Opinión
Francia:
si no hay futuro hay incendio
4 de julio de 2023 - 00:01
·
· Francia ardió como nunca antes. Ocurrió como de costumbre: un joven de barrio periférico de ParÃs, de origen norafricano, asesinado por un policÃa. El hecho, que sucedió el martes pasado, fue filmado: se escucha la amenaza del uniformado, luego se ve el movimiento del disparo, seguido de la muerte de Nahel Merzouk de 17 años. Quien estaba a su lado contó dÃas después que los policÃas le pegaron primero culetazos con la pistola antes de abrirle fuego a quemarropa.
Su
muerte conmovió, por la claridad de las
imágenes, por lo demasiado conocido del hecho para quienes viven en las
barriadas llamadas banlieues. Lo dijo la Organización de Naciones Unidas:
las fuerzas del orden francesas tienen “profundos problemas de racismo”. Y una
historia de muertes en operativos: 861 desde 1977 es decir cerca de 19 por año,
en su mayorÃa hombres, jóvenes, y la mitad en las periferias de ParÃs, Lyon
y Marsella, tres de las ciudades más afectadas por las actuales revueltas.
Solo quince dÃas antes del un policÃa habÃa matado a Alhoussein Camara de 19
años.
A la
muerte de Nahel le siguieron movilizaciones multitudinarias pidiendo justicia.
Y detonó la furia, una como nunca se habÃa visto en un paÃs que tiene una larga
historia de asesinatos de jóvenes de banlieues seguidos de estallidos locales o
regionales. Lo muestra la pelÃcula La Haine de 1995, las revueltas del 2005 que
duraron semanas, las que no son noticia pero ocurren crónicamente con
enfrentamientos y quemas de autos. Esta vez fue mayor en su geografÃa y en su
repertorio de acciones.
Algunos
datos son elocuentes: 5.000 autos quemados, más de 1.000 edificios atacados,
incendiados o saqueados, 250 ataques a comisarÃas, en cinco dÃas según el
ministerio del Interior que desplegó más de 40.000 policÃas por noche. Fueron
detenidas más de 2.000 personas, muchos menores de edad, la tercera generación
en protagonizar estallidos de rabia y caos ahora potenciados con las redes
sociales, en particular Snapchat. Confrontar, romper, incendiar, filmar,
viralizar; adrenalina y dopamina en su máximo nivel.
Quemar el Estado, robar al privado
Casi
todo lo que representa el Estado fue atacado: comisarÃas, intendencias y casas
de intendentes, colegios, transportes públicos, centros de asistencia social,
bibliotecas públicas. Cada institución con
una bandera nacional fue blanco de una furia que, como suele
suceder, afectó en primer lugar a la misma comunidad, primera vÃctima de los
abusos policiales y de las reacciones explosivas. Quemar el Estado, no
asaltarlo para sentarse en su silla, sino volverlo cenizas. ¿Después qué? No
importa, el futuro ya está clausurado.
Los
ataques a lo público se combinaron con los saqueos a centros comerciales,
concesionarias de autos, motos, tiendas de teléfonos, ropas de marca cara,
supermercados, armerÃas. Una dinámica con espontaneidad y grupos organizados,
rÃos revueltos de jóvenes en noches de verano con
citas coordinadas por redes sociales: las ganas de pelear, de tener lo que
se vende como deseo y resulta inaccesible, la necesidad de demostrar, devolver
una violencia recibida a diario a través de la desigualdad, las fronteras
sociales, geográficas, de color de piel.
La
rabia entonces, el odio, la frustración, el hiperconsumismo,
hipercapitalismo, la protesta a veces por justicia, otras pura furia,
con la clase social y el origen familiar inscripto en el cuerpo, y una ausencia
de politización tradicional. ¿Qué son los polÃticos al fin y al cabo en un
sistema bipartidista con un status siempre igual o peor? Hace tiempo que las
barriadas cambiaron locales comunistas por predicadores del islam y
descreimiento, creció la abstención, la alta desocupación, dinámicas de
periferia combinadas con fantasmas coloniales que se transmiten generación tras
generación.
A las armas ciudadanos
El
tópico de la guerra civil creció en los últimos años en una Francia marcada por
atentados y grandes protestas. Aparece en novelas como Los
Acontecimientos de Jean Rolin y en Sumisión de Michel
Houellebecq, ambas del 2015, o en la reciente pelÃcula Atenea de Romain Gavras.
Esta última parece por momentos un spoiler de estos dÃas de fuego donde no
solamente está una banlieue alzada contra la policÃa por el asesinato de un
joven, sino también grupos de ultraderecha como aparecieron en Angers o Lyon el
fin de semana. Atenea plantea otros temas centrales, uno de ellos es el corte
generacional, con la sorpresa de los más grandes en los barrios ante la
radicalidad de los jóvenes.
El
excandidato presidencial Éric Zemmour lo dice en cada entrevista: Francia está
en los albores de la guerra civil producto de una inmigración masiva
afro-arabo-musulmana que de a poco sustituirÃa a la población blanco-cristiana
tradicional. El paÃs estarÃa asà poblado de “enclaves extranjeros” que no
reconocen al Estado, odian a Francia y su simbologÃa, y pertenecerÃan a una
civilización incompatible con la occidental. Lo que ocurrió desde el martes
solo confirmarÃa su advertencia repite en los canales donde es invitado.
Dos
sindicatos de la policÃa también lo afirmaron: “estamos en guerra”, escribieron
en un comunicado. El gobierno por su parte, presidido por Emmanuel
Macron, niega las causas sociales del estallido: las culpas serÃan de los
videojuegos, las redes sociales, las irresponsabilidad de los padres que ahora
son amenazados con castigos sin sus hijos menores cometen delitos. En cuanto a
la izquierda, encabezada por Jean Luc Mélenchon, el acento está
puesto en las desigualdades cada vez mayores, la deficiencia del Estado, la
justicia, la policÃa con más posibilidad de gatillo fácil desde la ley de 2017,
las polÃticas económicas.
Es
probable que el estallido se apague en unos dÃas, las cámaras se alejen,
Francia siga en su verano con ciclismo y balnearios. Pero un sujeto emergió
otra vez como volcán, más fuerte, más enrabiado, más ávido, más dolido, sin
representación ni conducción polÃtica, en un paÃs que a veces parece islas que
se alejan unas de otras y en medio crece la ultraderecha que anuncia la guerra
civil, la imposibilidad de una “comunidad de destino” como define Edgar Morin a
la nación hoy en llamas, una nación construida sobre una falla geológica
colonial que no encuentra remedio.
Fuente: Página/12
No hay comentarios:
Publicar un comentario