Julian Assange contra las Furias vengadoras
Por Laura Restrepo
Imagen: AFP
Las
Furias persiguen a Julian Assange. Son tres hórridas deidades, iracundas y
vengadoras. La mitologÃa griega las llama Alecto, Megera y TisÃfone.
A
Assange el poder lo quiere muerto. Asà lo han denunciado personalidades
cercanas a él y empeñadas en su causa, como Yanis Varoufakis, exministro de
economÃa griego, Stefania Maurizi, periodista italiana que lo ha defendido
desde el principio, y Roger Waters, la estrella de Pink Floyd. A Assange lo
quieren muerto, lo dicen y lo repiten su madre, su padre, su compañera.
Naciones Unidas, a través de Nils Melzer, especialista en tortura y maltrato,
ha declarado que la vida de Assange está en riesgo.
La
disyuntiva que le ofrece el Poder no es absolución o condena; libertad o
cautiverio; Estados Unidos o Inglaterra. Es entre tres formas de muerte: pena de muerte, suicidio
forzado o entierro
en vida. Tres, como las Furias, Erinias o Euménides. La pena de muerte podrÃa
estar representada en Alecto, la de la cabellera de serpientes. El suicidio forzado, en
Megera, la que llora sangre. Y el entierro en vida en TisÃfone, la portadora del
látigo.
Hoy
Assange celebra un triunfo parcial. La extradición a los Estados Unidos, que
pendÃa sobre él como espada de Damocles, ha sido denegada por una jueza de Gran
Bretaña. Queda pendiente el resultado de la apelación. La extradición
significarÃa para Assange la pena de muerte, castigo máximo y ejemplarizante contra quien
tachan de espÃa, traidor y enemigo de su nación. Estados Unidos, que necesita
mantener en secreto sus propios crÃmenes, acusa de criminal al hombre que los
revela.
La
justicia inglesa ha rechazado la extradición aduciendo que Assange podrÃa
quitarse la vida si lo encierran en una de las rudas cárceles norteamericanas.
Por aquà asoma la sombra de Magera, la Furia del suicidio forzado. El veredicto no se basa en la
afirmación de que Assange es inocente. Tampoco reconoce que cualquier condena
que se le imponga implica demoler las bases de la libertad de prensa. Pasa por
alto el absurdo jurÃdico en que incurre Estados Unidos al exigir que Inglaterra
le entregue un periodista australiano que develó secretos militares en
Afganistán e Irak. Y sienta un precedente para que cualquier periodista que en
cualquier parte denuncie crÃmenes de cualquier paÃs pueda ser extraditado… a
menos de que se suicide.
En
el viejo juego cruelmente infantil del ahorcado hay que dibujar un muñequito,
parte a parte, a medida que el jugador falla: los brazos, las piernas, la
cabeza, los ojos y, al final, el cadalso: una soga al cuello que da sentido al
pasatiempo. Assange, atormentado, acorralado y presionado hasta el lÃmite de su
resistencia, no encontrarÃa otra salida que infligirse la muerte. Es lo que se
presupone. La ironÃa radica en que la propia Justicia acorrala, atormenta y
presiona a Assange hasta el borde del suicidio, y luego pretende protegerlo
impidiendo que se suicide. Se lava las manos, como Poncio Pilatos: No te vamos
a extraditar, pero no por inocente, sino por débil. De manera parecida el
todopoderoso y benévolo Estado británico te exime del tormento porque eres
propenso a la depresión y proclive al suicidio. AsÃ, sale del problema sin
reconocer que lo cierto es precisamente lo contrario: fortaleza por parte de
Assange, y fragilidad de unos Estados consumidos en la suciedad de sus
secretos.
Esto
sienta precedente y tiene antecedentes. Se afinca en una antigua forma de
ejecución que le daba a la vÃctima la opción de elegir entre cometer suicidio o
una alternativa peor, como la pena de muerte, la tortura, el destierro, la
deshonra o la prisión perpetua. Suicidio forzado: si no te matas, te matamos.
Visto desde otro ángulo, el suicidio se asumÃa como acto de desafÃo, como
derrota de la autoridad que te derrota: si no queda nada más por quemar,
incendias tu propio corazón. Es el caso de Sócrates, cuando, detenido en Atenas
bajo la acusación de corromper a la juventud con sus enseñanzas, remata la
farsa tomándose la cicuta. Séneca, el gran tribuno, condenado a muerte en Roma
por su supuesta participación en una conjura contra Nerón, se corta las venas y
se desangra en una bañera. (Por estos mismos lados se despeña Frank Pentangeli
en El Padrino II)
En 1925, YukÃo Mishima, escritor japonés, nostálgicamente proimperial, se reúne
con un pequeño grupo de samuráis tras el fracaso de su revuelta, y siguiendo un
código ético que exige morir con honor antes que aceptar la derrota, comete
suicidio por harakiri, o ritual de desentrañamiento.
