Fue entre el 9 y el 10 de junio de 1956 y terminó con 27 fusilados
La
sublevación del general Valle, el alzamiento que fue un hito en la resistencia
peronista
La
dictadura encabezada por Pedro Eugenio Aramburu reprimió sin clemencia.
Además de los fusilados, entre los que se cuentan los de José León Suárez
que Rodolfo Walsh reveló en Operación Masacre, hubo 7 muertos. La trama
de la asonada y la brutal represión de los militares que habÃan derrocado a
Juan Domingo Perón.
10 de junio de 2023 - 15:11
Juan José Valle, lÃder del
alzamiento de 1956.
La
madrugada del domingo 10 de junio de 1956, la vida cotidiana de los argentinos
se alteró cuando la radio entró en cadena nacional y anunció que “a las 23 del
dÃa sábado se produjeron levantamientos militares en algunas unidades de
la provincia de Buenos Aires” y que “se ha decretado el imperio de la
Ley Marcial en todo el territorio de la República”. Un alzamiento
militar habÃa empezado la noche del 9 contra la Revolución Libertadora y Pedro
Eugenio Aramburu amenazaba con fusilar.
Durante
las 72 horas siguientes habrÃa siete muertos por la sublevación, 27
fusilamientos (cinco de ellos en un basural donde se disparó a doce
hombres) y un incidente diplomático con HaitÃ. La Libertadora respondÃa sin
piedad al intento de desalojar a la dictadura que habÃa derrocado a Juan
Domingo Perón.
Un Ejército dividido
El
golpe de 1955 habÃa fracturado al Ejército. Perón
representó la unidad del arma en sus diez años de poder desde el 17 de octubre
de 1945 y nunca lo perdió de vista. En septiembre de 1951 habÃa repelido el
intento golpista de BenjamÃn Menéndez y se negó a fusilar. Consideró que era un
castigo desproporcionado y que hacerlo implicaba romper ese equilibrio. Lo
volvió a sostener ante la barbarie del bombardeo de Plaza de Mayo. Y
desistió de resistir el golpe de Eduardo Lonardi para no caer en un conflicto
civil que hubiera terminado con su ascendiente sobre toda la fuerza.
La
Libertadora no aplicó un razonamiento similar en el modo inverso. El régimen se
habÃa endurecido en noviembre, con el golpe interno del ala liberal contra el
nacionalista Lonardi. La promesa de “ni vencedores ni vencidos” quedaba
en el olvido. Perón, que ya estaba en el exilio, fue despojado de su rango
militar y el decreto 4161 prohibió la sola mención de su nombre y el de Evita.
Aramburu
decidió desperonizar el Ejército y asà se ordenó el pase a retiro de numerosos
oficiales afines al lÃder depuesto. Entre ellos estaban los generales
Juan José Valle y Raúl Tanco, a quienes se confinó con arresto
domiciliario. Fueron parte del grupo que aceptó no combatir a Lonardi y que no
imaginó el revanchismo posterior. Otro oficial al que la Libertadora pasó a
retiro, a comienzos de 1956, fue el coronel Ricardo Ibazeta, al que le dieron
la baja porque “habiendo podido desde el cargo que ocupaba, colaborar
en la lucha contra la dictadura, no lo hizo (sic)". Ibazeta no tenÃa
simpatÃas peronistas.
En
marzo, casi al mismo tiempo que se dictó el decreto 4161, Valle dejó la
quinta de su suegra en General RodrÃguez, que habÃa elegido para el
confinamiento, y se dedicó al armado del Movimiento de Recuperación Nacional.
Junto con Tanco, sumó a otros camaradas de armas y tomó forma el
alzamiento, con la idea de llamar a elecciones libres.
El inicio de la sublevación
A las
21 horas del 9 de junio estaba previsto el comienzo de la revolución. Valle
habÃa elegido como sede de su comando la Escuela Industrial de Avellaneda.
Allà estaba previsto instalar un equipo transmisor conectado a una emisora que
iban a tomar y, cerca de las 23, lanzar la proclama que, estimaban, generarÃa
focos de lucha contra la dictadura.
