Carlos
Ulanovsky: “Pienso que la radio no va a morir, como tampoco morirá el
periodismo impreso”
Recientemente la radio cumplió un siglo, una excusa perfecta para que este
periodista todoterreno publicara su quinto libro sobre el tema: 36.500
días de radio. Un texto insoslayable que va mucho más allá de la efeméride y
que suma a la historia objetiva la mirada personal de uno de sus grandes
protagonistas.
(Foto: Diego Paruelo)
“Pasaron 100 años y todavía no se inventó nada más moderno que la radio”. La frase es de Lalo Mir y es uno de los acápites del nuevo libro de Carlos Ulanovsky “36.500 días de radio” (Ed.Octubre). Los chicos nacidos en la era digital ya no se preguntan cómo hacen los “hombrecitos de la radio” para meterse dentro de ella. Sin embargo, es cierto que no ha perdido ni su magia ni su vigencia. Es un medio que acompaña y que ha sabido adaptarse a los tiempos que corren.
Alejado del modelo del manual, Ulanovsky ha hecho un
libro ágil, al que, además de la lectura que propone cada capítulo, es posible
entrar por diferentes lugares: las cartas de amor a la radio, las “Antenas”,
las anécdotas, los chistes que hacían reír en cada época… A esto se suma una
enorme búsqueda fotográfica a cargo de Inés Ulanovsky y la mirada personal del
autor que pasó su infancia escuchando “Tarzán”, creció con la radio y
trabajó y continúa trabajando en ella.
-¿Qué te motivó a escribir un quinto libro sobre la radio?
-Primero, la convicción de que no estaba todo dicho sobre
el tema, que había más. Después la ocasión de una efeméride tan tentadora. No
todos los años se cumplen 100. El Días de Radio apareció hace
25 años y tuvo un recorrido que agradezco, en especial porque fue leído y
estudiado en los niveles educativos terciarios y universitarios. En ese momento
los cuatro autores lo pensamos como un manual, a la manera de esos textos
totalizadores con los que aprendimos en nuestros tiempos escolares. Este nuevo
libro no tiene una pretensión semejante. Respeta la cronología; están los
géneros principales, desde el humor al radioteatro; figuran los personajes más
entrañables, de Niní Marshall a Fernando Peña; aparecen los oficios (locutores,
operadores, productores, etcétera), pero no tuve en este caso la necesidad de
incluir “todo”, porque, una vez más, hubiera sido imposible reunir todos los
acontecimientos de un siglo. Este libro tiene otras decisiones editoriales que,
pienso, (no lo sabía mientras lo estaba haciendo) lo hacen más flexible,
más versátil. Sin resignar la mención de los sucesos, a mi juicio importantes y
decisivos, me permití una mirada más personal. Tiene opinión (mi gusto por la
“radio de autor”), crítica (menciono el proceso de precarización que tanto
castiga a los medios en la Argentina y muy especialmente a la radio). Diría que
es mi propia memoria emotiva la que conduce a la información necesaria.
Niní Marshal
- ¿Cómo fue el proceso de construcción de este libro que
ensambla distintos materiales sobre el tema?
-Le veo tres pilares importantes. Primero, la de la radio
es una historia tan real, tan presente, que es capaz de hablar por si sola. Uno
la toma y la repasa y es como acercar una portátil al oído. Es una historia
sonora. Segundo, el libro tuvo una firme y clara mano de editor por parte de
Daniel González; una impresionante curaduría de imágenes a cargo de Inés
Ulanovsky y unas elecciones de diseño de Verónica Feinmann que, en conjunto,
superaron largamente mis expectativas. En el tercer escalón del podio me guardo
un lugarcito. Una vez más me lo propuse y, gracias a la respuesta del músculo
de la escritura que todavía quiere y puede, lo resolví en tiempo y forma. En el
marco de la pandemia asumí el eficaz teorema de (Horacio) Verbitsky: 12
horas-culo-silla, aunque también lo superé con jornadas de 14,16 y hasta 18
horas en el tramo previo a la entrega. En el proceso de construcción leí muchos
libros que tenía pero cuya lectura no había completado, investigué historias y
referencias, googleé a lo loco pero no siempre me quedé con su palabra como la
última o la indiscutida. Me esforcé por no olvidar a las “radios con
capacidades diferentes” o con “las ondas bien puestas” aunque deba lamentar que
no estén todas. Soy todavía un analfabeto digital y aún tengo a la AM como mi
circuito radial preferido: sin hacerme el “experto” (estoy muy lejos de serlo)
busqué ayuda en otros para referirme a las nuevas tecnologías y al futuro del
medio.
