Se publica "Luz del
Fuego" de Javier Montes
La historia de Dora Vivacqua, la
artista total que con sus desnudos prefiguró la utopÃa naturista
Después de Varados en RÃo, un recorrido por la estadÃa de
cuatro escritores disÃmiles -Rosa Chacel, Elizabeth Bishop, Manuel Puig, Stefan
Zweig- en la ciudad carioca, el escritor y cronista español Javier Montes,
decidió abordar la mÃtica y en gran medida enigmática figura de Dora Vivacqua,
una mujer nacida en 1917 en la clase alta, y que en los años 50 llegarÃa a
convertirse en una artista singular de los teatros y carnavales de RÃo de
Janeiro. Luz del Fuego, tal su nombre artÃstico, hacÃa desnudos rodeando su
cuerpo de serpientes, intentó fundar un partido naturista, llegó a tener una
isla en la que estableció la primera playa nudista de América Latina y
finalmente fue asesinada en 1957. El libro Luz del Fuego reconstruye esta
historia de una figura que fue muy controvertida en su tiempo, luego olvidada,
pero que últimamente ha empezado a ser rescatada como pionera de la
emancipación de la mujer, por el contacto abierto con la naturaleza y la
reivindicación del cuerpo femenino que siempre defendió en libertad.
Por Fernando Krapp
Javier Montes no deja de sorprenderse
cada vez que se lo etiqueta como un escritor viajero. Hace unos años, hizo una
residencia en Buenos Aires, otorgada por el Museo MALBA y en una entrevista del
canal de Youtube, Montes dice no reconocerse como alguien capaz de escribir en
los aeropuertos ni en los hoteles. SÃ es, dice, un escritor que se ha mudado, y
mucho. En esas mudanzas, que él las denomina como “trasplantes”, moviendo la
metáfora hacia el terreno de la flora antes que la fauna, ha podido acentuar
las condiciones de vulnerabilidad, de permeabilidad y de observación que todo
escritor necesita.
Lo cierto es que este Licenciado en Historia del Arte,
que hizo estallar muy tempranamente toda sensiblerÃa literaria gracias a la
lectura prematura de Roald Dahl, que ganó el premio Novela Pereda de Novela
Corta por Los penúltimos, publicado en Pre Textos, y escribió el
ensayo La ceremonia del porno junto a Andrés Barba con el cual
obtuvieron el Premio Anagrama en el 2007, viajó, y viajó bastante. Y como todo
viajero que tiene una patria a la que volver o añorar mientras se encuentra
lejos, también tiene un paÃs escurridizo al cual idealizar, que en su caso no
es otro que nuestro paÃs vecino, Brasil. Lugar que le ha dado hasta la fecha
dos libros eclécticos y que, a falta de categorÃas, podrÃamos llamar novelas.
“La raÃz de todo es una estancia larga de varios años en Brasil” dice la voz
elocuente y enérgica de Javier Montes desde su casa en Soria, en las afueras de
Madrid, “que me fascinó como paÃs y como cultura. Brasil es un paÃs-mundo.
Quizás por la cosa tan parecida y tan distinta al ámbito hispano, digamos. En
relación a México, a Argentina, Brasil es como un elefante en la habitación. Y
desde entonces estoy tratando de sacarlo del sistema, como dicen los ingleses.”
El primero de esos dos libros es Varados en RÃo.
Un ingenioso recorrido literario que analiza, desde el territorio y la
imaginación, la estadÃa de cuatro escritores disÃmiles y anacrónicos que por
alguna razón fortuita se vieron obligados a vivir una temporada voluntaria o no
en la ciudad de RÃo de Janeiro. Desde los treinta años que
pasó Rosa Chacel prácticamente en el anonimato hasta los paseos por la playa
que sirvieron de inspiración a Manuel Puig para escribir sus últimas dos
novelas, desde la poesÃa cáustica de Elizabeth Bishop quien se mudó a la ciudad
carioca persiguiendo el amor de la arquitecta Lota Macedo hasta el suicido de Stefan
Zweig en las afueras; Montes se mete en esa ciudad invisible que condiciona,
como dirÃa Italo Calvino, toda ciudad visible; la ciudad imaginaria y sus
rastros literarios. El resultado es un tour de force pausado y
elegante, que toma elementos de la propia biografÃa del autor, quien también se
vio forzado a vivir aventuras y desventuras, amores y desamores, en una de las
ciudades más emblemáticas de Sudamérica.
