CARTOGRAFÍAS: CRIPTOMONEDAS
En las garras de
la especulación
Tras el fin del
patrón oro, la desregulación y financiarización de la economía vino acompañada
de la transformación del dinero en flujos de información digital. Nacidas para
recuperar la independencia y el anonimato de los billetes, las criptomonedas
están siendo alcanzadas por la fiebre especulativa. La suba de hoy de un 15%
del precio del Bitcoin a causa de la compra de USD 1.5 millones de USD en
Bitcoins por parte la empresa de Elon Musk confirma esta tendencia.
Por Andrés Rabosto (*)
Desde hace algunos años las palabras blockchain, bitcoin y criptomonedas circulan en conferencias de tecnología, eventos de negocios, medios de comunicación y hasta en conversaciones cotidianas, rodeadas de una especie de misticismo tecnológico solo accesible a unos pocos entendidos. Sin embargo, este halo místico se disipa cuando las ubicamos en el contexto más amplio de la estrecha conexión entre el dinero y la información digital, de donde brotan un conjunto de tendencias que vienen transformando los sistemas financieros de manera silenciosa, pero profunda e irrevocable. De estas transformaciones corresponde destacar: la conversión del dinero de denominación oficial a bytes; la transformación de la banca comercial en banca electrónica; la automatización de los movimientos financieros por el trading algorítmico, y el surgimiento de las criptomonedas.
El hito fundacional de estas tendencias puede ubicarse en la decisión de la
Reserva Federal de Estados Unidos de terminar con la convertibilidad del dólar
respecto al oro en 1971. A partir de entonces, la emisión de dólares se
desentiende, al menos formalmente, de respaldo físico alguno. Para la misma
época la revolución informática estaba en ciernes. El fin del patrón oro posibilitó
que en las décadas siguientes, junto a la masificación de las tecnologías
digitales e Internet, los flujos de información digital destronaran al papel y
se adueñaran del dinero. Actualmente, los billetes representan, en los cálculos
más optimistas, apenas un 10% del dinero que circula globalmente; el 90%
restante existe únicamente como bytes, pura información digital.
La transformación masiva del dinero desde soportes analógicos hacia los bytes
acarrea consecuencias, entre las que se destacan los flujos financieros cada
vez más masivos, veloces y volátiles, con la consecuente inestabilidad de los
mercados y las dificultades para regularlos. No casualmente, la vertiginosa y
anárquica financiarización de las últimas décadas coincide con este cambio en
el soporte del dinero. Así, la tendencia hacia la desregulación y
financiarización de las economías, el exceso de liquidez, la masificación del
crédito y el endeudamiento privado y público y la explosión del mercado de
derivados, vino acompañada por la transformación del dinero en flujos de
información digital.
A su vez, esta transformación modificó la fauna de actores en torno al
depósito, distribución y circulación del dinero: operadores de tarjetas de
crédito y redes de cajeros automáticos, plataformas de pago electrónico y
dinero telefónico son algunas de las especies derivadas de este nuevo entorno,
que pasan a disputarle el control del flujo dinerario a la banca tradicional.
Por otro lado, muta el terreno de la seguridad: no depende de cajas fuertes
sino de criptografía. Finalmente, con los flujos financieros convertidos en
pura información digital, los algoritmos de Inteligencia Artificial quitaron de
las manos humanas el control de los mismos: al menos dos tercios de las
decisiones financieras en las principales Bolsas del mundo son tomados
enteramente por algoritmos sin mediación consciente alguna.