-¿Por qué crees que la radio siempre está rodeada de un
halo de nostalgia?
- Puedo acordar con tu caracterización, pero es una
nostalgia activa. En 100 años la radio se ha movido de lugar muchas veces y,
por ejemplo, salió de crisis importantes con ayuda de la tecnología. Cuando a
principios de los años 60 parecía definitivamente arrinconada por la
televisión, le da un respiro importante la llegada del transistor. La radio se
desenchufa y se le pega a la oreja al oyente que puede salir y escuchar en la
calle, en el colectivo, en la cama, en la cancha. En lo personal, escucho radio
(en ese entonces “enchufada”) desde los 5 años. Crecí en una casa de
clase media que recién tuvo televisor más de siete años después de su llegada
en 1951. En casa almorzábamos y cenábamos escuchando radio. Memoria mediante,
esa banda sonora se transformó en fuente inefable para mis libros. Mucho
después, ya periodista, en varios medios me tocó cubrir la actualidad de la
radio y la televisión. Y, como si fuera poco, empecé a trabajar en radio en
1969, lo hice hasta 1974 y desde 1984 lo hice permanentemente hasta hoy. A
veces, a mí eso que vos llamás nostalgia se me vuelve melancolía. Como cuando
era chico, todavía me gusta mucho dormirme escuchando al negro Dolina, a Miguel
Rep o a Leo Gentili.
-¿Cuál es la relación entre la radio y la imaginación que
supone la falta de imagen?
- Ese vínculo está ahora muy limitado, reducido,
precisamente por el exceso de imagen. La mayor parte de los que están en radio
también aparecieron en la tele o en los medios o en las redes en infinidad de
ocasiones. Era bien distinto en los años en que las figuras aparecían muy cada
tanto en pequeñas fotos en revistas y no había otro remedio que reconocerlos e
incluso idolatrarlos solo por sus voces. Cuando una temporada de radioteatro
terminaba con éxito, el elenco iniciaba giras por barrios, pueblos o
provincias. Y la gente que los había seguido iba a verlos con el principal
propósito de corroborar certezas, para ver si el aspecto de las figuras que les
había encendido la imaginación coincidía con lo que ellos tenían en la cabeza.
A veces acertaban, pero en otras se desilusionaban porque la chica de sus
sueños era demasiado bajita o porque el galán de voz arrasadora era pelado. En
estos últimos años, la precarización, que con tantas privaciones castigó al
medio, llevó a que muchas emisoras (dependientes o integrantes de multimedios)
decidieran la instalación de cámaras en los estudios. El negocio parecía
redondo. Con un mismo presupuesto, el elenco generaba servicio y contenido para
radio y para televisión. Una experiencia desdichada porque no es ni chicha ni
limonada y, en especial, porque le resta identidad a la radio.
Tita Merello y Discépolo
-¿Cuál crees que es la diferencia entre la radio de tu
infancia y la de hoy?