La segunda parte de este dÃptico involuntario es Luz
del Fuego. Una novela biográfica sobre un personaje atÃpico de la cultura
brasileña llamado como el tÃtulo lo indica: Luz del Fuego. Hablamos
de Dora Vivacqua, artista de inusual potencia estética, que vivió los años
dorados de la bohemia carioca en plena emancipación modernizadora de la ciudad. “El
libro nace de mi gusto por los personajes heterodoxos, los que el canon oficial
se ha dejado en el tintero. Luz del Fuego encarna muchas ideas que hoy nos
parecen de total actualidad y sin embargo su mito es invisible. Es un personaje
que ha pasado por debajo del radar. Me gustan los personajes como ella, a tumba
abierta, que vivieron sin frenos.”
¿Quién es ese personaje heterodoxo, alejado del
canon? Dora Vivacqua fue una bailarina de los años dorados del Carnaval
de RÃo de Janeiro, cuyos números sacudieron la acartonada mirada bienpensante
de la comunidad carioca y que tuvo su pico de gloria en los años 50. Vivió
prácticamente desnuda e intentó fundar un partido naturista con la
nada secreta intención de candidatearse para presidenta. Finalmente, compró una
isla para llevar a cabo una utopÃa naturista que atrajo a las celebridades de
todo el mundo. Aún asÃ, con ese prontuario de exhibicionismo, Javier Montes
señala que el personaje no es conocido: “A Luz del Fuego no la conoce casi
nadie, ni siquiera en el propio Brasil. Recién hace poco se la está
reconociendo, gracias a su carácter de pionera por la emancipación de la mujer,
por una relación directa con la naturaleza y en la reivindicación del cuerpo
femenino. Ella encarna todo lo que Bolsonaro odia y todo lo que la gente
que lo sigue odia. Era una mujer que tenÃa un vÃnculo muy fuerte con la
comunidad trans en Brasil; tenÃa muchas cosas muy modernas y actuales. No
existÃan palabras para nombrar las cosas que hacÃa. Han pasado varios años
desde que la mataron en 1967, en plena dictadura. Y fueron años de olvido
total.”
La forma que tiene Montes de abordar al personaje no es una biografÃa clásica que sigue al pie de la letra la vida de esta artista del shock nacida en EspÃritu Santo, en una familia rica en contactos con el poder polÃtico y económico. Es, lo que el propio Montes llama, una “quest literaria”. Un género hÃbrido que pone en jaque la propia voluntad del narrador por ordenar la vida de los otros. Un ejercicio nabokoviano (o borgeano, según la orilla desde donde miremos) que tiene como referencia el libro de A.J.A Symons The quest of Corvo: an experiment in Biography, en donde el biógrafo intenta reconstruir la vida de un escritor menor llamado Frederick Rolfe (algo similar a la biografÃa que Borges hace de Evaristo Carriego). “Es un género muy apropiado para personajes reales que dejaron pistas confusas. Permite ver que toda reconstrucción de hechos siempre tiene algo de arbitrariedad y de ficción; de invención. Te permite recordar, una vez más, que la biografÃa es una variante de la ficción.”
COMO EL FUEGO
Dora Vivacqua tiene una biografÃa canónica que intenta
reconstruir, o al menos mapear, su paso por el mundo. Su tÃtulo es Luz
del Fuego: a bailarina do povo y fue escrita por la periodista
Cristina Agostinhio. AllÃ, la periodista se remonta hasta Cachoeiro do
Itapemirim, un 21 de Febrero del año 1917, cuando el nacimiento de Dora
completó el número de catorce hermanos de la familia Vivacqua: siete hombres y
siete mujeres. Muchos de ellos se convirtieron, con el tiempo, en personajes
influyentes en la vida polÃtica y cultural de RÃo de Janeiro y Belo Horizonte
(uno incluso llegarÃa a senador). En la capital de Minas Gerais, Dora vivió una
vida apacible en un imponente caserón conocido como Salón Vivacqua. El poeta
Carlos Drummond de Andrade visitaba con frecuencia a la familia, más que nada
porque estaba enamorado de su hermana. Para resaltar el espÃritu rebelde de la
futura Luz del Fuego – que años después se traducirÃa en un puja constante con
su familia – Montes narra cómo Dora, en una tarde de playa, a una edad muy
tierna, decide cortar su ropa para convertirla en malla de dos cuerpos
anticipándose a su futuro naturista.
