A 50 años del lanzamiento de su segundo disco
Moris
recuerda los tiempos de "Ciudad de guitarras callejeras"
"Tuve mucha suerte en
poder hacerlo", señala el legendario músico, uno de los padres fundadores
del rock argentino. Su opus dos contiene varias canciones que se convirtieron
en clásicos.
Por Gabriel
Cócaro
28 de julio de 2024 - 00:29
·
"Hay temas donde reflexiono sobre la vida, el paso del tiempo y la muerte. Inquietudes típicas de los seres humanos”. Imagen: Gentileza Rubén Andón
Se cumple medio siglo de su lanzamiento, pero sigue
teniendo la misma potencia: Ciudad de guitarras callejeras, segundo disco de Moris, la previa del exilio en
España, sigue impactando aun hoy. Pero, claro, hay una historia previa.
El 2 de junio de 1966, la filial local del sello CBS
accedió a que un ignoto
cuarteto registrara tres temas. El conjunto, de escasa trayectoria y
con varios cambios de alineación desde su nacimiento, estaba liderado por Mauricio Birabent. El
cantautor y guitarrista, apodado Moris, era secundado por Alberto Ramón García
-conocido bajo el mote de Pajarito
Zaguri- en coros, Antonio Pérez Estévez en bajo y Alberto Fernández Martín
en batería. La banda había sido bautizada como Los Beatniks. El nombre aludía tanto a la generación beat (movimiento
literario encabezado por escritores de la talla de Allen Ginsberg y William
Burroughs) como a la corriente musical conducida por The Beatles.
La agrupación ostentaba una sonoridad impactante y monolítica. En esas
canciones, además, contó con el aporte de Jorge Navarro en órgano. “Rebelde”,
de poética contestataria, era una pieza apabullante. “No finjas más” intentaba
despabilar a los adoradores de la frivolidad. “Soldado” era una incisiva proclama antibélica que
permanecería inédita durante tres décadas. Las dos primeras, en cambio, fueron
lanzadas en un simple. Para promocionarlas, el grupo realizó una performance en la caja de una
camioneta que recorrió el centro porteño. También se zambulló en una
fuente en pleno Barrio Norte. Los hechos, reflejados por algunos medios, no
aumentaron las exiguas ventas de la placa. Al poco tiempo, el combo se
disgregó.
Moris solía concurrir a La Cueva. El sótano, ubicado en la Avenida Pueyrredón 1723, era un reducto que aglutinaba a jazzeros y rockeros. Allí conoció a músicos y poetas como Javier Martínez, Litto Nebbia y Alberto “Pipo” Lernoud. Entrada la madrugada, cuando el lugar cerraba sus puertas, la cofradía rumbeaba hacia La Perla. El bar, emplazado en el cruce de las avenidas Rivadavia y Jujuy, estaba abierto las veinticuatro horas. Los “cueveros” juntaban un par de mesas al fondo del local y comenzaban una tertulia donde los compositores mostraban sus creaciones. “Ayer nomás” era un texto de carácter testimonial escrito por Lernoud y musicalizado por Birabent. La pieza –con la letra modificada bajo la anuencia de sus autores– se publicó como lado B del primer simple de Los Gatos. La faz A traía una joya de Nebbia y José Alberto Iglesias, apodado “Tanguito”, que se convertiría en el primer éxito masivo del rock argentino: “La Balsa”. El vinilo, lanzado el 3 de julio de 1967, vendió 250.000 unidades. La onda expansiva del suceso llegó hasta el cantante quien, además de jugosas regalías, obtuvo reconocimiento y prestigio.