- La de mi infancia es la radio en la que traté de no
perderme ni un capítulo de “Tarzán, rey de la selva”. Iba a la hora de la
merienda, auspiciado por Toddy, y estuviera donde estuviera a las 6 de la tarde
volvía a casa porque sabía que me esperaba Tarzán, su esposa Juana, su hijo
Tarzanito, el profesor Philander y toda la compañía por Radio Splendid. En esos
tiempos escuché innumerables partidos transmitidos por Fioravanti y su equipo y
conocí una cantidad de obras de teatro completas que Radio Porteña (hoy
Continental) transmitía cada noche en directo desde algún teatro. Tengo muchas
en la cabeza, como por ejemplo “Las manos de Eurídice”, interpretada por el
actor español Enrique Guitart o “¡Que noche de casamiento!”, a cargo de la
compañía de comedias (¿o eran sainetes?) de Leonor Rinaldi y Francisco
Charmiello. En casa escuchábamos los shows de Jabón Federal que iban los jueves
a la noche y los domingos al mediodía, hasta que al mediodía dominguero llegó
“La revista dislocada” que se escuchaba como en cadena nacional. Y no nos
perdíamos esa hora fantástica de Radio El Mundo, integrada por cuatro programas
de quince minutos cada uno, que empezaba a las 19.30 con “¡Qué pareja
Rinso…berbia!”, una comedia de humor alocado, anticipatoria de las sitcom;
seguía con la big band de Héctor Lomuto (Héctor y su jazz); continuaba con el
“Glostora Tango Club”, cuyo slogan era “el fijador de la juventud triunfadora”
(¿premonición de la meritocracia?:quien sabe) y terminaba con “Los Pérez
García”, esa familia que intentaba convertirse en espejo de la clase media
argentina en desarrollo y en ocasiones en ascenso. Aquella radio era
mayoritariamente en vivo, casi absolutamente rendida al entretenimiento, a la
fantasía, a la diversión. Casi todas las emisoras contaban con
estudios-auditorios. Esa era una gran salida para la gente que los llenaba para
ver y aplaudir en vivo a sus ídolos, a los humoristas, a las orquestas, a los
radioteatros. De 1935 en adelante, con tres mascarones de proa como Radio
Belgrano, Radio Splendid y Radio El Mundo, aquella radio creó (por lo menos
hasta 1960) una poderosa industria cultural que ofreció ocupación a miles de
personas. En cualquier casa, como la mía, la radio era casi todo: ordenaba
gustos y consumos y especialmente era el centro de la recreación y ventana al
mundo.
- ¿Qué crítica le harías a la radio actual?
- La radio que yo escucho (preferentemente AM, con
escapadas a FM y a algunas on line y mucho Radio Cut para actualizar) es vivaz,
entendible y plural. En relación a los otros medios masivos es el que menos
palpa de ideas. Es entretenida, aunque a veces de tanto entretener se vuelve
banal. Pero su gran pecado es que es demasiado parecida de la mañana a la
noche, debido al predominio de un género casi único que es el magazine. Por
cuestiones económicas, la radio se fue convirtiendo en la hermanita pauperizada
de los medios y tuvo que resignar desde ejemplares orquestas sinfónicas propias
a elencos estables de radioteatros. Perdió géneros específicos a manos de la
televisión y se volvió muy dependiente. Inicialmente de diarios, revistas y
agencias de noticias; luego de las señales de cable y últimamente también se la
nota intervenida por las redes sociales. Todas esas intromisiones le restaron
agenda propia y, consecuentemente, recursos e identidad. De la crisis de los
años 60 a hoy lo que alcanzó a proteger fue el logro, inteligente, de seguir
siendo fuerte en lo que se llama la primera y segunda mañana, de 6 de la mañana
a las 13. Pero atravesó otros agravios. Como los números no siempre cierran,
tuvo que consentir la metodología del loteo de espacios, por el que solo
trabajan los que tienen capacidad económica para sostener un horario o los que
traen un rol de auspiciantes considerable. Esto, en más de una ocasión,
transformó a una supuesta diversidad en pastiche ideológico. El magazine
la vuelve reiterativa, hace de ella una radio demasiado “conversada” de la
mañana a la noche, con menos producción propia que la deseable y que elimina
bastante las diferencias que siempre existieron entre la AM y la FM. La actual
es una clase de radio casi totalmente orientada hacia la información de
actualidad. Se podría afirmar que la persona que no lee diarios ni ve TV, y
solo escucha radio está al tanto de lo que sucede en el país y en el mundo. Con
la ventaja que la radio da mucho y pide poco a cambio. Dos pilitas si se la
escucha en la portátil más precaria o que el streaming no decaiga si se la sintoniza
en el celular de ultimísima generación. A mí, personalmente, me gusta hacer
zapping de radio a través de la AM y en esas excursiones, de la AM 530 a la AM
1220 siempre encuentro algo que me obliga a detenerme y a escuchar.
Perón y Evita
-¿El hecho de que la radio siga tan vigente desmiente a los que anuncian su
fin?
