Estados
Unidos: Una crisis de larga gestación
Por Atilio A. Boron
Imagen: AFP
Lo ocurrido no tiene precedentes en la historia de
Estados Unidos. Todo un vetusto y enorme entramado institucional concebido por
los padres fundadores para evitar los riesgos de la oclocracia –el temido
gobierno del populacho- se derrumbó como un castillo de naipes cuando
respondiendo a las incesantes arengas de Donald Trump una turba de
trumpistas arrolló a las fuerzas de seguridad y tomó por asalto al Capitolio.
El resultado: el Senado tuvo que entrar en receso mientras el vicepresidente
Mike Pence era prestamente evacuado por el Servicio Secreto mientras una
banda de fascinerosos con ropas de fajina y algunos de ellos armados sentaban
sus reales en las salas del Senado y la Cámara de Representantes. El
objetivo: impedir que el Congreso certificara la victoria de Joe Biden en la
elección presidencial del 3 de noviembre.
La responsabilidad de Trump en estos incidentes es
indiscutible. Una parte de los republicanos aportaron lo suyo. Más
de cien estaban dispuestos a proponer la anulación de la victoria de Biden, y
deben también ser considerados como instigadores del tumulto. Pero serÃa un
error creer que lo ocurrido es responsabilidad exclusiva de Trump y sus secuaces. Este
episodio marca la gravedad de la crisis de legitimidad que hace mucho tiempo
está carcomiendo al sistema polÃtico norteamericano. El ausentismo
electoral es un lastre crónico para un sistema que se autoproclama como una
democracia cuando no lo es. Abraham Lincoln la definió como el “gobierno del
pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Hoy no sólo intelectuales de izquierda
como Noam Chomsky sino hasta académicos del mainstream como Jeffrey Sachs y,
antes que él, Sheldon Wolin sostienen en sus intervenciones orales y escritas
que el sistema polÃtico de Estados Unidos es una plutocracia y
no una democracia en la medida en que es el gobierno de los ricos, por los
ricos y para los ricos. Esto es lo que explica la quejumbrosa reflexión que
hiciera hace unos meses un editorial colectivo del The New York
Times al constatar que el 1% más rico acumula más riqueza que el 80%
más pobre del paÃs. Es decir, una pseudo-democracia que aplicando las polÃticas
neoliberales decretó las exequias del “sueño americano” y convirtió a ese paÃs
en el más desigual del mundo desarrollado.
En los gravÃsimos sucesos del miércoles, propios de las
“anarquÃas populistas” que Washington ve –y vitupera- por doquier en los paÃses
de la periferia hay una indudable corresponsabilidad de los dos partidos.
Los exabruptos de Trump y sus criminales polÃticas,
dentro y fuera de Estados Unidos, se nutrieron durante cuatro años de la falta
de voluntad de los demócratas para poner fin a las polÃticas que beneficiaban
al 10% más rico (y sobre todo al 1% de los super-millonarios) del paÃs y para
hacer siquiera mÃnimo esfuerzo para democratizar de verdad al sistema polÃtico.
No es ocioso recordar ante los violentos incidentes de este miércoles que jamás
estuvo en la mente de los padres fundadores crear un sistema democrático: la
elección indirecta vÃa colegios electorales, el carácter optativo del voto, el
sufragio en dÃa laborable son las rémoras de un sistema que se constituyó como
una república pero no como una democracia.
No es casual que la propia Constitución de Estados Unidos
no mencione en un solo lugar la palabra mágica: “democracia”. Y ante una
sociedad que ha cambiado tanto como Estados Unidos en los últimos cincuenta
años, pasando de ser una sociedad bastante homogénea a una multicultural y
desigual, y ante la estolidez de un sistema partidario que no refleja para nada
estos cambios la aparición de un demagogo como Trump y su incendiaria retórica
podÃa terminar abriendo las puertas del infierno y soltar a todos los demonios.
Eso fue lo que ocurrió ahora. Y esto va para largo y no se solucionará sin
reformas sociales, económicas y polÃticas de fondo, cosa que difÃcilmente Joe
Biden estará dispuesto a impulsar.
Fuente: Página/12

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