Pero
ese primer paso, determinante para el éxito de la operación, salió mal
y a partir de allà se volvió cuesta arriba para los sublevados. El gobierno
militar obtuvo el dato de que podÃa haber un movimiento y reforzó la custodia
de la planta emisora, además de tener alerta a la policÃa. Los hombres de Valle
decidieron no entrar a la fuerza.
Seis
hombres estaban dentro de la Escuela Industrial: el
coronel José Albino Yrigoyen, el capitán Jorge Costales y cuatro civiles, Dante
Lugo, Osvaldo Albedro, Norberto y Clemente Ross. La policÃa de la Provincia
llegó y los detuvo.
Asà fue
que no hubo proclama por radio desde Avellaneda. Entre otros, la
esperaba un grupo en una casa del barrio de Florida, en Vicente López,
reunido para escuchar una pelea de box. No todos estaban al tanto de la
conjura. Arribó la policÃa y se los llevó detenidos. A ese grupo se le aplicó la ley
marcial con retroactividad (estaban detenidos antes de que
fuera emitida) en un basural de José León Suárez, el hecho que reveló Rodolfo
Walsh en Operación Masacre.
Pero sÃ
hubo proclama radial en La Pampa. El alzamiento contó con el apoyo de la
policÃa de Santa Rosa y se pudo transmitir desde Radio del Estado. La aviación
naval de la Base Espora lanzó bombas contra la emisora, tras haber fracasado el
intento de interferir la frecuencia. El lÃder local fue el capitán Eduardo Philippeaux
y evitó el pelotón de fusilamiento por la derogación de la ley marcial.
Otras
acciones se dieron en el regimiento de Palermo, al tiempo que se quiso ocupar
la Escuela de Mecánica del Ejército y la sede del Automóvil Club Argentino. Fracasaron,
lo mismo que las acciones en Viedma y en tres ciudades santafesinas:
Rosario, Rafaela y Sarratea.
Los fusilamientos
Los
primeros caÃdos por la ley marcial fueron los fusilados en el basural de
Suárez, si bien Walsh demostró que la detención fue anterior a la promulgación
de la norma, con lo que nos los alcanzaba (técnicamente, no habÃan cometido
ningún delito) y lo ocurrido fue asesinato a sangre frÃa. Eran doce
hombres. Siete pudieron escapar en la noche. En el lugar quedaron los
cuerpos de Vicente RodrÃguez, Nicolás Carranza, Mario Brion, Carlos Lisazo y
Francisco Garibotti.
Pedro Eugenio Aramburu gobernaba de facto durante
la sublevación y ordenó fusilar.
Casi a
la misma hora, las fuerzas leales a la Libertadora aplicaron la ley
marcial a los detenidos en Avellaneda. Los habÃan llevado a la Regional
Lanús. Los seis hombres fueron interrogados junto con otros 14 detenidos,
durante dos horas. Yrigoyen, Costales y los cuatro civiles que los acompañaban
fueron pasados por las armas.
En
Campo de Mayo fueron ejecutados seis militares alzados. Entre
ellos, los coroneles Ibazeta y Eduardo Cortines, que ante el improvisado
tribunal admitió que el objetivo era terminar con la persecución al peronismo y
llamar a elecciones libres en 180 dÃas. El tribunal de guerra decidió no
aplicar la pena de muerte, pero el ministro de Ejército, Arturo Ossorio
Arana, avisó que se los fusilarÃa, no en virtud de la ley marcial (ni
siquiera respetada en Suárez), sino por un decreto de Aramburu.
La
Plata fue otro foco del levantamiento. AllÃ, el general Oscar Cogorno tomó
el Regimiento 7 de InfanterÃa, y un grupo de civiles ocupó Radio Provincia.
Hubo enfrentamientos (Walsh, que vivÃa en la capital bonaerense, lo recuerda al
inicio de Operación Masacre y recrea la muerte de un
conscripto, luego identificado como Blas Closs, uno de los 7 caÃdos de la
sublevación). Capturado, Cogorno fue ejecutado el 11; al
dÃa siguiente en La Plata fusilaron al subteniente Alberto Abadie.
