Opciones para definir un
sendero de desarrollo: subordinación, enfrentamiento o consenso
Cómo relacionarse con el poder
económico
La resistencia de un sector del campo, la posición
beligerante del lÃder del mercado de medios y de las telecomunicaciones y la
oposición general del establishment son señales inequÃvocas hacia el gobierno
de Alberto Fernández. Cómo se resuelven esos y otros conflictos distributivos
y, en definitiva, cómo se rompe el empate hegemónico que resulta ser un potente
perturbador de la estabilidad.
Por Alfredo Zaiat
El conflicto con un sector del campo, representado por
tres de las cuatro entidades patronales de la Mesa de Enlace, es reflejo de
una tensión estructural no resuelta en la construcción de un sendero de
desarrollo.
La decisión unilateral de las compañÃas de
telecomunicaciones y de prestación del servicio de televisión por cable de aplicar
un aumento del 20 por ciento en el abono de este mes, pese a la medida
oficial de autorizar sólo un 5 por ciento, es otro sÃntoma de esa tensión
histórica.
Estos dos frentes beligerantes no refieren sólo a la
intervención oficial y a la reacción privada destemplada de sectores económicos
poderosos. Uno lo hace por ser un actor relevante en la generación de
divisas de exportación como también por ser productor del insumo (maÃz) para la
generación de otros alimentos (carne vacuna, carne porcina, pollos, huevos,
leche). Otro, por no querer regulaciones básicas para ejercer la posición
dominante sin interferencia estatal en lo que hoy se ha convertido en un
servicio público esencial para la población.
El establishment no oculta la oposición abierta al
gobierno de Alberto Fernández, al cual apunta con toda su
artillerÃa hasta por tÃmidas medidas de regulación en el comercio exterior, en
el negocio del seguro de la medicina prepaga, en las tarifas de los servicios
públicos y en los precios de alimentos.
El nuevo bando del Foro de Convergencia
Empresarial difundido este sábado enumera esos puntos, con la
siguiente declaración en el primer párrafo: "La repetida intervención del
Estado en las actividades del sector privado de la economÃa, a través de
medidas similares a las tomadas en el pasado que tuvieron efectos adversos,
afecta el crecimiento económico y el proceso de inversión privada, que ya está
en mÃnimos históricos".
Empate
La clave es indagar acerca de cómo se resuelven
esos y otros conflictos distributivos y, en definitiva, cómo
se logra superar el empate hegemónico (definición del sociólogo Juan
Carlos Portantiero) que está actuando como un potente perturbador de la
estabilidad general.
El rescate del concepto de empate hegemónico no es
definitivo, sino que es excusa para convocar a la reflexión de una
situación compleja. Esa idea presenta al Estado como una entidad capaz de
reorganizar a la sociedad, despojándolo asà de su carácter de clase, lo que
restringe la evaluación de la disputa estructural.
El empate hegemónico de todos modos ofrece un marco
analÃtico desafiante. Portantiero escribió que "es la incapacidad
que ostensiblemente muestran sus clases dominantes para construir alguna forma
de dominación legÃtima sobre la sociedad".
Define que los comportamientos de los principales actores
económicos y sociales son capaces de vetar los proyectos de los otros,
pero sin recursos suficientes para imponer, de manera perdurable, los propios.
Opciones
Hasta ahora no ha habido una alianza polÃtica, social y
económica que permita romper ese empate. Es una
restricción evidente que debilita el desarrollo, revelando la fragilidad para
definir una articulación efectiva y constructiva entre el Estado, los dueños
del capital y el mundo del trabajo formal e informal, entendiendo la existencia
de la lucha de clases como lÃmite a esa eventual convivencia temporaria. Pero
aquÃ, con las crisis recurrentes, ni aparece ese horizonte por ese empate
hegemónico.
En forma esquemática, en las primeras dos décadas de este
siglo, la forma de abordar ese vÃnculo entre los principales actores polÃticos,
económico y sociales se puede presentar en tres opciones:
1. Subordinación: el gobierno acepta las condiciones que imponen las corporaciones, ya sea por presiones o directamente ocupando algunos de sus miembros espacios clave del Estado, como sucedió durante cuatro años con la alianza macrismo-radicalismo.
