Bombardeos, secuestros y racismo: la gramática del poder global
África y América Latina, una misma secuencia revela la arquitectura de un nuevo orden global. Bombardeos, secuestros, discursos de odio y desmantelamiento de derechos no son hechos aislados, sino piezas de una ofensiva imperial que vuelve a poner a la raza en el centro del poder.

El 23 de diciembre, en Bamako, capital de Mali, los jefes de gobierno de Burkina Faso, Níger y Mali celebraron una nueva cumbre de la Alianza de Estados del Sahel (AES), el bloque político y militar que estos países formaron tras romper con la tutela histórica de Francia, Estados Unidos y los organismos regionales alineados con Occidente. En ese marco, Ibrahim Traoré —presidente de Burkina Faso y una de las figuras más visibles del giro soberanista en África occidental— asumió la presidencia pro tempore de la alianza y anunció el lanzamiento de operaciones militares conjuntas a gran escala, junto con la decisión de expulsar definitivamente a las fuerzas extranjeras de la región.
Por otro lado, en ese mismo mensaje, Traoré formuló una advertencia que pasó casi inadvertida en los grandes medios occidentales y que hoy adquiere una claridad inquietante. Alertó que el mundo ingresaba en un “invierno negro”, una nueva fase del orden internacional marcada por una ofensiva abierta contra los pueblos racializados, contra los proyectos soberanos y contra cualquier intento de quebrar la subordinación económica, política y militar al imperialismo en decadencia.
Dos días después, el 25 de diciembre, el ejército de Estados Unidos bombardeó campamentos atribuidos al grupo Estado Islámico en Nigeria, con la excusa de “proteger cristianos” y la “lucha contra el extremismo”. Tal como intentó instalar que en Sudáfrica se estaba gestando un genocidio anti-blanco, Donald Trump viene construyendo el relato de que en Nigeria hay matanzas masivas de cristianos, a pesar de que las autoridades nigerianas lo niegan rotunda y sistemáticamente. A fines de noviembre, de hecho, Estados Unidos clasificó a Nigeria como “país de especial preocupación” por la amenaza existencial que supuestamente pesa sobre su población cristiana, categoría que permite la imposición de sanciones sobre los países incluídos en ella. En ese movimiento, la advertencia de Traoré adquiere una materialidad inmediata.
La misma lógica se desplegó casi en simultáneo en América Latina. En los primeros días del año, el gobierno de Estados Unidos avanzó en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, en una operación que volvió a exhibir el núcleo real de esta ofensiva: la negación de la autodeterminación política como condición para el saqueo de recursos estratégicos. Nigeria y Venezuela, África y América Latina, aparecen así enlazadas por una misma gramática imperial que articula coerción militar, disciplinamiento político y rapiña económica. Donald Trump gobierna a través de decretos y bombardeos y mediante la reconfiguración del sentido común, el corrimiento de los límites de lo decible y la habilitación de un retroceso abierto en materia de derechos humanos y derecho internacional.
La reciente decisión del gobierno estadounidense de retirarse del Foro Permanente de las Naciones Unidas para los Afrodescendientes confirma con nitidez ese rumbo. Dicho espacio, creado para visibilizar el racismo estructural, las consecuencias contemporáneas de la esclavitud y el colonialismo, y para formular recomendaciones a los Estados, es ahora acusado por Washington de ser “racista”. Incluso los consensos multilaterales mínimos en torno a la desigualdad racial resultan intolerables para el orden que Trump impulsa y encarna. La extrema derecha global pretende volver a administrar el racismo como política de Estado, sin costo ni condena internacional.
Argentina se inscribe de lleno en ese giro. El gobierno de Javier Milei desmanteló en tiempo récord todas las políticas públicas vinculadas a la lucha contra el racismo y al reconocimiento de la diversidad étnico-racial del país. No hay originalidad en ese movimiento, sino ansiedad por alinearse. En una carrera por mostrar obediencia ideológica, Milei ejecutó de manera anticipada un guión escrito en otra parte: eliminó programas, vació áreas, borró institucionalidad y expulsó la cuestión racial del lenguaje estatal. En ese registro debe leerse su regreso anunciado al Foro Económico Mundial de Davos. No como liderazgo ni innovación política, sino como una versión tardía y sobreactuada del trumpismo, un imitador que exagera consignas importadas para asegurarse visibilidad. Davos vuelve a funcionar, para Milei, como una pasarela donde reciclar discursos, amplificar el odio y exhibirse como alumno aplicado de una derecha que premia la obediencia.
Lo que está en curso es una reconfiguración del poder global que reafirma la raza como principio organizador del orden internacional. La violencia militar, el disciplinamiento político, el vaciamiento institucional y la legitimación del odio operan de manera articulada y se refuerzan mutuamente. En ese marco, la neutralidad se vuelve una ficción funcional y la moderación una forma de adaptación pasiva. Leer el presente en clave antirracista es hoy una tarea política urgente. Atender cómo opera el racismo a escala global permite comprender con mayor precisión nuestro tiempo histórico y, sobre todo, evitar que su avance se naturalice bajo la forma de lo inevitable.
Fuente: Página/12
No hay comentarios:
Publicar un comentario