Tras el final de Los Beatniks, Moris continuó su carrera como
solista. Ofrecía recitales, munido apenas de una guitarra eléctrica,
en escenarios de Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires. Sus conciertos
tenían el encanto de lo impredecible. Podía alumbrar en el acto un tema a
partir de la lectura de los titulares del diario o recitar poemas. Además,
claro, de cantar sus canciones –indómitas e existencialistas– que ciertos medios rotulaban
como “de protesta”. A mediados de 1969 fue incorporado al sello Mandioca. La
compañía, dirigida por Jorge Álvarez, tenía entre sus filas a Manal y a Miguel
Abuelo.
En septiembre de aquel año llegó a las disquerías su primer simple. La
faz A contenía “El
oso”, una enternecedora fábula sobre la libertad que se convertiría en
su obra de mayor arraigo popular. El reverso traía “Escúchame”, encantadora
gema beat con toques de free jazz. Al mes siguiente, la grabadora lanzó Mandioca Underground: el
elepé, con creaciones de diversos artistas de la empresa, presentaba una
novedad de Birabent: “Escúchame
entre el ruido”. La pieza, de impronta dylaniana, cuestionaba los mandatos patriarcales
imperantes y dejaba una sentencia imperecedera: “Te engañaron, ya lo sabes. Si no lo sabes, también”.
En enero de 1970 apareció su disco debut. 30 minutos de vida era
un compendio de tracción acústica con temas memorables. La furibunda “Pato trabaja en una
carnicería”, la catártica “Esto va para atrás” y ese portentoso alegato
existencialista titulado “De
nada sirve” conformaban una producción colosal. La placa –además de
“El oso” y “Escúchame entre el ruido”– traía una versión de “Ayer nomás” que
presentaba la letra original de Lernoud. Tras la salida del disco, las
actuaciones se incrementaron. El Teatro Payró, el Instituto Di Tella y el
Auditorio Kraft fueron algunos de los escenarios conquistados.
En octubre, como parte del compilado Pidamos peras a Mandioca,
Moris dio a conocer otra
perla. “Muchacho” era una bella postal urbana impregnada de
melancolía. Uno de los hitos, de aquél año triunfal, fue su participación en el
“Festival de la Música Progresiva de Buenos Aires”, más conocido como B.A. Rock. Moris, en
la jornada del 7 de noviembre, ofrendó piezas consagradas e inéditas. Entre
éstas últimas, la punzante “El
coche de la policía”. “Representantes
del orden, de ese orden que nos quiere asfixiar. Si matan a algún obrero, será en defensa de la sociedad”,
escupía el compositor ante el auditorio del Velódromo Municipal.
En julio de 1972, Moris ofreció un recital en el cine
Studio. Allí, ante cuatrocientos espectadores, se presentó en formato de trío.
Lo acompañaron el bajista Daniel Russo y el baterista Eduardo Pipman. Los
asistentes -según atestiguó la revista Pelo– estaban sorprendidos porque sus temas
tenían “posibilidades rítmicas y melódicas más allá de su guitarra”. Esta
flamante propuesta, conjeturaba la publicación, permitía que su mensaje llegara
con mayor efectividad. ¿Era ese el motivo de semejante cambio estético? “Para nada, simplemente
necesitaba incorporar una buena base para sonar mejor”, responde hoy el cantante. Esa
noche, entre otras piezas, fueron de la partida dos estrenos: “Muchacho del
taller y la oficina” y “El mendigo del Dock Sud”. La misma alineación actuó, el
18 de agosto de aquel año, en el Teatro Atlantic. El concierto sería grabado
para un posterior lanzamiento discográfico. El proyecto, sin embargo, no prosperó.
A principios de 1973 fue fichado por la filial criolla
del sello RCA. El cantautor desembarcó en la discográfica gracias a Horacio
Martínez. “El Gordo”, amigo desde los tiempos de La Cueva, tenía un
prestigio bien ganado en la compañía pues había recomendado a Los Gatos.
“Él fue quien me impulsó a grabar un nuevo álbum”, reconoce el compositor.
