’ como las mujeres, la población
lgbti, cuando sabemos que en vedad, históricamente el poder policial es usado
para lo contrario y representa un peligro muy concreto para las comunidades
queer, laspersonas negras, las personas trans, las personas migrantes, y podrÃa
seguir”, analiza Kern en conversación con este suplemento.
Esa encerrona de que para proteger a las mujeres hay que
exponer a otros grupos y a ellas mismas a más policÃa parece un camino sin
salida, pero en Ciudad feminista, das a entender que no lo es…
-No sé si lo digo expresamente... Pero sà creo que
desfinanciar a la policÃa debe ser considerada como alternativa en la medida en
que nos permite pensar dónde es más útil poner ese dinero. Si dejamos de
gastar, como hacen muchas grandes ciudades, billones de dólares en equipamiento
policial, sistemas control, etc… ¿qué pasarÃa si usamos ese dinero para
construir viviendas que fueran más accesibles o volver más accesibles las que
existen? ¿Y si lo destinamos a la educación, a la salud mental, servicios de
cuidado de niños, salud pública? Se ha dicho muchas veces, pero todo el tiempo
se pierde de vista: invertir en esas áreas es lo que realmente hará que la
gente esté más segura.
Le dedicaste mucho tiempo a estudiar la construcción de
grandes condominios, torres, y cómo se las venden a las mujeres…
-Hay una muy intrincada relación entre el discurso de la
seguridad (sobre todo el de la protección de las mujeres y personas queer), la
gentrificación y la construcción de condominios. La idea es poder mostrar a
estos tipos de torres como una opción interesante para las que viven solas.
Ofrecen departamentos pequeños que si bien son carÃsimos, son un poco más
accesibles que una casa y un departamento grande. Hay todo un discurso
destinado a convencer a las mujeres de clases medias y altas de que los lugares
con seguridad las 24 horas, cámaras, trabas para puertas que se activan por
huella digital, son una gran opción para ellas. Lo curioso es que está más que
comprobado que el peligro para las mujeres no está tanto en las calles. Las
mujeres estamos por lejos más expuestas en los espacios privados. Es mucho más
probable que la violencia venga de parte de alguien que conocemos que de
alguien que nos asalta en la calle o al entrar a casa. Por supuesto que el
miedo que suelen manifestar las mujeres al espacio público se explica por
múltiples causas previas (sobre las que se apoya el discurso de venta de estos
condominos): experiencias concretas de distintas formas de acoso que padecemos
en las calles y también todo un modo de socialización que desde pequeñas nos enseña
a temer a las calles, la noche, los espacios públicos.
RACISMO TAKE AWAY
Un abordaje geográfico en clave queer y feminista permite
entender cómo el sexismo funciona en el espacio, sobre el territorio urbano.
Kern relata que desde los medicamentos hasta los chalecos antibalas y los
muñecos para simular choques y testear el funcionamiento de los airbags,
pasando por los teléfonos, los mobiliarios de cocina y la temperatura estándar
que debe mantenerse en una oficina están diseñados para ajustarse a los cuerpos
de lo que se considera sujeto universal: varón, cis, blanco y sin discapacidades.
El modo en que se construyen los baños públicos, o se establece el recorrido de
las lÃneas de colectivo, la forma en la que se ilumina una calle y la
delimitación tácita de quiénes pueden sentarse en paz a esperar en un café no
son neutrales. (La historia viral de los dos hombres afroamericanos detenidos
"por hacer nada" en 2018, en un Starbucks de Filadelfia, es
paradigmática en este sentido y una entre cientos. Mientras esperaban la
llegada de un amigo, fueron denunciados “porque hacÃa mucho rato que estaban en
la mesa sin pedir nada”).
DecÃs en tu libro que la amistad no es un factor que
generalmente se contemple en las polÃticas públicas y en el planeamiento y
diseño urbano. ¿Qué consecuencias tiene eso? ¿Y por qué pensás que es un error?
-Es un error porque nos mantiene encerrados en la visión
estrecha de que la familia nuclear es el ladrillo de la sociedad, por lo tanto,
de la ciudad. La única posibilidad de modos de convivencia entre las personas.
O si no es la única, sà es la que debe ser prioritaria. Construimos casas e
ideamos polÃticas públicas pensando solamente en ese esquema. Cuando en la
realidad hay muchÃsimos otros modos en los que las personas se relacionan o
conviven. Esas formas incluyen los lazos de amistad, las familias multigeneracionales
o familias en la que no puede haber una conexión romántica pero comparten
distintos tipos de parentesco y afecto. Estamos lejos de poder proveerles a
todas esas personas formas de organización del espacio que se adapten a lo
necesitan. Durante la pandemia quedó completamente comprobado que la familia
nuclear no es todo, y que realmente necesitamos de otros tipos de relaciones.
