Opinión
Perú:
Castillo, protestas y recursos naturales
Si
esto se le hace a un presidente ¿qué podemos esperar del derecho los
ciudadanos?
Por Eugenio Zaffaroni
y Guido Croxatto
20 de mayo de 2023 - 00:01
La
destitución del presidente peruano Pedro
Castillo (foto) es ilegal desde
un doble punto de vista, es decir, por el procedimiento tanto como por el
alegado motivo, o sea, por lo procesal y por lo penal.
En
cuanto a lo primero, se violaron normas medulares que hacen al debido
proceso constitucional. Se saltaron plazos, cantidad de votos (se lo
destituyó por 101 votos cuando eran necesarios 104), mociones y derecho de
defensa en juicio (antejuicio polÃtico, para escrutinio público de la sociedad,
donde el presidente puede explayarse durante sesenta minutos). Nada de eso
sucedió. Estas vulneraciones al debido proceso no constituyen una mera formalidad
secundaria, sino que son corazón de un Estado de derecho. Más allá de las
normas especÃficas reguladas por el derecho interno de cada estado para este
género de procesos, hay general coincidencia de toda la doctrina internacional
en que, al menos, debe respetarse el derecho de defensa y, en particular, el de
ser escuchado. Lo hecho choca contra la Constitución y contra la unánime
opinión jurÃdica comparada.
Respecto
del aspecto penal, Castillo no cometió delito alguno, porque su famoso
discurso no fue más que un acto polÃtico que no podÃa tener absolutamente
ninguna consecuencia en el plano de lo realidad, lo que era de conocimiento
público. Todo el mundo sabÃa que no contaba con el apoyo de militares
ni policÃas. Por tanto, fue un hecho atÃpico y, en la peor de las
interpretaciones, una tentativa inidónea, o sea, inútil para el fin propuesto.
Prueba de esa inutilidad es que Castillo fue privado de libertad por su propia
custodia cuando todavÃa era presidente, o sea, que gozaba de inmunidad, la que,
como se dijo, le fue retirada en forma ilegÃtima, pero con posterioridad a su
detención.
Argumentos absurdos
La
propia Corte, al confirmarle la prisión preventiva, reconoce que su discurso no
podÃa tener consecuencia alguna, pues para salir del paso dice -en
forma insólita- que hubiese sido peligroso “en otras circunstancias”. No
hay conducta humana, por banal que sea, que en “otras circunstancias” no
pudiese ser peligrosa para algo: comer una manzana o hacer gimnasia es
peligroso si se lo hace en lugar de prestarle ayuda al tÃo rico en pleno
infarto.
El
argumento de que Castillo fue detenido en “flagrancia” es absurdo: no
hay ninguna “flagrancia” de rebelión cuando el pretendido autor terminó su
discurso y se dirigÃa a la embajada mexicana en un automóvil con su familia,
para ampararse diplomáticamente. Esa detención se llevó a cabo
mediante amenazas con armas de guerra, incluso esgrimidas contra su hija menor
Alondra.
Desde
ese momento y hasta la actualidad, se le mantiene preso, se le impide
comunicarse con sus abogados en condiciones de seguridad y privacidad, se le ha
prohibido la comunicación con abogados "extranjeros" y, lo que es
peor, se le impide la comunicación con su familia.
Criminalizar la protesta
En Perú
se inventaron figuras extrañas, como la "cuasi" flagrancia y el
terrorismo "indirecto" incorporado
en 2019 y que la ONU acaba de cuestionar por ser empleado indiscriminadamente
para criminalizar la protesta. Ahora la
Corte acaba de declarar delictiva la protesta, lo que en algún
momento se ensayó en la Argentina y con similares argumentos: afectación del
derecho de circulación. Al parecer, en defensa del derecho de
circulación serÃa legÃtimo dar muerte a setenta personas no armadas,
incluso menores.
Las
ejecuciones llevadas a cabo en represión de protestas, justificadas como
“antiterroristas” por la presidenta, en ejercicio de su penoso y trágico papel,
hizo inocultable la violación de derechos humanos, dando lugar a la
intervención del sistema interamericano, ante lo cual varios ministros
propusieron abandonarlo, por considerarlo un “adefesio" que pone
“candados” a la autoridad.
No
resulta extraño que se proponga dejar el sistema interamericano, tal como
hizo Alberto Fujimori, cuando entre los congresistas que destituyeron
ilegalmente a Castillo se halla Alejandro Aguinaga, que como
ministro de Salud participó en los crÃmenes de lesa humanidad cometidos durante
la dictadura de Fujimori, pero que en lugar de estar preso ocupa una banca. Fue
responsable de la esterilización con engaño de mujeres indÃgenas, a quienes les
daban una lata de leche “Gloria” después de practicarles lo que llamaban un
"análisis“. El cuadro trágico se completa señalando que las leyes
“antiterroristas” de esa dictadura siguen vigentes y se aplican a los que
protestan, como señala AmnistÃa Internacional.
Nacionalizar recursos naturales
Pero
todo esto es poco comprensible si no se tiene en cuenta que este golpe
de estado tiene lugar cuando es inminente la extinción del plazo de las
concesiones “neoliberales” de Fujimori y, además, se aprovecha un
ancestral racismo contra los serranos: “este cholo no puede ser presidente”. En
esa lÃnea un congresista se refirió a la Wiphala como un "mantel” de
restaurante popular (“chifa“). Además, cuando se observó que los congresistas
gastan en sus comidas cien veces más que los ocho soles diarios con que
sobreviven los peruanos “de a pie”, otro respondió despectivamente “¿Qué
quiere, que comamos alfalfa?”.
La
verdadera razón de todo esto es que Castillo aspiraba a nacionalizar
los recursos naturales, terminar con las concesiones de los servicios y
explotación de recursos naturales y sancionar una nueva constitución, que
reconociese la cuota indÃgena, en lugar de la vigente, que mezcló el
sistema parlamentario con el presidencialista, en forma tal que hace
ingobernable al paÃs, de lo que da prueba la sucesión cinematográfica de
presidentes en los últimos años.
El
congreso peruano y el “fujimorismo” no pueden tolerar que los “cholos” como
Castillo, que vienen de la Sierra y están acostumbrados a comer latas de atún
en el piso, en rondas populares, sin ostentación de ningún tipo, ejerzan el
poder polÃtico. Por eso –y no por un discurso- Castillo está arbitrariamente
preso.
América
Latina debe prestar especial atención a este golpe de estado que, si bien se
inscribe como un eslabón más en la cadena de episodios de destituciones,
criminalizaciones, prisionizaciones y proscripciones de lÃderes populares,
presenta las singulares caracterÃsticas de una escalada de arbitrariedad
y violencia que las fuerzas democráticas de nuestra región no pueden mirar con
indiferencia. Un gesto común por la libertad y restitución de Castillo
serÃa más que saludable para nuestra América, porque después de esto, Castillo
puede ser cualquiera de nuestros polÃticos populares y democráticos y, en
definitiva, también cualquiera de nosotros, de los millones de habitantes de
nuestros paÃses. Si esto se le hace a un presidente ¿qué podemos
esperar del derecho los ciudadanos?
Fuente: Página/12
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