Antes de cumplir 21 años, en plena década del 30, Dora
fue internada en varios neuropsiquiátricos. Aunque las intenciones de la
familia fuesen la de curar, en apariencia, a su hija, habÃa una intención de
ocultarla del ambiente social por causar problemas en la escuela, en la casa y
en la calle. Dora fue enviada en 1937 a un internado de mujeres, en el barrio
de Botafogo, de la ciudad de RÃo de Janeiro. Y ahà comienza una nueva pasión
para la futura bailarina: el impacto con la ciudad. “RÃo siempre fue una ciudad
muy ambigua” dice Montes. “Encarna el paraÃso y uno se da cuenta que no lo es,
pero a veces sÃ, y luego no. Y se supone que es una ciudad de sol y playa, y
luego llueve muchÃsimo, y el sol nunca sale. Tiene una modernidad asombrosa y
contradictoria.”
Por aquellos años, RÃo era la meca de Brasil. Desde los
años 30 hasta la dictadura militar en 1964, la ciudad pareció vivir siempre en
una burbuja, haciendo ojos ciegos a las constantes turbulencias polÃticas y
sociales, primero bajo la presidencia de Getulio Vargas y, luego del sucidio
del mandatario en 1954, entre quienes se disputaron el poder, con intrigas
separatistas por parte de San Pablo y presiones desarrollistas hacia la zona
amazónica. La fiesta y la música se convirtieron en la causa de la ciudad en
los años cuarenta y la canción popular se afirmó en las calles cariocas como el
rasgo esencial y más evidente de la fisonomÃa musical del Brasil moderno. El
Carnaval se institucionalizó como una fiesta nacional. Fueron años de oro para
la samba urbana, con compositores como Ary Barroso, Wilson Batera y Noel Rosa.
La joven Dora no estuvo exenta de los movimientos
convulsionados que la ciudad sufrió, y decidió salir del convento de señoritas
para bajar a la calle; descender de su clase acomodada para ver qué se
palpitaba en las angostas calles del barrio de Lapa. “Luz del Fuego es un
personaje desclasado. Los arribistas siempre nos atraen por sus peripecias
novelescas, pero también son interesantes los “abajistas”; Luz del
Fuego, que nace en un entorno privilegiado, en una familia de clase muy
pudiente, e influyente en la polÃtica de su Estado en Belo Horizonte, es una
mujer que voluntariamente rompe con su clase. Una persona que en lugar de
aprovechar sus privilegios los vuelve contra la familia.”
Como dice Montes, Dora pasó por los patios traseros de
los años dorados de la samba; los teatros de variedades, los prostÃbulos, los
cines de mala muerte. Frecuentó las salidas de los artistas de los teatros, a
los malandras, a la joven comunidad trans, los cuartos de atrás de la imagen
tan brillante que RÃo de Janeiro se encargó de exportar al mundo. Mientras
tanto, en la cabeza de Dora crecÃa la imagen proyectada de un alter ego.
Y habÃa una figura muy popular que rondaba entre los
estratos bajos y altos del barrio de Lapa. Una figura que Brasil se encargarÃa
de empaquetar y de exportar como la imagen de lo que es Brasil. Y la joven
Dora, como narra Montes en su libro, se encargó de consumir con los ojos cada
vez que tuvo la ocasión de verla tanto en la calle, en el teatro, en Carnaval
como en el cine. Y esa figura fue la de Carmen Miranda; la gran sambista y
actriz de la cultura brasileña, que, penacho de frutas en la cabeza mediante,
triunfó en el star system de Hollywood. Como señala
Caetano Veloso: Carmen Miranda es tanto un retrato de Brasil como una
caricatura. “Me gustaba esa idea de la construcción del mito, de esa
leyenda, de un Ãcono, que es Carmen Miranda; qué fuerzas se ponen en
movimientos cuando alguien se lanza a construirse como encarnación de sueños,
de regiones enteras del mundo, de un montón de cosas que no pueden salir bien
como experimento, pero que al mismo tiempo resultan fascinantes. Carmen Miranda
es, incluso hoy, conocidÃsima. Luz del Fuego, en cambio, es como un reverso
oscuro, una anti Carmen Miranda”.