2. Enfrentamiento: el
gobierno disputa con las grupos económicos y financieros, locales e
internacionales, las formas de implementar reglas de juego que permitan un
crecimiento sostenido con inclusión social, estrategia elegida durante el ciclo
kirchnerista, especialmente en los dos mandatos presidenciales de Cristina
Fernández de Kirchner.
3. Consenso: el gobierno busca acuerdos
con empresarios, sindicatos y organizaciones sociales para resolver polÃticas
sectoriales y estructurales, con la aspiración de conseguir cooperación de los
principales protagonistas tras el objetivo del bien común. Con suerte dispar,
ese ha sido el sendero que en el primer año de gestión privilegió la
administración de Alberto Fernández, incluso con una crisis devastadora por la
pandemia.
¿Cuál de estas opciones es adecuada para conseguir
primero una relativa estabilidad para luego favorecer el fortalecimiento de un
ciclo largo de desarrollo?
No es una respuesta sencilla ni estas lÃneas tienen la
aspiración de ofrecerla, sólo plantea un debate necesario teniendo en cuenta el
vértigo polÃtico y económico de estos años. Es necesario, fundamentalmente, por la
evidente saturación de la sociedad por el padecimiento de crisis recurrentes,
ya sean las propias como las provocadas por shocks externos, como la actual por
el coronavirus.
Sometimiento
Sin extender la evaluación desde el perÃodo de la Colonia
y la Independencia, la primera opción tuvo tres versiones en los
últimos 45 años. Fueron experiencias de predominio del neoliberalismo como
polÃtica económica, que estuvo liderada por ejecutivos de grupos económicos en
acción directa o por representantes de esos intereses.
Fueron la dictadura cÃvico-militar con José Alfredo MartÃnez
de Hoz, el gobierno de Carlos Menem con Domingo Cavallo y el
gobierno de Mauricio Macri con un nutrido elenco de
financistas.
Con sus particularidades, cada uno de esos procesos
polÃticos sentó las bases para crisis de envergadura, desarticulando el
entramado económico y social, para terminar condicionando las gestiones
siguientes y dejando legados que hasta hoy siguen siendo fuertes limitantes.
La polÃtica deliberada de desindustrialización de
la dictadura, que el menemismo profundizó, continúa siendo una restricción
notable para el desarrollo.
La interrupción del proceso de sustitución de
importaciones, que necesitaba un salto cualitativo para hacerla
compleja, alteró ese camino que habÃa emprendido el paÃs desde la década del
'30 del siglo pasado.
Tuvo como consecuencia la fragmentación del mercado
laboral y la debilidad del tejido industrial, que pasó a ser aún más
dependiente de insumos importados, lo que agudizó la restricción
externa. Esta última, o sea la escasez relativa de divisas, cuando se
manifiesta deriva en crisis financieras y económicas de envergadura.
El menemismo, por su parte, entregó el control de
los servicios públicos básicos al sector privado, herencia que continúa
afectando la estabilidad general por las tensiones que genera la
discusión por las tarifas.
El macrismo, en tanto, dejó un endeudamiento
externo que será un potente condicionante por muchos años, además de introducir
al FMI en la economÃa argentina, auditorÃa que determinará aún
más los estrechos márgenes de autonomÃa de la polÃtica económica.
En definitiva, la opción del sometimiento sólo
asegura negocios de corto plazo para grupos económicos locales y extranjeros,
acentuando la concentración de la riqueza y hundiendo la economÃa en crisis
prolongadas. Debacles que terminan generando reacciones populares hasta
desplazar esa opción polÃtica que pierde la capacidad de imponerse.
Enfrentamiento
Uno de esos estallidos dramáticos, el de la
convertibilidad, abrió las puertas para la irrupción del kirchnerismo,
una anomia del sistema polÃtico que resultó necesaria en la primera etapa para
la recomposición de la tasa de ganancia y la recuperación relativa del mercado laboral.
Alcanzados esos objetivos, la intensa puja
distributiva posterior fue uno de los factores que explican las
tensiones de base y la oposición a una fuerza polÃtica que planteaba el
objetivo de mejorar el reparto de la riqueza con la pretensión –aunque con
debilidades instrumentales- de modificar la matriz productiva para
alejar la restricción externa.