Descentralizar los intercambios
Pero tras la espectacularidad y radicalidad de estas macro transformaciones se
advierte un cambio profundo en los atributos del dinero. Tal como lo hemos
conocido, el dinero tiene la forma de un objeto que poseemos. Podemos tener
billetes en la mano, en el bolsillo, bajo el colchón, o destruirlos. También,
podemos entregarlos en forma directa a cambio de cualquier bien sin revelar la
identidad. El dinero digital, por el contrario, no lo poseemos directamente; no
tiene una “existencia independiente”, sólo existe como un registro en una base
de datos. Por lo tanto, está en manos y bajo los ojos de aquellos que controlan
esas bases de datos: los bancos. Al hacer una compra o transferencia
digitalmente no “movemos” dinero, sino que enviamos un mensaje al banco para
que “edite” la base descontándonos una suma y agregándola a la contraparte: el
único movimiento es contable. Así, los bancos se han transformado
fundamentalmente en intermediarios centralizados de información, por lo que el
dinero digital de denominación oficial es, hasta el momento, necesariamente
centralizado y dependiente de estos intermediarios. Es, además, una jugosa base
de datos para los aprendices de brujo del big data y las ruletas del trading
algorítmico.
Y aquí es donde entran en escena las criptomonedas. La idea originaria fue, por
un lado, crear una forma de dinero digital que no dependa de la intermediación
y centralización bancaria, intentando imitar los intercambios descentralizados,
directos y anónimos del dinero en efectivo. Por otro lado, desplazar al Estado
(y a cualquier actor centralizado) del control, emisión y regulación del
dinero. Este fue el espíritu que animó el lanzamiento de Bitcoin en 2009 por el
enigmático Satoshi Nakamoto, en plena crisis financiera global.
Para ello, es indispensable cumplir con algunas condiciones técnicas. En primer
lugar, es necesario reemplazar la base de datos privada de los bancos por algún
tipo de base de datos que no sea privada ni centralizada. Luego, es necesario
algún mecanismo para modificar los datos de esa base (es decir, hacer
transacciones) que sea a la vez seguro e inviolable. Las criptomonedas logran
esto a través de la tecnología de “cadenas de bloques” (blockchain), que
consiste en una base de datos descentralizada y pública. Cada nodo
(computadora) de la red de la criptomoneda funciona como un libro contable
idéntico a los demás, y toda vez que se verifica y registra una operación, se
integra a la cadena y se almacena en todos y cada uno de esos nodos y no puede
reescribirse. Millones de libros contables distribuidos por el mundo que
registran al unísono cada operación son más seguros y fiables que un gran libro
de un puñado de bancos y, ante dudas, el dictamen de la mayoría será el
criterio de verdad. Estrictamente, la cadena de bloques es una tecnología que
permite automatizar y descentralizar registros de todo tipo, por lo que sus
usos exceden largamente al monetario.
Por otra parte, la cadena de bloques es pública pero anónima: todos los
miembros llevan un registro de los movimientos, pero nadie sabe quién está por
detrás de los mismos.
Pero veamos el mecanismo más de cerca. A medida que se realizan, las
transacciones se integran en bloques, especie de “cajas” que contienen
transacciones. Cada 10 minutos, un bloque se “cierra” y sale a la red. El
bloque, además de las transacciones, tiene una marca temporal, un código que lo
vincula al anterior, y un código propio que lo vinculará al siguiente,
creándose así una “cadena”. De ahí que la base de datos sea una “cadena” de
bloques. Para integrarse a la cadena el nuevo bloque requiere ser verificado
(que las transacciones sean válidas, que quienes paguen tengan dinero, etc.).
Esta verificación la realizan las computadoras conectadas a la red de la
criptomoneda, y consiste en encontrar la respuesta a un problema criptográfico
contenido en el propio bloque. La particularidad es que la solución no tiene una
fórmula, solo puede hallarse probando una y otra vez por fuerza bruta
computacional. El hallazgo de esa incógnita garantiza que la información
contenida en el bloque es verídica. Aquella computadora que llegue primero a la
solución cobra un premio en nuevas criptomonedas: la verificación es, al mismo
tiempo, el mecanismo de emisión. Todo este proceso lo realiza el software de la
criptomoneda en forma automatizada en cada computadora conectada a la red. La
mayoría de las criptomonedas sigue el mismo protocolo.