Carmen Miranda tenÃa una voz notable y un magnetismo
ineludible a la hora de enfrentar un primer plano. Dora Vivacqua en cambio no
tenÃa otra cosa que su cuerpo y su energÃa que crecÃa como una pira de fuego
cada vez que salÃa a las calles de la ciudad a empaparse de mundo. ¿Y qué mejor
lugar para exponer la potencia de un cuerpo que las Escuelas de Samba que se
preparaban para el mayor evento del paÃs, el Carnaval? El nombre de Luz del
Fuego comenzó a aparecer en las revistas y diarios cariocas de la época a
partir del año 1945 y desde entonces, su nombre no dejó de circular, con mayor
o menor medida, en la prensa, acompañado de contrariados adjetivos
calificativos como “inmoral”, “provocativa”, “existencialista”, “ofÃdica
señora”, “discutida, combativa, aplaudida”, “loca”.
Asà fue que Dora Vivacqua tejió sus números de feria para
presentarse en público. En 1947, en el Teatro Municipal, bajó de un
descapotable con un pelo larguÃsimo y cuatro mujeres cubiertas por hojas de
parra. Ella apareció totalmente desnuda y con decidido gesto de tigresa caminó
hacia el interior del teatro del que fue expulsada. Era la primera vez que
alguien se atrevÃa a mostrar un cuerpo desnudo en público. Dora entendió, como
señala Montes, “que un cuerpo desnudo sigue siendo algo potencialmente
amenazante”. Pero eso no era todo. Su cuerpo, bañado en un aceite exótico,
llevaba a rastras una enorme boa que hizo escandalizar a la gente. Durante
cinco años consecutivos, Dora no hizo más que llevar a la práctica sus húmedos sueños
ofÃdicos. De a poco, se convirtió en quien siempre habÃa querido ser: Luz del
Fuego, un nombre que, según cuenta Montes (aunque los datos, asegura, tampoco
son claros) tomó de un perfume que alguien le llevó desde Buenos Aires.
Coronada por grandes serpientes, Luz del Fuego dio
espacio a su irreverencia, a mostrar cada vez más su cuerpo desnudo en escena,
algo que, como señala Montes, era impensado para la época. Su nombre
comenzó a correr por esos patios traseros que antes habÃa frecuentado con mirada
ensoñada. El mito de su presencia en las tablas del Carnaval estaba sacando
chispa: faltaba muy poco para que se prendiese fuego. Y la ocasión no tardó en
llegar. Javier Montes abre su libro con una escena mÃtica ocurrida en 1952. En
una ciudad abatida por los cortes de luz y el calor, mojada por las lluvias
torrenciales, embarrada por la mugre de los morros poblados por favelas y
caserÃos, un barro que al llegar a las calles al borde de la playa se vuelve
lodo, apareció en el medio del griterÃo que expulsa a la gente del Teatro
Municipal, en el barrio de Cinelandia, una mujer cuyo cuerpo hizo desbordar las
tablas. En ese inframundo de música, alcohol y violencia contenida, Luz del
Fuego, que era una celebridad y su nombre circulaba como contraseña de escándalo,
sacó dos pistolones y, antes de disparar contra el techo provocando una
estampida de gente, gritó: “¡Yo no soy la novia de Brasil! ¡Soy la novia pistolera!”
COMO LA
LUZ
Javier Montes vuelve a la comparación con Carmen Miranda:
“Luz del Fuego, me da la impresión, por los testimonios que se recogen, y por
lo poco que ha quedado de material visual, era uno de esos personajes que se
pierden en el carisma que irradia. Asà como Carmen Miranda es un animal de
pantalla, sobre todo las primeras pelÃculas, era una artista seria, que
consumÃa muy bien por grabaciones, Luz del Fuego tenÃa un carisma que se
transmitÃa, por alguna razón, en directo. A mi eso me gusta. Me gusta esa idea
de lo que se despilfarra, arde y se consume.” Luz del Fuego era un personaje de
acción. Hoy, dice Montes, la llamarÃamos performer, o guerrillera
urbana, o artista sin obra. O más bien, una artista que hace de su vida una
obra, como Marina Abramovic o Alberto Greco. Una especie de artista total, que
construye con su cuerpo y con su vida, una obra, que la enfoca como arte y como
representación, pero claro, dice, no estaba exenta de ideas.