Necesitamos a nuestros amigos Ãntimos, pero también a colegas del trabajo,
relaciones más casuales, un montón de otros lazos que tal vez consideramos
periféricos, pero realmente enriquecen nuestras vidas. Creo que de la pandemia
la amistad como modo de vida saldrá fortalecida.
¿De qué modos concretos la planificación urbana puede
ayudar alimentar otros afectos, otros modos de relación, de cuidados?
-Podemos pensar en casas en las que haya más espacios
comunes compartidos, en las que por ejemplo la actividad de cocinar no tenga
que estar separada de la de socializar. Las formas arquitectónicas que ofrecen
mayores espacios comunes y verdes favorecen la amistad. También hay que pensar
en formas de cambiar las leyes de la ciudad que limitan la cantidad de hogares
o unidades funcionales puede haber en un mismo terreno. Hay muchas ciudades con
leyes muy estrictas en relación a los lÃmites para alquilar una parte de tu
casa, si querés alquilar una habitación o un sector de la casa a alguien, no
podés. Son normas que nos van encerrando en la familia nuclear.
¿Por qué creés que hay una enorme cantidad de gente, sean
personas hétero o no, que va dejando un espacio más y más reducido a esto que
llamás “amistad como modo de vida”?
-Por supuesto que está actuando allà la ideologÃa del
amor romántico. Toda nuestra educación (la de nuestra infancia, pero también la
que los niños y niñas reciben actualmente) gira en torno a estas ideas de que
la finalidad de la vida está exclusivamente ligada a encontrar un alma gemela y
construirte entorno a una única persona. Por supuesto que esa creencia está
profundamente enraizada en nuestra cultura, pero también creo que hay
beneficios económicos muy concretos que son consecuencia y a la vez refuerzan
esa forma de vivir: desde el modo en el que están pensados los impuestos hasta
la dependencia económica que genera en las mujeres la brecha salarial. La sociedad
está seteada para dirigir a las personas en esa dirección.
Estudiás y escribÃs sobre la vida en las ciudades pero
vivÃs desde hacen algunos años en territorio indÃgena (mi’kmaq), en un pueblo
pequeño que se llama Sackville. ¿Extrañás la ciudad?
-Extraño la variedad y el anonimato que te da una gran
ciudad en el sentido de que podés moverte de acá a allá sin que nadie sepa
quién sos. En Sackville. cuando salÃs a caminar siempre te encontrás gente
conocida. Es agradable porque te da esa sensación de comunidad, pero también
significa que no tengo la posibilidad de perderme en la multitud. Por otro
lado, pienso en mi ciudad natal, Toronto: lamento que ahà sea realmente tan
grave la gentrificación…
¿Qué significa eso?
Hay tantos lugares y vecindarios de la ciudad que yo
amaba de joven y han cambiado tanto que han perdido aquello por lo que me
gustaban. Ya no me siento “en casa” en Toronto, lo cual es bastante triste. Los
negocios se han vuelto carÃsimos. Los viejos bares y restoranes a los que solÃa
ir de estudiante han ido cerrando. La gran mayorÃa de los negocios
independientes y pequeños, cafés, librerÃas, han ido cediendo espacios a
desarrollos inmobiliarios “de categorÃa” o un Starbucks, o una sucursal de GAP.
Es decir la personalidad de cada barrio, aquello que los hacÃa únicos ha ido
cambiando para volverse algo homogéneo. Es un proceso que atraviesa muchas
ciudades del mundo. Y a esto se suma lo que pasa en los “barrios alternativos”:
aquellos grupos de personas que hacen que un barrio sea vibrante, heterogéneo,
diverso -artistas, estudiantes, etcétera-, a partir de estos cambios deben
empezar a abandonar su barrio porque se vuelve carÃsimo. Llegan estos
emprendimientos inmobiliarios que ven que el barrio es interesante muchas veces
por su bohemia, pero con ellos llega también un gran incremento del precio de
alquileres, impuestos. Estos grupos de personas entonces se ven desplazados a
otras zonas de la ciudad o a ciudades más pequeñas, donde la gentrificación sea
menos probable… o tarde más en llegar.
Fuente: Página/12

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