En octubre, Moris se convirtió en el primer rockero vernáculo en editar un libro. Ahora mismo, entre
poemas y canciones, reunía treinta y nueve de sus obras. Cuatro de ellas
(“Porque el sol”, “Ya se fue la luz”, “Mil hombres y mil mujeres” y “Soy El
zorro”) aparecerían cuarenta
y siete años después en La última montaña, placa que realizaría junto a su hijo
Antonio. Una de las más destacadas era la premonitoria “El rock del gusano”. En
ella, Birabent advertía: “Vendrá la gran prostituta militar en su vuelo muy
temprano. Vomitará, desde el cielo, su metralla para los seres humanos”. El
trabajo, con una tirada de mil ejemplares, terminó por agotarse. En paralelo –a
través de Talent, subsello de la empresa Microfón– se reeditaba su disco debut.
El vinilo traía un inédito de
esos tiempos: “Juan, el noble caballero”.
A fines de julio de 1974
apareció el segundo álbum de Moris: Ciudad de guitarras
callejeras fue registrado con una consola de ocho canales, en el
estudio de RCA. En las sesiones de grabación participaron el pianista Juan Ciro
Fogliatta, los bajistas Daniel Russo y Ricardo Jelicie, los bateristas Ricardo
Santillán y Roberto “Corre” López y los cantantes Víctor Gómez y Rubén Parra,
que aportaron arreglos vocales. También colaboraron Litto Nebbia, Alfredo Toth
y Rodolfo Alchourrón, quien dirigió a un cuarteto de cuerdas. El productor
designado por la compañía fue Lalo Fransen. El ex Club del Clan se
encargó de resolver cuestiones logísticas y hasta sumó algunos toques de
percusión. La tapa del disco presentaba una fusión de dos instantáneas tomadas
por el fotógrafo Eduardo Pere. Una de ellas mostraba, en primer plano, el
rostro del intérprete. La otra enmarcaba su figura solitaria en una de las
calles del Dock Sud.
El lado 1 abría con “Mi
querido amigo Pipo”. El rasgueo de una guitarra acústica de doce cuerdas
–sobre efectos hechos con un pedal wah wah– enmarcaban la irrupción del cantor.
Moris, con tono grave y varonil, homenajeaba al coautor de “Ayer nomás”. Una
viñeta urbana donde volvía a un pasado feliz con vitrolas sonando por doquier y
“cines de treinta guitas”. Puro espíritu tanguero. “En mi casa natal se
escuchaban los discos de Carlos Di Sarli y Mariano Mores”, recuerda ahora
Moris. “El tema, a nivel instrumental, no tiene relación con el 2x4, pero posee
su impronta nostálgica”, analiza. La atmósfera melancólica era reforzada con un
sutil arreglo de cuerdas. “Le silbé a Alchourrón la melodía y
él, con maestría, la transcribió a una partitura”, rememora.
En la lista seguía “Rock
de Campana” donde, con despojada sensualidad, el poeta planteaba el
abandono de la gran urbe para entregarse a lo inesperado. “La canción
nació de mis recorridas por esa ciudad”, comenta. Su ritmo machacante estaba
impulsado por las intervenciones de Fogliatta y los aportes de Fransen en tumbadora.
Una introducción frenética –con la sólida base de Russo y Santillán– marcaba el
comienzo de “Muchacho del taller y la oficina”, un tour de
force de nueve minutos. “En realidad eran dos piezas separadas que por
sugerencia de mi mujer terminé uniendo”, revela.