Por analogía con el oro, se bautizó a este proceso “minería”. En bitcoin (la
primera criptomoneda y por lejos la más difundida) esta recompensa se reduce a
la mitad cada 4 años (actualmente es de 12,5 bitcoins, a los valores de
noviembre de 2019 unos 100.000 dólares). A su vez, el sistema distribuido
imposibilita el fraude, ya que habría que modificar el registro en por lo menos
el 51% de las computadoras vinculadas a la red y repetir para cada una y para
cada bloque el proceso de minería, algo totalmente imposible.
La cara oculta
Las criptomonedas están producidas con software libre, lo que, entre otras
cosas, posibilita que quien quiera pueda reproducir el código creando una
nueva: existen más de 2.500. Las principales de ellas (Bitcoin, Ethereum,
Litecoin, etc.) son convertibles a cualquier moneda y se utilizan para
intercambiar todo tipo de bienes y servicios –dado el anonimato, se sospecha
que muchos de ellos son ilícitos–. Pero por la volatilidad de su cotización, su
principal uso está ligado a la especulación, lo que hizo que el plan perfecto
de la moneda descentralizada develara su cara oculta.
Como vimos, los “mineros” son recompensados con nuevos bitcoins por la
verificación de bloques, y los bloques se producen a tasa de tiempo fija independientemente
de cuántos compitan por verificarlos. A más mineros, menos probabilidades de
resolver individualmente un bloque y, por tanto, de obtener recompensas. A
medida que el precio del bitcoin se disparaba (llegó a valer 20.000 dólares)
las ganancias de la minería se multiplicaron atrayendo las inversiones de
capitales de riesgo. A su vez, la competencia condujo a la producción de
hardware de minería cada vez más potente y a la optimización del consumo
eléctrico y, sobrepasado el margen de las posibilidades individuales, a
coligarse con otros para combinar la potencia computacional: surgieron los
“pooles de minería”. Finalmente, llegó el punto en que la potencia necesaria
sólo podía alcanzarse por sucesivas inversiones de capital en infraestructura, transformándose
en una industria concentrada e integrada verticalmente con los productores de
hardware. A su vez, esto condujo a que el minado (ergo la emisión) se localice
en China, donde la energía es barata y se fabrica el hardware. En la
actualidad, cinco empresas concentran el 65% de toda la minería: la
centralización arrojada por la puerta regresó por la ventana.
Por otra parte, con el vertiginoso auge de la minería creció descontroladamente
el consumo eléctrico requerido por la red, representando en noviembre de 2019
un 0,35% del consumo global. Tan desorbitante como carente de relación con la
escala de las criptomonedas, con las que, en conjunto, se realizan
aproximadamente unas 400.000 transacciones diarias (un volumen de uso
insignificante si se lo compara, por ejemplo, con el de las tarjetas de
crédito).
A pesar de este radio de uso estrecho, y de sus contradicciones, las
criptomonedas “descentralizadas” parecen haber llegado para quedarse, por el
vacío que ocupan. Pero los grandes proyectos de criptomonedas pasan hoy por
entidades bien centralizadas y para nada anónimas: en junio de 2019, Facebook
hizo público el proyecto Libra, una criptomoneda que se implementaría en el año
2020, gestionada por un consorcio de empresas multinacionales que oficiarían
como una suerte de “banco central” internacional, manteniendo una canasta de
divisas como respaldo. Teniendo en cuenta los miles de millones de usuarios de
Facebook (propietario también de Instagram y WhatsApp) las consecuencias son
impredecibles. Por otra parte, China planea poner en circulación el Yuan
digital basándolo en la tecnología de cadenas de bloques.
La historia de las criptomonedas está aún por escribirse, pero parecen ya haber
conquistado un lugar en las disputas económicas y geopolíticas de nuestro
tiempo.
Este artículo forma parte de ”El Atlas de la revolución digital” y la serie
“Cartografías. Coordenadas de un mundo que cambia”.
(*) Sociólogo, becario doctoral del CONICET, investigador del Centro de
Ciencia, Tecnología y Sociedad (CCTS) de la Universidad Maimónides. Integra el
Consejo Editorial de la revista Hipertextos. Capitalismo, técnica y sociedad en
debate (http://revistahipertextos.org).
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur
Fuente: Telam

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