Este
escenario de suicidio
forzado desciende hasta nuestros dÃas y se generaliza entre quienes
develan los crÃmenes de Estado. En 2010, la norteamericana Chelsea Manning,
soldado transgénero y analista de inteligencia, descubrió constancia de
atrocidades, torturas y masacres cometidas por su Ejército en Afganistán y en
Irak. No quiso ser una burócrata que, cerrando los ojos y limitándose a cumplir
órdenes, encarnara lo que Hanna Arendt llamó la banalidad del mal. En cambio, pese al alto riesgo
que corrÃa, tomó la decisión de pasarle el material a Wikileaks, el portal de
Julian Assange.
Uno
de los materiales que le entregó fue el video hoy conocido como Collateral Murder. Muestra
un episodio de 2007, en Bagdad. El personal de un helicóptero Apache del
Ejército norteamericano masacra con entusiasmo, como en un videojuego, a doce
civiles iraquÃes. Entre ellos se hallaban dos periodistas de la agencia Reuters
que caminaban pacÃficamente por una calle, y a los que después intentarÃan
hacer pasar por terroristas en un tÃpico caso de falsos positivos. La otra cara
de esa historia es significativa. Por ese video y materiales semejantes, Trump
pide en extradición a Assange. Pero más adelante concedió el perdón
presidencial a los mercenarios de Blackwater, condenados precisamente por
masacrar, en ese mismo 2007, a catorce civiles en una plaza de Bagdad. Resulta,
asÃ, que Trump considera perdonable el crimen cometido, pero severamente
punible el denunciarlo.
Descubierta por sus filtraciones, acusan a Manning de 22 ofensas y decretan su baja deshonrosa. Una de sus transgresiones amerita sentencia de muerte: traición a la patria por ayudar al enemigo. Reducida a confinamiento total en una instalación de máxima seguridad, la liberan al cabo de siete años, luego de haber protagonizado una huelga de hambre y cometido dos intentos de suicidio.
En
2013, el programador prodigio de Norte América, Aaron Swartz, conocido como el Hijo de Internet,
consideró que era una actitud miserable no compartir conocimientos como los que
él mismo habÃa recibido en universidades de élite. Fue detenido bajo cuatro cargos
de fraude informático e intento de publicar bases privadas de datos. El Estado
aumentó la pena inicial de un millón de dólares y 35 años de cárcel, a cuatro
millones y 50 años. Fue tal la presión, tan abrumador el corredor sin salida,
que Swartz se suicidó colgándose de una soga, como en el juego macabro del
ahorcado.
Miles
de anónimos, enardecidos por el suicidio forzado de Swartz, desataron una
andanada de ciberataques contra sitios web de las agencias de inteligencia.
Urgida de castigo ejemplarizante, y para ponerle nombre a una multitud anónima,
la Justicia escogió como vÃctima a Lauri Love, un joven hacker británico y
autista llamado ni más ni menos que Amor. Love venÃa haciendo severas trapisondas
informáticas con un computador que mantenÃa escondido en un armario de la casa
de sus padres en Londres, y fue detenido bajo cargo de robo masivo de datos
oficiales. En claro antecedente de lo que ahora acaba de suceder con Assange,
Inglaterra negó su extradición aduciendo motivos de salud mental que lo
llevarÃan a la extrema depresión y al suicidio.
Entra
ahora en escena TÃsifone, la Furia del látigo y el entierro en vida. La tercera muerte. A Assange lo
han eximido de la extradición, pero le han negado la libertad condicional, y
sigue en la cárcel de Belmarsh, el Guantánamo inglés, donde ha permanecido
durante los últimos tres años, recluido 23 horas al dÃa en aislamiento total y
privación sensorial. En la celda, su lucha contra TisÃfone es constante. Si
quiere sobrevivir, debe mantenerla a raya. Yanis Varoufakis, que lo visitó en
Belmarsh el pasado junio, pudo ver cómo resiste minuto a minuto, decidido a
conservar a toda costa la integridad y la lucidez. “Tan pronto bajo la guardia I loose it, me pierdo”, le dijo a Varoufakis.
Pedro Miguel, del diario mexicano La Jornada, conoce personalmente a Assange y opina que
“nadie está mejor preparado
que él para la situación que le ha tocado enfrentar”.
Me acusan de ser un
demonio, un monstruo.
La frase es del propio Assange. Pero monstruo viene de mostrar. Monstruo es el que muestra, y la ordalÃa de Assange nos muestra cómo el Poder
manipula a la Justicia. Cualquiera de las tres formas de muerte que se le
apliquen a Assange serÃa un golpe de gracia para la libertad de prensa. Verlo
vivo, lúcido y libre es la batalla de su vasta red solidaria, y de todo
periodista, investigador, informador, filtrador, escritor, artista, académico o hacker que crea en el
derecho a informar y a ser informado. Y que revelar la verdad no puede ser
causal de muerte.
Fuente: Página/12
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