En ese avance complejo, las resistencias a esas transformaciones reformistas se fueron intensificando en diferentes frentes hasta conforman un férreo bloque de poder opositor.
Medidas como las retenciones a las exportaciones del
agro, la eliminación del fiasco financiero de las AFJP, la administración de
precios con la misión de mejorar el salario en términos reales, la ley de
medios para disminuir la posición dominante del Grupo ClarÃn, la reforma del
Poder Judicial, entre otras, fueron reuniendo en una mesa virtual a los
integrantes de los poderes fácticos.
En ese bloque estaban casi todos: grupos económicos
locales, multinacionales, bancos locales e internacionales, representantes de
las finanzas globales liderados por los fondos buitre, amplios sectores
reaccionarios del Poder Judicial y la intervención de Estados Unidos.
Se conformó asà un escenario polÃtico y económico
muy conflictivo que sólo por la fortaleza del liderazgo de Cristina
Fernández de Kirchner pudo culminar el gobierno con una Plaza de Mayo colmada
en su despedida y sin una crisis generalizada.
Sin embargo, este tipo de enfrentamientos con el
poder, que algunos pueden definir como "institucionalista" porque
fue con normas constitucionales y leyes debatidas en el Congreso, exhibió
sus lÃmites prácticos, no asà en la construcción de un capital polÃtico
simbólico que permite la vigencia de CFK con un liderazgo tan fuerte.
Consenso
La idea de gobernar sin subordinación a los poderes
fácticos ni colisión contra ese bloque opositor fue y sigue siendo la apuesta
del gobierno de Alberto Fernández.
Es una estrategia que se reconoce en la inicial
declaración de CFK al anunciar la fórmula presidencial, que luego ganó con
holgura la elección de octubre de 2019: "Esta fórmula que proponemos estoy
convencida que es la que mejor expresa lo que en este momento en la Argentina
se necesita para convocar a los más amplios sectores sociales y polÃticos y
económicos también, no solo para ganar una elección, sino para gobernar".
Era el reconocimiento explÃcito de que ella como
candidata a Presidenta probablemente podÃa ganar la elección pero que, en base
a la experiencia de resistencia violenta del bloque de poder que padeció
durante sus dos mandatos, serÃa muy complicada la reconstrucción luego
del desastre macrista.
Desde el mismo momento en que fue proclamado candidato,
luego cuando triunfó y durante el primer año de gobierno, Alberto
Fernández está intentando instalar la estrategia polÃtica del consenso,
cooperación y acuerdo en la diversidad.
Con una oposición polÃtica derrotada y fragmentada, la
conducción polÃtica del bloque de poder liderada por los grupos ClarÃn y
Techint rechaza esa posibilidad.
Esa impugnación la manifiesta de diferentes formas,
mientras la inmensa red de medios dominantes, con sus satélites subalternos, se
encarga de horadar diariamente cada una de las iniciativas oficiales,
hasta impulsar una campaña contra las medidas de cuidado por el coronavirus y
de salud pública con la vacuna Sputnik V.
El domingo pasado se
señaló en este espacio que promover el crecimiento de los contagios y muertes
son daños colaterales del objetivo primordial: la guerra contra el
Estado interventor y distribuidor del ingreso. El fracaso sanitario es la
misión prioritaria para mostrar el fracaso de ese Estado resistido por el
bloque de poder.
La conducción polÃtica del poder económico, con
estrechos lazos de dominación sobre miembros del Poder Judicial, pretende
imponer la opción de subordinación sin importar sus conocidos costos
económicos, sociales y polÃticos, incluso en medio de la pandemia.
¿Y
entonces?
Ni subordinación, ni enfrentamiento ni consenso han demostrado ser viables para romper el empate hegemónico.
Como se mencionó al comienzo, este análisis global acerca
de las tensiones que arrastra la realidad nacional no aspira a una respuesta
única, pero sà a reflexionar acerca de un debate imprescindible que exceda una
instancia electoral, para encontrar una vÃa para consolidar un espacio
de estabilidad económica y polÃtica, base indispensable para comenzar un
ciclo de crecimiento sostenido con inclusión social.
Fuente: Página/12

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