-Así como hay antivacunas e incineradores de barbijos,
hay agoreros capaces de lanzar los pronósticos más funestos respecto del futuro
inmediato del medio. Pienso que la radio no va a morir, así como no morirá
tampoco el periodismo impreso. En la Argentina, el apagón analógico estaba
previsto para el 2019 pero el gobierno anterior lo pospuso para el 2021. Pero
se cumpla o no ese plazo, la radio ya es digital, por – dijera Pergolini-
prepotencia fierrera. Todas las emisoras tienen páginas web super activas a las
que suben de inmediato sus programas. La radio ya es a demanda y también para
eso existe Radio Cut. Hoy casi no se habla de emisoras, lo importante son las
aplicaciones. Con Internet – otra vez una solución que llega desde lo tecno- la
radio logró alcance planetario. Los que trabajamos nos sorprendemos cuando nos
llega un mensaje de alguien que escucha en el otro lado del mundo. La radio que
viene será digital y. más temprano que tarde, post digital, lo que aumentará la
posibilidad de intercambiar datos e informaciones entre el que transmite y el
que escucha. La radio tiene futuro asegurado, con una oferta de contenidos que
serán cada vez más específicos, temáticos, a la medida de este nuevo formato
que es el podcast. Creo en la perdurabilidad de la radio. Me la imagino sonando
en el 2121, aunque lamento sinceramente que no me contará como oyente.
-Si te propusieran hacer un programa sin ningún tipo de
restricción, con total libertad. ¿Cuál harías?
-”Reunión Cumbre”,
el que hago sábados de 13 a 15, AM 750 sigue conformando a mi deseo.
Habitualmente tiene cuatro invitados presenciales. La pandemia obligó a un
cambio de formato. Sigue siendo en vivo, pero transmitido vía zoom, solo por
audio, sin imagen. Sale bien, pero no es lo mismo. Prefiero estar en el
estudio, verle la cara a los entrevistados, probar los climas, el intercambio.
Por supuesto que hay ideas que fueron quedando en el camino. Por ejemplo, un
programa, como decían los locutores de antes “eminentemente musical”. Recuerdo
una escena infantil. Después de la cena, con mi mamá terminando sus tareas de
cada noche y escuchando un programa que se llamaba “Entre tangos y boleros” que
creo difundía Radio del Pueblo. Era muy sencillo, un locutor anunciando un
tanguito y un bolerazo. Creo que tampoco olvidé esos temas.
-¿Cuáles son tus preferencias como radioescucha?
- El libro tiene varios capítulos que explican esas
preferencias. Las cartas de amor a la radio, desde las que 14 personas cuentan
sus lazos afectivos con la radio; las anécdotas contadas en primera persona de
gente de radio que rescata algo que le ocurrió mientras estaba al aire; un
repaso por grandes momentos de radio que elegí para que no se perdieran y la reivindicación
de la radio de autor que, de ninguna manera es una presuntuosidad, sino que es
esa clase de radio de máximos desafíos y riesgos inteligentes y creativos. En
las misceláneas, llamadas Antenas, que cruzan todo el libro también hay claves
que dejan claro mis gustos. Sigo pensando que radio de autor es capaz de poner
colorada a la multiplataforma más sofisticada. Sigo creyendo en el valor e
importancia de las radios públicas y, como fenómeno novedoso, me maravilla la
proliferación de radios on line o FM sostenidas en parte por sus oyentes.
-¿Qué te gustaría destacar de tu libro?
-Me gustaría decir que desde el prólogo, este libro es mi
historia de vida atravesada por la presencia permanente de la radio. Procuré
que fuera un texto que al lector le diera una oportunidad similar que me dio a
mí, de ubicar días, programas, figuras, tendencias de estos 36.500 días de
radio. También tengo otras aspiraciones. Que este fervor por la radio no se
agote en nuestra devoción por los aniversarios de números tan redondos como ha
sido este. Y también que esta preocupación por el medio se extienda, cuanto
menos, hasta el 27 de agosto de 2021.Y que la historia de la radio se vaya
agrandando, enriqueciendo y completando con la escritura de historias de radios
provinciales, territoriales, locales. Ya algunas hay, pero son pocas todavía.
Eso me pondría muy feliz.
Fuente: Tiempo Argentino





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