En
rigor, lo que correspondÃa, de acuerdo al procedimiento militar, era establecer
el máximo castigo a través de un Consejo de Guerra, esto es, la pena de muerte,
para que Aramburu, como titular del Poder Ejecutivo, la conmutara por la más
alta pena de prisión que estipulara el Código de Justicia Militar. Al
refrendar la decisión de los Consejos (que actuaron bajo la premisa de que
habrÃa conmutaciones), Aramburu arrastró a todo el Ejército en su decisión.
Peor aún: ignoró la decisión del Consejo de Campo de Mayo sobre seis sublevados
y mandó fusilar por decreto. También es cierto que fue azuzado por el vicepresidente
de facto, el almirante Isaac Rojas, sÃmbolo del antiperonismo, que toda su vida
reivindicó los fusilamientos.
En Mártires
y verdugos, Salvador Ferla estima que si el Consejo Supremo de las Fuerzas
Armadas hubiera tomado las actuaciones, lo máximo habrÃan sido seis
años de cárcel, pero, considerando atenuantes, la pena se reducirÃa a dos o
tres años. Alejandro Horowicz, en Los cuatro peronismos, da cuenta
de una mutación: a Perón lo derrocó el Ejército que él habÃa moldeado, y que
seguÃa siendo el mismo cuando volteó a Lonardi; pero ese Ejército pasó a ser
otra cosa con los hechos de junio del 56: “Es el Ejército de la
Libertadora, contenido en el anterior, posible, subyacente, pero otro”.
Se entrega Valle
Los
diarios, con La Prensa a la cabeza, celebraron la represión.
El 11 de junio, La Nación informó que no habrÃa más
fusilamientos y que incluso se conmutarÃan penas, cosa que no ocurrió. La
dictadura identificó a Valle como cabecilla de la asonada. Este ofreció
entregarse a cambio de parar el baño de sangre. Lo detuvo un viejo conocido, el
capitán de navÃo Francisco Manrique, que prometió respetarle la vida. No fue
asÃ.
Valle
fue llevado a la PenitenciarÃa de la avenida Las Heras. Antes de la ejecución
le escribió a su madre, a su hermana, a su esposa y a su hija. Y a Aramburu,
que habÃa sido compañero de estudios: “Dentro de pocas horas usted
tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la
declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y
de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo
acaecido. (…) Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mÃa. Mi esposa y
mi hija, a través de sus lágrimas, verán en mà un idealista sacrificado por la
causa del pueblo. (…) Espero que el pueblo conozca un dÃa esta carta y la
proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma
intergiversable. Asà nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de
mentiras contradictorias y ridÃculas con que el gobierno trata de
cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre”.
Precisamente,
y en base a ese viejo vÃnculo entre ambos, la esposa de Valle fue a Campo de
Mayo a intentar hablar con Aramburu para pedirle clemencia. No pudo
encontrarlo. Era de noche y un edecán le informó que “el Presidente
duerme”. Valle fue fusilado el 12 de junio.
Roolfo Walsh investigó los fusilamientos en el basural de José León Suárez.
Incidente con HaitÃ
En esas
horas se produjo el último acto del drama. Seis de los sublevados
buscaron asilo en la embajada de HaitÃ, en Vicente López. El embajador Jean
Brierre los hizo entrar a la sede diplomática ubicada en las calles San MartÃn
y Monasterio. Más tarde se sumó Tanco. Brierre decidió ir a la CancillerÃa para
informar del asilo. En su ausencia sucedió un hecho sin precedentes: militares
argentinos violaron la inmunidad de la delegación haitiana e ingresaron para
llevarse a los asilados. Los lideraba el general Juan Constantino Quaranta,
el jefe de la Inteligencia militar y futuro protagonista del caso Satanowsky investigado
por Walsh.
