El capitalismo ha muerto
28 de junio de 2023 - 00:01
El
libre mercado fue siempre el dogma central de liberales y capitalistas, pero
nunca fue practicado ni por las liberales ni por los capitalistas. Todas las
teorías y metáforas, como “la mano invisible del mercado” y las inútiles
gráficas que algunos economistas inventaron para creer que la economía era una
ciencia dura como la física y no parte de las ciencias sociales, sólo
funcionaron en la imaginación simplificada de sus autores y creyentes.
Pocas
cosas tan irreales y sin ningún ejemplo histórico concreto. En todos los casos,
son propuestas despojadas de las variables más importantes de la realidad. La
ley de la oferta y la demanda, de la libertad de los
mercados, el egoísmo individual como motor del
progreso colectivo, no incluyen la política, el poder imperial, las
manipulaciones monetarias y financieras―mucho menos las externalidades.
Según
esta visión lunática, en una sociedad organizada por el mercado no existe la
acumulación de poder ni la destrucción de la misma libertad del mercado, aun
cuando liberales fundadores como Adam Smith, David Ricardo o más recientemente
Joseph Schumpeter reconocieron esa peligrosa debilidad de la maravillosa
teoría.
La
prosperidad y la riqueza acumulada por las mayores potencias del mundo fueron
posibles al imponer esas reglas sólo a las colonias. Mientras, el gobierno
global de las corporaciones privadas continuaba y globalizaba el sistema
esclavista. El mismo presidente Rutherford Hayes observó, un par de décadas
después de la abolición de la esclavitud, que el gobierno estadounidense estaba
al servicio de las corporaciones, no del pueblo; que las leyes se aprobaban
para proteger y beneficiar a los primeros, no a los segundos.
El
capitalismo surgió en la Inglaterra del siglo XVII con la sacralización del
derecho a la propiedad privada sobre cualquier otro derecho (incluido el
derecho a la vida) y su imperio impuso por la fuerza los intereses de sus
compañías privadas, como la East India Company, asistida por su gobierno como
antes la monarquía había asistido a los señores feudales a despojar a los
campesinos de sus tierras bajo el nuevo sistema de comercialización de la
tierra y del trabajo de los desplazados. Este proceso se radicalizó con el
sistema financiero. De liberalismo clásico, nada. El sistema global actual es
tan opuesto al capitalismo como lo era el capitalismo a su predecesor, el
feudalismo, razón por lo cual lo llamamos por muchos años neofedualismo.
El
capitalismo ha muerto. Lo que vemos es un zombi que camina sin vida y asusta a
apologistas y detractores. Lo que estamos viviendo es la etapa postcapitalista marcada
por crecientes y más frecuentes crisis económicas y sociales. La dictadura real
de los carteles de las finanzas se ejerce a través del capital virtual.
La
trasferencia de riqueza de las clases medias y de las neocolonias se realiza a
través de (1) pago de deudas ajenas en dinero real y pago de deudas propias en
dinero creado de la nada; (2) trasferencia de recursos de las clases
trabajadoras para financiar guerras eternas de la industria militar, en manos
de la una elite financiera; y (3) privatización de sus despojos y exigencia de
compensaciones a las naciones destruidas que, a su vez, se convertirán en
nuevos satélites.
Esta ha
sido la historia occidental por siglos: exterminación del otro, algo que se
radicalizó con el ascenso de los imperios europeos a partir del siglo XVI. La
llamada “Paz de los cien años” (1815-1914) fue, según Polanyi, “un fenómeno
inaudito en los anales de la civilización occidental”. Claro que debemos
considerar un detalle olvidado por estos títulos: en ese mismo período, el
imperialismo europeo y estadounidense exportó casi toda su violencia a las
colonias en Asia y África y a las repúblicas bananeras en América.
Asia,
desde China hasta India, se mantuvo tres siglos sin agresiones militares, desde
1598 a 1894. Si consideramos China, el período sin guerras expansionistas suma
quinientos años, desde la breve invasión a Vietnam en 1406. En Asia y en África
existieron culturas y civilizaciones basadas en el pacifismo y la cooperación,
como es el caso del Ubuntu ―incluida la hoy tan denostada tradición islámica en
España y en África occidental. El Reino de Nri en África duró mil años y se
destacó por su pacifismo radical, su prohibición de la esclavitud, su propiedad
comunal de la tierra y la producción, y su intenso y libre mercado con otras
naciones― todo lo que terminó con el arribo del cristianismo y el mercado
esclavista de los marineros portugueses.
Si
antes las finanzas eran una forma de administrar los capitales, ahora son los
capitales una forma de administrar las finanzas. Los dueños de este juego de
extracción de valor creando dinero de la nada pertenecen a una micro elite. El
poder de los gobiernos es simbólico; representan la gran distracción en la
lucha de antagónicos: para los pueblos, los políticos son los demonios o son
los salvadores, pero el poder lo tienen los bancos y las corporaciones. En 1790
el fundador de la dinastía Rothschild de banqueros, Mayer Rothschild ya lo
había adelantado: “Permítanme emitir y controlar el dinero de una nación, y
no me importará quién haga sus leyes”. Ese proceso de abstracción se
radicalizó con la creación de dinero digital en los bancos, apretando varias
veces la tecla “0”.
Es así
como todo el sistema de robo faraónico queda suspendido de un solo hilo: la fe. Si a partir de 1971 el dólar
sustituyó el patrón oro por la fe de los tenedores, ésta todavía tenía una
vinculación con la realidad material: se asumía que el gobierno de Estados
Unidos iba a sostener su valor a través del valor real de su economía. Pero la
economía de Estados Unidos no sólo cambió superávit por déficit, sino
producción por consumo.
Pero un
sistema basado en la fe necesita de templos, de sacerdotes y de creyentes:
medios, políticos, periodistas y consumidores. Como el dinero, la realidad es
una creación virtual. Sólo una crisis global podría cambiarla, y esa crisis
será una crisis de fe, una conversión religiosa. Como cualquier templo
religioso, el recurso principal de los medios obedientes es la inoculación del
miedo a un ente que es venerado como creador de prosperidad y temido como
destructor del orden mundial. Cualquier duda es demonizada como artilugio de
los ángeles oscuros que quieren destruir el mundo con sus peligrosas ideas.
El
sistema de acumulación actual ha traspasado hace mucho tiempo las reglas mismas
del capitalismo. Si antes se necesitaban capital real robado a las colonias o a
las clases trabajadoras para invertirlo y producir productos servicios, hoy ese
capital es un capital virtual. Es el mayor sistema de asalto de la historia.
Nunca antes la humanidad había organizado un sistema tan perfecto de robo
global que ya no solo se restringe a los imperios sino una micro elite dentro
de esos ex imperios que en su mayoría puede estar en los países desarrollados o
en otros.
Fuente: Página/12
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