Anticuarentenas:
El desequilibrio y los desequilibrados
Por Sandra Russo
Imagen: Kala Moreno Parra
En una de las exposiciones de
la Internacional Progresista, el fin de semana pasado, uno de sus
mentores, ese monumento a la lucidez que es el lingüista Noam Chomsky,
puso asà los términos: “Internacionalismo o extinción”. Es en rigor la premisa
que tanto comprendemos y conocemos, “nadie se salva solo”, aplicada
a la geopolÃtica. Corren riesgo, dijo, las especies y entre ellas la nuestra,
el planeta y la humanidad. Retomó, de algún modo, el discurso prepandémico, que
asomaba aquà y allá, en voces cientÃficas, nórdicas, originarias, adolescentes
y adultas, que en los meses previos habÃan llegado a la agenda mundial, con la
razonabilidad que les daban en esos mismos meses varias catástrofes, naturales
e inducidas. Aunque la verdadera razón del drama del cambio climático es que el
capitalismo no le permite a la naturaleza manejar sus equilibrios, y la fuerza
a sequÃas, inundaciones, incendios, extinciones en cadena. Las mujeres, los
pueblos y la naturaleza estaban reaccionando al maltrato cuando llegó este
virus.
La pandemia ha enrarecido y
empeorado sustancialmente el clima social del mundo,
destruyendo aparatos económicos y dando excusas para la profundización del
malestar general de las audiencias, ya instadas a desequilibrarse por completo.
Primero las alienaron y ahora las empujan al acto, lanzando a mucha gente a las
calles en protestas bizarras, como las subjetividades que afloran.
Se abandonan las formas, la
lógica, la piedad, la racionalidad, el sentido común, el instinto de
supervivencia. Se abandonan los Estados de Derecho, de varias maneras pero en
todas sustentadas en una necesidad visceral e incomprensible propia de una
etapa emocional en la que, por niños o por ancianos, se han dejado de controlar
los esfÃnteres. Trump dijo esta semana que “los demócratas preparan un fraude”
y que “no está seguro de entregar el poder si pierde”. Biden no lo podÃa creer:
“¿En qué paÃs vivimos?”, se azoró. En ése, Biden.
Se propone violencia, se
liberan hormonas a través de un odio que es desviado de sus verdaderos
destinatarios y recaen en la “pérdida de las libertades” que al mismo tiempo
que se reclaman se le niegan sistemáticamente a cualquiera que no piense como
ellos, como los antigénero que han comenzado su cruzada contra los feminismos.
Se disimula. En la Argentina, asà como en España y algunos otros
paÃses, la “protesta contra el virus” --¿cómo se puede “protestar” contra la
existencia de un virus?-- es claramente opositora y tiene sus
referentes, sus impulsores, sus cÃnicos y sus bardos mediocres. Quieren
destruir el Estado de Derecho porque el macrismo ha logrado que para esos
sectores todo lo que no sea macrismo sea una amenaza tan vieja y racista que la
vieja figura del aluvión zoológico la contiene.
¿Aluvión zoológico? Uno los
vio el fin de semana pasado rodear el Sanatorio Antártida, donde hay médicos y
enfermeros extenuados y podridos de que les nieguen el dolor por el que pasan
todos los dÃas y el dolor de las muertes en soledad afectiva que presencian. La
policÃa de la ciudad los dejó expresarse. No porque en esta ciudad haya
libertad de expresión. No todos pueden expresarse. Es selectivo. La
derecha cree que todo es suyo, que ha nacido con derechos mientras otros
nacieron para perderlos.
Es que las nacionalidades caen
junto con los Estados de Derecho. Los destruyen los transnacionalistas, esos
que van mudándose de paÃs en paÃs para evadir impuestos, los que no salen a la
calle ni creen que la pandemia no existe. La usan con fines polÃticos, que es
distinto. Por eso les parece que hace sentido abrazar una bandera argentina
mientras se reclaman dólares. El peso es para pobres.
Con los que antes eran
anticuarentena y ahora son visiblemente fascistas, como en todo el mundo, donde
brotan como neonazis, falangistas o supremacistas, hay que cuidarse de las
provocaciones. Son su negocio. Los han mandado a desatar el caos. Quizá ellos
ni lo sepan. Quizás sólo estén atrapados en esa sensación de revulsión que les
sale de las vÃsceras cuando hablan de peronismo.
Ellos creen que son rebeldes.
Que se manifiestan como patriotas frente al avance del enemigo imaginario,
mientras se contagian y contagian a otros el virus que dicen que no existe y ya
provocó más de 15.000 muertos. Les resbalan los muertos. Son lógicos en
una guerra, y ellos son los soldados del nuevo tipo de guerra que exporta
Washington: la del enfrentamiento civil.
Desde nuestra ventana, los
vemos disciplinados como los alumnos obedientes de The Wall, seres
sin discernimiento a los que, quizá si se les muerte un ser querido,
reaccionarán cuando sea tarde. En los paÃses de Estados fuertes de Oriente y
Occidente, la libertad de expresión tiene distintos lÃmites, en algunos casi
todos los que se pueden poner. Pero en ninguno conocido se ha visto a
manifestantes anticuarentena bloqueando un hospital cuando ya no hay
cuarentena, hostigando, perturbando, amenazando a enfermos y médicos. En
ninguna otra ciudad se ha visto a la policÃa verter sangre de enfermeras por
reclamar ser consideradas personal sanitario y no administrativo. Sólo en CABA. Esta
ciudad tiene ese rictus de la vileza, que toma muchas formas posibles pero que
siempre se origina en el gesto del fuerte que va a la caza del débil. Un rictus anterior a la
ética.
Fuente: Página/12

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