Quaranta
hizo salir a la calle a los hombres, pero no para llevárselos a otra parte,
sino para fusilarlos allà mismo, en la vÃa pública. La esposa de
Brierre, Marie-Therese, se interpuso entre los militares y los siete hombres
que iban a matar. La mujer gritó y los vecinos salieron a la calle. Eran
demasiados testigos. Quaranta desistió, pero se llevó a los siete a la
guarnición de Palermo. El embajador Brierre, mientras tanto, habÃa tenido el
reconocimiento de la Libertadora: los siete tenÃan status de asilados y
fueron devueltos a la embajada.
Años
más tarde, el suboficial Andrés López, que habÃa acompañado a Perón en sus dos
primeras presidencias y fue uno de los siete de la embajada, recordarÃa que,
durante las horas que pasaron desde la detención hasta su regreso a la
embajada, pensaron que serÃan fusilados. Brierre los subió a un avión con
destino a HaitÃ, pero les sugirió, por seguridad, bajar en la escala en
Caracas, para no comprometer más a su paÃs.
La crÃtica de Perón
En
julio, Aramburu viajó a una reunión de jefes de Estado en Panamá. AllÃ
transcurrÃa el exilio de Perón. Para evitar problemas, el lÃder justicialista
se fue a Nicaragua. Regresó a la semana y decidió mudarse a Caracas, donde
estaban los sobrevivientes del alzamiento. Perón se habÃa mostrado
crÃtico de la sublevación en carta a John William Cooke. Más tarde tendrÃa
palabras de elogio a Valle, pero lo cierto es que consideró que habÃan actuado
de manera apresurada, movidos por los pases a retiro del verano del 56.
Asà se
lo hizo saber a los siete cuando arreglaron una reunión en la capital
venezolana. Casi 60 años después de los hechos, López contó que se sentaron en
una mesa, Perón en una cabecera y Tanco en la otra. El silencio lo
rompió Perón.
-
Tanco, ¿yo qué les habÃa dicho?
-
Bueno, General, es que…
- No,
no se excuse. Se los avisé: no estaban dadas las condiciones.
Los años siguientes
El alzamiento quedó como un hito en
la resistencia del peronismo proscripto, además de
ser una marca para sus opositores (Américo Ghioldi, de la rama más
antiperonista del Partido Socialista, proclamó que "se acabó la leche de
la clemencia"). Mostró a las claras la diferencia entre Perón y quienes lo
derrocaron a la hora de reprimir una insurrección y derivó en una obra
fundamental de la historia del periodismo, como Operación Masacre,
que puso el foco en los civiles masacrados en Suárez. En total, la represión se
tradujo en 27 fusilados, “una consecuencia escalofriante” del
levantamiento, al decir de Joseph Page. El biógrafo de Perón coloca las
ejecuciones como la nota que diferencia al 9 de junio de cualquier otra asonada
fallida en el paÃs.
Un sÃmbolo del antiperonismo por excelencia: el almirante Isaac Francisco Rojas.
“Aunque
Juan Domingo Perón habÃa cometido y tolerado muchos excesos en sus dÃas, se
puede decir a favor suyo que nunca llegó a convertir sus cárceles en
mataderos. No se puede afirmar lo mismo sobre el general Pedro Eugenio
Aramburu”, apuntó el autor estadounidense. Cuando Aramburu fue secuestrado
en 1970 por la célula originaria de Montoneros, antes de matarlo lo condenaron
por el robo del cuerpo de Evita y por los fusilamientos.
La
tragedia del 56 preludió la de los 70. Julio Troxler,
sobreviviente del basural, fue asesinado por la Triple A en 1974. Era
subjefe de la PolicÃa Bonaerense, a la que habÃa sobrevivido 18 años
antes. Susana Valle, la hija del lÃder del alzamiento, formó parte
de la primigenia Juventud Peronista a comienzos de los 60. Después del golpe
del 76, fue secuestrada en Córdoba.
TenÃa
40 años y Luciano BenjamÃn Menéndez se ensañó con ella. Estaba
embarazada, pero eso no impidió que la torturaran. La picana produjo un parto
prematuro de mellizos. Uno nació muerto. El otro fue puesto a pocos metros
de ella, podÃa verlo pero no tocarlo. Asà presenció su muerte.
La hija de Valle murió en 2006. Llegó
a presenciar los homenajes por los 50 años del levantamiento.
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