Y las ideas proliferaron hasta el dÃa de su asesinato en
1967. Una de ellas fue la de postularse en 1954 como Diputada de un partido creado
por ella misma, el Partido Naturista. El programa que presenta es totalmente
irrealista para la época, o mejor dicho, algo que la realpolitik no
considerarÃa: promovÃa la emancipación de la mujer, el divorcio libre, defendÃa
la vida de los artistas, el abaratamiento del costo de vida. La postulación
llegó a una candidatura por la presidencia. “Las medidas eran irreales, pero ya
el hecho de postularse para entrar en un club eminentemente masculino como lo
era la polÃtica de la época, y si me apuras, hasta nuestros dÃas, con una
propuesta desorbitada y excesiva, como todas sus ideas, constituye un gesto
vanguardista muy interesante, porque fundando un partido y creando un
movimiento hace carne un lema que hoy está en boga que es lo personal
es polÃtico.”
La aventura polÃtica dio como resultado otra idea aún más
utópica; la compra de una isla de 8 mil metros cuadrados, en las BahÃa
Guanabara, en RÃo. Luz del Fuego fundó ahà lo que serÃa la primera playa
naturista (o nudista) de la historia de Latinoamérica. Pero la
playa nudista no era un simple gesto frÃvolo ni escandaloso (ni un escape
insular luego de todos los asaltos y persecuciones legales que tuvo en vida).
Era un gesto polÃtico. Luz del Fuego creÃa que la desnudez del cuerpo también
podÃa darse gracias a la desnudez de la mente; por esa razón, no comÃa carne,
luchaba por los derechos de los animales, y tampoco tomaba alcohol, ni fumaba.
El mito descontrolado de la Luz del Fuego que desbordaba en el Teatro Municipal
de RÃo durante los Carnavales parecÃa contrastar con esta otra forma de vivir
sacada de las cartas de Séneca. En la entrada de su Isla del Sol, una placa
advertÃa al visitante: “En esta isla está prohibido proferir palabras bajas o
realizar actos indecorosos. El nudismo sólo puede ser comprendido por aquellos
que posean una mente sana”.
Luz del Fuego, dice Montes, entendió el naturismo no como
una herramienta para excitar el deseo – o, aclara, no solamente – sino como un
cortocircuito andante. “Es curioso porque el cuerpo desnudo es algo que todos
vemos a diario, y si tenemos suerte vemos el de alguien más, pero basta con
sacarlo de un contexto muy concreto, basta con trasplantarlo del dormitorio a
la calle, para que incluso hoy siga siendo explosivo. Y en ese sentido, Brasil,
que es un paÃs carnal, voluptuoso, también es un paÃs en donde el desnudo está
muy mal visto.”
Y asà fue percibido a tres años de que los militares se
hicieran del poder el 31 de marzo de 1964. El clima social habÃa cambiado, la
fiesta carioca parecÃa acabar. Un barco con dos pescadores encalló en las
costas de la Isla del Sol. Pidieron agua y comida a la dueña de casa. Luz del
Fuego se subió con ellos al bote, pero un piedrazo en la cabeza le nubló la
vista para siempre. Es curioso, su asesinato – la forma de matarla – fue
similar a cómo se matan las serpientes: por la cabeza. Los asesinos le abrieron
la panza, sacaron las tripas y pusieron piedras dentro, y echaron su cuerpo al
mar. Pocas semanas después, los asesinos fueron hallados y procesados no sin
antes llevar a la policÃa para que rastreara el cuerpo mutilado de Luz del
Fuego en las profundidades de la costa carioca.
En su libro, Montes se pregunta porqué Luz del Fuego no
fue celebrada por la intelectualidad de la época, digamos por un Tom Jobin o un
Vinicius De Moraes, y fue recién Rita Lee quien celebró su vida en una canción
de 1975. Cuando se le vuelve a formular la pregunta que se plantea en su libro,
Montes piensa por unos segundos. “Creo que acá hay una insuficiencia de
lenguaje. No habÃa palabras para pensar o describir, o resignificar, como dicen
los cursis, lo que Luz del Fuego hacÃa. Al no haber palabras, directamente no
hay ojos para verla. Hay un problema de capacidad descriptiva del lenguaje,
pero lo que serÃa interesante es pensar qué Luces del Fuego actuales hay, y qué
está pasando en el mundo en términos de lo que es aceptable, y lo que no.
Porque si hay algo que nos dejó Luz del Fuego es una herramienta muy poderosa
para pensar aquello que no estamos viendo ahora y que será de vital importancia
para la siguiente generación.”
Fuente: Página/12


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