En la primera parte,
Birabent contraponía la vida opulenta de las celebridades con
las duras jornadas de los trabajadores fabriles. Luego, el vértigo cesaba y
anunciaba: “Estoy viendo campos de concentración forzada. Muchachos de veinte
años sirviendo a la casta armada”. La frase –brutal premonición de los tiempos
por venir- sería extirpada en la reedición del álbum en el año
1981. “Cuando andaba por El Palomar, pasaba por las inmediaciones de cuarteles
plagados de conscriptos. De contemplar dichas escenas surgió esa apreciación”,
explica. Después, se producía un in crescendo sonoro donde repetía casi como un
mantra: “Estoy pensando en salvarme, para volver a enterrarme”. Su
desenlace daba paso a la segunda obra. En ella,retrataba los arrabales de
Hurlingham y José León Suárez. Prostíbulos, volcadores, camiones y
ferrocarriles formaban parte de esa pintura costumbrista. “Frecuentaba
aquellos suburbios porque trabajaba en una empresa de productos químicos”, cuenta.
“Con la mano izquierda, conducía mi coche y con la derecha anotaba en una
libreta todo lo que veía”.
El lado 2 se iniciaba
con “El mendigo del Dock Sud”. La entrada secuencial de una
guitarra acústica, el bombo de la batería y el piano planteaba el escenario
sonoro. Luego, el trovador se asumía como el protagonista de la historia.
Un indigente, con pasado de obrero en la industria petroquímica,
que vivía debajo de un puente. A pesar de su situación –y como en “La canción
del linyera”, popularizada por Antonio Tormo– el desclasado se sentía dichoso.
“Ese hombre liberado de todo condicionamiento social, a su manera, era feliz”,
reflexiona el autor. La obra rescataba la belleza de una barriada industrial
atravesada por el Riachuelo. “Es una reivindicación a ese río
contaminado”, define.
Continuaba “Tengo
40 millones”, un instante tan breve como efectivo donde el compositor
dejaba en claro su amor por Elvis Presley. Otro retrato porteño cuya acción se
desarrollaba en la puerta de un cabaret del microcentro: “Allí no utilicé
metáforas”. “A veces estoy cansado” comenzaba como un blues y
luego viraba al rock. Moris doblaba su voz para lograr, en ciertos fragmentos,
un efecto de eco. “Esa letra la escribí cuando, con los amigos de La Cueva,
deambulábamos por bares y plazas casi sin dormir”, devela. “Cabalgando
por el campo” era una oda rural. Una entrega mid tempo, con arreglos
vocales de Gómez y Parra, donde el poeta se dejaba cautivar por la naturaleza. “Tuve
un período campestre en el que disfrutaba de extensas
cabalgatas. Esa pieza reflejó esas vivencias”.
El espíritu de Chuck
Berry sobrevolaba en “Te tocarán el timbre”, vibrante momento
con un Fogliatta descomunal. El largo brazo de la represión,
planteaba el creador, podía llegar hasta la habitación de un hotel alojamiento:
“Era un reclamo ante la persecución policial de aquella época”. La ciudad
era descripta como una Torre de Babel “hecha de ruido y velocidad”. Sus
habitantes estaban atrapados en una “guerra del dinero”. “Medio siglo
después nada ha cambiado”, se lamenta. El cierre llegaba con “De aquí,
adonde iré”, una joya existencialista. “Reflexioné sobre la vida, el
paso del tiempo y la muerte. Inquietudes típicas de los seres
humanos”, expresa. Su singular belleza era realzada por un preciso arreglo de
cuerdas aportado por Alchourrón.
El álbum fue presentado los
días 13 y 14 de septiembre de 1974, en el Teatro Astral. Moris estuvo secundado
por Fogliatta en órgano y piano, Luis Alberto “Beto” Satragni, en bajo, y
Ricardo Brog en batería. También participaron, con una puesta coreográfica, los
actores Hilda Campomar y Carlos Garrocho. Tras el paso del tiempo, varias de
las piezas de ese disco esencial del rock argentino se convirtieron en números
infaltables en los conciertos del cantautor. “Es un disco con grandes
temas. Tuve mucha suerte en poder hacerlo”, concluye. A
cincuenta años de su lanzamiento, esas canciones –errantes, proletarias y
metafísicas- continúan siendo un certero retrato de las calles que las vieron
nacer.
Fuente: Página/12
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